Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Muslámenes

He pasado cuatro días en un hotel en medio de ningún sitio. El mesero de la estación de servicio me dijo que aquí podía hospedarme por un precio decente. La puerta de mi habitación está despostillada cerca del pasador, como si la hubieran abierto de una patada. Supongo que la abrieron de una patada. La diminuta televisión tiene pocos, muy pocos canales. En uno de ellos transmiten un programa sobre los

El viaje en autobús es aburrido pero no logro dormirme. Hay algo que me seduce en el paisaje monótono y llano de la provincia. Avanzamos en dirección noreste, siguiendo el cauce del Saint-Laurent por la rivera sur, bordeando ridículamente Maine —ese fragmento de los Estados Unidos que se mete entre las dos provincias canadienses—. Al cabo de unas horas me empiezo a arrepentir de mi impulsividad. Tomar un autobús para

En las reuniones de Adictos Anónimos escucho una y otra vez variantes de la misma historia. Es una narrativa que me interesa, porque no parece plegarse a las exigencias de la causalidad ni a los rígidos formatos del realismo literario convencional. Es una historia en la que los obstáculos, los tropiezos, parecen aparecer sin ningún motivo, de un instante al siguiente. Una mujer que pasa los primeros cuarenta años de

Mi involucramiento en la comunidad de Adictos Anónimos se ha ido haciendo más profundo. Preparo el café en dos o tres juntas a la semana, saludo de abrazo a la mayoría de los miembros y a veces me aventuro a tomar café con algunos de ellos antes o después de las susodichas juntas. Así fue como comenzó mi amistad con X (convengamos en ponerle nombre de incógnita), un cocainómano que desde

En los últimos treinta días he asistido a treinta reuniones de Adictos Anónimos para combatir mi dependencia del Protax, esa sustancia controlada que me hace descontrolarme y alucinar conspiraciones que me tienen en la mira. He ido a reuniones en sótanos de iglesias y centros comunitarios por todo Montreal, al este y al oeste de la montaña. Higher Power es la reunión de los martes por la tarde, en el sótano

Todo ha sido borroso y pesado en los últimos días. No llevo una cuenta precisa del tiempo. Desde mi conversación con aquel dudoso Rejéan Ducharme en las calles de Parc Extension, no duermo bien ni controlo mi paso del sueño a la vigilia. Un momento estoy despierto, al siguiente estoy dormido, al siguiente estoy despierto pero en otro sitio (una banca de un parque, por ejemplo). He vuelto al consumo de

Le pregunto a Ducharme si él es Ducharme, pero no me responde. Sonríe misteriosamente y me dice que «las identidades son flores de un día», lo cual no parece significar mucho. Es normal, no voy a presionarlo: nadie ha relacionado ese nombre con ese rostro desde 1965, no tiene por qué abrirse a mí repentinamente. Pese a que actúa de manera un tanto arisca, Ducharme-no-Ducharme me permite caminar junto a

Réjean Ducharme pertenece a esa rara estirpe de escritores que Enrique Vila-Matas noveló en Doctor Pasavento y cuya principal pasión es desaparecer, pasar al anonimato. En el caso del escritor quebequense, parece haberlo conseguido con éxito (hasta ahora que lo acabo de encontrar, convertido en un vagabundo, acostado en un sillón en medio de la calle en el barrio de Parc Extension). Ducharme ha desaparecido de un modo más absoluto