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Por Eduardo Rabasa

Es conocida la formulación de Nietzsche, postulada en El nacimiento de la tragedia, sobre la diferencia entre un escritor y su obra: si Homero hubiera sido Aquiles, no le habría hecho falta escribir sobre las gestas del héroe; lo mismo para Goethe con su Fausto. La escritura aparece así como un sustituto creativo ante la necesaria insuficiencia del escritor respecto a lo narrado, como si respondiera a las limitaciones inherentes a la existencia con un rapto de imaginación que se ríe de la misma idea de límite, desdoblándose en historias prodigiosas que se escenifican infinitamente, cada vez que un lector las vuelve a dotar de vida mediante ese acto tan enigmático al que conocemos como lectura.

Sin embargo, a cambio de renunciar a vivir la vida ahí afuera, para pasarla entre los mundos ficticios a los que da origen con su pluma, el escritor debe tener una fe ciega, casi religiosa, en la solidez de esa realidad paralela llamada literatura. ¿Qué pasaría si, como un converso que se desengañara también de la fe recién descubierta, un escritor perdiera la capacidad de creer en el carácter real de sus invenciones? En ese caso, nos encontraríamos en una situación análoga a la descrita por Dostoievski para fundamentar su concepto de «suicidio lógico»*: una vez que las fantasías del espíritu tampoco le ofrecieran ya un refugio frente al sinsentido de la existencia, a ese hipotético escritor ya no le quedaría lugar hacia donde volverse, los puentes estarían quemados tanto hacia atrás como hacia delante.

¿Tendría entonces sustento la hipótesis de que todo escritor que decide quitarse la vida lo hace por una incapacidad para seguir creyendo en sus propias mentiras? Imposible saberlo. Aun así, parecería razonable afirmar, después de leer La isla de los condenados, que era inevitable que la vida de Stig Dagerman terminara de cualquier otra manera
que no fuera por decisión propia, encerrado en su coche en el garaje de su casa, a los 31 años, en la cúspide de su carrera como niño prodigio de las letras suecas, habiendo escrito obras como Otoño alemán, la propia Isla de los condenados, cuentos magistrales y, lo que quizá fue su testamento existencial: Nuestra necesidad de consuelo es
insaciable. Y es que como dice a través de uno de los personajes de esta estremecedora novela:

«¿Qué es la vida, sino un simple intento fallido de suicidio?».

Siete desconocidos son los únicos supervivientes de un violento naufragio que arroja a la embarcación donde navegaban contra un arrecife, dejándolos abandonados en una isla remota, sin más provisiones que una caja con comida que alcanzan a arrastrar hacia la playa, así como un bidón de agua que enterrarán bajo la arena para mantenerlo a una temperatura tal que permita ser bebida. Uno de ellos, el boxeador Jimmie Baaz, queda completamente paralizado, a merced de la compasión y el desprecio de sus compañeros de desgracia, inerme frente a una araña espeluznante que se columpia con sadismo a una distancia muy próxima a su rostro, como si disfrutara del horror que produce en su víctima indefensa.

Foto Stig Dagerman

Stig Dagerman

Lucas Egmont, un empleado bancario con una lucidez tal que lo convierte en un probable alter ego de Dagerman, casi al comienzo de la novela emprende una acción con la que pretende transformar la culpa ontológica de la que no puede despojarse, en una culpa específica, vinculada con su proceder: mientras nadie más que Jimmie Baaz lo observa, vacía en la arena lo que queda del bidón de agua. Cuando, impasible, Baaz le comunica que sabe lo que ha hecho, Egmont se limita a responderle: «Ten sed», pero, eso sí, lo hace sin dejar de sonreírle.

Con ese gesto fundacional de Egmont, que como lectores intentamos descifrar con avidez si terminará por ser terrible o piadoso, se pone en marcha de manera tajante la cuenta regresiva hacia la salvación o la muerte, pues la sed que aquejará a los náufragos pareciera ir carcomiendo sus almas y sus esperanzas, conduciéndolos hacia una degradación paulatina, olvidando todo aquello que en el mundo civilizado les hiciera posible pertenecer a una comunidad. Sin embargo, conforme Dagerman hila con maestría la situación actual con el pasado tortuoso de la mayoría de ellos, nos percatamos de que el naufragio, la sed, el hambre, las heridas, las llagas son simplemente el paroxismo de una historia precedente, de un estado de angustia anterior, que no solamente los abarca a ellos, sino en un sentido a la humanidad entera. Conocemos así la historia de la madame pelirroja, casada para asegurar la subsistencia de su arruinada familia con un viejo paralítico, sádico, que para vengarse de sus infidelidades la obliga a recorrer de rodillas el pasillo de una iglesia, en señal de penitencia por su deshonra. Cuando queda embarazada de un pastor que debía ofrecerle otro tipo de consuelo, se convence de que en su vientre lleva un lagarto, un lagarto como los miles que pueblan la isla desierta, cuyas miradas la acechan hasta el punto de volver irrelevante si en realidad continúan rodeándola de manera permanente.

