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Apartando el humo, la neblina y el no sé qué | Emiliano Monge

Hace poco más de tres años, los responsables de la editorial de la Universidad Diego Portales, en Chile, me contactaron para invitarme a escribir un largo perfil sobre Juan Rulfo. Tras pensarlo un par de meses, en los que esbocé una investigación sobre aspectos distintos de la obra del escritor nacido en Apulco, rechacé aquella invitación.

La razón principal de mi negativa fue la certeza de que resultaba imposible resumir en un sólo texto todas las aproximaciones que, a lo largo de mi vida (o de una vida cualquiera), he tenido con el autor de Pedro Páramo y con su obra. Además, argumenté, en el plano biográfico poco o casi nada nuevo podía añadirse a lo que otros autores ya habían contado.

Pues bien: Había mucha neblina o humo o no sé qué, el último libro de Cristina Rivera Garza, cuya lectura, literalmente, me fascinó e impactó, me dejó, de paso, convencido de lo absurda y cobarde que había sido mi decisión, pero también de lo pertinente y afortunada que había resultado. Porque para lograr el libro absoluto sobre Rulfo, es decir, sobre su obra y su vida, era necesario comerse al jalisciense, bebérselo, transmutarse en él, armarlo y desarmarlo, trasladarse, ser ese otro y dejar, además, que ese otro transmigrara a nuestro cuerpo.

Y esto, me tengo claro tras leer y releer Había mucha neblina o humo o no sé qué, únicamente lo podía haber llevado a cabo Cristina Rivera Garza. Es decir, únicamente podía haberlo llevado a cabo una escritora obsesionada, por igual, con todas y cada una de las caras del prisma rulfiano: sus ficciones, la materia de sus días, sus reportes de trabajo, su condición de relámpago (en el sentido que Benjamin le da a éste en sus famosas tesis de la historia), las contradicciones entre su realidad de narrador del México rural y la de funcionario que trabaja en nombre de la modernidad, sus fotografías, su trabajo como editor, su correspondencia con Clara o la estética de su vida cotidiana.

Una escritora —y quizá esto sea lo realmente importante, lo que convierte a Había mucha neblina o humo o no sé qué en un libro único, entrañable y poderoso— que a cada uno de los rostros del prisma rulfiano, supo anteponer uno de los rostro de su propio prisma.

Porque el libro de Rivera Garza lo narra, a veces, la Cristina lectora de Rulfo, otras veces la Cristina que se hizo escritora imaginando que Rulfo la leía y otras más la Cristina reescritora de la obra del jalisciense. Como también nos habla en este libro la escritora que vuelve a Rulfo personaje o la que vuelve el estilo y el mundo de Rulfo estilo propio y propio mundo. O la Cristina que es, por momentos, bibliógrafa, por ratos biógrafa, de pronto biobliógrafa y a veces hasta bioblionarradora.

Aun así, como si todas estas aproximaciones no le fueran suficientes, Rivera Garza se transmuta igualmente en voyeur y en perseguidora: uno de los momentos más hermosos del libro lo constituye la crónica de la autora ascendiendo el Zempoaltepetl, por el mismo camino que siguiera Rulfo años atrás y, también como él hiciera, convirtiéndose en el famoso ángel del cuadro de Paul Klee, aunque exactamente al revés que el acapulqueño, quien parecería dar la espalda al presente. Y es que Rivera Garza mira la destrucción del futuro, al tiempo que defiende, nombrándolo, todo aquello que aún nos queda de aquel pasado que arrasara el progreso.

Ahora bien, ¿qué es lo que trato de decir al enumerar los rostros de ambos prismas? Que además del Rulfo escritor, fotógrafo, amante, capataz, conductor, viajero, obrero de la modernidad, policía, agente de ventas, amigo de caciques, ingenuo, publicista, becario, paseante, alpinista, rescatistas, queer, Virgilio de alemanes cuando estaba de buenas y golpeador de «nazis» cuando estaba de malas, lo que el otro prisma, es decir, Rivera Garza, nos entrega con este libro también es un texto sobre el despojo a los pueblos indígenas, sobre las invasiones de los civilizados, sobre la diáspora, sobre los transmigrados, sobre todo aquello que separa al tequio de las bombas hidráulicas, sobre la condescendencia, sobre la carretera, sobre el Papaloapan, sobre la falta de tramas, sobre cómo en ficción no hay nada más real que la ubicación y sobre cómo en la realidad no hay nada más absoluto que alguien diciendo: «es que yo trabajo mucho».

