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Me acordé de esta anécdota ahora que le doy vueltas a mi participación en una mesa como parte de las actividades del Hay festival Querétaro, en donde se debatirá sobre el movimiento #metoo: conocí a Dave Navarro, el insaciable guitarrista que reubicaba la fuerza del trasteo heavymetalero en las riberas andróginas de un rock estilizadamente lunático, gracias a los manoseos glam y darkis con los que Perry Farrell dio forma al sonido de Jane’s Addiction, que rasgaron el cielo con el lanzamiento del Ritual del Habitual y de cuya gloria nunca volvieron a recuperarse. Los Porno for Pyros son algo así como una secuela afortunada y sólida, pero también otra cosa distinta al desmadre visceral de la Juanas Adicción, con un pie en el arte contemporáneo, defensores del porno y frontalmente gays, quizás por eso los escucho más seguido, sin que esto reste importancia a la perversa y genial influencia que Jane’s Addiction dejó en mí.

Me arrepiento de no haber pasado más tiempo con él, quería preguntarle cómo es que habían compuesto esa pieza demencial, Ted, just admit it… lobotomía hecha con jazz y riffs como motosierra a la mente del asesino serial Ted Bundy y que incluye aquella cresta verbal en la que Perry sentencia a lo fanático religioso: Sex is violence!

Como casi siempre, lo echó a perder por culpa de ese impulso por mamar verga que según yo debe indemnizarse si no quiero sentirme un fracasado sexual. Bueno, el regimiento de rubias con sus tetas prominentes y sobrenaturales chocando unas con otras tuvieron que ver también, provocándome una sensación de asfixia, como si estuviera atrapado al interior de esas máquinas dispensadoras de chicle.

Era el after que siguió a la ceremonia de los premios Fans of Adult Media Entertainment (F.A.M.E.) a lo mejor del porno gringo según la votación del público en general. Resultó que una de las categorías fue presentada por Dave Navarro y Carmen Electra, el premio a la mejor y más sucia actriz porno o algo así. Apenas dejó el escenario, corrí a hacerle una entrevista banquetera. Le llamó la atención que las candidatas a un F.A.M.E Award no me distrajeran como al resto de los reporteros, y básicamente me la pasé preguntándole sobre sus recuerdos del toquín de 1990 en el LUCC del entonces DF, cuyo registro abre la película de Farell, The Gift; todo esto debió ocurrir en 2007 o 2008, cuando la revista Quo me mandaba a cubrir esa clase de eventos para sus cotizados especiales de sexo.

La premiación acabó, el salón de eventos en cuestión de segundos parecía el lobby de un hospital, y de pronto estaba náufrago en medio del Centro de Convenciones de Los Ángeles, preguntándome cuál sería el bar leather más siniestro de LA, con una desorientación paralizándome la jeta. Hey you, grit. alguien. Era Dave Navarro, diciendo que por qué tan perdido, me dijo que lo siguiera, y de pronto estaba en un auto con el guitarra de Jane’s Addiction y un regimiento de mujeres porno que me convidaban champaña. Nos fuimos al after. Cuando les dije que era gay, todas las actrices prometieron que le marcarían a la verga más grande de California, según esto me volvería loco, pues junto a ese fierro la Hatori Hanzo es sólo un mero untador de mantequilla. Las muy mentirosas.

Ya pedo, la tersa intimidad femenina empezó a amenazarme. Me sentía muy dichoso, pero también despavorido. Le dije a Dave que todo muy chido pero ya no podía más, necesitaba ir a lo mío, a lo directo y depredador del sexo gay, sin configuraciones opuestas. ¿Sabes de un lugar donde me acosen y me dejen seco y trafiquen con mi intestino? Acosen, sí. Utilicé esa palabra, no a la ligera, con todo el peso del deseo.

Dave me dijo que no estaba muy lejos de un lugar hecho a la medida de mis fiebres. «Caminando llegas, a dos, tres cuadras de aquí, pero con cuidado porque ya estás muy pedo», me advirtió. Pinche Dave, es un rockstar de los buenos, de los que a pesar de la fama sigue dominando el subterráneo a tal grado que sabe de sex clubs gays maniacos que ni siquiera tienen letrero: al llegar, sabes que es el Slammer por sus famosos números pseudograndes sobre una marquesina amarilla. Era enorme, de paredes negras con arquitectura de laberintos y jaulas y glory holes, y donde las mujeres tenían prohibida la entrada. Dave Navarro me había leído la mente. Era lo que necesitaba. Aunque, para ser las primeras horas de la madrugada del domingo, estaba aparentemente abandonado. No había meado desde el centro de convenciones y parecía que el Slammer había escondido el baño en el infierno. Hasta que vi a un tipo sacarse la verga y orinar en la profundidad de un cuarto bañado de brumosas luces rojas y púrpuras, donde la fiesta se concentraba. Cinco minutos después supe que estaba meando sobre el torso de un tipo desnudo al fondo de una bañera. Era sábado de watersports en el Slammer, como se le conoce al fetiche de los orines en el mundo gay. El piso era una gruesa alfombra de charcos de meados y un olor que picaba los ojos se mimetizaba con el vapor de poppers y sobacos amargos. Siempre te estaré agradecido por ello, Dave Navarro.

¿Cómo abordar el acoso con mi sexualidad gay intensa, cuando no extrema? Muchas noches no logro dormir al pensar que sin el acoso probablemente no habría podido darme cuenta, con certeza, de que me gustan los hombres, y mantenerme virgen hasta los cuarenta, en cuanto a la vagina, quiero decir.

Recuerdo que hubo momentos en que las caricias de las actrices porno parec.an que rebasaban mi intolerancia al estrógeno. ¿Fue acoso? No lo sé. Era un mundo al que no pertenezco.

@distorsiongay

Wenceslao

Wenceslao Bruciaga

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  • Bien sexto piso. Crees que publicando los desvaríos de este maricon asqueroso y mitomano vas a ganar público.

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