Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Árbol | Nell Leyshon

Érase una vez una chica que vive en una casa en el bosque con su madre y su hermano.

La habitación de la chica está bajo el tejado en el ático y desde su ventana se ven los árboles. En verano todo es verde y en invierno las ramas están desnudas y hay una luz fría y afilada. Cada domingo, ella, su madre y su hermano atraviesan caminando los bosques hasta la iglesia para visitar la tumba de su padre. Cada domingo, la chica lleva un ramillete de flores u hojas silvestres que ha recogido en el bosque.

Un domingo de invierno la chica se despierta temprano. Prepara el desayuno y espera a que aparezcan su madre y su hermano, pero la casa está en silencio. Entra en sus habitaciones y comprueba que ambos están enfermos. Les lleva comida y les dice que irá sola a visitar la tumba. Se pone su abrigo, sus guantes y su sombrero rojo —puesto que es un día frío—, y abre la puerta delantera. Se cierra de un portazo tras ella. El aire es frío y la garganta le duele al respirar. Tira de su bufanda hacia arriba para cubrirse la cara y se adentra caminando en el bosque. Las hojas han caído y la tierra está mullida bajo sus pies. Puede escuchar sus propias pisadas: las ramas quebradas, el lodo de las hojas putrefactas bajo sus pies. Ante ella ve una pizca de blanco y se desvía del sendero. Detrás de los árboles hay anémonas blancas: las flores brillan como estrellas caídas del cielo.

Las coge y hace con ellas un ovillo. Las flores tiemblan sobre sus frágiles tallos como si estuvieran vivas en su mano.

Vuelve al sendero y continúa caminando hacia la iglesia y el cementerio. Contempla los árboles a su alrededor, las formas de las ramas contra el cielo gris. Cuando llega al gran claro que hay en el centro del bosque, unos cuervos que vuelan alto por encima de los árboles empiezan a graznar. Se pregunta si la han visto y graznan para advertir al resto; se imagina a sí misma desde su perspectiva, se imagina siendo un pájaro que la contempla caminando entre los árboles con su sombrero rojo y su pequeño ramo de flores blancas.

Y entonces oye algo.

Se detiene.

¿Un pájaro? Pero no había sonado como ninguno de los pájaros que conoce.

¿Ha pisado un palo?

Escucha con detenimiento, pero sólo oye el sonido del viento entre las ramas.

Baja la mirada al ovillo de anémonas que tiene en la mano: la corola de una flor sobresale más que las de las otras y ella la recoloca, tira de ella por el tallo para que estén perfectas. Continúa caminando hacia el cementerio. Y entonces lo oye de nuevo.

Suena como una voz.

Se detiene. El corazón se le acelera y siente cómo el miedo invade su cuerpo.

Sí, una voz. Oye una palabra, cree que oye a alguien decirle hola. Mira a su alrededor, gira su cuerpo en una vuelta completa, esperando ver una cara, un cuerpo, alguna prenda de vestir.

Nada.

Permanece junto al enorme roble que mira el claro desde arriba y reclina la espalda en su tronco, se apoya contra él mientras mira a su alrededor.

Y entonces otra vez, la palabra hola, sólo que parece como si la voz resonara a través de su espalda; puede sentirla justo en su interior.

 

Cierra los ojos. ¿Qué puede hacer? Siente miedo, siente los tallos de las anémonas en la mano, la savia verde y húmeda de los tallos quebrados, siente la corteza rugosa del tronco del árbol. El aire es frío.

Otra vez la palabra.

—Hola.

La voz es más clara. La siente en su espalda. Y entonces siente cómo el árbol entero se mueve detrás de ella. Emite un grito ahogado, da un paso adelante. ¿Cómo puede moverse algo sólido? Es como si la tierra bajo sus pies se hubiera desplazado, como si hubiera un terremoto, como si el mundo estuviera cambiando. Es como si todo lo que ella siempre había pensado que era real no lo fuera.

Quiere irse a casa. Quiere correr. Da un paso adelante, hacia el sendero que lleva de vuelta a su casa. Y entonces oye la voz.

—No me dejes.

Viene de lo más profundo del árbol. Mira fijamente el tronco, su gruesa corteza, después alza la mirada y ve las ramas que se extienden a su alrededor.

—Sí, soy yo —dice la voz.

Y entonces ve una rama moverse. Baja como si la inclinara el peso de un niño que hubiera trepado sobre ella, y se mueve en su dirección. Y entonces, la punta misma de la ramita que hay en el extremo de la rama, como la yema de un dedo, le acaricia la mejilla. El contacto con su piel es suave. Es dulce.

