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Por Eduardo Rabasa

Uno de los conceptos centrales de la obra de Jacques Lacan es el conjunto de relaciones, ideas y demás estímulos a los que como sujetos estamos expuestos a lo largo de la vida, por él denominado Gran Otro. Por supuesto que incluye a los padres como influencias decisivas, pero el Gran Otro lacaniano los excede para incluir la compleja red de expectativas, dictados, modelos a seguir, así como las correspondientes fantasías y ansiedades que suscitan en nosotros, que resultan instrumentales para orientar nuestra conducta. En ese sentido, el sistema bajo el cual vivimos no es en absoluto una abstracción paranoide, sino una presencia decisiva, incluidos por supuesto sus rasgos intangibles, hasta aquellos de los que no podemos tener certeza plena acerca de su existencia. Como muestra con gran claridad una época de desvaríos políticos como la actual, las mentiras y los delirios forman parte sustancial del Gran Otro, en tanto millones de personas los incorporen a su vida cotidiana y tomen decisiones a partir de ello. No en vano, los distintos tiranuelos históricos y contemporáneos suelen comprender muy bien la enorme importancia política de lo simbólico como movilizador de afectos extremos como el miedo o el odio pues, de nuevo, lo importante no es si ciertos gestos o proclamas resistirían un examen básico de veracidad, sino el hecho de que una parte importante de la sociedad los haga suyos.

La filósofa eslovena Renata Salecl ha escrito un magnífico ensayo sobre la angustia, donde muestra de manera contundente que se trata de uno de los estados esenciales bajo los cuales transcurre la vida contemporánea, pues precisamente considera que tanto gobiernos como corporaciones han potenciado y comprendido este fenómeno, y existen estrategias específicas que lo fomentan y sacan provecho del estado de angustia generalizado que se ha producido en esta vertiginosa fase de turbocapitalismo neoliberal. Sin embargo, quizá lo más inquietante de un libro como éste no sean los mecanismos desplegados por villanos tan evidentes como las autoridades y las corporaciones que nos rigen, sino el grado de complicidad gustosa con el que en muchos casos los ciudadanos/ consumidores nos entregamos a participar en acuerdos que después serán precisamente los que conviertan a la vida en un angustiante carnaval.

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Nuevamente siguiendo a Lacan, Salecl explica que cuando el sujeto aprende el lenguaje y se inserta en el orden simbólico, con todas las normas, prohibiciones y demás que ello conlleva, abandona el estado de jouissance de una especie de conciencia indiferenciada, y asume la falta que tratará (sin éxito) de llenar, o al menos de sobrellevar, durante el resto de su vida. En ese sentido, las fantasías funcionan para otorgarnos cierta seguridad frente a los inevitables límites a los impulsos, y por ejemplo, la melancolía, al sustituir la falta con el objeto perdido que produce el estado melancólico, de alguna manera «soluciona» la falta a través de una pesadumbre sin salida que, no obstante, cumple la función de permitir al sujeto lidiar con su incompletud esencial, pues el sufrimiento se convierte en la misión que dará sentido a su vida.

En cambio, «la angustia no está alentada por la falta del objeto sino más bien por la falta de la falta, es decir, la emergencia de un objeto en el lugar de la falta» (p. 84). Sólo que, a diferencia del melancólico y el objeto perdido que lo obsesiona, el objeto que genera la angustia es por naturaleza más ubicuo e inasible y, por lo tanto, es infinitamente más susceptible de producir efectos a nivel colectivo. En la actual «era de la angustia», algunos de los «objetos» que producen el estado de angustia son la guerra, el terrorismo, la precariedad laboral, el anhelo de fama y riqueza, de adquirir el juguete tecnológico que sí habrá de volvernos personas plenas, y una larga lista de etcéteras.

En el caso del terrorismo o, para utilizar un ejemplo más local, de la guerra contra el narcotráfico, lo que angustia no es ser víctimas concretas de ninguno de los dos fenómenos, pues en ese caso ya no habría nada de lo cual angustiarse (estaríamos muertos), sino que en buena medida gracias a las políticas y narrativas gubernamentales, se han convertido en presencias fantasmáticas que producen un estado de angustia generalizado, frente al cual la población no puede hacer gran cosa más que tomar medidas que, en sentido estricto, siempre serían insuficientes para afrontar el peligro real, si llegara a presentarse. Lo que resulta muy agudo de la perspectiva de Salecl es que permite darnos cuenta de que el hecho de que en ambos casos se insista en políticas que no sólo no alivian el problema sino que contribuyen a magnificarlo, no obedece a mera ineptitud gubernamental (y ni siquiera es necesario recurrir a la siempre sospechosa teoría de la conspiración), sino que a nivel sistémico son fenómenos que sirven a propósitos específicos. Tanto en Estados Unidos como en México, las respectivas militarizaciones derivadas de la guerra contra el terrorismo y contra el narcotráfico se traducen en concreto en pérdida de libertades civiles, en un estado de excepción prácticamente perpetuo donde cualquier medida está justificada ante el peligro que tenemos enfrente, y en un adormecimiento político generalizado que impide que se cuestione verdaderamente el actual sistema de raíz, pues: «Por desgracia, el aumento de la angustia contribuye al statu quo, porque quienes están constantemente preocupados por su propio bienestar no suelen desafiar los mecanismos del poder» (p. 14).

