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Ciencia con paciencia | Georges Didi-Huberman

El 2 de noviembre de 1918 —es decir, cerca de la capitulación alemana que debía poner fin al primer conflicto mundial, dejando en Europa no menos de nueve millones de muertos y veintiún millones de heridos, de mutilados, de traumatizados—, a las cuatro de la madrugada, Aby Warburg fue admitido de urgencia en la clínica del doctor Arnold Lienau, en Hamburgo, después de haber amenazado —con un revólver en la mano, gritando, fuera de sí— la vida de su familia y la suya propia; se le administró inmediatamente toda una serie de substancias médicas tales como Pantopon, Tropfen o Veronal. Pero con esta crisis ocurrió lo mismo que con la guerra: no era un episodio sino un proceso que debía mantener al historiador de las imágenes entre los muros de diferentes asilos hasta 1924. La guerra había terminado como episodio histórico, es verdad, pero la psicomaquia memorial continuaba con su fardo de dolores cada vez más pesados sobre los hombros de nuestro Atlas moderno. Heinrich Embden, el médico que trataba a Warburg, describió así la «caída» de 1918:

Graves síntomas parecen haberse manifestado de una manera relativamente inmediata en el otoño de 1918, bajo el efecto de impresiones producidas por nuestra situación desesperada. (Yo estaba entonces en el frente). Como ya lo manifesté oralmente, Warburg creía que una gobernanta inglesa, amiga de su familia, que había permanecido en Hamburgo durante los primeros meses de la guerra, había sido la «espía en jefe de Lloyd George» y que él, Warburg, sería por consecuencia el responsable del fatídico resultado de la guerra y tendría que ser castigado por ello. De un momento a otro, esperaba una catástrofe (la prisión, etc.), y la agitación inherente a tal complejo condujo al primer hecho importante de su psicosis —amenazó a su familia con un revólver para preservarla de lo peor, matándola— y, luego, a su internamiento en la clínica. Aquí, sus alucinaciones, muy vivas, tuvieron un carácter casi exclusivamente amenazador y angustiante. Las voces se dirigían contra él y contra su familia. Escuchaba que disparaban contra su mujer y respondía con una extrema agitación a los pedidos de ayuda. Además, tenía un delirio de carácter físico químico: miedo de los metales y de los objetos de metal, debido a su permeabilidad eléctrica; miedo de ser envenenado, porque el agua del baño contenía un sublimado (cloruro de mercurio).

La anamnesis clínica redactada el 19 de mayo de 1921 por Heinrich Embden no deja ninguna duda sobre el hecho de que el desastre psíquico de Aby Warburg se presentaba primero como un desastre de la guerra:

La guerra sumerge a Warburg en una agitación desmesurada, en parte debido a sus sentimientos patrióticos, elevados y puros, y en parte debido a repercusiones personales que la guerra provocaba en él. Muy pronto tuvo una justa intuición de los peligros, después de la batalla de la Marne. Jugaba con la idea de enrolarse como intérprete, hablaba mucho de ello: «Es un puesto en el que se puede fácilmente ser herido de bala». Tomó cursos de equitación, se compró botas para el campo y polainas, (…) intentó, a través de viejas relaciones, trabajar para la patria, particularmente en el Instituto alemán de historia del arte en Florencia. (…) Durante los años de la guerra, su agitación era cada vez mayor. Juntó una enorme colección de periódicos, leyendo siete al día, subrayando todo lo que concernía a la actualidad; todo eso fue catalogado en una gigantesca mapoteca por un grupo de colaboradores. Además, realizaba investigaciones cada vez más profundas sobre la superstición. Para su principal proyecto científico, la supervivencia de los modos de pensamiento antiguos en la Edad Media, se consagró al estudio de la astrología, etc. Entonces fue derivando poco a poco desde el punto de vista del historiador hacia una pseudo-creencia, hasta llegar a un comportamiento supersticioso. (…) Llegó a creerse un hombre lobo. Creía que no era posible evitar desdichas inminentes más que matando a su familia y suicidándose; tomó un revólver, fue desarmado fácilmente y, en los primeros días de noviembre de 1918, se le condujo a la clínica del doctor Lienau.

