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A la caza del gran Primavera Sound

JUEVES

Siempre arribo tenso a los festivales. Apenas traspasé las puertas del Parc del Fòrum, comencé a ponerme nervioso. En parte por la expectación que me producía estar ahí, y también debido a que pesaba sobre mí el cartel, al que consideraba flojo en relación a las ediciones anteriores. Además, arrastraba esa puñalada que significaba la ausencia de Sixto Rodríguez. Días antes, el músico había cancelado su participación a causa de cansancio “metafísico” (al parecer era más complicado ser una estrella del folk que una leyenda de la construcción). No conseguía quitarme de la cabeza que había perdido la oportunidad de presenciar su actuación, y quizá no se me presentaría otra.

Pero por otro lado, sentía excitación por la escisión que presentaba la programación. Existía un bloque perfectamente delimitado de bandas grungeras, conformado por Dinosaurio Jr., The Breeders y Meat Puppets, y otro por Jesus and Mary Chain y My Bloody Valentine, esto como parte del revival ochentero-noventero que en los últimos años han emprendido festivales de todo el mundo. Pero aquí potencializado. La contraparte la alineaban algunas de las bandas con mayor proyección del momento: Hot Chip, Animal Collective, The Knife y Phoenix. Y en el centro de todo, Blur, como ajuste de cuentas emocional con el público español y el yiri también. La banda más esperada.

Por supuesto que había epígonos de todas clases. Y lo que no podía faltar, un cóctel de psicodelia y alrededores: Tame Impala, Django Django y Dead Skeletons. Y por si fuera poco, Nick Cave and The Bad Seeds coronándolo todo. Pero, insisto, para mí lo más interesante era el duelo entre las bandas retro y las modernas. Quería presenciar aquella batalla. Descubrir quiénes resultaban vencedores.

Decía que siempre me ha costado asumir la conciencia festivalera desde un principio. Me presento crispado a los eventos. Y aquel jueves, primer día del Primavera Sound, no fue la excepción. El Parc del Fòrum, donde se desarrolla el evento, es un espacio junto al mar decorado como un parque de atracciones, rueda de la fortuna incluida. Una chica, entre los asistentes, me espetaba que todo ese ambiente de circo es lo que mata al rock and roll. Los puestos de comida, los de merchandise, el emporio Adidas.

A mí todo eso no me molestaba en lo absoluto. Lo que atrapaba mi atención eran las tres chimeneas de la planta depuradora que se divisan desde el Parc. Era como contemplar la portada del Animals de Pink Floyd desde otra portada mezcla del Circus de Kiss y el On the Beach de Neil Young. Según me contaron, la planta depuradora desprende unos olores que resultan en ocasiones sumamente incómodos. Por fortuna, aquel día el fuerte viento impedía que respiráramos esos aromas.

La única manera que existe para tranquilizarme en un festival es drogarme. Así que mientras estudiaba el plano del lugar, me puse a fumar Great White Shark, una de las motas más potentes del orbe. La había adquirido horas antes en un club de mariguana. En España la yerba es medio legal. Si te inscribes en un club puedes comprarla y fumarla dentro. Si decides sacarla a la calle es bajo tu propia responsabilidad. Pero en el interior del Parc no hubo problemas. No tuve que esconderme para atascarme. Una verdad evidente pero no explícita, es que además de la música, uno de los principales atractivos del festival es la permisividad que existe para ponerte hasta el zoquete.

Con el tiempo he aprendido que pocas cosas tan deplorables en la vida como los huecos en la programación de un festival. El tiempo muerto es un enemigo al que prefiero no combatir. Así que la primer banda que fui a oír fue Tame Impala. No era mi primera vez, antes los había torcido en México. Pero ahora fue diferente. Si antes me parecían grandiosos, aquella tarde sonaron insuperables. Para nada acusaron la ausencia de su anterior bajista. Y en el debut oficial en vivo del nuevo integrante, sonaron mejor que antes.

