Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Estimada prima Ignacia,

Soy un empresario de mediana edad y gustos diversos, que para nada es cuadrado, sino que me gusta abrirme a todo tipo de experiencias, culturas y formas de pensar. Sin embargo, llega un punto en la vida de todo hombre que se respete en el que debe decir enough is enough, y por eso acudo a ti en busca de consejo. A pesar de que ya estás entrada en años, una niña bien se convierte en una esposa bien y después en una señora bien, así que sé que sabrás comprenderme. El caso es que conocí por Tinder a una niña de 35 años y, para que no pensara que nada más la quería para divertirme, fui muy respetuoso con ella las primeras cuatro citas. Sin embargo, a la quinta empecé a realizar algunos tímidos avances, y aunque siempre se ha mostrado muy risueña, se hace como si no se diera cuenta, al grado de que la última vez, cuando le regalé unas rosas rojas y una caja de chocolates en forma de corazón, se los regaló a unos peladitos que andaban mendigando fuera del restaurante exclusivo al que la invité a cenar. Por todo lo anterior, temo que me pueda estar friendzoneando, en cuyo caso no puedo perder más mi tiempo, pues he llegado a la curva de la vida en la que debo de empezar a considerar el tema de la descendencia. ¿Qué me recomiendas hacer?

Atentamente,

Telésforo González

Ay Telésforo, o sea, déjame ver si entiendo: acudes a pedirme ayuda y en el proceso me llamas «señora bien», ¿y esperas que así te abra mi corazón y mi sabiduría? Híjole, creo que en casos como el tuyo lo mejor es ser muy directa, así que siéntate y abróchate el cinturón, porque ahí te va ésta: a juzgar por tu carta, no creo que la susodicha en cuestión te esté friendzoneando, sino que más bien te ha de estar viendolacaradependejeando o, como me explicó una comadre española que le dicen a los de tu tipo en la madre patria, que te ha agarrado de lo que vilmente se conoce como un pagafantas, es decir, un tonto útil con el cual entretenerse un rato viendo cómo se arrastra por unas migajas de amor que jamás recibirá. O sea, hellooooooo?, ¿ni siquiera porque le regala a unos tipines tus rosas y chocolatuchos puedes entender el mensaje? Ay, madre de Dios, de verdad que en momentos como estos, cuando una constata en carne propia hasta dónde pueden llegar el orgullo y la estupidez de los hombres, dan ganas de comprarse uno de esos robots sexuales que además nunca fallarán a la hora de la verdad ni por pensar en sus mamás ni por estar demasiado borrachos.

Ahora que, para ofrecerte un poco de consuelo, te confieso que yo tengo un doctorado honorario en friendzoneo, y que en algunas ocasiones en que se me pasaron los martinis, los muy pícaros terminaron saliéndose un poco con la suya, y lograron robar uno de los muy codiciados besos de la prima Ignacia. Entonces, como seguramente tampoco es que tengas muchas más opciones, no te me desanimes y síguele haciendo la luchita, y si de veras eres tan pudiente trata de comprar su amor —o aunque sea su lástima— con regalitos caros y el tipo de agasajos con los que toda mujer que se respete tarde o temprano termina cayendo. De todas maneras, el fracaso existencial ya lo tienes, así que la verdad no veo que tengas nada importante que puedas perder. Are we clear?

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