Sabemos que después de los servicios psiquiátricos de Hamburgo y de Iena, fue en la clínica Bellevue de Kreuzlingen donde Aby Warburg terminó por ser admitido el 16 de abril de 1921, y que ahí siguió, bajo la responsabilidad de Ludwig Binswanger, una larga cura marcada por la célebre conferencia sobre El ritual de la serpiente —pronunciada frente a un público de eruditos y de locos—, al final de la cual la interminable psicomaquia tomará el rostro de una interminable cura del alma, esa unendliche Heilung con la que Davide Stimilli intituló su remarcable edición de la historia clínica de Aby Warburg. Conocemos también las dificultades encontradas por los psiquiatras para nombrar los sufrimientos por los que pasaba el historiador: Binswanger pronunció primero un diagnóstico de esquizofrenia que excluía toda reconstrucción intelectual del paciente («sostengo que su vuelta al trabajo científico es muy improbable», escribió a Embden el 18 de agosto de 1921), antes de aceptar la opinión postulada por Emil Kraepelin, un diagnóstico de «estado mixto maniaco depresivo» con un «pronóstico absolutamente favorable» para el regreso al trabajo del pensamiento.

Esos debates sobre el diagnóstico del caso Warburg nos sugieren que el problema de su locura no puede ser reducido a la observación de un «defecto» y a su conceptualización «semiológica», es decir, a un encajonamiento unilateral en el marco de un «cuadro clínico». Evidentemente debemos considerar con seriedad las aproximaciones psicopatológicas —sutiles y comprensivas— de Binswanger con respecto a su paciente, pero también tenemos que estar a la escucha del paciente mismo en tanto que ser pensante. Si Warburg ha hablado tanto de «psicomaquias» en sus estudios de historia cultural, ¿no debemos también tomarlo en serio con respecto a su desastre psíquico, síntoma de una tragedia de la cultura que ocurría más allá de él, alrededor de él, desde el inicio de la Gran Guerra? Conocemos el lugar considerable del concepto de Denkraum en la obra de Warburg: ese «espacio del pensamiento» de tanto en tanto construido (en los resultados de su ciencia histórica) y destruidos (en los escombros de la guerra), reconstruido (en las imágenes y las fichas de su mapoteca) y vuelto a destruir (en el derrumbe de noviembre de 1918).

Así percibimos, leyendo la historia clínica de Warburg, que ni uno solo de sus motivos de delirio era separable de los grandes paradigmas en los que se organizaba desde hace mucho tiempo su pensamiento histórico y filosófico. La locura de Warburg fue, por tanto, un destino de su Denkraum. Su «psicomaquia», una lucha llevada a cabo en el espacio del pensamiento entre los astra y los monstra, las construcciones para recoger la multiplicidad del mundo y las explosiones de ese mismo mundo en millones de cadáveres (la guerra real) y en fantasmas eficaces (la guerra en el alma). Desde el inicio de su internamiento psiquiátrico, por ejemplo, Aby Warburg experimentó un parentesco directo —y legítimo— con el caso de Friedrich Nietzsche, curado unos años antes por un tal Ludwig Otto Binswanger, el tío de su propio médico en Kreuzlingen. No debemos dejar de reconocer al extremo de ese proceso, el atlas Mnémosyne como un momento decisivo de esa gran «psicomaquia», al mismo tiempo individual e impersonal, ese montaje final de un Denkraum desequilibrado por los desastres de la Gran Guerra.

Así, en su larga carta de 1921 al personal médico de la clínica Bellevue —un nombre predestinado, al parecer—, Aby Warburg escribió de sí mismo: «Mi enfermedad consiste en que tengo la capacidad de ligar las cosas según sus simples relaciones de causalidad, lo que se refleja tanto en el nivel espiritual como en el real…». Aunque en la continuación de esta frase se hable de «berenjenas rellenas de una manera indefinible» —y de la interpretación delirante que de ahí resulta—, es el logos mismo y la épistémè del gran historiador las que se enuncian aquí en toda su lucidez. Mnémosyne nos muestra bien que el genio de Warburg consistía precisamente en que era capaz de ligar las imágenes más allá de sus «simples relaciones de causalidad».

No es fortuito que en 1927, es decir, en una época de intenso trabajo sobre el atlas Mnémosyne, Aby Warburg haya consagrado un seminario particular sobre la «gaya ciencia inquieta» del historiador. Quiso encarnarlo en el binomio constituido por Jacob Burckhardt y Fredrich Nietzsche, para focalizarlo inmediatamente después en el punto en que la inquietud se vuelve desequilibrio, es decir, en el derrumbe psíquico de Nietzsche en 1889. Segú Warburg, los historiadores no deberían ser reducidos al simple estatuto de cronistas del tiempo que pasa: ellos son, ante todo, «receptores de las ondas mnémicas, (…) sismógrafos muy sensibles cuyas fundaciones tiemblan cuando deben captar la onda y transmitirla»; de ahí «el riesgo que comporta esa profesión, un derrumbe puro y simple». Frente a ese peligro o a esa inquietud fundamental, Burckhardt se amurallará en una «torre de marfil» hecha de libros, de imágenes y de fichas (como Warburg en su biblioteca); pero Nietzsche, en la luz de Turín, habrá convertido esa inquietud en un desequilibrio fatal, una caída en la locura (como Warburg en sus crisis).

