Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Beber y bailar (Las reinas de la era de piedra en la CDMX)

Por Carlos Velázquez

—Tu compa es díler, me preguntó.

—No, respondí.

—Entonces por qué todos los saludan.

Segundos después surgió de los altavoces «Walk the Night» de los Skatt Brothers. Era una advertencia. Una amenaza. De que caminaríamos la noche, la taladraríamos. La picaríamos como si de una piedra de cocaína se tratara. En compañía de Queens of the Stone Age. Ultimátum que después refrendaría Josh Homme con sus propias palabras.

Dos horas antes, para matar el tiempo (no estaba para otra cosa que para el post-stoner rock pop, el cartel del Vive Ladino me resultaba más atractivo que una madrugada desperdiciada facturando en el portal del SAT), le hice el amor a un cuartel de California Sunshine en compañía de un personaje del que no puedo revelar su identidad por culpa de la maldita Ley de Seguridad Interior, pero a quien signaré para efectos narrativos como el Doctor.

Pretendía mantenerme virgen de música hasta QOTSA, pero entonces el Doctor se pronunció:

—Acerquémonos a aquel escenario.

Conforme nos aproximábamos me percaté de que estaba vacío.

—Ya te pegó el ácido, Doctor.

Resolvimos entonces aferrados a unas columnas hasta que el aceite terminara de atiriciarnos. Cada cinco minutos alguien saludaba al Doctor. No sé si para pedirle prestado, preguntarle cuánto cobraba o solicitarle alguna sustancia.

Días atrás mi cuerpo me había patrocinado una lumbalgia que confundí con un malestar en los riñones. Decidido a vencer el padecimiento me compré un frasco jumbo de comprimidos de Palo Azul y me los comencé a administrar como si fueran Tic Tac. Aterido, me arrastré hasta un laboratorio para practicarme un examen de orina. Los resultados arrojaron que tenía los riñones más cristalinos que el niño Dios. Pero como el idiota adicto que soy no dejé de tomarme el Palo Azul. Comencé a pagar mi compulsión desde la  primera cerveza. Desde el minuto cero que habíamos ingresado al Foro Sol, mientras el Doctor socializaba yo aprovechaba para ir a desmantelarme la vejiga.

Dicen que Dios es bueno con los locos, los idiotas y los border, y yo creo que también con los fans del Palo Azul, porque cuando nos instalamos en el escenario principal caímos parados. Justo debajo de nuestros pies había una coladera. El problema del desagüe se había resuelto. Refileaba vasos de chela vacíos con mis miados y luego los vertía en el drenaje. A la vista de todos y con la risa de Doctor como faro alumbrador para que aquellos que no se daban vuelta voltearan a verme.

«Walk the Night» se interrumpió y QOTSA se plantó en el escenario con sed de sangre. Desde las primeras notas de «If I had a Tail» sentí que por primera vez desde que había decidido acudir al Vive Padrino comprando el boleto a mil quinientos más cargos había valido la pena hasta el último puto peso que había pagado. El año pasado QOTSA había anunciado en su página una visita a la CDMX. Después del 19S la fecha había desaparecido de su web. Y que no abrieran fecha en un local cerrado, abona a las sospechas de que van a tardar en volver. Es comprensible. Han estado golpeados por la desgracia. No directamente. Pero sí de refilón. Baste recordar el atentado terrorista que sufrió Eagles of Death Metal en París, donde murieron ochenta y cinco personas acribilladas en la sala de conciertos Bataclán en 2015.

Anyway. La espera había terminado y frente a nosotros estaba por fin el genio que había resucitado a Iggy Pop de su muerte civil, el ex miembro de Kyuss, el cantante de Them Crooked Vultures, el mandamás en QOTSA, para arrinconarnos con la presentación en México de Villains. En ese momento me entró un mensaje de la Diva:

—Dónde putas estás.

