Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Anticristo | Juan Cárdenas

Recibí, metidas en una gran bolsa de plástico, las pocas pertenencias que me habían quitado al entrar, unas zapatillas de ballet, un espejo de mano con el cristal roto, una barra de labios mordida, un walkman. Luego fui conducido por un pasillo muy largo en el que me topé con cuatro puertas. Las dos primeras estaban hechas de un plástico transparente muy grueso y zumbaban antes de abrirse; las otras dos eran simples rejas con barrotes. Una de estas últimas estaba
recién pintada y el guardia tuvo que meter la llave con mucho cuidado para no mancharse las manos. Las cosas parecían ocurrir dos veces. Después del largo desfile, se produjo sin alardes un parqueadero casi vacío. La tarde esponjada y gris, el aire ligeramente agrio, apenas tres carros, dos negros y otro turquesa. El turquesa desentonaba un poco en ese paisaje desvaído, aunque el carro debía de llevar tres cadenas perpetuas allí parqueado. Uno podía pensar que se había ganado su lugar a fuerza de quedarse inmóvil, acumulando óxido. Aparecieron dos personas
entre los carros. Una de ellas le dio alcance a la otra y le tocó el hombro por la espalda. Cuando la otra persona, un poco alarmada, se dio la vuelta para ver quién le había tocado el hombro, la persona que se había acercado por
detrás se disculpó levantando una mano a la altura de las dos cabezas, que adquirieron por un segundo el aspecto de dos enormes ombligos. El desencuentro tuvo lugar a pocos pasos de una hilera de árboles mecidos por un viento inexplicable que yo no sentía. El escaso follaje resplandecía como un montón de chatarra mojada que se hubiera puesto a flotar.

El protocolo ordena que el guardia acompañe al ex reo hasta la salida y allí le estreche la mano efusivamente antes de desearle suerte y una feliz reinserción en la sociedad. Para cuando llegamos al final del trámite, las dos personas ya no estaban en el parqueadero. Se veía a las claras que su función era sacarle brillo a la desolación del espacio. Todo ocurría otra vez. Otra vez. Los tres carros, lo descubrí entonces, estaban cubiertos por una densa capa de humedad escarchada. Me acerqué al turquesa, froté una de las ventanillas y vi algo adentro. Un bulto del tamaño de un gato. Miré alrededor para cerciorarme de que nadie anduviera por allí vigilándome. El edificio de la penitenciaría, siempre absorto en la autocompasión, se mostró indiferente a mis movimientos. Probé la manija y la puerta cedió sin necesidad de forzarla. Sobre el asiento trasero había una figura de cerámica que representaba al niño Jesús. La metí rápidamente en mi bolsa de plástico y me alejé del lugar sin mirar atrás.

Al otro extremo del parqueadero había una carretera muy estrecha. Las dos puntas de la serpentina de asfalto desaparecían en dos horizontes bien distintos, uno llano y el otro de pronunciadas colinas. Me dirigí hacia las pronunciadas colinas.

