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Capitalismo o el fin de la historia | Ernesto Kavi

En 1989 la Unión Soviética estaba por colapsar y el muro de Berlín había caído. La Guerra Fría pronto llegaría a su fin y de la batalla que, hasta entonces, había dividido al mundo en dos, surgiría un vencedor inapelable: el capitalismo. En esa batalla estuvieron en juego dos formas de comprender la vida, dos formas de construir una sociedad, su economía, su política, su justicia y, aun, su idea de belleza. En ese contexto, Francis Fukuyama, entonces funcionario en el Departamento de Estado en Washington, escribió un artículo ya célebre, «¿El fin de la Historia?». En él afirmaba «la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de todo gobierno humano». Para Fukuyama, la democracia liberal —que es la unión del liberalismo económico y el liberalismo político, es decir, la unión de la democracia y el capitalismo— es «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad».

Hoy, a pesar de todos sus detractores, desde Samuel Huntington hasta los movimientos antiglobalización, nada parece desmentirlo. Tampoco el islamismo radical, tampoco los llamados gobiernos «populistas». El mundo de hoy, carente de imaginación, de lucidez y de espíritu de rebeldía, y falto de toda esperanza, es incapaz de crear una alternativa ideológica al capitalismo. A tal punto que Fredric Jameson ha podido afirmar: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». ¿Estamos en verdad frente al final ideológico de la humanidad? Los defensores de esta idea sostienen que la libertad, los derechos humanos y la democracia son un límite insuperable, y que dar un paso más allá significa, en realidad, un retroceso hacia épocas oscuras. Los detractores apelan a la gran desigualdad social y económica que ha creado este sistema, exigen una separación del liberalismo económico y del liberalismo político, y reclaman un capitalismo responsable y con un rostro social. Pero nadie apunta a un nuevo camino.

En Reporte Sexto Piso hemos querido abordar esta problemática, interrogarnos por las consecuencias del capitalismo y las posibles salidas.

Yanis Varoufakis, ex Ministro de Finanzas de Grecia durante el primer gobierno de Alexis Tsipras, nos entrega un importante artículo donde propone un nuevo pacto social y económico para impulsar el gasto social, reducir la pobreza, una moneda común mundial y las estrategias para evitar una nueva crisis. Estas ideas constituyen la base de un programa económico que impulsa junto con Bernie Sanders en Estados Unidos, y en Europa con el partido paneuropeo DiEM25. Byung-Chul Han, en una entrevista con el director de teatro alemán Thomas Ostermeier, aborda los efectos del capitalismo en la vida cotidiana, en las artes escénicas, en los sentimientos y refuta las ideas de Walter Benjamin, quien consideraba el capitalismo como una nueva religión. Y, finalmente, el filósofo francés Alain Badiou, analiza la destrucción que ha causado el capitalismo y las catástrofes ecológicas, políticas, económicas y éticas a las que nos ha llevado, y nos propone no un regreso, sino una refundación del comunismo.

Todos los pensadores de hoy parecen decirnos que estamos de verdad frente a un callejón sin salida, que lo único que podemos hacer es mitigar un poco los efectos del capital, y tratar de aprovechar sus beneficios. Pero quizá habría que mirar un poco al pasado. Tal vez, se me ocurre, en los cursos sobre el neoliberalismo que Michel Foucault dictó en el Colegio de Francia podrían existir algunas respuestas. Foucault detecta en el neoliberalismo algunas estrategias subversivas que podrían ayudarnos a escapar de las redes del poder. Es una apuesta de todo o nada. Es una hipótesis que, si la llevamos a cabo, podría costarnos la vida, la nuestra y la del planeta; pero también podría refundarla. Tal vez, y sólo tal vez, debamos permitir que el capitalismo cumpla con su trabajo y con sus promesas, es decir, con la destrucción del Estado y con la sustitución de la sociedad por el individuo como base de toda política, para lograr pensar una alternativa ideológica. Quizá debamos centrarnos en las estrategias subversivas del propio capitalismo, apropiárnoslas, y utilizarlas contra él. Porque la dirección que toma el capitalismo es la anarquía. Y tal vez sólo desde la anarquía, liberados del poder del Estado, del capital y de la sociedad, la imaginación pueda crecer y entregarnos en sus frutos una nueva idea de la vida, y forjar así otra política, otra sociedad y otro arte.

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