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Candidatos unidos contra la sodomía: la que quieren los homosexuales | Wenceslao Bruciaga

Si ganara El Peje, ¿se acabarían espacios cómo éste?, preguntó el bato, aún agitado, y con ríos de sudor sobre el pecho, los calzones en los tobillos y los labios y las uñas moradas.

La tensión que genera lo incierto del futuro inmediato ha logrado entrometerse hasta una orgía gay cualquiera a mitad de la madrugada, en un rincón donde se recobra el aliento después del onanismo exhibicionista y comunitario inevitable en esta clase de bacanales subterráneas, resbaladizos por tanta humedad y restos de fluidos anónimos. Estaba en mi sexclub favorito, una casa de dos plantas amueblaba sin pudores beatos para la promiscuidad gay, con espejos, penumbras, camastros forrados en cuero negro y slings o columpios sado. Aquí la inhibición es tan inútil como cualquier observación de Margarita Zavala sobre la diversidad sexual.

Cuando la pregunta ¿por quién vas a votar? reluce en medio de los jadeos, el sudor, la gozosa (para mí) fragancia de ese costoso solvente que son los poppers, los destellos de los videos porno en loop hasta colapsar con la muerte chiquita, te das cuenta de que las próximas elecciones presidenciales no serán una fecha aleatoria en la historia mexicana…

Tenemos necesidades similares a las de nuestros pares bugas, al mismo tiempo que los drásticos contrastes son parte de nuestra identificación. Y a pesar de que las nuevas generaciones y sus corrientes deconstructoras insistan en achacar todo a la teoría de la construcción social, huyendo de posturas definitivas mientras organizan fiestas electrónicas con cuartos oscuros incluyentes en donde la lujuria simplemente no fluye con la misma desenfrenada voluntad que cuando sólo hay hombres, sin miradas femeninas, la naturaleza homosexual se alimenta de toda esa sexualidad que los bugas califican de ávida y degenerada, «la fuerza suprema del sexo», como dijera Pasolini.

Si la ciudadanía se encuentra hasta la madre de la falta de representatividad, los no pocos hombres homosexuales que alimentamos su conjunto y vibración cívica bien podríamos estar hartos de que nos aposten al final de las demandas del padrón electoral.

El dilema de los derechos gays fustigados en tiempos electorales, donde supuestamente la izquierda debería adjudicarse las causas de la diversidad sexual. Pero son días en los que ideologías políticas en México se desvanecen en espirales de esquizofrénicas contradicciones, poniendo en duda cualquier propuesta de campaña frente a una ciudadanía agotada de la desconfianza, la apatía de sus gobernantes atados a podridos estigmas de corrupción.

Seamos honestos: los candidatos no son tan adversarios como fingen sus voceros. En el diplomático desprecio hacia la diversidad sexual que bufan cuando el tema se les estampa de repente y en la cara, todos coinciden. Admiten que respetarán lo dictaminado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero el close-up al pujido que les brota cuando los jotos salimos en el debate enfoca su incomodidad. Para todos los candidatos el voto que desaprueba la homosexualidad es más valioso que cualquier discurso de tolerancia sexual.

Y aunque partidos como el PRD y Morena cuentan con Secretarías de Diversidad Sexual en las que se proponen temas relacionados con esta población de cara a las elecciones, y Andrés Manuel López Obrador habla de la población LGBTTTI sin palidecer tanto, aunque con su testarudez de ponernos a consulta, el optimismo de la representación debería tomarse con optimismo precavido.

Cuesta pensar que la labor de estas secretarías y sus alegatos podrán tener flujo cuando han establecido consorcios con partidos en cuyos estatutos la homosexualidad es repudiada: ahí están, el histórico espíritu conservador del Partido Acción Nacional en alianza con el liberalismo descafeinado del Partido de la Revolución Democrática; Morena jactándose de abanderar justas causas izquierdistas mientras aprieta la mano de un partido evangélico como Encuentro Social, orgullosos homofóbicos que apoyan las terapias de vena religiosa que aseguran «curar» la homosexualidad hasta convertirlos en machotes homofóbicos, como sucedió el año pasado con Eduardo Pacheco, candidato a diputado en Saltillo por el pes, o su equivalente por el cargo a gobernador en San Luis Potosí, Arturo Arriaga Macías, quien en 2015 comparó la homosexualidad con el narcotráfico. Del Revolucionario Institucional ya no sorprende su apoyo hampón y mercenario, basta recordar cómo usó el tema del matrimonio igualitario y la adopción homoparental para sanear la deplorable imagen de la administración de Enrique Peña Nieto que en 2016 besaba el pavimento, y hasta tuvieron el descaro de pintar la fachada de la residencia presidencial de Los Pinos con los colores del arcoíris, deses-perados por hacerse de la simpatía de los alegres marginados. Por cierto, varios gays mordieron el anzuelo, desesperados a su vez de sentirse validados por esa doblemoralina hegemonía buga. Tras el escandaloso fracaso del pri en las elecciones municipales de ese año, calificada por muchos analistas como histórica, varios diputados del tricolor culparon de la derrota en las urnas al apoyo homosexual del presidente en una sociedad mexicana no preparada para esas extravagancias. Hasta ahí llegó la inclusión. Traer a cuento a Jaime Rodríguez Calderón «El Bronco» en temas de diversidad sexual sería un despropósito, una pérdida de tiempo. Y Margarita Zavala, como esas tías ladinas y metiches cuya perspectiva de la diversidad es tan reducida como las carpetitas que tejen para decorar la vitrina o las bocinas del multiteatro casero, cuadrada y aburrida y sometida, quizás de manera involuntaria, al fantasma de su esposo, a estas alturas declinó de su candidatura en la contienda presidencial.