Anduve durante un par de horas por la carretera. Pasaron dos camiones pero ninguno quiso llevarme. Nadie recoge a un negro en la carretera, pensé. Entonces empezaron a caer los primeros copos de nieve. Dejé que algunos fueran a parar a la palma de mi mano. Los copos no duraban en la piel tibia. Me detuve para descansar un poco las piernas y me puse de cuclillas. Así pude ver mejor cómo desaparecían los diminutos cristales en el asfalto mojado. No había ni un alma. Sólo un bosque de troncos pelados y oscuros entre la hojarasca, los restos dispersos de anteriores nevadas. Ese fue el único momento en que pensé en la posibilidad de regresar a la prisión. Si no me hubiera apresurado a salir, si hubiera esperado hasta la noche, me habrían llevado al pueblo en el camión de la policía. Eso me habían aconsejado los guardias y algunos reclusos, porque era lo más lógico. Todos dijeron que era lo más lógico. A mí no me pareció lógico quedarme un solo segundo más en la prisión. Regalarles un segundo después de que me habían quitado años. Eso no es lógico. Y sin embargo, por un momento, dudé. Un hombre solo es medio hombre. Es alimento para los caranchos, como se dice. Estuve a punto de regresar. De hecho, ya me disponía a hacerlo, pero entonces vi que se acercaba una Toyota. Le hice señas sin mucha convicción y se detuvo. Adentro iba una pareja de jovencitos, un chico y una chica, ambos con gorros de lana del mismo color. Les dije que quería llegar al pueblo. Puedo llevarlo unos kilómetros más abajo, dijo el que conducía, hasta el desvío. Les di las gracias y me subí al platón de metal, entre dos rollos de alambre de púa y unas palas con costras de tierra reseca. El paisaje se echó a correr por la orilla de la carretera: bosques de un verde casi negro, retazos de nieve sucia, postes, casuchas, letreros viejos que anunciaban cosas invisibles, cosas que hacía mucho ya no estaban allí, copos gruesos que caían sobre la ropa. Todo pasaba dos veces. Volvía a pasar. Copos, postes, copos. Cuando llegue a la ciudad iré al cine, hablé para los rollos de alambre de púa. En cuanto llegue a la ciudad iré a ver una película, cualquier película, dije en murmullos, las intenciones frías enrollándose y copiando las vueltas del alambre de púa. Pero todavía faltaba mucho. Ahí seguía el paisaje al lado de la carretera. Las nubes grises acumulando, acumulando. Un rebaño compacto de ovejas sin esquilar olvidado en un potrero ya blanco. Sentí un peso en el lado izquierdo del rostro. Me asomé por la ventanilla y vi los ojos del muchacho revolviéndose en el retrovisor. Rápidamente desvié la mirada hacia el paisaje, pero igual permanecía el peso. El chico seguía mirándome. Seguramente estarían hablando de mí. Volví a echar un vistazo rápido por la ventanilla. Gesticulaban. El chico puso su mano sobre la pierna de la chica. Ella llevaba un abrigo muy grueso. Volví a mirar el retrovisor. Los ojos saltarines. Aparté la mirada hacia el paisaje que no dejaba de correr como un perro por la orilla de la carretera, un perro loco y abandonado que persigue por perseguir. Volví a mirar. La chica se desabrochó algunos botones del abrigo para que él pudiera tocarle las piernas. La mano ansiosa se arrastraba por la piel rosada. La nieve iba cuajando. Nuevas capas se formaban sobre el suelo, sobre los retazos de nieve más vieja, sobre las ramas de los pinos. La mano de la chica dominó entonces a la mano del chico y la arrastró hasta donde asomaban los calzoncitos blancos. Los dedos pulsaron sobre los dedos para que él a su vez pulsara como había que pulsar. Y la mano de ella se retiró y la vi arquear un poco la espalda. Los ojos como pelotas de sorteo brincando en el retrovisor. Aparté otra vez la mirada para ver cómo evolucionaba la nevada. Intenté concentrarme en eso para no volver a mirar al interior de la cabina. Apoyé la espalda contra el cristal y me abracé las piernas dobladas. Al rato sentí mucho frío en el rostro. Se me ocurrió que sería buena idea taparme las orejas con los audífonos del walkman, que al menos tenían un recubrimiento de espuma. Busqué en mi bolsa y vi que el cable estaba enredado entre las otras cosas. Con los dedos entumecidos intenté desenredarlo, pero me harté poco después. Volví a abrazarme las piernas, metiendo la cara entre las rodillas. Me sentí destemplado. El frío me había hechizado los huesos.