El autor de Mnémosyne concluye que Burckhardt es un vidente que logra permanecer fiel a la gran lucidez de la Ilustración, mientras que Nietzsche es un visionario del tipo nabi, «el antiguo profeta que corre por las calles, desgarra sus ropajes, se lamenta y, a veces, arrastra al pueblo consigo». Es fácil comprender, al leer ese seminario sutilmente autobiográfico, que Warburg fue todo eso al mismo tiempo: un vidente del tiempo animado por una psicomaquia constante de los astra (en cuanto hombre de la Ilustración, filólogo preciso, coleccionista de libros, de fichas y de imágenes) con los monstra (en cuanto hombre trágico, filósofo inspirado, visionario alucinado de las «ondas mnémicas» producidas por los sismos de la historia). Es por eso que el relato clínico de Aby Warburg debe leerse a través de la doble óptica de los astra y de los monstra, como si el espacio alucinatorio de sus visiones delirantes no fuese más que la explosión —destello vuelto estallo— de un espacio de pensamiento, su propia visión de la historia. Es decir, una versión, pero «desmontada», de su conocimiento más auténtico. ¿Acaso Nietzsche no había, desde Aurora, teorizado las virtudes de ese conocimiento a través del sufrimiento?

El ser profundamente doliente arroja sobre las cosas, desde el fondo de su mal, una mirada de una espantosa frialdad: todos esos pequeños encantamientos engañosos en medio de los cuales las cosas habitualmente se sumergen cuando son contempladas por el ojo de alguien bien portado han desaparecido para él: ahí yace bajo su propia mirada, sin encanto y sin color. Suponiendo que haya vivido hasta ese momento en una peligrosa ensoñación, el supremo llamado a la realidad del dolor constituye el medio de arrancarlo de esa ensoñación: y tal vez el único medio. (…) La monstruosa tensión del intelecto que quiere respetar el dolor hace que todo lo que mira se ilumine con una luz nueva; y la indecible atracción que ejercen las nuevas iluminaciones es casi siempre lo suficientemente poderosa como para poner en jaque toda las tentaciones de suicidio, y para hacer altamente deseable al ser doliente seguir viviendo.

Esa manera tan «vital» de comprender el saber del doliente podría, sin esfuerzo, aplicarse al caso de Aby Warburg. Cuando el sismógrafo explotó en él, las «ondas mnémicas» no podían transitar más por los libros, las imágenes y las fichas: las ondas desestabilizaban directamente su alma, su visión y todos los miembros de su cuerpo. Lo desfiguraban, sin duda. Pero las huellas monstruosas que dejaban sobre su vida consciente también eran las huellas de una guerra real e impersonal que, después de todo, él solo sufría y convertía en monstra. Warburg en Kreuzlingen fue, en ese sentido, un ser de duende, en la acepción precisa, dionisiaca y espectral que le dio Federico García Lorca al liberarlo de toda protección de las Musas. Clío ya no estaba ahí para darle a Warburg la claridad del relato. En el desorden temporal —incoherencias, caprichos o desastres— que entonces lo agitaba, él era el juguete de las Erinias y no de las Musas, de Dionisio y no de Apolo, del pathos y no sólo del logos. Cada uno de sus astra, sus constelaciones de pensamiento, se descomponía —se hacía pedazos y se reconstruía al mismo tiempo— bajo sus inquietas figuras de monstra.

Por ejemplo, lo que había justificado la excepcional y célebre precisión filológica de Warburg —«el buen Dios se oculta en el detalle»—, se entregó, después de 1918, a la exageración paranoica más incontrolable, aquello que Heinrich Embden llamó una «susceptibilidad excesiva» por los detalles: «Revestía cosas benignas con un significado agudo, gigantesco, y los convertía en una cuestión de principio». Al mismo tiempo, su profundo respeto por las singularidades —ese principio epistemológico tan fecundo en su obra—, unido al leitmotiv de la supervivencia, le hacían ver un alma en cada cosa, aunque fuese muy modesta: «Cada frijol, cada papa, cada zanahoria, es el alma de un hombre». Una manera de ser alcanzado por el «animismo» que tanto había estudiado desde el punto de vista de la antropología, desde los griegos antiguos hasta el Renacimiento, pasando por los indios Hopi.