No se mueve. No puede moverse.

El corazón le late muy deprisa; el sudor impregna el cuello de su abrigo; sus pies están anclados a la tierra. El resto del mundo ha cambiado sus normas y es capaz de moverse, pero ella está enraizada al pedazo de tierra que pisa.

Y entonces el árbol habla:

—Te he visto otras veces —dice.

Otra rama baja y también le acaricia la cara. Ésta también es tierna y dulce. Avanza hasta sus hombros y descansa allí.

—Me siento tan solo aquí, en el bosque —dice el árbol—. Tan solo.

Ella siente la rama sobre sus hombros. Dos ramas, las dos tocándola.

—Pero cuando pasas por aquí —dice— me siento distinto. Me haces feliz.

La chica alza la mano y toca la rama que descansa sobre sus hombros. No es áspera. La corteza parece terciopelo, parece el asta de terciopelo de un ciervo.

—No entiendo lo que está pasando —dice ella.

—No hay nada que entender. Estamos en el bosque y tú estás conmigo.

Le acaricia el rostro de nuevo.

—Eres hermosa.

Ella oye la palabra hermosa. Hermosa. Siente cómo la palabra aterriza dentro de su mente. Nadie la ha dicho nunca. No a ella. Sonríe, vuelve a tocar la rama de terciopelo. El sudor del cuello de su abrigo ha desaparecido. El miedo ha desaparecido. Su corazón sigue latiendo muy deprisa, pero por otro motivo.

—Quédate aquí conmigo —dice el árbol.

Ella baja la mirada, ve el ovillo de estrellas blancas en su mano, piensa en su madre en su hogar, en su hermano en su hogar, en su padre en lo más profundo de su hogar bajo tierra, que está esperando que deje las flores en la tierra que hay sobre él.

—No puedo quedarme —dice. Da un paso adelante y la rama deja de tocar sus hombros.

El árbol grita:

—No me dejes. Por favor, no me dejes.

—Tengo que hacerlo.

—¿Vendrás a verme otra vez?

La chica asiente.

—Gracias. Me has hecho feliz.

La chica se aleja y baja la mirada hacia su ovillo de flores; después se da la vuelta para mirar al árbol.

Y eso es lo que es. Un árbol. Un roble de ramas extendidas.

Se frota los ojos como si así pudiera ver con más claridad.

No. Eso es lo que es. Un roble de ramas extendidas.

 

 

 

El siguiente domingo se despierta en un mundo frío y duro. Hay escarcha en el interior de su ventana y cuando la rasca para mirar afuera ve que el mundo es blanco y que el rocío se ha congelado. Una escarcha blanca.

Vuelve bajo las mantas. Allí se está caliente. Vuelve a reposar la cabeza sobre la almohada mullida y blanda y cierra los ojos.

Hermosa. Es hermosa.

Su madre entra en la habitación y le pregunta si va a visitar la tumba.

—No —dice—. Ahora soy yo la que está enferma.

Cuando oye cerrarse la puerta delantera, sale de la cama y se viste con cuidado, elige las prendas que mejor le quedan. Se pone el abrigo, el sombrero rojo y la bufanda, introduce cada dedo en sus ajusta dos guantes. Sale al aire libre, a los senderos duros por la escarcha que atraviesan el bosque. Pasa las anémonas silvestres, pero sus estrellas blancas se han perdido en el mundo blanco. Pasa las campanillas de invierno, pero ellas también se han perdido en el blanco.

Sigue el sendero y llega al claro. El árbol grita:

—Has vuelto.

—Sí —dice ella—. He vuelto.

—Vi a los otros. Pensé que no vendrías.

Ella percibe la felicidad en la voz del árbol y sabe que es ella quien la ha provocado. Es capaz de hacer a alguien —a algo— feliz.

Se dirige al tronco del árbol y coloca su mano en la superficie. Su aspereza se disuelve bajo sus dedos, se suaviza. Una rama de terciopelo desciende y le acaricia la mejilla. De nuevo con suavidad, con ternura.

—Gracias por volver —dice el árbol—.

Ha hecho tanto frío.

Otra rama desciende y juntas envuelven a la chica en un abrazo. Alrededor de sus hombros, alrededor de su cintura, por lo que no puede moverse.

—No tan fuerte —dice.

—Necesito sentir que estás aquí —dice el árbol—. Tengo miedo de que me dejes.

—No lo haré.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

El árbol libera a la chica del abrazo de sus ramas y las extiende frente a ella.

