Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Schermafdruk 2018-06-13 09.31.48

Por Felipe Rosete

Tú que decías/ que ya no servía/ oye tú que decías/

que ya no salía/ ahora mismito mi amigo/ yo te vengo a saludar

«Sonido bestial», Richie Ray y Bobby Cruz

María del Carmen Huerta, mejor conocida como la Mona, es una niña bien, estudiante del Liceo Benalcázar, cuya vida acomodada, por decisión propia, dará un giro de ciento ochenta grados, haciéndola entrar en un proceso de desclasamiento. Poseída por la música, trunca su destino hacia lo que para muchos sería el infierno, aunque para ella es lo que es: una forma de mantenerse en medio de lo que más goza: la rumba. Su vida cambia aquel sábado de agosto en el que decide dejar su casa para caminar con sus amigos por las calles de Cali, hasta terminar en la fiesta del Flaco Flores, donde entra en contacto con el alcohol, las drogas y el rock and roll. Desde ese momento ella sabe que su espíritu está dotado para la rumba, y para nada más, así que se encomienda a ella. Se enrolla con Leopoldo, un gringo afecto a las sustancias, que además de tocar la guitarra tiene un equipo de sonido que hace agua los oídos de la hermosa peladita, la de piel de durazno y cabellos de oro, con los que alumbra la noche y deslumbra a quienes la miran, que son todos, hombres y mujeres por igual.

Entre otras consecuencias de su decisión está la trepidante narración que nos ofrece de su vida desde una «perdedera nocturna», ubicada en la Cuarta con 15, que se recoge en ¡Que viva la música!, la novela del caleño Andrés Caicedo, quien, fiel a su idea de que pasar más de veinticinco años en la Tierra es una insensatez, puso fin a su vida el 4 de marzo de 1977, precisamente el día en que recibió una copia impresa de su libro. Es curioso, porque si algo tiene la novela es un impulso a probar, a experimentar, a bailar, a rumbear, a vivir, en suma. Porque, como él mismo lo consignó en esos carteles que pegó por toda Cali en rechazo al «Sonido Paisa», hecho a la medida de la burguesía, «no se trata de “Sufrir me tocó a mí en esta vida” sino de “Agúzate, que te están velando”». Y al final, ciertamente, el velado fue él.

No así su genial personaje, que parece decir sí a la vida, siempre y cuando haya música de por medio. Siempreviva: así es como se autonombra la Mona hacia el final de la novela. Así la conocen en los bajos fondos, de donde no se mueve más porque ritmo sólo hay uno: la salsa; porque antes muerta que soportar toda una tarde de domingo en la casa familiar, con la tina caliente y el desayuno en la cama; porque la rumba está a veinte pasos y aun acostada la oye. Cada viernes cobra el cheque de sus padres. Cada viernes estropea a un hombre. «Qué bajo, pero qué rico», se dice a sí misma con total convencimiento.

Escritura bestial, es la de Caicedo. Como el sonido de Richie Ray y Bobby Cruz, los salseros neoyorquinos de origen boricua que el 29 de diciembre de 1969 se presentaron en Cali, para no volver más. El mismo día que Rubén Paces, puestísimo de marihuana y seconales —esas pepas que, sumando sesenta, habrían de dar muerte al escritor— es procreado por la rumba, echado al mundo de entre el universo de cuerpos sudorosos moviéndose en la pista de baile al ritmo enloquecido de los cueros, los metales, las cuerdas y el piano, para a la postre adentrar a la Mona, su novia, en los misterios de la salsa y, con ella, encender su espíritu: «eso turbio que se agita más adentro, las causas primordiales para levantarse a buscar la claridad, el canto». Desde entonces dejará de bailar sola. Moverá el cuerpo al compás de su pareja, tan rápido, tan bestialmente como la música que endulza sus oídos. Y, por supuesto, con mucho estilo.