Ya no más Musas, sino Psiqués por todas partes: es así como Binswanger, el 2 de julio de 1921, consigna en sus notas que Warburg «se agita por la noche cuando las mariposas nocturnas, atraídas por la luz, vuelan en su habitación. Teme que el guardia las mate y permanece despierto durante horas; habla a las mariposas de su dolor». Y el 10 de agosto:

Warburg ha inventado un culto con las pequeñas mariposas nocturnas que vuelan en su habitación por la noche. Las llama «pequeños insectos con alma», y puede hablar con ellas durante horas. Está muy preocupado porque su «pequeña mariposa» no tiene nada de comer; quiere darle leche, de sus paseos le trae una hoja de tilo. Está triste cuando la pequeña mariposa se va. La busca por todas partes. Está feliz cuando encuentra otra. Les habla así: «Pequeña mariposa, el profesor te agradece poder hablar contigo, poder decirte todo mi dolor, piensa un poco, pequeña mariposa, el 18 de noviembre de 1918 tuve tanto miedo por mi familia que tomé mi revólver y quise matarla, y a mí junto con ella. Y, sabes, fue porque los bolcheviques llegaban».

Pero, del gran teórico de las polaridades, no podíamos no esperar que todo se convirtiese en su contrario. Binswanger se dice impresionado por el «fuerte contraste entre, por un lado, su ternura por las plantas, los animales y los objetos inanimados (particularmente las envolturas, como las de los chocolates, que no era posible tirar) y, por otro lado, su agresividad intelectual, su brutalidad sádica durante las fases psicóticas». Esa violencia que, cada vez más lejos de las Musas, le hacía parecerse a Saturno —es decir, a Cronos, el Tiempo— devorando a sus hijos. Aun Fritz Saxl, en sus notas sobre Kreuzlingen, hará una comparación: «Es un rudo padre Saturno». Esa inmensa fuerza negativa hace gritar a Warburg durante horas —ahí perdió definitivamente el timbre de su voz— y golpear a los otros, precisa Binswanger, con una «fuerza colosal», como un Atlas haciendo solo su guerra contra todos los dioses del Olimpo.

Esta violencia saturnina o titánica no era, evidentemente, más que la otra cara de un terror a cada instante. Warburg sólo veía un alma en cada cosa porque veía una muerte en cada cosa o en cada imagen: efecto de una guerra o de un asesinato obsidional que dispone sus venenos, sus complots, sus armas fatales y sus cadáveres alrededor de él. Warburg, en Kreuzlingen, fue ante todo Saturno obsesionado por la angustia de haber devorado —o de tener que devorar— a su propia familia, antes de ser asesinado él mismo: sospechaba que en los pralinés estaba la carne de su hermano, y sentía el horror de que pasara por su vientre y terminara en el escusado; por ello, escribe Binswanger, «Warburg deja siempre un resto cada vez que come algo. Si, por descuido, come alguno de esos restos, se siente muy desdichado y se lamenta de haber devorado a uno de sus hijos». Todas las cosas, todo aspecto, se convierten entonces en los instrumentos de una mentira y de un peligro: el pan suizo le parece a Warburg tan sospechoso que sólo pide pan ácimo; la flor se vuelve amenazadora, el té es la cocción de sangre humana o el filtrado imaginado por algún «canalla antisemita»; el pescado contiene a su propio hijo y, desde su plato, le implora en estos términos: «Padre, no me devores»; su pastel de cumpleaños, el 13 de junio de 1922, está «hecho con algo peor que la sangre humana».

Ese fue el estado de guerra que se imaginó Warburg en Kreuzlingen. Como en la guerra, toda situación comportaba un peligro. Como en la guerra, toda información era falseada por las mentiras y la propaganda (uno de sus grandes temas de investigación entre 1914 y 1918). Por eso, «la mantequilla es grasa de mosca, el pan no es pan»; las galeras de su artículo sobre Lutero son «falsas»; «la col es el cerebro de su hermano, las patatas son las cabezas de sus hijos, la carne son los músculos de los miembros de su familia»; los artículos de periódico sobre la nominación de su hermano como doctor honoris causa son mentiras; y Warburg escande todas sus sospechas en forma de imprecaciones, en galimatías y en neologismos de toda clase.

Eso no le impide consignar cada día, como buen superstes, todos los elementos de su psicomaquia (es el material, todavía inédito, de sus cuadernos de Kreuzlingen conservados en el Warburg Institut de Londres). También se muestra «muy agitado cuando le retiran el gran paquete de cartas que hasta entonces había guardado con él, algunas de las cuales databan del tiempo en que estaba con el doctor Lienau, y un diario completamente desgarrado que también databa de aquella época».