—Sube —dice.

La chica sube a la rama más gruesa y el árbol la resguarda con la rama más delgada. La levanta del suelo, elevándola hacia el cielo. La levanta justo hasta el centro, la sienta en la rama más grande. La protege.

—Te quedarás aquí para siempre —dice.

—Para siempre, no —dice la chica—. Tengo que volver a casa con mi madre y mi hermano.

—Ellos no te necesitan —dice el árbol—. Yo sí te necesito.

—Vivo allí.

—Ya no.

La punta de la rama acaricia su mejilla y después recorre sus labios. Siente cómo cada nervio baila bajo su suave contacto. La rama presiona contra su boca hasta que ella separa sus labios y el extremo se introduce. Puede saborear la madera y el liquen y sentir la corteza en su lengua.

—Te vi caminar hasta aquí —dice el árbol.

Otra rama acaricia su mejilla.

—Estabas mirando a otros árboles.

La chica frunce el ceño. La rama sale de su boca para permitirle hablar.

—Sólo estaba caminando —dice.

—Te vi. Te vi mirarlos.

—Puede que sólo estuviera echando un vistazo, como suelo hacer. Al bosque, a los árboles, a todo.

El árbol habla, pero el tono de sus palabras ha cambiado, es tan frío como la escarcha de sus ramas.

—No quiero que mires a otros árboles.

Las ramas que rodean su cintura se estrechan.

—¡Ay! —dice la chica—. Eso duele.

—Dime que sólo me mirarás a mí.

—Por favor, afloja tus ramas.

—Sólo si me dices que, a partir de ahora, no mirarás a ningún otro árbol.

—No puedo hacer eso. Vivo en el bosque.

—Sí que puedes. Dímelo.

—Por favor. Me duele.

—Lo siento —dice el árbol—. Me he pasado tantos años atrapado aquí. Solo. Triste. Tú eres lo primero que me ha hecho realmente feliz. Haces que me sienta como nunca antes me había sentido.

Mientras el árbol habla, las ramas se van aflojando. Las costillas de la chica suspiran y se expanden. Vuelve a sentir sus brazos como suyos.

—Sólo quiero que seas mía —dice el árbol—. Eso es todo.

Las dos ramas acarician su rostro, sus brazos. Rozan sus senos.

—Mírate —dice—. Mira lo hermosa que eres.

La chica se masajea el brazo donde el árbol la había agarrado demasiado fuerte. Hermosa. Es hermosa. Siente un rubor cálido que mana desde su corazón, como sangre que fluye. Hace que se sienta bien. Tiene el poder de hacer feliz a alguien. Y es hermosa.

El árbol la empuja con delicadeza hacia su centro.

Y entonces oye voces.

Al principio cree que debe tratarse de su árbol, pero suena distinto. Mira hacia abajo desde donde está sentada, observa el mundo blanco. El árbol coloca una rama sobre sus ojos.

—Te he dicho que nada de mirar a otros árboles. Te he dicho que sólo puedes mirarme a mí.

—Lo siento —dice—. No estaba mirando a otros árboles.

Y entonces oye que hay dos voces. Su madre y su hermano. Antes de pensarlo siquiera, grita:

—Estoy aquí arriba.

Ellos se detienen, miran a su alrededor, levantan la vista hacia los árboles.

El árbol susurra al oído de la chica:

—¿Por qué los has llamado? Dijiste que te quedarías aquí para siempre.

—No lo hice —dice—. Te dije que no podía.

Y entonces su madre la ve. De pie, bajo el roble, le grita:

—¿Cómo has subido hasta ahí?

—Trepando —dice ella.

Su madre mira alrededor.

—No sé cómo. Baja. Venga, baja.

La chica mira hacia abajo, a su madre y a su hermano. Desciende con dificultad hasta la rama más baja y se descuelga desde ella. Su madre se pone debajo y la ayuda a bajar hasta el suelo.

Quita los restos de corteza del abrigo de la chica.

—Podrías haberte hecho daño —dice.

Cuando la chica se recoloca el sombrero rojo, el abrigo y la bufanda, los tres comienzan a alejarse por la tierra dura, a través de la escarcha, de vuelta hacia la casa.

Y mientras se alejan, sólo la chica puede oír su lamento susurrado:

—Vuelve. Vuelve.

 

 

 

El siguiente domingo la chica se despierta antes que su madre y su hermano. Se despierta antes que el sol.

Fuera todavía está oscuro, y los pájaros están en silencio.