Al poco se aburre de Rubén, de su bilis negra, de su vómito semanal. En una de las fiestas en que éste funge de dj, esas mismas en las que roba los discos de los anfitriones para crecer su colección, la Mona conoce a Bárbaro, quien le muestra en carne viva la alianza entre el deseo y la muerte, ni más ni menos que al pie de los Farallones, en esas faldas verdes por las que corre el río Pance. Pero esos novios no valen, ni siquiera en el sexo —«eso que él tenía y me metía, era mío»—. De quien es novia la futura Siempreviva es de la rumba, es ella el alma que le da origen, como la música misma, a la que se entrega por completo. Si, como afirma la narradora, «uno es una trayectoria que erra tratando de recoger las migajas de lo que un día fueron nuestras fuerzas», la música es aquello que nos permite reconocer esos fragmentos de los que nos hemos desprendido, no para recogerlos sino para dejar constancia de que todavía andan por allí, para recobrar el tiempo que hemos perdido. De ahí que sean los músicos los que llevan las riendas del universo, que antes de la existencia de cualquiera haya existido un músico, cuyas canciones habremos de silbar o tararear espontáneamente.

Para muchos lectores considerada de culto, esta novela, más que un vitoreo o una ovación, es un pacto con la Música, así, con mayúsculas, en tanto divinidad primigenia: «Música que me conoces, música que me alientas, que me abanicas o me cobijas, el pacto está sellado. Yo soy tu difusión, la que abre las puertas e instala el paso, la que transmite por los valles la noticia de tu unión y tu anormal alegría, la mensajera de los pies ligeros, la que no descansa, la de la misión terrible, recógeme en tus brazos cuando me llegue la hora de las debilidades, escóndeme, encuéntrame refugio hasta que yo me recupere, tráeme ritmos nuevos para mi convalecencia». Es el residuo de un sacrificio a Dioniso, el dios fragmentado, como la imagen de la Mona frente al espejo roto. Y es también una cita adelantada con la muerte, con la plena consciencia del autor acerca de su destino: «A los diecinueve años no tendrás sino cansancio en la mirada, agotada la capacidad de emoción y disminuida la fuerza de trabajo. Entonces bienvenida sea la dulce muerte fijada de antemano».

Y, entrados en la muerte, de nuevo el impulso a la vida, a cierto tipo de vida. No una vida santurrona, comodina, privilegiada, respetable, seria, madura, arrepentida, arribista, envidiosa, que implicaría estar muerto en vida, sino una vida arriesgada, disidente, desafiante, dispendiosa, irreflexiva, contradictoria, insatisfecha, curiosa, soñadora, capaz de escapar de toda etiqueta y todo molde. En palabras de la Mona Siempreviva: «No te detengas ante ningún reto. Que nunca te puedan definir ni encasillar. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca te vuelvas una persona seria. Haz de la irreflexión y de la contradicción tu norma de conducta. Ármate de los sueños para no perder la vista. Nunca esperes que lograrás comprensión con el sexo opuesto. Para el odio que te ha infectado el censor, no hay mejor remedio que el asesinato. Para la timidez, la autodestrucción. No accedas al arrepentimiento ni a la envidia ni al arribismo social. Es preferible bajar, desclasarse. Es prudente oír música antes del desayuno. Si te tienta la maldad, sucumbe: terminarán por rodar juntas del mismo brazo. Acostúmbrate a amanecer con los gusanos. Y encuéntrame allí donde todo es gris y no se sufre. Enrúmbate y después derrúmbate. Échale de todo a la olla que producirá la salsa de tu confusión». Así, como si con su muerte Caicedo impulsara a sus lectores a una vida dionisíaca, fuera de la norma. Como si, en virtud del pacto sellado con la deidad mediante su escritura, ésta se hubiese transformado en música, una música poderosa, bestial, ensordecedora que, cual la canción de Richie Ray y Bobby Cruz, se encarga de gritar a las buenas conciencias y a las almas abatidas: «¡Agúzate, que te están velando!».

que vive la musicaQue viva la música

Andrés Caicedo

Alfaguara

2015 • 240 páginas

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