El MNS llegaba con tarde debido al delay que se produce por la ausencia de señal. Al día siguiente me enteré de que no había conseguido entrar. Al güey le daba lo mismo el festival. Pero su mujer es incondicional de Gorillaz. Había comprado vuelos desde Torreón para llevarla al Vive. Pero cuando pretendió comprar los boletos, se habían agotado. Intentó comprar en la reventa sin éxito. Días antes del Vive Padrino, Ticketmaster liberó unos cuantos. Quiso comprarlos en línea y su tarjeta pitera se resistía. Tuvo que conducir hasta un centro de atención y comprarlos. Como sólo se les antojaba Gorillaz de todo el programa, su mujer y él habían acordado llegar poco antes de QOTSA para agarrar un buen lugar. Veinte metros antes de acceder al Foro Sol le sacaron los boletos de la bolsa de la chamarra y se quedaron fuera del festival.

Mientras ellos regresaban en metro yo brincoteaba con los acordes de «My God is the Sun». Al día siguiente saldrían varias notas de que esta edición del Vive Cochino había sido una de las más chakas de la historia. Repleta de robos y abusos policiales. Pero también una de las que mejor habían ecualizado. Puta, cómo sonaba QOTSA. Y qué pinche escenografía. Y el manejo de cámaras. Con unos close-ups a los instrumentos que se repetían en las pantallas con autentico terrorismo visual. Y no era por el aceite. Porque a mí todavía no me pegaba. Justo antes de la tercera rola me pedí una chela y apenas comenzaba «Feet Don’t Fail Me» cuando le di un trago y como cavernícola bajo la lluvia sentí el bufadón de Mr. Sunshine. Me convertí entonces en un animal domesticado, masticado, por el aceite.

Al terminar la canción, Josh Homme nos cantó un tiro. Dijo que venía a partirnos la madre sónicamente. A demostrar lo que se podía conseguir con catorce canciones. Saltó entonces una de las rolas más Eagles of the Death Metal de QOTSA: «The Way You Used to Do». Entonces sí a bailar, hijo de su pinche madre. A mover el ácido. El azoro comenzó a pavimentarnos. Como si una aplanadora estuviera pasándonos por encima. Y esto no por culpa del LSD. Era la pinche ametralladora Homme & CIA. QOTSA no es una gran banda. Es La Banda. Durante «You Think I Ain’t Worth a Dollar, But I Feel Like a Millionare» me aventé una de las miadas más largas de mi vida. Me salpiqué el pantalón. No podía dejar de saltar.

Antes de comenzar la siguiente rola, Homme se dirigió a nosotros, sus devotos animales para decirnos:

—Bailar y beber. ¿De esos se trata no?

—Y miar, le grité.

Era el anuncio de que venía lo grueso. Pero no se trataba de eso, sino de lo que le sigue, porque nos endilgó una tetralogía venenosa. La hímnica «No One Knows», que es el «Smells Like Teen Spirit» de la generación del 2000, seguida por «Evil has Landed», quizá la mejor canción de rock del 2017, después la baladesca que invita a bailar «I Sat by the Ocean» y por últimi la romanticona «Make it Wit Chu». Para que atestiguáramos que no nada más saben tronar chicharrones, que también manejan la miel en horarios para adultos. Pinche carrusel emocional de estilos: pop, cuasi punk, rock, hard y heavy. Y aunque el dominio era absoluto, no se trataba de una demostración de músculo. Era una caricia salvaje. Quizá me equivoque, pero por un momento parecía que la estaban pasando mejor que nosotros.

Entonces vino «Domesticated Animals»: el recordatorio de que la iglesia QOTSA crece día con día. Que seguir a esta banda ya es un compromiso metafísico. Yo ya comenzaba a sentir los efectos de la evangelización, pero sería hasta el final que terminaría el proceso de reconversión. «Villains of Circumstance» nos proporcionó un respiro. Pero volvieron con «Little Sister», «Go with the Flow» y «A Song for the Deaf» para terminar de partirnos en dos. Homme había cumplido. Dijo que nos partiría la madre y aunque faltaron algunas rolas (yo pensé que se reventarían «The Vampire of Times and Memory»), nadie podíamos sostenernos de pie.