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En el caso de las corporaciones —y aquí es importante recordar que empresas como Apple, Amazon, Google o Facebook son literalmente más ricas que la inmensa mayoría de los países a nivel mundial, y que la riqueza de los ocho hombres (hombres, todos) más acaudalados del mundo equivale a la del 50% de la población mundial, es decir, 3000 millones de personas—, a lo que asistimos es a un cambio de modelo para relacionarse con el consumidor, creando «relaciones de confianza» e intentando anticiparse a sus futuros deseos, pues «las experiencias culturales son más importantes que los bienes y los servicios» (p. 94). El objetivo ya no es (solamente) vender tal o cual producto, sino ofrecer una supuesta experiencia de vida asociada a dicho consumo (el producto puede perfectamente ser una red social), con lo cual, se sigue lógicamente, es la vida misma la que se convierte en el producto que debemos adquirir: «Es como si la vida humana se hubiera transformado en el último producto comercial» (p. 96).

Entonces, aquí el viraje de la angustia se produce porque no es simplemente la envidia o la impotencia que nos genera no poder comprar la casa, el coche, el iPhone del vecino, sino la sensación perpetua de que la vida misma se está viviendo de manera errónea, que son siempre los otros (que además aparecen tan guapos y divertidos todo el tiempo en sus cuentas de Instagram) los que participan de la jouissance que a nosotros nos está negada. La tan evidente idea contemporánea de que existen formas más correctas de vivir la vida, de aprovecharla, de sacarle hasta la última gota de experiencia para… para quién sabe qué (pues la paradoja es que ni siquiera creemos en el más allá como recompensa), además de convertir al sector de la población que puede permitírselo en cazadores furtivos de experiencias de calidad de todo tipo, promueve justamente la introyección de la narrativa corporativa de la «economía de la experiencia». Si nos detuviéramos a pensarlo —o si nos sinceráramos—, es altamente probable que casi todos admitiríamos que interactuar cada cinco minutos en nuestras redes sociales, o estar pendientes de la última App que sí nos dice dónde se maximiza la experiencia de pasar un rato de calidad en el más reciente establecimiento trendy, en realidad nos genera más ansiedad que cualquier tipo de bienestar que pudiera producir. Pero, y aquí es donde me parece que reside el aspecto crucial del libro de Salecl, es cierto que al mismo tiempo, al colocar al objeto inasible (un número ilimitado de seguidores o de likes, o la certeza de que sí disfrutamos de ese café en el lugar más indicado) en el lugar de la falta, la angustia cumple la función de contribuir a no tener que hacernos cargo de nosotros mismos y de nuestros deseos en un sentido más profundo, pues el desplazamiento angustiante ocupa los pensamientos y, en buena medida, una creciente parte de nuestras vidas.

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Así que el sadismo del sistema neoliberal parecería apuntar hacia generar un estado de precariedad-angustia perpetuo en el 99% de la población, con la consiguiente (y necesaria) docilidad política, laboral y demás. En términos estrictos, el propio orden de cosas produce que convivamos con la muerte de manera sumamente ubicua (guerras, terrorismo, narcotráfico, criminalidad), a la par que la creciente precarización laboral produce igualmente un estado de incertidumbre constante, donde perderlo todo en algún momento se vuelve una opción cada vez más probable. E incluso los líderes no están exentos de la angustia, pues en su caso existe la preocupación por cómo acumular más, derrotar a la competencia, o extraer otro poco del excedente de los consumidores. Ante este panorama, se vuelve absolutamente lógico el abuso de pastillas antidepresivas, así como los niveles crecientes, estadísticamente hablando, de consumo de alcohol y de drogas, pues se convierten en prótesis que permiten, a través de la excitación o del sopor, escapar de manera momentánea a la ansiedad estructurada como orden sociopolítico, ese Gran Otro un tanto demencial bajo el cual nos ha tocado vivir en la actualidad. Y es que, como bien argumenta Renata Salecl, la angustia es una consecuencia lógica e incluso, de manera inesperada, una respuesta «sana» como defensa psíquica ante la realidad circundante y sus continuas demandas sobre una existencia que hace tiempo dejó de pertenecernos plenamente.

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Angustia
Renata Salecl
Traducción de Márgara Averbach Ediciones Godot
2018 • 216 páginas

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