Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Aproximaciones al origen | Felipe Rosete

«Todos los cuerpos que avanzan en la luz
esconden amantes lejanos».
Pascal Quignard

Psique es raptada por un monstruo mientras duerme en la cima de una roca, a donde la ha confinado su padre. Desde entonces vive sola en un palacio misterioso. Al caer la noche, un día tras otro, el monstruo invisible la visita, se desliza entre su lecho y la penetra. Él goza dentro de ella, ella goza igualmente con él. Pueden hablar, pero ella no puede verlo. Ni siquiera su silueta. «¿Puedo verte?», pregunta ella, deseando conocer el rostro de su raptor. «Sí, pero piénsalo. Pues en el mismo momento en que me hayas visto, dejarás de verme», responde él.

Un día Psique rellena de aceite una pequeña lámpara portátil, la enciende y luego la esconde bajo un caldero. Toma también una navaja. Aguarda la llegada de la noche. Ésta llega, alcanza su plenitud. Arriba también el monstruo. Entra en su lecho, la penetra, goza y cae dormido. Entonces Psique se desliza fuera de la cama. Toma la lámpara con su mano izquierda. Se acerca nuevamente al lecho. Lo alumbra. Distingue así a la más dulce de las bestias: Eros. Incluso la llama se alegra al descubrir el joven y desnudo cuerpo masculino. Psique deja caer la navaja. Quiere contemplar más de cerca al ser deseado. Se agacha. Una gota de aceite hirviente cae sobre el hombro derecho de Eros quien, sobresaltado, se despierta de un brinco, se transforma en pájaro, levanta el vuelo y se disuelve en la noche.

*

El deseo sexual rapta a la mente, la penetra, la hace gozar y goza con ella. Dispuesta incluso a matarlo, la mente intenta verlo, asirlo, captar cada uno de sus rasgos. Pero no lo logra. Hay algo que se le escapa irremediablemente, que se difumina en la oscuridad de la noche, de la noche sexual, para ser más precisos. Es la imagen originaria, aquella que alude al momento en el que fuimos concebidos, la misma a la que, sin darnos cuenta, regresamos una y otra vez. La buscamos en todo lo que vemos, detrás de todo lo que vivimos. Escena invisible, anterior al tiempo, a la luz, a la visión, al lenguaje, provoca espanto. Provoca también culpa, desconcierto, vergüenza, derivados del vínculo entre coito y parto, de la confirmación de nuestra animalidad: son dos bestias ensambladas a partir de su propia deformación las que nos dan la vida. Provoca igualmente angustia: ese quedarse clavado en la huida imposible, en el imposible retorno al refugio uterino. Conforma el secreto, condenado a ser fantasía eterna.

*

Lot poseído por sus hijas tras haberlo emborrachado, toda vez que su madre fue convertida en estatua de sal por mirar atrás. Abraham a punto de sacrificar a su hijo con su afilada daga. Saturno devorando a los suyos. Edipo arrancándose los ojos tras haber matado a su padre y desposado a su madre. Son tan sólo algunas de esas fantasías construidas por la razón o el sueño para tratar de acercarse al origen.

Todas, sin embargo, parecen confluir en el infierno, esa boca rosada por la que descienden los hombres hacia una oscuridad animal, intestinal, uterina. Debajo de la ciudad humana, hay siempre otra divina y sangrienta que presenta los rasgos de la animalidad. A los seres humanos —«esas marionetas de hambre y miedo, de semen y de sangre»— les apasionan los espectáculos crueles. Adquieren su humanidad al robar a los depredadores la depredación, para luego reconstruirla en forma de caza, guerra y sacrificios, y eternizarla en el infierno.

Seres desnudos, sufrientes, desesperados, presas de sus propias pasiones y demonios, ardiendo en llamas dentro de una cavidad negra, semejante al vientre materno. Así al menos lo plasmaron Rubens, Van der Weyden, Signorelli, Botus. Rictus de dolor que se confunden con aquellos producidos por el placer sexual, como si fuesen lo mismo. «En el fondo del deseo reina el masoquismo», afirma Pascal Quignard en La noche sexual, el libro en el que nos comparte todas aquellas imágenes que le han permitido ver entre las tinieblas, aproximarse a la imagen que falta, acompañándolas de historias y meditaciones sobre la noche que llevamos dentro. Coitos, suplicios, infiernos, sueños, asesinatos, raptos, escenas mitológicas, bíblicas: toda una variedad de representaciones archivadas a lo largo de su vida que nos acercan a nuestro propio origen, y que nos llevan constantemente de la excitación al espanto, paralizando el cuerpo, como si estuviésemos contemplando a Medusa.

