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A la intemperie | Claudina Domingo

Aparecen como malas noticias: de un momento a otro y en los sitios más improbables. Su rotunda expresión del mundo físico los hace todavía más difíciles de ignorar. Llaman la atención, además, su número y su especie. Las sillas y las mesas, por lo que parece, admiten ser destazadas y sirven como composta para más sillas y mesas de madera. Los «blancos» de metal tienen incluso precio, así que será arduo encontrar una lavadora de acero en alguna esquina. Los colchones se las ingenian para no padecer por mucho tiempo la mendicidad. Son los sillones, sobre todo los grandes sillones de tres plazas, los sofás destartalados, los que pasan días y noches enteros adornando una esquina o la fachada de una cortina de metal.

 

Hay que salir de madrugada al vecindario para sorprender a la familia o la pareja criminal (se necesita al menos un cómplice en esta tarea) con las manos en la masa: pujando y riendo, nerviosos, medio cohibidos, mientras maniobran con el cadáver deshilachado, pringoso y lleno de bultos que ya lesionan las nalgas. Es fácil imaginar a la pandilla previsora que, en lugar de salir a las 11 de la noche, sale a las 4 de la mañana a orear la intimidad. Si algo tienen los sillones abandonados es la ignominia de los muebles gastados: todos, de alguna manera, indican las penurias y los dramas existenciales de quien, al fin, se deshizo de un mueble que le acompañó, al menos, un lustro, si no es que un par de décadas. Porque si algo se le debería reconocer al mexicano, en su austeridad obligada, es su compromiso contra la destrucción del planeta, al menos en lo que respecta a la vida útil que le da a los muebles y la reutilización que suele tener pie, por lo común, en la banqueta. Un escrúpulo que debe tener origen en un cariño previo lleva al dueño harto de su sitial de reposo devenido en basura a dejar el mueble en la posición común: no patas arriba ni apoyado en un costado; como si a la ofensa ya inferida de arrojar del hogar al mueble no se le pudiera sumar el trato vergonzoso de dejarlo despatarrado en la banqueta.

 

Ahí empieza la otra vida del sofá antes doméstico, que como los animales que escapan de sus casas pagan la libertad y el ajetreo festivo de la calle con lluvias y pulgas. Un sillón se resiste a abandonar la calle una vez que ha echado raíces. Pueden pasar días, semanas, incluso meses, en los que lleva una vida al mismo tiempo sedentaria que bulliciosa. Seguramente compensa la soledad del departamento vacío durante la jornada de trabajo, las escasas fiestas que el dueño aislado celebró en casa, con las semanas o los meses que pasa en la calle «estorbando». Si no lo han empapado las lluvias, si está recién desembarcado de la sala donde ahora hay otro sillón parecido (o bien, muy diferente, por aquello de que hay quienes gustan de «aprender de los errores» como si la vida fuera un examen de matemáticas), quizá unos ojos expertos ya lo tengan en la mira. El «pepenador» (oficio mexicano de exportación en esta época ecológicamente sustentable) hace un dictamen en el que puede modificar el estatus de cadáver a mueble útil (no hay lujo más sabroso para un trabajador de clase media que decidir que algo está viejo porque ya no está nuevo) o bien, en caso de que el sillón de verdad haya pertenecido a un ecologista feroz, el profesional de la pepena puede ver que, de todas formas, la madera de sus entrañas o el falso cuero que lo cubre sirven para alguna cosa.

 

Otra cosa es el sillón verdaderamente achacoso que adoptan una gata, un perro o un hombre. Ése se instalará en la calle meses enteros, para el bochorno de los vecinos que no pueden entender a la «gente puerca» que en vez de pagar para que se lleven su basura, la saca a la elegantísima vía pública. Este sillón, emblema del tercermundismo para los ojos más sociológicos, cumple por lo menos dos funciones. La primera y más obvia: servir de reposo a los seres filosóficos para quienes las pulgas y los malos olores apenas son incomodidades: perros callejeros, vagabundos, locos huidos, teporochitos, «chavos de la calle» (en nuestra sociedad neonovohispana, las castas existen hasta en la indigencia). La otra función es la que más inquieta: nos recuerda que nosotros también somos «objetos» de algo menos personal que una casa, y que un día también seremos cadáveres expuestos a los juicios y los recuerdos más arbitrarios.

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