Los australianos son una banda engañosa. Supuestamente están en camino de consolidarse, pero Lonerism ya ha roto dos o tres hocicos. Y no estaba considerada como una banda estelar, otros con menos méritos tuvieron mejor horario, pero arrastraron tal cantidad de gente que parecía que estábamos ante una de nuestras bandas más añejas y más queridas. Y así fue. El frío comenzó a pegar un poco a esas horas. Y el escenario Heineken fue perfecto para la actuación de la banda. La música y los efectos visuales de la pantalla contrastaban con lo que se veía detrás: Barcelona, una ciudad que pertenecía a un país que padecía una crisis, pero que cobraba la entrada por día al festival a 95 euros si la adquirías ese mismo día, y cervezas de 300 mililitros a 5 euros (casi cien pesos mexicanos). Por mucho que Tame Impala nos invitara a realizar un viaje interior, no podía abstraerme de esa imagen.

El vocalista de Tame Impala presumió que habían estado a punto de cancelar (el movimiento Sixto Rodríguez quería cobrar tendencia), debido a que se encontraba algo enfermo. Pero no más que un muchacho que estaba a mi lado, me dije, que tenía la piel de color verde. Y no, no eran los efectos del Great White Shark. En verdad tenía la tez color clorofila. No pude determinar su nacionalidad. Pero su cabello rubio opaco le añadía un aspecto más desconcertante. Pensé que quizá se había teñido con alguna especie de bronceador, pero su pigmentación era real. Tiempo después busqué en la red tratando de encontrar este padecimiento, pero no encontré nada.

Tame Impala me jodió el resto del día. De manera modesta, sin muchos aspavientos, bajita la tenaza, fueron uno de los puntos más chonchos del festival. Y qué versión de “Mind Mischief”, totalmente instrumental.

Así que después de Tame Impala hubo que correr hasta el escenario Primavera para saldar una vieja deuda llamada Dinosaur Jr. No era el único. Una gran cantidad de treintañeros también atravesaban por la misma situación. Y mientras me desplazaba pensaba en que no debía tener tanta carga ese ajuste de cuentas. En cualquier momento de mi existencia pude viajar a Estado Unidos y verlos en vivo. Pero por una razón u otra nunca sucedió. Así que tuve que cruzar el charco para por fin tenerlos enfrente.

Y no exagero si admito que fue una de las mejores bandas de la noche. Me revolvió las entrañas tan cabrón, que no pude seguir. Después de su actuación, tuve que largarme del Parc. En lo musical, Dinosaurio la rompió. Ese sonido puramente trash, la devoción absoluta por la distorsión, el guitarreo, nos dejó tumefactos. Repasaron su repertorio, tocaron “Just like Heaven”, y una rola de la banda que eran antes de llamarse Dinosaurio Jr.

El plan era alcanzar a Animal Collective, pero el Great White Shark y el tiempo muerto me mataron. Por imbécil, como no había nada qué hacer, me asomé a Grizzly Bear. Y ahí mamé. Qué cosa más espantosa. Se me juntó todo, el shock Dinosaurio, el cansancio, la cagué, había venido a cubrir el festival un mes antes, así que llevaba un mes de juerga, desvelado, puteadísimo. Pero no estaba tan mal, a los Collective podría topármelos cualquier día en otro cartel. Lo mejor sería guardar energía para alcanzar el sábado uno de mis objetivos más preciados del programa: My Bloody Valentine.

 

VIERNES

Pinche Dinosaurio, el viernes desperté con la malilla del grunge y antes de lanzarme al Parc me puse a oír a Veruca Salt, L7, Elástica, etc.

El día que toca Blur en cualquier festival siempre será un día especial. Obvio que en la segunda jornada se registró mayor asistencia que en la primera, al final el aforo sumaría un total de 170,000 cabezas llenas de rock. Mi plan era llegar temprano al recinto, pero con bandas programadas a las 3:50 a.m. no es posible llegar antes de las 5 de la tarde. Una cosa debe entenderse: esos días, si compraste abono, se vive para el festival. Cada madrugada te vas a tu casa a dormir, despiertas, comes algo y de retache al Parc. Esos son los días en que el rock está más cerca de considerarse religión.