*

Para los griegos, el origen de todo fue una larga noche. Urano no dejaba intersticio entre él y Gea, su madre, en cuyo vientre se derramaba sin cesar, haciéndola concebir una y otra vez. La multitud de hijos comenzó a asfixiar a la madre, por lo que ésta le procuró una hoz al último de ellos: Cronos. Mientras Urano continuaba penetrando a Gea, Cronos agarró los genitales de su padre con la mano izquierda y los cercenó con la hoz que portaba en su mano derecha. Urano gritó. Se retiró con tanta fuerza de la vulva de Gea que acabó clavado en lo alto del mundo. Al separar el cielo de la tierra, Cronos creo un nuevo espacio entre ellos, oponiendo así dos mundos: uno ardiente, oscuro, continuo; otro más luminoso, menos genital, más vasto, donde las madres se separan de los padres y los recién nacidos pueden respirar, mirar, jugar, aprender a hablar. No así los hijos de Cronos, devorados por él mismo hasta la llegada de Zeus.

Es la noche sexual del mundo. El recuento de dos pérdidas: la del cuerpo que nos albergó, la del otro sexo. La madre no es ya uno mismo. Ningún sexo sabrá nunca lo que pasa en el otro.

*

La escena del pozo de Lascaux, que data del 15,000 a.C., alude a los seres ausentes, los animales muertos a manos de los hombres. Intenta conjurar el miedo de estos últimos a ser perseguidos sin fin por aquellos. Fue pintada a la luz de una antorcha en la pared de una cueva tan profunda y oscura como el vientre materno. En ella yace un hombre tendido, muerto al parecer, con el sexo erecto y la cabeza de un ave rapaz, frente al cual se postra un animal herido, aún con vida, con la cornamenta apuntando hacia su agresor.

*

Para conservar algo de él, en la noche de su despedida, la hija del alfarero corintio Dibutade trazó con carboncillo sobre la pared la sombra proyectada por el cuerpo de su amado, a punto de marcharse a la guerra. Es el origen de la pintura, según lo refiere Plinio el Viejo. De ahí que pintores como Suvée, Murillo o Von Sandrart lo representen así. «El deseo es la libido de ver a alguien que no está […] La joven “ve ausente” a aquel que ama. Anticipa su partida, imagina su muerte: desea a ese hombre», afirma Quignard. El joven muere de manera gloriosa, por lo que le encargan a Dibutade una estela en su honor. Éste retoma la silueta trazada por su hija en la pared y la transforma en un relieve de tierra que pone a cocer en su horno, dando origen así a la escultura. «El arte no sólo quiere al ausente sino que recibe encargos de la muerte», concluye el escritor francés.

*

Hay, pues, otra imagen ausente y espantosa: la del instante posterior a la muerte. A la noche sexual corresponde la noche mortal. Es José tallando la cruz en la que morirá su hijo; María imaginando su muerte al verlo pincharse con una corona de espinas. Se trata de un deseo anticipado por aquello que dejará de estar. Nunca sabremos lo que había antes de la vida. Nunca sabremos lo que habrá después.

Mors ultima linea rerum. Así se titula el grabado de Hans Sebald Beham en el que la muerte con el sexo erecto se postra detrás de una pareja que se toca mutuamente los sexos y se mira directamente a los ojos, mientras un infante mantenido a raya por la mano izquierda del hombre los mira con desasosiego. El límite último de todas las cosas: eso es, en efecto, la muerte. La misma muerte que, invisible, confundida con la oscuridad de la noche, hace suya al «pecado», que en la obra de Füssli —El pecado perseguido por la muerte— toma la forma de una mujer hermosa, desnuda, de larga cabellera, que mientras es violentada intenta desesperadamente distinguir el rostro de su raptor.

*

Los modernos hemos perdido la noche. Noche que Beham representó como una mujer recostada en su lecho, con las piernas cruzadas, mostrando el sexo. El mismo sexo velludo que, en la versión de Gustave Courbet, lleva el título de El origen del mundo. Con la noche, hemos perdido también el origen. Gracias a las Luces, a la electricidad que brotó de la razón y la ciencia, nos resulta todavía más difícil adentrarnos en ese mundo nocturno en el que todo, cuerpos y objetos, se funden en una misma negrura. Hoy pretendemos abolir el secreto, ver todo con la claridad de la luz. No sabemos mirar hacia adentro.

«El alumbramiento olvida la concepción. Lo materno engulle lo femenino. Los cuidados reemplazan las uniones físicas». La educación  sublima  el  cuerpo  de  todo  aquello  que  considera  sórdido.  Los  sexos se olvidan de sí mismos. Las obligaciones sociales, la prohibición y el miedo oprimen el alma. Y sin embargo, concluye Quignard, «esas imágenes irresistibles se imponen y determinan las horas más hermosas que podamos vivir o hayamos podido vivir». Irremediablemente, Eros seguirá penetrando a Psique noche tras noche. Así fornica el alma. Así también los cuerpos.

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*