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Baby, I’m a Blackstar

La obra toda de David Bowie está marcada por el desdoblamiento. Doblegada por dos vertientes principales. Su peculiar libro de las mutaciones, exacerbado en ese canto a sí mismo que es «Changes», y su inclinación nietzscheana en cuanto al eterno retorno como implicación sustancial de su trabajo. Aplicadas a sus dos primordiales preocupaciones. El tiempo y la muerte. Bowie recurrió a incontables metáforas para nomenclaturar el final de la vida. Una de las más retorcidamente poéticas y poderosas es la de la canción «Always Crashing in the Same Car», del álbum Low. Anfibológica, como todo el trabajo de Bowie, presenta varias lecturas. Pero al escucharla es imposible no pensar en el destino que nos aguarda a todos: la muerte. Pieza que meditada a la distancia cobra un nuevo significado. Bowie, por fin, se hizo añicos. Su deceso como un delirio de Crash, de Ballard.

Bowie anunció que se estrellaría con antelación. Desperdigó pistas sobre lo que se aproximaba. Conforme avanzan los días desde su muerte estudiosos de su obra analizan todas las hipótesis ocultas detrás de Blackstar, su último trabajo. Se insiste en ver a «Lazarus», segundo sencillo, como una de las clave que Bowie utilizó para predicar su desaparición. Pero la información contenida en Blackstar no remite únicamente a la información contenida en el disco. Se remonta a su trabajo anterior. En «Lazarus», Bowie ironiza el renacimiento creativo surgido con The Next Day. El disco que puso fin a diez años de silencio discográfico y un retiro tácito de la vida pública (su última aparición fue en 2006). Hacia el final del video de «Where Are We Now?» se observa a un Bowie en apariencia sano. Que acallaba todos los rumores y especulaciones en cuanto a su salud. Un regreso que vino acompañado por su mejor disco desde 1997 y uno de los highlights de su carrera. Era Lázaro, regresando de la tumba. Pero, como la figura de la Biblia, habría que retornar a ella.

Resulta significativo que Bowie haya titulado The Next Day a un álbum después de atravesar una severa crisis creativa (ahora lo sabemos: fue debido a problemas de salud). Significativo porque, pese a que se puede interpretar como esperanzador, el mensaje que Bowie estaba lanzando era «el día siguiente se presentará la estrella negra». Episodio que ocurrió el 8 de enero de 2016. La muerte de Bowie comenzó en The Next Day. La nula promoción del disco, las reservas en cuanto a su vida y la casi ausencia de los escenarios (sólo dio cuatro conciertos) obedecían a una certeza: tenía los días contados. Indagador de todas las parábolas, sabía que Dios (o quien quieran) le había extendido tres años más de existencia y los empleó para crear.

Bowie utilizó su muerte como materia prima para la realización de Blackstar. Pero su renacimiento creativo, el ir hacia delante incluso en momentos de oscurantismo, tiene un pie enclavado en su condición nietzscheana. Bowie podría resultar hasta contradictorio. Abogar incansablemente por el cambio para siempre retornar. Pero no. Es sorprendente el fanatismo de Bowie por la minuciosidad. Es un cerrador de ciclos. Así lo deja ver la construcción de Blackstar. Si en Scary Monsters (and Super Creeps) el Major Tom es un yonqui, en Blackstar vuelve a aparecer sólo para un inobjetable punto final. Todo concluyó como comenzó. Resulta escalofriante la exactitud con la que Bowie preparó su final. Nothing Has Changed, el título de su última antología, un recopilatorio publicado después de The Next Day es ilustrativo al respecto. Nada ha cambiado: como Lázaro voy a fenecer.

Blackstar, primer sencillo del álbum, las pistas se agravan al Bowie fabricarse un autorretrato multiforme. La estrella negra tiene sus orígenes en la Biblia, también es un astro que nadie puede ver. Pero también es una referencia al cáncer. La estrella (de rock) calcinada. No se puede dejar fuera esta teoría porque en Bowie todo entraña
Baby, I’m a Blackstarun reverso. Incluida su muerte misma. No existe nada más tremendamente humano que morir de una enfermedad humana para el hombre al que todos tomamos como alienígena. El extraterrestre finalmente se asumió terrícola. Por eso la portada de The Next Day anula a la de Heroes. Porque ya no es héroe sino un mortal.

La muerte de Bowie más que nada fue un acto de prestidigitación. Un acto de desaparición. Un tributo a Houdini. Por tal motivo la noticia de su muerte fue inasible. Sólo hasta que transcurrieron las horas pudimos captar que Bowie no estaba más entre nosotros. Al final del video de «Lazarus», Bowie se mete en un armario y cierra la puerta. eso fue su muerte. Un acto de escapismo. Su último performance. Una salida tan elegante y tan cósmica a la vez. En una entrevista declaró que el día que la muerte le sonriera, le devolvería la sonrisa. En la última foto que le tomaron en vida (subida a Twitter por su esposa Iman) Bowie sonríe a la cámara. Pero también nos sonríe a nosotros. Legándonos una última enseñanza. Todos nos vamos a estrellar en el mismo carro. Y tenemos que tener una sonrisa preparada para cuando llegue el momento.

el techo hasta las siete de la mañana con los audífonos puestos y escuchando el Metal box.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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