La interminable guerra psíquica de Warburg se convirtió, después de 1918, en una guerra patológica, sin duda: respondía a su destino personal o a su pequeña historia, por ejemplo, cuando convirtió su relación amorosa con la gobernanta inglesa de la familia en un motivo delirante de culpabilidad política sobre su propio rol en la derrota alemana. Pero esa guerra estaba también unida —sismográficamente— con la gran historia, por ejemplo, cuando Binswanger cuenta, en 1922, que su paciente se muestra «muy perturbado por la muerte de Rathenau y cree que su hermano está en un gran peligro». Al emplear el verbo halten (creer), cuyo primer significado es «sostener» y «mantener», Binswanger evitaba sutilmente sugerir que su paciente estaba poseído por una simple creencia delirante: tal vez supo que el grupúsculo político que había asesinado a Walter Rathenau el 24 de junio de 1922 se alistaba, en efecto, a matar a Max Warburg algunos días más tarde.

Comprendemos entonces que el autor de Mnémosyne se convirtió, en efecto, en aquello que admiraba en Nietzsche: un «sismógrafo muy sensible» y un «vidente» del tipo nabi. Por ello, capaz de sufrir locamente, y de volar en pedazos. Pero, en ese mismo pathos, logró estar a la escucha tanto de los movimientos impersonales y subterráneos, como de los bajos continuos de la historia objetiva. Cuando Warburg «ve» en el jardín de Kreuzlingen «cajas llenas de carne humana» o terrenos preparados con «el fin de enterrar hombres vivos», no hace más que desplazar —y aproximarla hasta incorporarla en sí mismo— una realidad histórica visible por doquier durante la Gran Guerra; cuando imagina su biblioteca en llamas, no hace más que presagiar el destino que los nazis de Hamburgo quisieron reservar, en 1933, a la Kulturwissenschaftliche Bibliothek Warburg; cuando se espanta de la «colonia penitenciaria», se sitúa en alguna parte entre la ficción de la Strafkolonie de Kafka y la futura realidad de los campos de concentración nazi, en los que es difícil no pensar cuando, tejiendo el motivo recurrente del odio antisemita, Warburg cree que «el viejo bosque que quemaban era los miembros de su familia». Cuando habla de una «política de la catástrofe» no sabemos muy bien si acusa a los médicos que lo rodean o si acusa a los dirigentes de toda Europa.

La historia clínica de Aby Warburg no nos interesaría si sólo fuese un episodio puramente subjetivo, un simple defecto en su «espacio de pensamiento». Pero es mucho más que eso. Se desarrolla de una forma dialéctica, siempre sobre dos planos heterogéneos, conflictivos, que no cesan sin embargo de cruzarse: el no-saber y el saber, el pathos y el logos, la historia personal y la historia en sí. Es así como debemos comprender la gran «psicomaquia» de Warburg. No nos sorprende que «sufriera durante mucho tiempo por tener una cabeza de Jano y afirmara experimentar una sensación muy clara de ello». En Kreuzlingen, su estado será calificado por Binswanger casi siempre como «oscilatorio»: «Durante horas puede ser amable, calmado, simpático, sostener una conversación brillante sobre temas científicos, hacer comentarios agudos; y, de pronto, todo se invierte, entra en un estado de agitación terrible, de una intensidad que no habíamos observado durante mucho tiempo, utiliza expresiones muy groseras y se vuelve agresivo». A veces argumenta y a veces invectiva, razona y vocifera, trabaja y se lamenta, ordena sus papeles y arroja todo por la borda, se calma y se angustia, se pone a gritar y termina en un juego de palabras extraordinariamente espiritual. Los que le rodeaban creyeron por mucho tiempo que esa guerra no tendría fin.

Y, sin embargo, como sabemos, Aby Warburg terminará por abandonar Kreuzlingen, su «colonia penitenciaria», y por encontrar la razón, por volver a su querida biblioteca para lanzarse en el último gran proyecto de su vida, el atlas de imágenes Mnémosyne. Pero con ese «milagro» y esa «curación» individual ocurrirá como con la guerra y la «psicomaquia» cultural en las que Warburg se debatió con tanta energía dolorosa: su temporalidad no se puede reducir a los episodios históricos fácilmente localizables.

Ese «milagro» y esa «curación» han sufrido, por parte de los historiadores, numerosas simplificaciones, aun mitificaciones biográficas y metodológicas. Por un lado, Ernst Gombrich sólo vio en Mnémosyne una «solución al impasse» en el que estaba Warburg después de su regreso de la locura: a quien no sabía ya qué decir, sólo le quedaba, en suma, clasificar las imágenes de su fototeca. Una manera de ignorar la dimensión heurística, abierta y teóricamente tan innovadora, del proyecto Mnémosyne. Por otro lado, el atlas de imágenes apareció como la encarnación misma del «milagro de curación»: una forma de salvación cuyo crédito habría que dar a Fritz Saxl, porque éste, acogiendo a su maestro apenas llegado del asilo, organizó una «fiesta» disponiendo, en la sala de lectura de Hamburgo, algunos paneles que resumían en imágenes los temas fundamentales de la investigación de Warburg.

