Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Visita a otras personas. Antes de que despierten, amanecer, camina al lago escuchando a Bach, el primer ejercicio para clavicordio, el mismo que planea que sea tocado en su funeral algún día, lo ha tenido planeado desde que escuchara por primera vez esta música y, pensando en ello, se le escapan algunas lágrimas. El lago es azotado por el viento y las olas (es un lago grande) hacen lo que las olas hacen, ella nunca sabe si hacia dentro o hacia fuera. Hay un hombre parado en una orilla y un perro grande que nada hacia su encuentro con un palo en el hocico. Esto se repite. El perro no se cansa. Se coloca sobre la cabeza una gorra para nadar, los goggles, entra al agua, que está fría pero no helada. Nada. Olas grandes en una dirección. El perro se ha marchado. Ahora está sola. Siente presión por nadar bien y usar esta agua correctamente. La gente piensa que nadar es sencillo y no requiere esfuerzo. ¡Darse un baño! En realidad, produce mucha ansiedad. Cada agua tiene sus propias reglas y ofrendas. El mal uso es difícil de explicar. Quizá tenga que ver con el lugar común de la lucha por conocer la belleza, por conocer la belleza con exactitud, por colocarse justo en su camino, por estar en el sitio perfecto para escuchar al ruiseñor cantar, ver al novio besar a la novia, registrar el cometa. Toda agua tiene un lugar adecuado para estar, pero ese lugar está en movimiento. Es preciso seguir encontrándolo, seguir haciendo que te encuentre. Su movimiento entra y sale de ese lugar con cada brazada. Puedes fallar con cada brazada. ¿Qué significa eso de fallar?

Después de un tiempo, sale pasando por encima de unas piedras, se pone unas sandalias pequeñas, vuelve a entrar al agua. La diferencia es como la que existe entre atisbar algo hermoso y mirarlo fijamente. Ahora puede mezclarse con la corriente del agua y permanecer ahí. Permanece ahí. Es una de las personas más egoístas que jamás ha conocido, piensa en esto mientras nada y también después, en la playa, envuelta en su toalla, temblando de frío. Es un aspecto de su personalidad, difícil modificarlo. Los gestos de generosidad, cuando intenta practicarlos, parecen pasar frente a la vida de los demás como una garra de oso cualquiera, y a menudo empeoran la situación. Y no encuentra satisfacción en compartir, en la benevolencia, en la caridad, ninguna interacción con otra persona le produjo jamás una descarga de vitalidad pura, como cuando se mete al agua en una mañana quieta con el mundo vacío en todas las direcciones del cielo. Esa primera zambullida. Cruzando la frontera de la conciencia hacia, ¿hacia qué?

Y después la (busca la palabra adecuada) instrucción de balancearse en el agua, los diez mil ajustes de acción vívida, la fusión borrascosa de la mente y el tiempo hasta que ya no se encuentra a kilómetros y kilómetros de su vida, mirándola desarrollarse de maneras distintas, sino que está en ella, como ella, es ella. No es para nada como la meditación —analogía que a menudo se aduce irreflexivamente—, sino más bien algo casi forense, como una aplicación de la atención, aunque al mismo tiempo, en alguna medida, autónoma. Estas modalidades no son mutuamente excluyentes, así que la natación alecciona. Hay un carácter pétreo. El agua es tan diferente del aire como de las piedras, y es preciso hallar el camino a través de sus estructuras, su carácter arcaico, la historia de una entidad sin respuestas para ti, y aun así cómplice en la obstinada intrusión. Ahí no se es persona, y el agua no se interesa por sí misma, a las piedras no les importa si cuentas su historia con hermosura. Tus entrañas, tu vida milagrosamente afortunada, el amor que sientes por tu madre, los símiles meticulosamente elaborados, todo se pierde en el trayecto de profundidad a profundidad, pura, impura, sin compasión alguna. No hay renuncia alguna en esto (como en la meditación), no se busca el desapego, de todas estas cosas, de todas las cosas que se pueden nombrar, el ser se encuentra ausente. El significado, ausente.

* * *

Su visita concluye. De vuelta a casa, los periódicos, fotos de primera plana de un vagón de tren en Europa atestado de arriba abajo de víctimas que esca-pan de una guerra más al sur, gente a la que se le niega el paso. Familias y almas sucias desesperanzadas, apretujadas entre sí en el aferrarse a la supervivencia, incontables brazos y piernas, ojos muy abiertos, encerrados toda la noche en el tren esperando el amanecer, una escena tan contraria a su propio sufrimiento que le resulta ajena. Qué sentido tiene que estas dos mañanas existan simultáneamente en el mundo en el que vivimos, teme que si esto se presentara como pregunta no podría ser respondida por la filosofía o por la poesía o por las finanzas o por la superficie o las profundidades de su propia mente. Palabras como «racionalidad» se vuelven, bueno, irrisorias. La racionalidad tiene que ver con asuntos compuestos —migrantes, nadadores, los egoístas, los condenados, los plurales—, pero la existencia y el sentido pertenecen a la singularidad. Puedes construir una oración acerca de un asunto compuesto, no puedes pedirle que te devuelva la mirada. Las oraciones son estratégicas. Te permiten escapar.

Desciende al piso inferior y se sienta en las escaleras de la entrada, esperando que ahí haga más fresco. El tráfico rueda por delante. En la acera, Chandler dibuja con tizas. Camarada Chandler, le llama. Él no alza la cabeza. ¿Qué estás dibujando? Continúa dibujando. Su mirada se dirige hacia delante y hacia dentro. Ella le dice camarada porque el verano que lo conoció estaba leyendo libros rusos y porque le pareció reservado. Fue un error de juicio. La reserva implica la preocupación por la propia personalidad. Difícilmente se ve a Chandler ingresar a una habitación, tan sólo está ahí, o salir de una habitación, se escurre hacia fuera, pequeña marea personificada, advertida sólo como retracción.