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Pero los políticos bugas no son los únicos haciendo gala de personalidad border. De este lado de la banqueta también portamos nuestro particular trastorno de identidad disociativo y anacrónico: basta ver cómo en años recientes, la noción de diferencia, que hasta hace ya varios lustros encabezaba las consignas de la lucha homosexual, ha sido relegada del imaginario común-denominador, priorizando modelos que aspiran a un estado de igualdad ante la ley. El principio es irrebatible. Después no es descabellado preguntarse: ¿iguales según quién o quiénes? ¿Sobre qué estándares se basan los raseros de la igualdad? ¿Quiénes diseñaron esos estándares? Pienso en esos homosexuales que maldicen la promiscuidad a veces imparable, aunque la ejercen a escondidas de sus maridos o sus amistades tolerantes, siempre y cuando no proporcionen demasiada información cuando hablen de su vida sexual.

Tampoco es de sorprenderse que los homosexuales acabemos defendiendo instituciones que propician estados de bienestar represivos y aplaudimos como focas cuando los bugas nos dan migajas en las boca. Basta ver las preguntas a los candidatos sobre la diversidad sexual, deberían ser más amplias que una mera anotación de outfit progresista. Se agradece que Carlos Loret de Mola se acuerde de nosotros cuando acorrala a los candidatos que van al programa de Tercer Grado con sus preguntas cerradas sobre si están de acuerdo o no con el matrimonio igualitario, aunque no todos aceptamos la sentencia del amor para toda la vida como camino a la estabilidad. Ya entrados en lo liberal, sería bueno que Loret de Mola atravesara el umbral heteronormativo del matrimonio y preguntara a los candidatos sobre políticas de abastecimiento de antiretrovirales en el sector público o sobre estrategias para comprarlos a precios más económicos, si están enterados del PREP y su opinión sobre su aplicación como política de salud pública en personas seronegativas, prevención de las ITS, sobre algún tipo de seguro contra discriminación en los espacios laborales o sobre la creación de plazas laborales para que las personas trans no estén expuestas a empleos informales de alto riesgo, o sobre los protocolos para determinar los asesinatos de odio por homofobia. Hablando de la comunidad trans, (para mí de las más organizadas dentro del espectro LGBTTTI), qué tanto estarían dispuestos a apoyar tratamientos hormonales y cirugías de reasignación de sexo dentro de un esquema gratuito o, ya entrados en tópicos escabrosos, la regularización de saunas y espacios de esparcimiento de hombres que tienen sexo con hombres, como sucede en otras partes del mundo.

Los putos siempre nos las arreglamos para sacar adelante nuestras calenturas, gobierne quien gobierne: a decir verdad, el submundo gay no ha cambiado gran cosa desde los tiempos de las razzias hasta ahora. Lo único que hacen las apps, en cualquier caso, es reconfigurar el deseo, pero siempre terminamos en lugares como estos… estamos condenados a habitar una realidad paralela irremediablemente ajena a cualquier agenda rosa. ¿Y saben qué? No creo que sea tan malo…

Respondí ya recargado, listo para seguir con mi degenere homosexual porque, al final, los gays no podemos deshacernos de ese instinto hormonal y erótico que busca satisfacerse y retroalimentarse a costa de lo que sea y de forma consensuada. Espacios como mi sexclub favorito son la prueba de que los gays pudimos superar el acoso, aun en medio de la discriminación interna no exenta de clichés y dependencia a estereotipos coloniales. El deseo homosexual suele ser patriarcal y excluyente en su punto más álgido, pero tampoco le hace daño a nadie.

Twitter: @distorsiongay

Ilustración de Eréndira Derbez

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