O está el pasado de mismo Egmont, con un padre que busca terminar con «ese maldito cavilar tuyo» a punta de latigazos pues «sólo los débiles sienten culpa, para eso existen». También el de la muchacha inglesa cuyo padre le pregunta encolerizado qué desea cada vez que grita de miedo, pues considera que no puede ser sino un esfuerzo patético por llamar la atención. O nos enteramos de que el soldado de aviación Boy Larus, cuando niño, se mete un zorro bajo la camisa para demostrar que puede soportar sus arañazos sin gritar, en un intento por emular la leyenda de los niños espartanos.

Los destinos de los siete se trenzan mediante una paulatina inversión prodigiosa realizada por Dagerman, donde conforme se extinguen las voluntades para dar paso a los instintos descarnados, el mar, el cielo, la isla y sus criaturas van cobrando un creciente protagonismo, confabulándose para torturar de manera casi consciente a sus prisioneros, en una especie de panteísmo («…el mar parecía hinchar el pecho con esa respiración profunda de la mañana»; «…cada vez más estrellas brotaban en la noche incipiente, dudosas de si quedarse o si desaparecer otra vez»; «…parecen venas rojas en la montaña, como si la montaña estuviera sangrando»; «…el grito que se aproximaba arrastrando por la arena como una especie de animal negro») cuyo elemento unificador, el propósito que pareciera regir la existencia tanto de los seres animados como de los inanimados, de los que tienen conciencia o de los que carecen de ella, es la más profunda desolación, cuya anatomía traza Dagerman de manera insuperable:

Y una vez se ha materializado la coraza, has vuelto en cierto modo al punto de partida: otra vez esa distancia en el tiempo y el espacio hasta la tristeza, sólo que ahora es más desesperanzador que antes, porque ahora ya sabes que no hay nada que esperar. En lugar de esa desesperación sorda y opresora que te colmó por dentro todos los intersticios hueros la primera vez, se presenta un período terrible de apatía, de estática espera; esperar a que nada ocurra. Todo es ya indiferente, todos los objetos que te rodean se enfrentan al endurecimiento; quieres agarrar algo, pero muerte es cuanto hay para agarrarse; quieres ver, pero la mirada se retrae ante la dureza del objeto; quieres amar, pero te das cuenta de que no puedes, pues también tú estás envuelto en esa membrana dura, todos los sentimientos que albergas están como congelados, estás seco y vaciado de todo y ni siquiera la propia soledad insoportable te provoca un mínimo temblor.

La isla de los condenados se encuentra estrechamente emparentada con una novela posterior, El señor de las moscas, sólo que la escalofriante inocencia con la que los niños descienden al salvajismo es aquí reemplazada por la pérdida absoluta de ilusiones tan propia de la edad adulta. En vez de erigir un tótem con la cabeza degollada de una bestia salvaje, los náufragos de Dagerman erigen una tumba al bidón vaciado, y en un intento fútil por aferrarse a encontrar algún sentido a su situación desesperada, debaten encarnizadamente sobre si deben de tallar en una roca la imagen de un león o la de un lagarto.

En una especie de grado cero del sentido, quedan despojados de cualquier vestigio de las convenciones, reglas, jerarquías, metas, anhelos y demás, que generalmente estructuran nuestras vidas en común. En última instancia, sus afanes se reducen a algo tan inane como la adoración de una roca:En una especie de grado cero del sentido, quedan despojados de cualquier vestigio de las convenciones, reglas, jerarquías, metas, anhelos y demás, que generalmente estructuran nuestras vidas en común. En última instancia, sus afanes se reducen a algo tan inane como la adoración de una roca:

Entonces dice Lucas Egmont:
–¿Y para qué quieren una roca? ¿Qué vamos a hacer con una roca? ¿Es eso lo que necesitamos, una roca? Ay, Dios.
Pero puede que lo sea.

*«Mi artículo “Veredicto” se refiere a una fundamental y altísima idea de la existencia humana… a lo imprescindible e inevitable de que alienten convicciones en el alma inmortal del hombre. Lo que se propone demostrar esta confesión de un hombre que va a morir de suicidio lógico es lo imprescindible de una conclusión: que sin fe en el alma y su inmortalidad, la vida del hombre resulta antinatural, absurda e insufrible». Fiodor Dostoievski, Diario de un escritor, Obras completas (IV), p. 498 y ss. (fragmento citado por Miguel Morey en su prólogo a La persuasión y la retórica, de Carlo Michelstaedter (Sexto Piso, 2009)).

Portada-La-isla-de-los-condenados

La isla de los condenados
Stig Dagerman
Traducción de Carmen Montes Cano
Narrativa Sexto Piso
2016
296 páginas

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