De repente se detuvo la camioneta. El chico se bajó de un salto. Temí que quisiera dejarme allí, en medio del frío, pero él estaba preocupado por otra cosa. Pinchamos, dijo. Me bajé del platón y me paré, como él, junto a la llanta pinchada. La chica sacó la cabeza por la ventanilla. Qué hacemos, preguntó. Nos pusimos a trabajar en silencio. Él con el gato y yo aflojando los pernos. El esfuerzo me devolvió un poco de calor a los miembros, pero de todos modos algo ya se había estropeado. Entre las costillas y el riñón derecho sentía una filtración, un goteo constante, tuberías heladas, líquidos rancios. El sudor rodaba tibio sobre el rostro tieso. Noté que el chico me observaba. Le sonreí y bajé la cabeza mirando fijamente los pernos. Hace tiempo que no lo veíamos por aquí, me dijo, justo veníamos comentándolo con mi hermana. Dejé lo que estaba haciendo y lo miré, buscando por dónde quería maliciarme. Usted es el que trabajaba en el instituto de psiquiatría, insistió, el venezolano. Sí, dije, hace años. Pensé en corregirlo sobre mi nacionalidad, pero me di cuenta de que no importaba. Por razones distintas, a ambos nos daba igual. Le dije simplemente que había estado preso y que acababan de soltarme. El chico le dio vueltas a lo que acababa de decirle, pero no hizo preguntas. Volví a ponerme con los pernos. Como sea, continuó, tratando de espantar el cuento del ex presidiario, como sea, veníamos pensando con mi hermana que quizás podríamos pedirle un favor. No podemos pagarle, ahora al menos no tenemos cómo. Pero le agradeceríamos mucho que pudiera venir a ver a mi abuela. Hace varios días que está mal y no ha querido que la llevemos al hospital. Se pone muy violenta cuando intentamos subirla a la camioneta. No contesté. Saqué la llanta pinchada, puse el repuesto y desmonté el gato. Mientras apretaba los pernos el chico me tocó la espalda. Quería toda mi atención. Como le digo, no podemos pagarle, pero si quiere algo a cambio, lo que sea. Favor por favor. La hermana, que se había quedado en la camioneta, nos miraba apoyando los codos en el borde de la ventanilla, con medio cuerpo afuera. Le pregunté al chico qué le ocurría a la abuela y él contestó haciendo girar el índice alrededor de una oreja. Recogimos la herramienta y el chico dejó que su propuesta cuajara sola. La nevada había arreciado. Necesitaba un sitio caliente. Le dije al chico que en el psiquiátrico yo no era médico sino un simple enfermero pero a él le dio lo mismo. Quería que fuera a ver su abuela.

Me dejaron ir con ellos dentro de la cabina. Poco después nos desviamos por un camino de tierra que se estaba llenando de nieve y fango. Costaba avanzar porque la camioneta patinaba un poco. El chico me preguntó qué planes tenía ahora que había salido de la cárcel. Le dije que quería ir al cine. Nos reímos, pero sólo el chico y yo. La chica permaneció seria, mirando el camino. Acerqué la nariz lo más que pude a su cabeza y me llegó un olor raro que me hizo cerrar los ojos, olor a cera, a panal de abejas. Miré sus muslos rosados, apenas visibles entre los pliegues del abrigo mal abotonado. Ella lo notó y sin dejar de mirar hacia adelante apretó una rodilla contra la otra, incómoda.

 

 