Llegué a tiempo para ver a Santiago Motorizado, líder de El mató a un policía motorizado, con su proyecto solista. Y al terminar su show, le gané a la actuación de Daniel Johnston. Pero cuando llegué a la taquilla, los boletos se habían terminado. Costaban dos euros. Y el evento se realizaría en el auditorio Rockdelux, que está afuera del Parc, metros antes de la entrada. De cualquier manera me formé. Se presumía que sacarían tickets a la venta. Pero al final no conseguí entrar. Al día siguiente me enteré por la prensa de que sólo había interpretado cinco canciones. Pero el documental basado en su música le está dando la vuelta a todo el mundo, y su lucrativa gira lo llevaría a remotos lugares como Escandinavia.

Había fumado tanta mota el día anterior, que el viernes me abstuve. No fue fácil. Apenas oí las primeras notas de Django Django, se me comenzó a hacer agua el cerebro. Pero preferí atarantarme el gusano con unos whiskeys. Nada me hubiera movido del escenario Heineken hasta que se acabara Django Django, pero el escenario Primavera se encontraba alejado, y quería agarrar buen lugar para las Breeders. Así que me fui poquito antes de que finalizara. Pero por lo que oí, Django no es una banda tan distinta en vivo a como lo es en estudio. Yo había estado mordiéndome las uñas por oírlos, pero no impresionaron. Cumplieron. Pero hasta ahí. Quizá deba repetir. Una tarde mediana la tiene cualquiera.

De qué estaban hechas las bandas norteamericanas de los noventas que son imbatibles. Breeders sonó más poderosa que nunca. Se reventaron todo el Last Splash, más unas rolitas de otro disco, como el cover “Happines is a Warm Gun” de los Beatles. Tuvieron algunas fallas de audio, pero eso no impidió que las disfrutáramos al máximo. Ya están chicharronas, pero cómo le pegan a los instrumentos. Otra banda que se me había traspapelado, y que 20 años después me estaba recetando como si de pagar una manda se tratara.

Tuve que aventarme otra pinche carrerota, de punta a punta, para llegar a Jesus and Mary Chain. No llegué a tiempo. Ya había comenzado. Pero los disfruté un chingo. Como banda de su tiempo, la escenografía que los acompañaba era escueta, pero ésta resaltaba un poco más por una inmensa cruz azul que pendía a sus espaldas. Oí seis rolas. Y apenas terminaron, la gente salió disparada en todas direcciones. Aproveche para ir al baño y me quedé en el escenario Heineken para agarrar buen lugar para Blur.

Quedé a unos diez metros de la barrera que separa al público del escenario. Estaba casi vacío. Pero conforme transcurrieron los minutos, se aperró. Diez minutos antes de que saliera la banda, tuve que salirme de la masa. No conseguía respirar. Aquello era una locura. Y se atascaría peor. No lo iba a disfrutar. El apretujamiento era infame. A pesar de rajarme, no quedé tan mal ubicado. A la altura de la consola.

Blur cumplió. Bien, muy bien. Pero nada extraordinario. Aunque la prensa española celebró de manera apoteósica la presentación. Era de esperarse. Era un reencuentro. Los ingleses tenían 15 años sin pisar España. Fueron una banda ordenada. Conforme al plan. A lo esperado. La calidad de la interpretación fue de diez. Y el contacto con el público fue estrecho. Pero no hubo sorpresas. El setlist fue demasiado predecible. Abrió con “Boys and Girls” y cerró con “Song 2”. Pero eso no les resta grandeza. No hubo fisuras. Fue perfecto.

El Blur del Primavera no le llegó ni a los talones al Blur del Vive Latino.

Mis pies estaban matándome, así que soslayé a The Knife. Así es la vida: uno va perdiendo bandas.

 

SÁBADO

Pisé el Parc poco antes de las nueve de la noche, para ver a Dead Can Dance. Pero no soporté toda la actuación. En lo que a mí respecta, es una banda que no ha sabido envejecer. O quizá mi mente se encuentra en un lugar tan en el presente que me impide apreciarla. El caso es que salí huyendo del escenario Ray Ban. Entre más viejo me hago menos tolero la World Music y abrazo más intensamente el rock.

