Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Schermafdruk 2018-04-05 17.37.22

Por Felipe Rosete

El escocés David Keenan es mayormente conocido como crítico y periodista musical. Memorial Device es su primera novela, aunque por el oficio que muestra pareciera que llevara varias escritas. Y es que lo que logra en este libro no es menor. Reconstruye un periodo convulso para la sociedad británica y para su juventud, presagiado por el «No future for you» de los Sex Pistols y, por lo mismo, sumamente prolífico para la música y el arte creados por ésta. De Wire a Joy Division, de Siouxsie and the Banshees a los Talking Heads. Bandas que dejaron impronta en toda una generación y en la historia reciente de la música.

Y es que era la época en que «incluso cuando todo parecía imposible, todo el mundo estaba haciendo de todo, leyendo, escuchando, escribiendo, creando, pegando pósteres, tomando notas, desmayándose, vomitando, ensayando, ensayando en oscuros cuartos sin ventana a las dos de la tarde como si el futuro estuviera justo allí, esperándonos». Al menos eso es lo que afirma Ross Raymond, el verdadero autor del libro. Un chico de Airdrie —«un hoyo infernal abandonado de la mano de Dios», una de esas ciudades negras legadas por la sociedad industrial—, quien a través de veintiséis entrevistas con personajes de la escena postpunk de su localidad, reconstruye la historia de aquella banda memorable, el mayor orgullo de todos los chicos como él: Memorial Device. Lucas Black, Patty Pierce, Remy Farr, Richard Curtis y, por un breve periodo, Mary Hanna, fueron los creadores de una música equiparable a «una enorme vibración natural», a «un rugido más profundo que el propio silencio», a «una quietud plena aunque inmersa en un movimiento incesante», que tuvo entre otros motivos al amor, al desamor, a los encuentros, al estar hecho mierda, a la desesperación absoluta, a Dios, a las estaciones, a las hojas en otoño y a las flores en primavera, a los animales, al actuar como animales, a los recuerdos, al pasado y al futuro, a la culpa, al tiempo, al canto mismo. A la nada, en suma: «cada pedacito de tontería era como un poema a la nada», afirma Miriam McLuskie, manager y jefe de prensa no oficial e intermitente del grupo.

El libro está lleno de historias memorables, que funcionarían por sí solas. La de Chinese Moon, por ejemplo, una banda conformada en el instante mismo en que sus miembros, un conjunto de mozalbetes, descubren la psicodelia en la casa de su dealer, tras lo cual experimentan unas ganas sobrehumanas de masturbarse, como si todo el mundo palpitase a través de su verga. Una banda, además, cuyos conciertos eran ejecutados por maniquíes vestidos con los ropajes de sus integrantes, uno de los cuales llega a cobrar vida propia y hasta es implicado en el asesinato de un restaurantero oriental. O la de The Ladybugs, una banda de chicas que salían al escenario disfrazadas de dominatrices, con vestidos ajustados de plastipiel, labios rojos y botas de cuero hasta las rodillas, y que al tiempo de tocar su música improvisada, creada en ese mismo instante, torturaban en pleno escenario a algún seguidor despistado, al que amarraban a una silla para luego romper huevos sobre él, tirarle mermelada o cera fundida encima, cubrirlo con plumas de aves diversas e incluso eyacular yogurt sobre su cuerpo desde un dildo suspensorio colocado en la pelvis de alguna de ellas.

Chicos y chicas que antes de ser absorbidos por la burocracia o por algún otro trabajo aburrido aunque digno de las instituciones tradicionales de la sociedad capitalista —«esa clase de vida que aniquila el espíritu»—, supieron crear un arte afirmativo, que no niega ni rechaza. Que experimentaron con ruidos nuevos, lo mismo que con ritmos primitivos; que sacaban sonidos de ganchos de metal, parrillas de estufa, carritos de supermercado o mofles de coches viejos, devolviéndole así vida a las cosas, agrietando de esa forma una realidad difícil y tormentosa, al menos para muchos de ellos. Hombres y mujeres en el límite entre el horror y la tentación, liberados de cualquier idea de norma, para los que «cada fracaso se convertía en un avance hacia delante y cada decepción era algo así como un regalo proveniente del cielo». Comedores de coños y vergas, mordedores de tetas, sibaritas capaces de saborear cuerpos ignorantes de su capacidad de goce. En sus dolores, en sus terrores, en sus tristezas, en su locura, en sus placeres, en sus goces, en su creatividad, en su capacidad para romper con todo y con todos yacen los signos de una generación reciente de la que, por fortuna, somos herederos.

«Me criaron para creer que toda forma de indulgencia merece un castigo, que no se puede seguir lo que te diga el corazón sin recibir una paliza», afirma hacia el final del libro Paprika Jones al recordar los últimos momentos de Lucas Black, el líder de Memorial Device. «Pero —continúa— cuando sientes esa primera verga empujando las paredes de tu garganta o tus dedos desapareciendo entre las piernas de algún extraño, si de veras puedes sentirlo, te das cuenta de que la vida no tiene la más mínima intención de joderte». A esa misma conclusión se llega al escuchar la música creada por todos esos jóvenes que en aquellos años se dieron cuenta repentinamente de que podían ser quienes en realidad eran y expresar lo que quisieran de la forma en la que les fuese posible hacerlo. Y vivir de ello, incluso prosperar, aunque también morir. Con este libro, Keenan demuestra lo que pone en voz de uno de los entrevistados: que «la música es una de las cosas de las que los humanos deberían de estar más orgullosos». Pero no sólo la música, también la literatura, su literatura: esa música construida a base de palabras y de historias que nos conduce a pensar que tal vez la vida no sea sino una serie de perturbaciones internas, que estamos todos a la deriva, igual de perdidos que Lucas y compañía, y que, por suerte, podemos seguir disfrutando del show y, aún mejor, convertirnos en parte de él. Para sobrevivir a nuestra infelicidad, para enfrentar nuestra propia locura. Aun en los días de sol plateado puede escucharse el canto de los pájaros.

Memorial Device portadaMemorial Device

David Keenan

Traducción de Juan Sebastián Cárdenas

Sexto Piso / ivec

2018 296 páginas

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*