La abuela estaba sentada en la entrada. Parecía ansiosa. Cuando vio bajar a su nieto de la camioneta se levantó de la silla y dio dos pasos adelante. Luego, al verme a mí, puso cara de angustia y se dio la vuelta rápidamente antes de entrar a la casa. El chico me preguntó si había estado antes allí. Le dije que no, pero no dejé de admirar el edificio antiguo, una construcción de dos plantas hecha de piedra. Antes era una subestación eléctrica, dijo. Mi abuelo la compró por dos duros. Eso explicaba los restos de maquinaria oxidados en el solar frente a la casa y la vieja torre de alta tensión a un costado. La fachada estaba muy deteriorada por la humedad, incluso había crecido algo de musgo en los marcos de las ventanas y en las canaletas. Los ayudé a bajar las palas y el alambre de púa y lo llevamos todo a una habitación donde guardaban la herramienta. Adentro de la casa se escuchaba el sonido de la televisión retumbando entre tanto espacio vacío. Siéntese, me dijo el chico señalando un sillón delante de una de las muchas estufas de gas que había por toda la casa. Entonces le pidió a su hermana que preparara algo caliente para beber y se sentó frente a mí. Como el chico no se animó a empezar ninguna conversación yo me distraje mirando las cosas. Había varios sillones rotos y viejos, platos sucios abandonados en el suelo desde hacía mucho, tebeos de Don Miki, casetes y un montón de papeles pintarrajeados por todas partes. Agarré uno que estaba a mi alcance. Era un poema escrito con letra desprolija, casi ilegible. Alrededor de los versos había calaveras, esvásticas y una polla que en lugar de glande tenía el signo de la anarquía. Son de mi hermana, dijo, lea alguno. Pero ese no… ese no. Y se levantó para revolver entre los papeles que estaban en el suelo. Finalmente me alcanzó uno en el que las letras tenían forma de huesos. Esta vez lo que rodeaba los versos era un montón de tierra, como si el poema fuera una fosa común. Y más arriba, por encima de la tierra, aparecía un dibujo de un edificio que se parecía a la vieja subestación eléctrica. Léalo en voz alta, insistió el chico. Lo miré indeciso y como él seguía ahí esperando con los ojos brillantes, empecé a leer. Puta españa, puta españa, puta españa de los huevos, estás llena de maricones que merecen morir por españa, ya puedes chuparme mi peludo coño vasco, maricona sociedad, maricona mierda sociedad, merecéis morir todos y no despertar jamás, nunca jamás. Tuve que dejar de leer para reírme. El chico me miró desconcertado. Es muy bueno, me apresuré a decirle para que no me malinterpretara. Iba a elogiar las ideas y el dibujo, pero en esas apareció la hermana con unas tazas humeantes de cola-cao. Su sola presencia, no sé por qué, me intimidó y preferí no opinar. Ella se sentó junto a mí en el sillón. Estábamos hablando de tus poemas, me atreví a decirle. La chica apretó su taza contra el pecho y sonrió algo turbada. Ninguno supo qué decir durante un buen rato. El paisaje seguía juntando nieve en la ventana y como la casa estaba bien caldeada daba gusto estar allí, protegido del frío.