Un libro, pues, que demuestra que era posible resumir en un solo texto todas las aproximaciones a Rulfo y su obra. Y que era posible, además, desentrañar y añadir todo aquello que Cristina Rivera Garza ha desentrañado y añadido en el universo del mayor de los autores mexicanos del siglo xx (o, como se afirma también en las páginas de Había mucha neblina o humo o no sé qué, del primero de los autores mexicanos que enunció la modernidad). Un libro que, más que desear leer, los enfermos de Rulfo desearán, tras haberlo leído, haberlo ellos escrito. Por lo menos, puedo decirles que esto fue lo que a mí me pasó.

No quisiera, antes de terminar este pequeño texto, dejar de anotar cuatro citas de Había mucha neblina o humo o no sé qué. La primera es de la Cristina bibliógrafa, se relaciona con lo último que he señalado y, seguramente, levantará ampollas en los seguidores de Paz:

Más que ir a contracorriente de las tradiciones imperantes, la experimentación rulfiana va a favor de su propio instinto. El texto rulfiano, por ello, no refleja ni representa realidad alguna. El texto rulfiano, como todo texto verdadero, se propuso algo a la vez más descabellado y más simple: producir su propia realidad. Instaurar sus propias reglas. Atender a sus propios murmullos. Honrar su propia materia. Juan Rulfo produjo así prácticas de escritura y de lectura con las que se inaugura la modernidad mexicana. Juan Rulfo es, en ese sentido, nuestro gran experimentalista.

La segunda cita pertenece a la Cristina voyeur, y se relaciona con otro de los temas que aquí he mencionado, es decir, con el seguir los pasos del otro, tanto en la forma como en el fondo:

Vamos por donde el encino amarillo. Por donde el ocote. Hemos planeado este viaje por un año entero, tal vez más. Lo hemos deseado como se desean a veces los cuerpos. Y ahora vamos en la carretera. Estamos en ella. Entre los arbustos propios de los climas cálidos secos vamos bajo la lluvia. Los ojos abiertos. La respiración acompasada.

USTED ESTÁ AQUÍ.

La primera persona del plural, eso somos aquí, mientras vamos. Un complejo montaje de centellas sígnicas. Lo que atraviesa. Lo que hace ruido. Lo que no se fusiona. Vamos sobre la carretera, sí. La roca calcárea a los lados del camino.

GUELATAO 15KM

Yo lo que quiero decirle al señor Rulfo, dice la mujer que organiza al grupo de lectura de la Biblia, es que no todo aquí es tristeza.

La tercera cita es de la Cristina biobiblionarradora, la reescritura y la que convierte el estilo y el mundo de Rulfo en propios:

 De ahí en más, en nadie.

El olor dentro de la habitación cerrada, esto es lo que notaba la Doble de Doloritas. Rancio. Puntiagudo. Agridulce. Pastoso. Medicinal.

Me hace usted que me den escalofríos, don Fulgor.

El hombre, sin despegar los ojos del rostro de la Doble de Doloritas, colocó una mano sobre el pubis. Los dedos entre las sortijas del vello. Hirsuto es un adjetivo que viene de inmediato a la cabeza. Híspido es una palabra ajena. Los dedos, abriéndose paso entre los pliegues de carne sexual, eran tres. Cuando el índice localizó el clítoris, posándose con destreza sobre su cresta, los muslos se separaron. Era una reacción ancestral. Luego, el suave vaivén de la cadera. La necesidad de cerrar los ojos. Entreabiertos, por otra parte, los labios. El hombre, en definitiva, no sabía hablar.

La última cita pertenece a la Cristina biógrafa:

Jorge Zepeda rescató no hace mucho algunos escritos de Rulfo cuando era integrante de la Comisión de Papaloapan. En el texto y los dos esbozos que se publicaron en La Jornada Semanal del 12 de noviembre de 2016, Rulfo mostró un entusiasmo poco característico por el espíritu modernizador del México de mediados de siglo. Tal como el ángel del progreso que describiera Benjamin (y que Paul Klee pintara), Juan Rulfo parece encarnar aquí una figura contradictoria: un apasionado del progreso que va hacia delante sobre los vientos de la Comisión y, a la vez, el solidario defensor de las comunidades indígenas que, melancólicamente, mira la ruina, la miseria, la orfandad. ¿Se puede ser las dos cosas a la vez sin morir en el intento? ¿Se puede ser ambas cosas y seguir, después, escribiendo? Testigo y ejecutor del espíritu modernizador del periodo alemanista, Rulfo lamentaba, en efecto, el estado de las cosas, lo que estaba a punto de desaparecer, mientras, simultáneamente, elogiaba las oportunidades que el quehacer de ingenieros, agrónomos y biólogos ofrecía a las comunidades de unas tierras hasta entonces volcadas hacia adentro, al decir del historiador García, de la cuenca del Papaloapan.

Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza, fue recientemente publicado por Literatura Random House.

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