Está tendida sobre su cama y piensa en el árbol, piensa en las ramas alrededor de su cintura y sobre sus labios. Todavía puede sentir las caricias sobre su cuerpo, el roce sobre sus senos y la exploración dentro de su boca. Siente cómo su piel se enciende.

El recuerdo de su tacto es tan intenso que es como si el árbol estuviera con ella ahora.

Es hermosa. Puede hacer al árbol feliz.

Echa las cortinas a un lado y ve que el cielo todavía es de un azul muy oscuro. Pero la escarcha ha desaparecido y el mundo se ha templado. Elige cuidadosamente unas prendas limpias y baja sigilosamente las escaleras. Busca unas botas y una chaqueta y su sombrero rojo, y quita el pasador de la puerta delantera.

Camina hasta el final del jardín y se adentra en el bosque.

Avanza a paso rápido, mira a través de las ramas hacia el cielo, hacia la última de las estrellas nocturnas y la luna que se desdibuja. Y entonces le vienen a la mente las palabras del árbol.

No quiero que mires a otros árboles.

Baja los ojos a la tierra, sólo mira el sendero por el que camina. Se desplaza por el bosque mirando sólo el sendero, sus propios pies, las raíces de los árboles y pequeñas plantas. No ve nada de la belleza de la mañana: el cielo que empieza a aclararse, las ramas que se graban contra el cielo, los pájaros que empiezan a despertarse y cantan el nuevo día.

Sigue el sendero y sus propios pies uno detrás del otro hasta que llega al claro y ve el tronco del árbol, ve sus raíces donde sobresalen de la tierra.

—Estás aquí —dice el árbol.

—Lo prometí —dice ella.

—Gracias. Gracias.

Se acerca al tronco y siente cómo la corteza se vuelve suave bajo las yemas de sus dedos. Siente el terciopelo.

—Tenía miedo —dice el árbol— de que no fueras a volver.

—Por supuesto que iba a volver —dice ella.

Apoya la espalda y mira hacia arriba a través de las ramas. Ve luz más allá, ve un pájaro volar.

Y entonces su mundo se vuelve negro y ve luces como estrellas en su cabeza.

Siente dolor.

Un dolor que no viene de ningún lugar.

Piensa que se ha golpeado la cabeza con algo, tal vez con una rama baja, o puede que haya tropezado, pero entonces siente cómo las ramas la agarran con fuerza por la cintura y la sacuden hasta que siente como si su cerebro se desplazara dentro de su cráneo, y las articulaciones de su cuerpo se aflojaran.

—Has mirado a otro árbol —dice el árbol.

—Te estaba mirando a ti —dice la chica.

—Te he visto. Te dije que no lo hicieras.

Las ramas envuelven su cuerpo entero como si fueran hiedra alrededor de un tronco. La levantan hasta el centro del árbol y la sujetan allí.

—Me has hecho daño —dice.

—No.

—Me has hecho daño en la cara.

—Ha sido culpa tuya. ¿No lo entiendes? Si haces lo que te digo, no te haré daño. Te avisé y me desobedeciste, así que es culpa tuya. Culpa tuya.

Mientras habla, el árbol la golpea en la cara con sus ramas, enfatizando cada palabra con un golpecito. Es violento, doloroso.

Siente algo en su cara, como líquido, algo caliente. Y entonces lo ve en la rama: es rojo, húmedo.

—¿Lo entiendes? —dice el árbol, dándole golpecitos en la cara—. Haz lo que te digo y todo irá bien.

La chica no dice nada. Las ramas se estrechan en torno a ella. Los golpecitos continúan.

—He dicho que si lo entiendes.

La chica asiente.

—Sí. Sí, lo entiendo.

Las ramas dejan de golpearla. Se vuelven tiernas y aterciopeladas y acarician su rostro. Limpian la sangre, se deslizan dentro y fuera de su boca, acarician sus brazos y su cintura. Rozan sus senos.

—Así —dice el árbol—. ¿Ves qué agradable puede ser?

La chica asiente.

—Di sí.

—Sí —dice ella.

—Bien.

El cielo se está aclarando y todos los pájaros han despertado y han dejado en tropel las ramas y los nidos. Cantan su música del alba.

El corazón de la chica late fuerte y rápido. Tiene la cara y las costillas doloridas. Piensa en su cama y piensa en su hogar. Piensa en su madre levantándose y yendo a su habitación para descubrir que no está.

Las ramas la tienen bien sujeta y tiene miedo de moverse y de hablar. Tiene la mirada gacha y es una sombra de la chica que era.

—Dime que eres mía —dice el árbol.

—Soy tuya.