Sin duda, es necesario establecer una cronología de Mnémosyne, hallando, por ejemplo, las menciones sobre el proyecto en ese documento sorprende que es el Tagebuch, el «diario» de la Kulturwissenschaftliche Biblioteke Warburg, redactado por muchas manos entre 1926 y 1929. Y, por supuesto, distinguiendo las tres principales versiones que conoció la elaboración del proyecto, que quedó inacabado a la muerte de Warburg. Pero querría hacer aquí otro género de preguntas: ¿qué espacio de pensamiento inventa exactamente el atlas Mnémosyne? ¿Qué destino reserva a la bien fundada inquietud del método de Warburg y al desequilibrio profundo que de ahí resulta entre 1918 y 1924? El desequilibrio de Warburg estuvo tan ligado a la inquietud —es decir, al método mismo—, que tenemos el derecho de dudar del carácter unilateral «salvador» de Mnémosyne en la economía de su pensamiento. El atlas Mnémosyne no significa una «salida» de la inquietud o una confianza tranquila en la investigación «científica». Por el contrario, constituye la genial reformulación de esa inquietud, su recomposición práctica y teórica, su reconducción bajo nuevas formas, su remontaje. Lleva en sí, vivo, ese «conocimiento del doliente» que encarna el titán Atlas (en el plano mitológico) y que Nietzsche convertirá en la punta de todo pensamiento (en el plano filosófico). ¿Cuáles serían —para terminar— las lecciones políticas de tal inquietud frente a la historia volcada al desequilibrio de toda crónica?

Sabemos que un momento fundamental en la «psicomaquia» de Warburg para volver del desastre en que la Gran Guerra lo había sumergido fue la conferencia pronunciada en Kreuzlingen, en 1923, sobre el «ritual de la serpiente» de los indios Hopi. Las notas clínicas de Ludwig Binswanger, testigo del acontecimiento y su hábil compañero, son muy valiosas en la medida en que el psiquiatra, como lo sabemos, fue un verdadero teórico del «saber pático» y un observador atento del «estilo de ser» de cada uno de sus pacientes. El 10 de marzo de 1923 observa en Warburg un estado «agitado, furioso, violento»; el 12 de marzo, Fritz Saxl llega de Hamburgo para ayudar al erudito en la preparación de su conferencia; el 18 de marzo, es «el fin de la cura de opio. No aportó ninguna calma. El paciente se encuentra tan mal como antes»; pero, gracias a la presencia de su asistente, Warburg está «más tranquilo y trabaja continuamente en su conferencia»; no deja de ser el hombre con «cabeza de Jano» porque «aunque su trabajo avanzaba bien, permanece el estado de su espíritu, fundamentalmente delirante».

La conferencia tuvo lugar finalmente el 21 de abril de 1923. Binswanger hizo para él mismo un resumen más bien sumario, anotando lo que le sorprendía del estilo o de la presentación del discurso: la «sorprendente maestría intelectual» unida a un «dinamismo» de la argumentación, desequilibradas, sin embargo, debido al timbre roto de la voz del orador; la «gran cantidad de conocimientos expuestos de una manera un poco desordenada»; y, sobre todo, el hecho de que «el paciente se preocupó demasiado de la puesta en escena de las imágenes», y eso hizo que «la conferencia fuese más bien una charla sobre el material fotográfico». Entre dos crisis —o entre los numerosos episodios de gritos—, Aby Warburg encontró en una presentación visual el posible mapa de orientación de su pensamiento, lo que también Binswanger anota en un momento dado cuando observa la aprehensión física del espacio en Warburg:

4 de junio de 1924. Traslado a la Villa Maria. Warburg se acostumbró poco a poco a la idea del traslado, pero lo más difícil para él es acostumbrarse a las nuevas estancias, particularmente al baño. (…) Necesita encontrar un vínculo entre este baño con los de Iena y Parkhaus, y eso le provoca grandes problemas. Le es difícil reconstruir de memoria el baño de Parkhaus. El paciente también está muy inquieto en las otras estancias debido a la organización del espacio; está desorientado porque, por ejemplo, el eje de la mesa está dispuesto de forma diferente con respecto a la ventana, tanto que, desde la ventana, debe hacer diversos movimientos para llegar hasta la mesa, etc. Pone sobre la mesa objetos que tienen una resonancia afectiva, libros, imágenes, porque le facilitan su orientación. Por eso, cuando lee, observa a escondidas esos objetos que le proporcionan cierta calma. Y, por ello, no podemos impedirle la costumbre de llevar consigo a todas partes todas sus cosas.

