Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Abandona-toda-esperanza-titulo

Por Diego Rabasa

Narcisa era una puta carioca adicta al crack. No obstante, describir así a Narcisa sería tan justo como decir que el Everest es una montaña grande, el viento es un flujo de gases a gran escala o un amanecer es el fenómeno que marca que la tierra ha dado una vuelta sobre su propio eje. Gran parte del libro trata acerca de cómo Narcisa vende su cuerpo una y otra vez y consume crack sin parar, con lo cual el enunciado inicial sería tan certero como la gravedad. Pero Narcisa es mucho más que eso. Narcisa es un umbral, una puerta hacia una dimensión en donde la sofocante vida ordenada, la atenazante obsesión por el consumo y la producción, la enajenación del entretenimiento y todos los males y demonios de nuestro tiempo, se funden en un delirante y apasionante carnaval que obligará al lector a transitar por la profundidad de su propia oscuridad. A través de más de setecientas páginas, Jonathan Shaw nos sumerge en los insondables abismos del alma humana, nos guía con una linterna de aceite a través del inframundo y con golpe seco nos recuerda la grave amenaza que puede llegar a representar la mente cuando decide volverse en contra del ser que la alberga. También nos arroja al culmen del ardor, a la nobleza del amor irrestricto, a la agonía de la autodestrucción, mientras nos pasea a través de los submundos de las favelas brasileñas por donde desfilan duendes, daimones y súcubos; malabaristas, estafadores y jineteros; adictos a la mota, el crack, la heroína, la cocaína y el alcohol.

El co-protagonista y narrador, Ignácio Valência Lobos, vuelve a la ciudad de su infancia, Río de Janeiro, tras un periplo que lo llevó, entre otras cosas, a pisar la cárcel en México, donde trabajó como traficante de heroína entre Sinaloa y Baja California. Vuelve a Río, a la favela que Fernando Meirelles hiciera célebre con la cinta Ciudad de Dios, y se encuentra con un entorno gatopardiano: atrás han quedado los paisajes verdes y húmedos, «Este circo de los horrores infestado de pobreza es una depravada masacre del alma», nos dice la voz del relato que al mismo tiempo reconoce que el cambio de paisaje no ha tenido efecto en la población que habita esta selva de asfalto, cuando
ve a un chico apenas adolescente blandiendo una pistola calibre .44. «Aquí las señales de tráfico deberían decir: Abandona toda esperanza», sentencia Valência Lobos.

Los pocos más de cien capítulos que componen el libro vienen acompañados de epígrafes en los que se configura una especie de declaración de principios literarios del autor. Por ahí desfilan lo mismo Salmos que dichos del Buda que citas de Hemingway o Louis-Ferdinand Céline, entre muchos otros. Uno de ellos pertenece a Herman Melville y en él se encuentra encriptada buena parte de la personalidad del protagonista: «La vida es un viaje de vuelta a casa». Tras deambular por las calles que le despiertan los sedimentos más profundos de su memoria, Valência Lobos sufre una aparición espectral que le trastoca la existencia para siempre, empezando por el nombre. Desde el primer encuentro con Narcisa, el protagonista abandonará su nombre para adoptar el que ella le ha impuesto, Cigano (gitano en portugués), uno que le recuerda el mote de la infancia con el que trasegó por los inframundos cariocas prefigurando una vida de errancia y desapego que encontró finalmente su sino en el poder hechicero de Narcisa.

De repente, la imagen de su cara irrumpe en un fogonazo, como un relámpago que cruzase eones y fuese a estallar directamente en mi consciencia; una explosión de silla eléctrica cortocircuitada de júbilo ardor pasión infantil que me vuelve cemento la sangre en las venas.

Así describe Cigano su primer encuentro con Narcisa, a quien inmediatamente asocia con las dakini: míticas figuras tibetanas que encarnan el espíritu de la cólera y la furia femeninas.

A partir de este momento, Cigano y Narcisa se fundirán en una perversa dualidad que potenciará las adicciones de ambos (la de Narcisa por el crack, la de Cigano por el sexo de Narcisa). Sueltos, a la vera del mundo, oscilarán entre la salvación y la destrucción. Narcisa irá y huirá hacia y de los brazos de Cigano, se reencontrará y volverá a separarse de su rico marido israelí en quien ha depositado toda esperanza de salvación, se consumirán en extenuantes jornadas de sexo, Narcisa caerá una y otra vez en las fauces de la Maldición, siniestros personajes aparecerán y desaparecerán de escena, mientras que el vórtice del libro avanza arrasando con todo a su paso.

Jonathan Shaw

Jonathan Shaw

A pesar de que Narcisa muestra la exuberante y amplia formación intelectual y espiritual del autor, una que recorre los siglos y las civilizaciones en todas sus latitudes, Jonathan Shaw no puede negar la cruz de su parroquia. Tiene clavada la tradición literaria norteamericana que encuentra en la acción el elemento narrativo central. Prolijo en sus descripciones, no abandona nunca la historia que está contando. Sabe navegar lo mismo por afuera que hacia dentro de sus personajes y aunque es su propia vida la que nos cuenta, el narrador logra permanecer ecuánime y nos demuestra que tiene una conciencia permanente de lo que está narrando y de cómo debe hacerlo. Cuando la reiteración de los brotes de Narcisa, o los raptos de furia del Gitano, parecen una repetición innecesaria, una pequeña vuelta de tuerca justifica su incorporación a este desfile de horror y pasión, de manía y encantamiento, que permea en todo el libro.

A medida que Narcisa se va psicotizando y sus brotes son cada vez más violentos, conforme su cuerpo se va marchitando y Cigano se ve cada vez más imposibilitado a seguir eludiendo el desenlance de su trágico romance, la lectura adquiere dimensiones cada vez más amplias. Mientras avanza la trama, Cigano y Narcisa se transforman
en dos seres sintomáticos que fincan resistencia ante el almicidio que el modo de vida contemporáneo encarna. Las intensas pulsiones que los atraviesan no tienen cabida en el mundo de las vidas ready made que piden soslayar la justicia, la pobreza y el dolor humanos en pos de una desenfrenada ilusión postrada en el deseo más banal e instrumental posible. Uno que va en sentido opuesto a ese del que habla Jack Kerouac —y que funge como epígrafe del libro para guiarnos cual estrella polar incluso en los parajes más negros que la noche—: «Porque la única gente que me interesa —dice Kerouac— es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo: la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos que explotan como arañas entre las estrellas y, entonces, se ve estallar una luna azul en el centro y todo el mundo suelta un ‘¡Ahhh!’», como el que sin duda resuena como eco a través del inmenso ardor de las páginas de esta novela.

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Jonathan Shaw
Prólogo de Lydia Lunch
Traducción de Rubén Martín Giraldez
Coedición Sexto Piso / UANL • 2016
708 páginas

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