Les pedí que me explicaran mejor lo que le ocurría a la abuela. El chico contó que andaba muy rara desde hacía varias semanas. Delira, dijo, habla cosas sin sentido, se esconde en el monte. A veces se sienta ahí en la entrada y se pone a repetir nombres. Nombres de personas. O a veces reza. Pero lo peor fue lo del otro día –miró a su hermana buscando respaldo para seguir contando−. Casi se congela. Se nos perdió por la mañana, salimos a buscarla todo el día. Nos angustiamos mucho porque no la encontrábamos. La noche anterior había nevado. Hacía un frío de perros. Por la tarde la encontramos en el bosque. Había abierto un hueco profundo en la nieve, como hacen los perros que duermen a la intemperie. Dimos con ella de milagro porque estaba rezando y se escuchaban los murmullos que salían del suelo. Otro rato más y se hubiera congelado.

Volvimos a quedarnos callados. Yo estaba disfrutando mucho del calor de las estufas y de las imágenes del frío exterior. Las ramas de los árboles totalmente blancas. Los trozos de maquinaria naufragando poco a poco en el blanco.

La chica se levantó para reavivar el fuego de la chimenea, casi extinto. En pocos segundos hizo arder la leña y el recinto se llenó de olor a humo. Todo era tan intenso y vivo que dejé crecer en mí la impresión de que me había introducido en un recuerdo ajeno. Como si fuera posible vivir un recuerdo en lugar de recordarlo. Como si la impresión doble de las cosas se hubiera conjugado en una sola masa de tiempos. La leña estallaba, saltaban chispas, la chica en cuclillas se calentaba las manos delante de las llamas. De verdad parecía algo que estuviera siendo recordado por otra persona en ese mismo momento, otra persona lejana con una vida muy diferente a la mía. Los objetos perdían el nombre por un instante y luego lo recuperaban, pero el nombre reaparecía disuelto en el olor del humo. La televisión también hacía lo suyo, licuando frases sueltas y músicas que llegaban hasta mí después de haber rebotado muchas veces, como el eco liviano de un sueño. Mañana es Nochebuena, dijo la chica, lo había olvidado. Es cierto, dijo el chico. Les pregunté si pensaban celebrar de algún modo y me explicaron que al día siguiente irían al pueblo, a casa de un amigo que había organizado una fiesta. ¿Y tú?, me preguntó la chica. No lo sé, contesté, no me importa la Navidad. ¿Eres satánico?, dijo. Me reí y dije que no sabía lo que significaba ser satánico. Ella me explicó que había ciertas personas que le rendían culto a Satanás y que aprovechaban la Navidad para hacer ritos que propiciarían la llegada del Anticristo. En ese caso, dije, no creo que sea Satánico. He escuchado que usted mató a una chica, dijo ella. Entendí que llevaba un buen rato esperando la ocasión para dejarlo caer. El chico me miró sin ocultar el miedo, la posibilidad de que la impertinencia de su hermana desatara mi ira. Pero a mí ya no me importaba que me preguntaran. Sí, dije, pero no soy satánico. ¿Crees en Jesucristo?, preguntó ella. Contesté que no, que no creía en Jesucristo. Vosotros los sudacas sois muy religiosos, dijo. Un sudaca ateo no es un sudaca. Para mí los sudacas sois todos satánicos, pero no os dais cuenta. Creísteis que os habían evangelizado bien, pero era mentira. Vuestros abuelos y los abuelos de vuestros abuelos fingieron que creían en Jesucristo, pero era mentira. Usaban a Jesucristo y a la virgen y a los santos para seguir adorando a vuestros diablos. Sois todos satánicos. El Anticristo tiene que ser sudaca. Hasta tenéis cara de diablos, que sois más feos que la madre que os parió. Me reí y le contesté que de todos modos yo no podía creer en Jesucristo, aunque tampoco era satánico. He visto lo que llevas en la bolsa, dijo. La miré extrañado. ¿La bolsa?, pregunté. Sí, la bolsa de plástico que traías. En ese momento me di cuenta de que no sabía dónde la había dejado al entrar. Mientras tú leías mis poemas sin mi permiso yo estaba esculcando en tu bolsa, dijo. ¿Para qué tienes todas esas cosas? ¿Son para hacer rituales satánicos? Quizás, dije. Quizás esté preparando algo para mañana. La cara de la chica brilló de satisfacción. Os conozco bien, dijo, os conozco como si os hubiera parido, joder, os conozco. Esta vez me reí a carcajadas. El chico desaprobaba la actitud de su hermana y se lo hizo saber dándonos la espalda y acercándose a la chimenea. Todos guardamos silencio. La chica y yo nos miramos a la cara. Sus rasgos se deshacían en la penumbra. Ya empezaba a oscurecer.

Un rato después fui a ver a la abuela, que estaba en la habitación de la tele. Sus nietos habían entrado primero para allanarme el camino. Cuando aparecí en el umbral ellos me invitaron a pasar con una cortesía exagerada. Me senté en una butaca junto a la abuela. La saludé pero ella no me prestó atención. Parecía muy interesada en la televisión. Daban un programa en el que ponían vídeos de accidentes espectaculares. Unas fiestas de un pueblo valenciano. Un toro con los cuernos en llamas. Un montón de borrachos alrededor del animal. El toro embiste a un muchacho. Lo hace volar por los aires. Repiten la secuencia en cámara lenta. La calidad de las imágenes es muy mala. Intentan hacer un zoom para que se vean mejor los cuernos en llamas donde se enreda el muchacho pero sólo consiguen emborronarlo todo, como en uno de esos cuadros.