Tocó el turno a Gorillaz. Qué fino estuvo. Y esas gordas negras con brazos de tamaleras cómo cantaban. Y sí, Damon se resbaló y cayó de sentonazo. Pero nada fuera de la norma. Las primeras rolas me las pasé flotando gracias al aceite. Luego padecí un vacío, que no me eximió de apreciar un show memorable. Pero el daño estaba hecho. QOTSA me había trepanado, y al principio pensé que no era buena idea poner a una banda tras de otra. Pero después de desvariar un poco comprendí que el mood no podía ser más perfecto. Fue cuando Gorillaz finalizó que la realidad me cayó encima de manera brutal. Aprecié la horda inmensa de gente que se desplazaba hacia la salida. No soy un entusiasta de las cifras, pero creo que en todos los años que llevo asistiendo al Vive nunca había visto tanta gente. Fue eso o el ácido me estaba tratando de decir algo.

Y sí, me hablaba, porque le dije al Doctor:

—Cómo vamos a salir de aquí.

Y como ninguno de los dos teníamos prisa acordamos esperar a que se desazolvara tanto desmadre. Nos compramos un par de chelas y nos quedamos a intercambiar la risa fácil. En una de mis peticiones por ir a miar nos estacionamos afuera del baño y sucedió algo que nos sacudió la consciencia. Soy especialista en ponerme en riesgo. Pero nunca me había tocado comprometer mi vida de manera estúpida por culpa de un tercero. Instalados en el jajaja, sentí que algo me golpeaba en la pierna derecha. Era una escoba de plástico, obvio sin palo. Volteamos a ver de dónde había salido el proyectil y no vimos a nadie que fungiera como autor intelectual. Doctor y yo nos miramos y después volteamos hacia el cielo. Estabamos justo debajo de las gradas, por la parte de atrás. La pinche escoba mutilada provenía desde las alturas cuasi divinas de las gradas superiores. Si me hubiera golpeado en la cabeza es seguro que no habría redactado esta crónica.

Una hora u hora y media después Doctor y yo nos encaminamos a la salida, sólo para descubrir que el embotellamiento humano continuaba, y justo antes de la puerta que separa a la música de la calle nos orillamos en unos jardines, a miar por supuesto. Y algo así como unos cuarenta minutos después abandonamos por fin el foro.

—Yo no tengo prisa, le dije a Doctor.

Nos parkeamos en la tiendita que está enfrente al Foro a ponernos una peda banquetera. Todo hubiera sido perfecto, de no ser porque cada cinco minutos me escabullía a la vuelta para miar. Las patrullas no dejaban de pasar, pero el Dios del ácido estaba de nuestro lado. A las 3:30 de la madruga le dije a Doctor que se me antojaba un pase. Quizá no era una buena idea. Pero por eso mismo nos metimos cada uno una punta generosa de coca y nos regaló la pila que nos faltaba para perseverar en la peda lo que fuera necesario. Alrededor de las 4:30 am fui a la vuelta a miar. Estaba tan hasta mi madre que no vi venir a la patrulla en dirección a mí. Entonces una voz se abrió lugar a través de lanoche.

—No, Carlos.

Volteé porque no me dijeron Bestia o Marraneishon. Eso captó mi atención. Quién me llamaba por mi nombre a aquellas horas y en aquel lugar. Era el Doctor. Que había venido tras de mí como guardián de mi falta de control motriz. Segundos después de subirme el cierre las luces de la torreta me iluminaron la jeta de rojo y azul. Era hora de despedirnos. El Doctor abordó un Uber y yo otro.

Mientras me dirigía a mi destino, «Make it Wit Chu» sonaba en mi cabeza. Hacía siglos que no me sentía tan bien después de un concierto. Resultó terapéutico. Me reconstruyó cosas internas. QOTSA fungió como reparador de circuitos emocionales. ¿Fue tan significativo para ustedes como lo fue para mí?

Written by
Latest comment
  • estaba tan pedo De tan feliz de ver a mis REINAS ; EXCELENTE texto, bailar y beber is fucking todo bien, saludos carlos vElazquez

LEAVE A COMMENT

*