Comprendemos entonces que en esta psicopatología del espacio visual —del que Binswanger, años más tarde, intentará encontrar todos los elementos en el plano fenomenológico—, Aby Warburg sólo podía poner atención a una cosa si la ligaba a otras cosas afines, y así formar una constelación en la que podía encontrar una orientación para su pensamiento. De ahí su «costumbre de transportar a todas partes sus cosas» que, una vez más, asemeja al autor de Mnémosyne con el titán Atlas, con la figura del judío errante o con la del recogedor de harapos de Benjamin —pero un recogedor que acumula manuscritos, fichas y fotografías para intentar recoger los pedazos del mundo en planos de pensamiento o en tablas, en tablas de orientación interpuestas.

Planos del pensamiento o tablas de orientación: es lo que necesitaba Warburg para no caer del todo en los disparates del mundo, los caprichos de la imaginación o los desastres de la historia. Es lo que necesitaba para vencer su psicomaquia entre los astra y los monstra. Las tablas de orientación —como los hígados babilonios para la adivinación, el mapa celeste del Atlas Farnese o, muy pronto, las planchas mismas del atlas Mnémosyne— serán lo que la inquietud de Warburg exigía para no caer del todo en el caos. «Sólo veo caos frente a mí», escribió el 7 de abril del 1924, unos días antes de la visita de Ernst Cassirer, que lo «reorienta», y gracias a la cual pudo sentir en sí mismo el renacimiento de algo como «una potencia de liberación con respecto al malestar psíquico».

Una tabla de orientación, en el sentido adivinatorio del término, supone la circulación constante entre los espacios maléficos y benéficos, por tanto, entre momentos melancólicos (caídas en el tiempo) y maniacos (triunfos sobre el destino): pars hostilis por un lado, pars familiaris del otro. Entre 1918 y 1924, Warburg trataba de hacer que el disco regresase, o que la «tabla» pasara de la primera a la segunda casilla, aunque fuese un movimiento que le obligara a pasar, fatalmente, por las malas casillas del destino. Pars hostilis: son, por ejemplo, las interrogaciones paranoicas de Warburg cuando pregunta, al llegar a Kreuzlingen, de qué está acusado. Pars familiaris: será, de regreso a Hamburgo, la interrogación considerada en sí misma como el ethos por excelencia del investigador:

He aquí una pregunta de ethos científico: ¿se tiene la ambición de suscitar de la parte de los estudiantes el punto de exclamación de la admiración, o el punto de interrogación de la modestia?

Otro ejemplo de esta desorientación (funesta) y de la reorientación (benéfica) del Denkraum de Warburg es, precisamente, la función mnémica de las imágenes. Warburg, al asistir a una conferencia de Binswanger en Kreuzlingen, toma algunas notas furtivas que derivan muy pronto hacia sus propios intereses de «psico-historiador». Escribe: «Imagen y signo», luego: «Selección fóbica de la función de la memoria en imágenes», motivo que, en el texto introductorio de Mnémosyne, en 1929, será el punto focal de toda su reflexión sobre la polarización —terror y atracción, monstra y astra— de las imágenes. Los fragmentos autobiográficos escritos por Warburg en Kreuzlingen hablan todos de esa capacidad de las imágenes memoriales para funcionar alternativamente como pars familiaris y pars hostilis: gracias a Darwin y, después, a Hegel, Warburg descubre el principio fundamental de una «inmanencia de la ley» que fue, también, el motor irracional de todas sus «alucinaciones fóbicas», de sus «imágenes demoniacas» y de lo que llama, en un cierto momento, sus «espíritus» o «damas pst-pst». En Warburg, el erudito comprendió muy bien la doble función cultural de las imágenes —astra y mostra—, sin tener la garantía, como paciente, de poder escapar de esa oscilación de la que, desde pequeño, había sentido toda la potencia:

Conservé de ese periodo [una fiebre tifoidea a la edad de seis años] las imágenes que tenía en las alucinaciones febriles, y por su nitidez me impresionan como entonces. (…) De aquel tiempo me viene el miedo suscitado por la incoherencia y la fuerza desproporcionada de los recuerdos visuales, o de las sensaciones olfativas y auditivas, la angustia que hace nacer el caos, y la tentativa de instituir un orden intelectual en el caos —esa trágica tentativa infantil del hombre pensante comenzó muy pronto para mí.