Cuando se hizo de noche la chica calentó unas lentejas preparadas hacía varios días. Después de la cena, el chico llevó a su abuela a la cama y volvió al salón con una botella de patxarán. Nos sentamos a beber los tres delante de la chimenea, iluminados sólo por el fuego. Yo estaba sentado en una poltrona. Los chicos frente a mí, en un sofá viejo de tres puestos. Ninguno tenía muchas ganas de hablar. Nos emborrachábamos en silencio. Recosté la cabeza en el espaldar y me quedé escuchando cómo crepitaba la leña, con la mirada perdida en el cielorraso. La sensación de estar viviendo un recuerdo ajeno había muerto, pero al morir quedaba algo dentro de mí que sólo atino a describir como un esqueleto. El esqueleto de un animal haciendo presión desde adentro para reorganizarlo todo, la vida, los recuerdos. De pronto sentí el movimiento en el sofá que había frente a mí. Eran los chicos, que se estaban tocando otra vez. La chica tenía las piernas abiertas y el chico le metía la mano. Ella con los ojos cerrados. El chico estaba muy concentrado en lo que hacía, como si estuviera matando un bicho raro contra un rincón. La chica no parecía muy conforme con lo que él hacía, de modo que se metió ella misma los dedos y se los extendió a él para que chupara. Luego le abrió la bragueta, de donde salió una polla extraordinariamente grande. Ella la frotó con fuerza durante un buen rato. Entonces se inclinó para metérsela a la boca. En ese momento el chico me miró a través de los fogonazos de la chimenea. Sonrió y me hizo señas para que me acercara. Ella seguía comiéndole la polla sin parar, pero me miraba de reojo y también sonreía. Yo me levanté de mi poltrona y me acerqué a ella por detrás. Le levanté la falda. Todavía tenía los calzoncitos puestos, así que tuve que hacerlos a un lado para poder empezar a chupar. Chupa mi coño vasco, dijo. Chupa, negro, chupa coño vasco. Y chupé. Chupé. Alargué la lengua todo lo que pude. Olía a panal de abejas, a cera, a cosas a punto de pudrirse. Chupé. Dame tu polla de negro y métemela en mi peludo coño vasco. Méteme tu polla de diablo, negro, criollo de mil leches. Hice lo que me pedía. Me quité los pantalones para darle mi polla dura de criollo mil leches. Quiero que te folles a mi hermana, dijo el chico. Fóllatela. Para mí. Fóllatela para mí. Y se alejó de nosotros y se sentó en otra poltrona. Hice lo que me pedía. Me follé a su hermana. Fóllame, diablo, dijo ella. Fóllame, negro sucio. Puta, sos una puta vasca, peluda. Te voy a romper. Sé que te gusta que te la metan así, caliente y dura, te gusta mi polla de negro. Eso es lo que te gusta, puta. El chico se masturbaba en la poltrona. Cuando estaba a punto de correrse se acercó a nosotros y nos lo echó todo encima. Luego se puso a revolcarse en el suelo, llorando, berreando como un niño. La chica también quería acabar. Te vas a correr conmigo. Te vas a correr conmigo, diablo. Diablo inmundo. Córrete dentro. Dámelo. Hice lo que me pedía. Acabé. Pero me dejé venir despacio para esperarla. Se corrió dando alaridos. La boca bien abierta. De inmediato se tapó la cara y se puso a llorar igual que su hermano, que seguía revolcándose en el suelo como un poseso. Intenté que la chica se descubriera el rostro pero fue inútil. Me apartó pataleando.

Me vestí en silencio, tratando de no molestarlos en medio del trance. Y como no dejaban de revolcarse me acurruqué al lado de la chimenea y esperé. Pasaron varios minutos hasta que ya no lloraron más. Se habían dormido. Tomé al chico en brazos y lo deposité en el sofá junto a su hermana. Luego los tapé con unas mantas que encontré en un armario. Me eché muy cerca de las llamas y cerré los ojos. Estaba tan exhausto que me quedé dormido casi de inmediato. No recuerdo haber soñado nada.

 

Al día siguiente, muy temprano, el chico me llevó a la terminal de buses del pueblo. Se despidió estrechándome la mano, sin mirarme a los ojos.

A mediodía el bus bajó de los montes fríos por una carretera comarcal y se internó en la meseta, seca y parda. Allí casi no había nevado y el paisaje era tan monótono que me resultaba difícil mantenerme despierto. Por la tarde hicimos una parada para comer. Yo pedí un bocadillo de tortilla y una cerveza. Mientras comía me puse a examinar distraídamente el contenido de mi bolsa de plástico. Eran regalos que me habían dado algunos pacientes del hospital hacía muchos años. Los había conservado por cariño a esas personas y porque de algún modo me devolvían una buena imagen de mí mismo como alguien servicial y bondadoso. Una especie de beato que daba su vida por los locos. Entendí que esos regalos ya no tenían nada que ver conmigo y pertenecían por tanto a la esfera de los objetos ordinarios, sin ningún valor especial. Los saqué de la bolsa y los puse sobre la mesa, ordenados en fila. Entre ellos estaba la figura del niño Jesús que había robado en el parqueadero de la penitenciaría, sólo que ahora tenía dibujos hechos con marcador indeleble. Le habían pintado unos cuernitos entre los rizos rubios y unos colmillos pequeños y negros asomándole por el borde de la boca. En el pubis llevaba una polla desproporcionada con el signo de la anarquía en lugar del glande. Me reí. Puta España, pensé. Puta España. Dejé todas las cosas en la mesa y regresé al bus, liberado de tanto peso inútil. Juré que apenas llegara a Burgos me metería a un cine para ver cualquier cosa, lo que fuera. Estar solo dentro de un cine, rodeado de gente que no sabe quién soy. Apenas llegue a Burgos.

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