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Muslámenes

En los últimos treinta días he asistido a treinta reuniones de Adictos Anónimos para combatir mi dependencia del Protax, esa sustancia controlada que me hace descontrolarme y alucinar conspiraciones que me tienen en la mira. He ido a reuniones en sótanos de iglesias y centros comunitarios por todo Montreal, al este y al oeste de la montaña. Higher Power es la reunión de los martes por la tarde, en el sótano

Todo ha sido borroso y pesado en los últimos días. No llevo una cuenta precisa del tiempo. Desde mi conversación con aquel dudoso Rejéan Ducharme en las calles de Parc Extension, no duermo bien ni controlo mi paso del sueño a la vigilia. Un momento estoy despierto, al siguiente estoy dormido, al siguiente estoy despierto pero en otro sitio (una banca de un parque, por ejemplo). He vuelto al consumo de

Le pregunto a Ducharme si él es Ducharme, pero no me responde. Sonríe misteriosamente y me dice que «las identidades son flores de un día», lo cual no parece significar mucho. Es normal, no voy a presionarlo: nadie ha relacionado ese nombre con ese rostro desde 1965, no tiene por qué abrirse a mí repentinamente. Pese a que actúa de manera un tanto arisca, Ducharme-no-Ducharme me permite caminar junto a

Réjean Ducharme pertenece a esa rara estirpe de escritores que Enrique Vila-Matas noveló en Doctor Pasavento y cuya principal pasión es desaparecer, pasar al anonimato. En el caso del escritor quebequense, parece haberlo conseguido con éxito (hasta ahora que lo acabo de encontrar, convertido en un vagabundo, acostado en un sillón en medio de la calle en el barrio de Parc Extension). Ducharme ha desaparecido de un modo más absoluto

Camino por las calles de Montreal sin rumbo fijo, por el barrio de Parc Extension: enormes terrenos baldíos, fábricas abandonadas, galpones oxidados y ocasionales restaurantes de comida étnica. El olor del curry mezclándose con el aroma dulzón del crack cocaine y algunos grafitis de tintes neosituacionistas me reciben («¿Qué estás buscando?», preguntan las paredes). Mi abuso de la sustancia controlada de nombre comercial Protax me insufló pesadillas de corte sexista-paranoico, ahora

Me despierto agitado, sudoroso. La cama está hecha un desastre: las cobijas en el suelo, la sábana de abajo hecha un churrito a mis pies y mi jeta, como una mascota sobre la que no tengo control alguno, desmayada sobre una mancha de baba seca, amarillenta. Lentamente me incorporo. Siento los párpados como dos pellejos de pollo hervido, la boca pastosa como cemento fresco. Me arrastro hasta el baño y dejo

Cormac O’Dwyer, el viejo y misógino gringo, me sonríe satisfecho desde la silla de junto, acodado sobre la barra en la que tenemos alineados cuatro caballitos de bourbon. Cada uno. Cormac sonríe y pienso que se parece un poco a Keith Richards. Una versión fracasada de Richards. El tipo de hombre que Richards pudo haber sido de llevar una vida ordinaria y aburrida en Montreal. —Te lo dije, Daniel —me espeta

Eloïse me mira con aire cómplice. Su flequillo geométrico se agita ligeramente, como si fuera capaz de moverlo a voluntad —una extremidad discreta. Como para acentuar el aire de misterio que parece reinar en aquel sótano, de pronto se funde uno de los mortecinos focos que iluminan el espacio: justo el que pende encima de ella, de Eloïse. En la media sombra que ahora nos rodea, Eloïse se acerca hasta