Se aproxima a él. Dibuja un árbol de peras. Puede discernir las peras que lo pueblan, pequeños globos de tiza de un verdor perfecto, con detalles amarillo-crema-blancos. Le dan ganas de agacharse y morderlas. Has dado en el clavo, camarada, le dice. Él no responde. Alguna vez sostuvieron una conversación que se extendió durante varios meses, en fragmentos aislados, sobre hongos. Él dijo que lo que había odiado de estar en prisión eran los hongos. Durante varios días, ella se preguntó si se referiría a la comida, pero no tenía sentido pensar que sirvieran hongos en prisión tan a menudo como para que fuera un problema, o si habría tenido una celda húmeda con hongos brotando en las paredes, pero esto, también, parecía extremo, y gradualmente comprendió que se refería a que había podido ver desde su ventana un racimo de hongos, boletus, y que solía ir a buscarlos al bosque con su madre cuando era niño y eso lo entristecía. Como a ella no le gustaban los hongos, no tuvo nada subjetivo que añadir en ese momento, así que le dijo que John Cage era un buscador de hongos, también, que había escrito un libro al respecto, una especie de guía de hongos, que ella podía prestarle. Chandler no respondió. Ella no estaba segura de si leía libros o si sabía quién era John Cage. La conversación es algo precario. Ahora, mientras contempla las muy redondas peras pálidas de tiza, los hongos le vuelven a la mente, y dice: Un día, según recuerdo, John Cage estaba buscando hongos con su madre, y después de una hora o algo así ella se vuelve y le dice: También podemos ir a la tienda y comprar unos de verdad.

Silencio de Chandler. Está añadiendo, por aquí y por allá, toques de rojo al despliegue de peras. De pronto se ríe con los cinco dientes. La risa emerge de golpe y se esfuma. Vuelve a dibujar. Muyrápido muyrápido, murmura para sí mismo, y algo que ella no escucha del todo, le pegó a un niño, o suena a algo así. Regresa a la entrada y permanece de pie sobre el escalón inferior. Chandler camina por la acera para marcar un nuevo dibujo, la tiza roja en mano. Será un zorro. Le gustan los zorros al final del día.

De vuelta en el piso superior, se da cuenta de que está pensando de nuevo sobre la incapacidad para nadar. Puede ser cuantitativa, igual que cualitativa. Imagínate cuántas albercas, estanques, lagos, bahías, corrientes, pedazos de costa nadable hay en el mundo ahora, probablemente la mitad de ellas carentes de nadadores, debido a la noche o a la negligencia. Vacías, quietas, perfectas. Qué desperdicio, qué extravagancia: ¿por qué no hacerse responsable de ello? ¿Por qué no nadar en todas ellas? De una en una o todas a la vez, geográfica o conceptualmente, hacer a un lado al resplandeciente Burt Lancaster, alguien debería utilizar toda esa agua. A través del océano en calma de su mente aparecen flotando algunos refugiados en un bote de plástico improvisado, tan atestado de pasajeros que están acomodados como en capas y se caen por los costados. Ha visto esta foto. Ha leído que hay embarcaciones más grandes que pasan navegando muy cerca, que en ocasiones se detienen a considerar la tragedia y las probabilidades, después siguen su marcha. En ocasiones arrojan botellas de agua o galletas desde las embarcaciones más grandes y después ponen en marcha sus motores. ¿Qué podría ella ofrecer ante la desolación de ese momento, al ver que los barcos vuelven a encender sus motores? ¿Cuál es el precio de la desolación, y quién lo paga? Hay preguntas que no ameritan el signo de interrogación.

Pasajeros. Para pasarlos. Para pasar a aceptarlos. Para pasarlos a otros. Para pasarlos por alto. Para pasar la responsabilidad. Para pasar la mantequilla. Para pasar a desmayarse. Para pasar por nuestra recompensa. Está comiendo yogurt cuando llaman a la puerta. No sabía que ese timbre funcionara, dice, limpiándose la boca con la manga conforme avanza hacia la puerta. El camarada Chandler no responde. Señala hacia la calle con un movimiento de cabeza. Bajan. Yogurt en la ceja, le dice por encima del hombro conforme bajan. Ah, dice ella, gracias. El dibujo terminado del zorro está debajo de una farola. Resplandece. Chandler ha usado algún tipo de tiza fosforescente y el zorro, que nada en una luminosa gelatina verdeazul, tiene en el rostro una expresión que escapa a toda posible explicación. Ella se queda mirando el verdeazul. Posee claridad, humedad, frescura, el ensimismamiento de la oscuridad profunda del agua. Dibujaste un lago, le dice, volviéndose hacia él, pero se ha marchado, ahora es de noche, hacia donde quiera que va cuando es absuelto. Se queda de pie un tiempo mirando nadar al zorro, rememorando el día, las imágenes demasiado fuertes, y aun así el alma: cómo experimenta alguna vez paz en la boca, cómo cierra la boca en paz mientras vive. Estar vivo es este entrar y salir. Encontrar, perder, demandar, obsesionarse, mover la cabeza ligeramente más cerca. Intentar nadar sin pensar en lo difícil que parece. Intentar hacer lo que corresponde sin burlarse de nuestra era desconsolada. Burlarse es muy sencillo. Siente una brisa en la frente, el viento nocturno. El zorro nada hacia delante sin salpicar. El zorro no falla.

Traducción de Eduardo Rabasa

Ilustración de donDani

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