La chica toca una de las ramas.

—¿Puedes soltarme un poco? Me haces daño.

—Yo nunca te haría daño —dice el árbol—. Nunca.

Y las ramas se relajan para que la chica pueda sacar sus brazos y sus manos. Levanta una mano hasta su rostro y siente la sangre fresca. Cuando aparta la mano, está roja.

—¿Tienes un arañazo? —pregunta el árbol—. ¿Cómo te lo has hecho?

—Creo que me lo has hecho tú —dice la chica.

El árbol no dice nada durante un segundo; después, vuelve a apretar. La chica tiene dificultades para respirar.

—Te he dicho que nunca te haría daño —dice el árbol.

—Lo sé —dice la chica—. Puede que me lo hiciera yo misma.

El árbol abre un poco las ramas.

—Eso es —dice—. Debes de habértelo hecho de camino a aquí porque andabas mirándolo todo. Andabas mirando a otros árboles aunque te dije que no lo hicieras. ¿Ves? ¿Lo ves? Si me escuchas y haces lo que te digo, tu vida será mucho más fácil. Será más tranquila y todo irá bien.

La chica asiente.

—Me alegro de que lo entiendas. Ahora descansa, relájate sobre mí.

La chica se reclina contra la corteza de la rama más grande del árbol.

—Cierra los ojos.

La chica cierra los ojos. Es una sombra de la chica que era.

—Así. Muy bien. ¿No es agradable?

La chica susurra.

—Sí.

Tiene los ojos cerrados y siente cómo dos ramas más se deslizan hacia ella. La rodean por los tobillos, inmovilizándola.

Y entonces oye voces. Dos voces.

—No digas nada —sisea el árbol.

Puede oír cómo las voces se acercan y mantiene los ojos cerrados, y bajo su respiración, dentro de su cabeza donde nadie puede oírla, reza. Véanme. Véanme. Véanme.

Su rezo tiene respuesta. La voz de su madre la llama:

—¿Qué estás haciendo?

La chica abre los ojos, ve a los dos abajo.

—Baja —dice su madre.

El árbol le susurra al oído:

—Dile que no vas a bajar.

—Estoy bien aquí —dice la chica.

—Baja ahora mismo.

—No bajes —sisea el árbol.

Su madre sostiene la pequeña hacha.

—Vamos a quitar las zarzas de la tumba. Necesitamos que nos ayudes.

La chica está rígida. Las ramas la sujetan y siente la presión en las muñecas y los tobillos.

—No puedo… —empieza a decir.

—¿Por qué no? —dice su madre—. ¿Estás atrapada?

La chica asiente.

—Sí.

—Quédate ahí —le dice.

La madre se acerca al tronco del árbol y trepa con dificultad hasta la rama más baja. Sostiene el hacha y sube más, hasta donde está sentada la chica. Ve que las ramas están enroscadas alrededor del cuerpo de su hija y levanta el hacha.

—No —grita la chica.

Pero su madre hunde el hacha en una rama y empieza a cortarla. La corteza se separa, aparece la parte blanca del árbol y fluye la savia. Las ramas se contraen, se desenredan, y la chica queda libre.

Las dos bajan con cuidado y se descuelgan de la rama más baja para dejarse caer al suelo.

La madre sostiene la cara de la chica en sus manos y contempla el corte de su mejilla. Lo roza con la punta de su dedo suavemente, con ternura, y éste empieza a chorrear. Sangre caliente corre por su rostro.

La chica se limpia la sangre, aparta la mano de su mejilla y la mira. Roja. Húmeda. Vuelve a sentir el escozor, el chasquido como de un látigo en su rostro. Se aleja un paso del árbol. Y después otro paso.

Su madre la coge de una mano y su hermano de la otra mano, y comienzan a alejarse.

Mientras caminan, la chica se da la vuelta.

Lo único que ve es un árbol. Un roble de ramas extendidas.

Eso es lo que es. Un roble de ramas extendidas.

Aprieta la mano de su madre y la mano de su hermano y los tres dejan atrás el claro, se adentran de nuevo en el bosque, y toman el sendero de regreso a su hogar.

Y mientras camina, la chica levanta la vista y contempla todas las ramas y todos los pájaros. Contempla el cielo y mantiene la cabeza alta y mira todos y cada uno de los árboles que hay.

Y caminan lentamente de regreso a su hogar y, mientras caminan, un pie detrás del otro, la sangre se coagula y la herida, lentamente, lentamente, comienza a sanar

Traducción de Raquel Vicedo

Ilustración de Jimena Schlaepfer

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