Como me quedaban dos horas por delante. Me fui a hacer mosca al escenario Heineken, a la espera de que saliera Nick Cave. Como el sitio estaba desierto –ya había terminado Band of Horses cuando llegué–, agarré un buen lugar. A unos veinte metros del escenario. Y como con Blur, conforme avanzaba el tiempo, el espacio se fue abarrotando. Pero a diferencia del día anterior, pese a que estaba incómodo porque me empujaban por todas partes, ahí me quedé. En el apachurramiento.

La Bestia Nick Cave, y The Bad Seeds, salieron alrededor de las once cuarenta de la noche. Yo lo había visto ya dos veces este año, en el D.F. Pero lo que había presenciado se quedaba corto. En Barcelona el show de Cave fue un machetazo a marrano de espadas. Estuvo bien cerdo. Abigarrado. Abrió con “We No Who U R”, y siguió con “Jubilee Street”. A partir de ahí no dio tregua. Nada de baladas. Puro fierro. “Red Right Hand”, “Jack The Ripper”, y antes de tocar “Tupelo” dijo: “Esta canción se la dedico a Elvis. Que siempre está vivo en mi corazón”. Y no hubo nada de cursi en ello, las versiones de las rolas eran aún más explosivas de lo que en sí son.

Y es que con Nick Cave nunca se sabe. Algunos días sale al escenario con un temperamento dulce, pero en otras ocasiones, como en el Primavera, con una vocación destructora. Abandonó el escenario dos veces para irle a cantar al público en su jeta. A una chica que estaba pegada a la valla, le cantó al oído, le puso el miembro en la cara, y en ese mismo instante volteó al escenario y le gritó a la banda “Suck my dick”. Se le veían las intenciones por meterse entre la gente y cantar desde ahí, pero no lo hizo, sabía que lo encuerarían, pero cantó acostado sobre ellos. Regresó al escenario. Y minutos después bajó de nuevo. Y tras un lapso en el que cantó en el aire, con una bota en el estribo y lo que resta de su cuerpo sobre el público, volteó de nuevo hacia la  banda y les reclamó: “Where are you?”, en un ademán cargado de rabia.

Había un teclado entre el grupo, que Cave aporreaba a ratos, pero nunca emergió “God is in the House”. Fue una actuación brutalísima. A todos nos sorprendió que se atemperaran los ánimos con “Push the Sky Away”. Esta rola le dio pie para marcharse del escenario. Y no volvió. No hubo encore. Sólo tocó una hora. Que nos dejó babeantes. Y yo que pensaba que ya lo había visto todo.

A las 2:35 a.m. vi a My Bloody Valentine aparecer sobre el escenario.

Qué grupo tan enorme. Qué lección de noise. Ahí estaba esa banda que se había retirado en 1994, pero que estaba en una forma envidiable. No fue un concierto nostálgico. Fue un estallido de feed-back. Para nada estaban oxidados. Qué demostración de coraje la de My Bloody Valentine. No había una reconciliación o un reencuentro con su gente. Aquí no existía público que recuperar. Quien se va tantos años de la escena termina por sepultarse, sin embargo, ahí estaban muchos dinosaurios que los recordaban, quienes no se esperaban lo que sucedió.

Mientras nos deshacían los tímpanos, ellos estaban tranquilos sobre el escenario, hasta parecían aburridos. Parecen una banda casera pero cómo amplían su sonido. No existía ni la comunión de Blur con el público, ni el ataque de Cave a la audiencia, ni la invitación a aplaudir con las manos en alto. Había ruido, puro puto ruido, pero ejemplar. Distorsión. Con un cierre de diez minutos de puros chillidos guitarrísticos.

Al final no llegué a Hot Chip. Que tocaba a las 3:50 de la madrugada. En los festivales, como en el día a día, todo se trata de elecciones. En esto pensaba mientras encaminaba hacia la salida. En la calle no conseguí agarrar taxi. Eran casi seis kilómetros hasta Arc de Trumpe, donde dormía. Llegué a la conclusión de que valía la pena que me regresara caminado por haber visto a My Bloody Valentine. Era lo que más me había latido de los tres días. Estaba tan cansado que sólo quería dormir.

Carlos Velazquez posa para una foto  en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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