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Quiero hacer que te olvides de tu nombre / en mi cuarto en mis brazos
quiero amarte / quiero romper al fin / vencer tu piel
y meterme en tu sangre para siempre.
Quiero que hagamos uno / ser tú mismo / enseñarte una última caricia
envolverte cegarte / obedecerte.
Quiero hacerte gemir / quiero quebrarte / deshacerte de ti / anonadarte
que no sepas / que no seas que te entregues / que te olvides / que acabes
que te mueras.
«Quiero», Idea Vilariño

El amor es «dulce-amargo», nos dice la poeta Anne Carson al analizar la idea de Eros en los poemas de Safo. Al ser simultáneamente una experiencia de placer y dolor, parte nuestra mente en dos, pues obedece a la lógica contradictoria del deseo: deseamos lo que no tenemos y cuando lo tenemos no lo deseamos más. De ahí que converjan amor y odio en el deseo erótico: lo que está ausente, lo que falta, es amado porque aspiro a fundirme con ello, y al mismo tiempo lo odio porque lo sé inalcanzable. Alimenta mi esperanza, pero también mis miedos. Nadie, pues, desea lo que ya está presente. Por eso, el deseo se mueve en una geometría triangular, que se desarrolla siempre en función de un tercero. Si deseo a mi amada es sólo porque ésta es el objeto del deseo de alguien más. «Si el eros es falta —señala Carson—, su activación requiere de tres componentes estructurales: amante, amada y eso que se interpone entre ellos». Dos no son uno, son tres. Es este tercero el que conecta y separa al mismo tiempo, el que irradia la ausencia cuya presencia el eros demanda, el que construye el espacio que el eros necesita.

Publicada originalmente en 1953, Los enamorados, de Alfred Hayes, narra la historia de un hombre que vive con una sensación de pérdida permanente. «¿Qué se me perdió que parece imposible de recuperar? ¿Qué hice para ser tan infeliz y al mismo tiempo no estar convencido de que esta infelicidad sea real o justificada?», se pregunta el narrador. Y, como en una especie de acto sanador, nos cuenta su historia de amor, que encaja a la perfección con el análisis de Carson. Ella es una hermosa chica de veintidós años, separada de su marido y madre de una niña pequeña, que está en espera de un mañana mejor. Él es un señor cercano a los cuarenta que sólo busca en ella «el placer del amor», sin mayor interferencia en su vida cotidiana. Ella quiere que al menos le digan que la aman; él no se lo concede, mantiene el intervalo, necesario para el deseo, entre el «Te amo» y el «Yo también te amo». Aún así, tienen el aspecto de los enamorados: celos, posesión, pasión, aburrimiento, necesidad mutua.

La relación se problematiza con la llegada de Howard, un millonario con ideas fijas, que considera las únicas correctas, y que al conocer a la chica en cuestión y quedar prendado de su belleza, le ofrece una atractiva suma de dinero a cambio de pasar una noche con él. Justo aquí comienza a germinar el dolor del narrador ante la posible pérdida de su amada, quien empieza a especular con la posibilidad de aceptar la propuesta del apuesto acaudalado y a establecer un vínculo afectivo con él. Conforme avanza el relato, el narrador la percibe animada, radiante, mucho más bella. A pesar de sentir el gusano de los celos ante el tercero en discordia, oculta sus sentimientos y no hace nada por parar la vorágine que se le viene encima. Se petrifica lentamente. Ante sus ojos su rival es superior y por tanto tiene todo el derecho de robarle a su amada.

La llegada de Howard, pues, abre el intervalo necesario para el eros destructor, expropiador, ese que «derrite los miembros» y somete al amante a la pérdida del yo vital. La actitud del narrador, el no hacer nada frente a lo inminente, es necesaria para generar esa ausencia que reactiva el deseo, ya no en su forma placentera sino en la dolorosa. Entonces sí, como Safo, Arquíloco, Aristófanes, Hesíodo y muchos otros escritores antiguos citados por Carson, el narrador bien puede decir a su amada: «Has roído un agujero en mis órganos vitales», «has arrancado los pulmones de mi pecho», «me has atravesado hasta los huesos», «me has desgastado», «me has crispado hasta anularme», «has devorado mi carne», «has chupado mi sangre», «has arrasado mis genitales», «has robado mi mente racional».

De ahí en adelante, la vida del amante se convierte en un perpetuo tormento mental, lleno de especulaciones y suposiciones en torno a su amada y al tercero. «Dentro de mi —dice el narrador— crecía el embrión de una angustia desconocida», «el sólo pensar empezaba a resultarme doloroso»: ¿Qué estarán haciendo? ¿En dónde? ¿Cómo? ¿Lo estará disfrutando? ¿No se suponía que me amaba a mí y que él era un miserable cretino engreído? ¡Puta! ¡¡Es una puta!! ¡¡Una perra de primera categoría!! «Me pareció que por primera vez en la vida había estado enamorado y, por la mezquindad de mi corazón, había perdido la posibilidad de poseer lo que demasiado tarde me daba cuenta de querer», concluye el, ahora sí, ferviente enamorado, regodeándose plenamente en la vanidad del sufrimiento.

El torbellino se intensifica cuando ella lo llama, le dice que lo necesita y reclama su presencia para después, como se podrá adivinar, alejarse nuevamente. La bomba mental estalla, sin embargo, al enterarse de la verdad detrás de esa fatídica llamada. El amante roza ya la locura. Sigue a su amada, sabe perfectamente a dónde se dirige y, nuevamente, no hace nada por impedir que la herida se agrave. Es en ese momento que se percata de su papel principal en todo el simulacro: «Entonces me di cuenta —dice— de que estaba en una situación que yo mismo había buscado […] yo era el responsable de que ella estuviera donde estaba, en aquél edificio con él, yo lo había deseado así y de un modo sutil había planeado que ella estuviera allí».

Los enamorados, pues, es una novela que sacudirá al lector justamente porque desvela todo aquello que subyace a eso que llamamos amor: placer, dolor, esperanza, miedo, alegría, angustia, cariño, odio, articulados todos por la lógica contradictoria del deseo triangular. La historia que nos cuenta Hayes es muy simple y común, por eso golpea de manera tan directa. ¿Quién no ha experimentado la ambigüedad del deseo en carne propia? ¿Quién no ha pasado por esas fases sucesivas de gozo y sufrimiento profundos frente al ser amado? ¿Quién no ha atravesado por el tornado mental que, positiva o negativamente, implica una relación amorosa o la ausencia de ésta? Las páginas de este libro son, en última instancia, espejos gracias a los cuales podremos entender más de nosotros mismos, de los impulsos que nos movilizan y de los vínculos que establecemos con los demás bajo el nombre de esa cosa tan compleja y poderosa, de sabor dulce-amargo, conocida como amor.

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Alfred Hayes
Traducción de Martín Schifino
La Bestia Equilátera
2011
156 páginas

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