La memoria sería, al mismo tiempo, lo que anclaba a Warburg en la parte funesta de los irremisibles mostra y aquello que le permitía apuntar hacia la parte benéfica de los astra en una «tentativa de auto-liberación, a través del recuerdo de sus intentos por comprender la materia psicológica del Renacimiento» y la historia cultural en general. Es en ese sentido que la estancia en Kreuzlingen no fue solamente un paréntesis en la locura, sino una construcción o una reconstrucción, una reorientación de la loca potencia de las imágenes sobre el destino de los hombres, experimentada como nunca antes en el trabajo llevado a cabo en Hamburgo entre 1914 y 1918. La correspondencia intercambiada entre Ludwig Binswanger y Aby Warburg después de su regreso a Hamburgo —y hasta su muerte— nos permite comprender mejor ese trabajo de reorientación, cuyo resultado es el atlas Mnémosyne, esa gran selección de tablas de orientación: tablas o «planchas» para rehacer lo que la guerra había deshecho, y para comprender la gran «psicomaquia» occidental según el juego del destino de la pars hostilis de las imágenes y de su capacidad, a pesar de todo, de jugar plenamente su papel en la pars familiaris de nuestro pensamiento.

Binswanger comenta, con exactitud, el sentido mismo de la anamnesis intelectual de Warburg como un prolongamiento de su anamnesis «pática» hecha en Kreuzlingen: «Lo que usted me dice de los desarrollos de su trabajo me ha interesado mucho», escribe al historiador el 28 de diciembre de 1925. Y precisa de inmediato: «Esa manera de trazar el arco de un círculo a la inversa representa también una tensión hacia delante». Warburg lo confirmará en estos términos: «Tengo mucho por hacer, mi productividad intelectual me da un gran deseo de emprender, hasta el punto en que mi muy querida psique comienza a tejer de nuevo, fielmente, los hilos de las últimas ideas que tuve antes de la guerra». En junio de 1927, Warburg reiterará ese pensamiento: «En el otoño, espero volver a Italia para terminar una serie de estudios que la guerra interrumpió».

Pero esos estudios, como lo sabemos, tomaron un giro inesperado, aunque previsible. Una orientación o, más bien, una presentación nueva: es, en 1926, una «exposición destinada al coloquio de orientalistas alemanes (…) sobre la tercera edición de Sternglaube und Sterndeutung de Boll» que se extiende a un proyecto de atlas que debe «mostrar la migración de los símbolos astrales» y necesita, para ello, toda una logística fotográfica —«la Photoclark del Dr. Jantsch, de Uberlingen, que permite obtener en poco tiempo una cantidad enorme de imágenes, sin necesidad del negativo de vidrio»—, todo eso para hacer visibles ciertas «consideraciones sobre la psicología de las imágenes». Ese trabajo sería Mnémosyne, del que dirá Warburg a Binswanger que «comienza a alejar sus límites iniciales» y hace que su término sea problemático, y el psiquiatra le responde —¿marca de admiración o de inquietud?— que ese nuevo proyecto de Warburg se asemeja a un «trabajo monstruoso».

Horrend: «horroroso», «aterrador» pero, también, «enorme», «considerable», «formidable». ¿Por qué tan aterrador? Porque el proyecto inherente a Mnémosyne es una «historia de fantasmas para adultos» comenzada en el horror de la Gran Guerra, que pasa de la inquietud al desequilibrio y luego a la locura de su autor, y que debe terminar en la pesadilla anunciada de la victoria del fascismo en Europa. ¿Por qué tan formidable? Porque la ambición de Mnémosyne será remontar un mundo desmontado por los desastres de la historia, restablecer los hilos de la memoria más allá de esos episodios, renovar la cosmografía intelectual, como si la esfera que carga el titán mitológico en el Atlas Farnese, destruida por los tiempos modernos, tuviese que ser enteramente recompuesta, redibujada con nuevos costos por ese vidente del tiempo que fue Aby Warburg.

No es un azar que el vocabulario empleado por el historiador de las imágenes, al regresar de Kreuzlingen, sugiera una respuesta del pensamiento a esa «dislocación del mundo» que representaba, a sus ojos, la guerra. ¿Qué son las armas del pensamiento contra las armas de la lucha militar que los hombres no cesan de utilizar contra ellos mismos? Warburg habló muchas veces de su biblioteca —cuya entrada tenía como ornamento una inscripción en griego, mnemosynh, por Mnémosyne— como de una «fortaleza de libros». En 1927, en un texto autobiográfico en el que el traumatismo de la Gran Guerra todavía estaba presente, quiso jugar con las palabras «arsenal» y «laboratorio». Ahí reitera su idea de una «fortaleza» para el pensamiento. Pero no era una torre de marfil encerrada en sus propios triunfos de erudición, como lo habría querido un erudito positivista o idealista: era más bien un dispositivo experimental que convierte el Denkraum de Warburg en algo como un laboratorio capaz de inventar, permanentemente, aparatos para ver el tiempo que obra en las palabras, en las imágenes y en los gestos humanos. •

Traducción de Ernesto Kavi

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