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Muslámenes

Le pregunto a Ducharme si él es Ducharme, pero no me responde. Sonríe misteriosamente y me dice que «las identidades son flores de un día», lo cual no parece significar mucho. Es normal, no voy a presionarlo: nadie ha relacionado ese nombre con ese rostro desde 1965, no tiene por qué abrirse a mí repentinamente. Pese a que actúa de manera un tanto arisca, Ducharme-no-Ducharme me permite caminar junto a

Réjean Ducharme pertenece a esa rara estirpe de escritores que Enrique Vila-Matas noveló en Doctor Pasavento y cuya principal pasión es desaparecer, pasar al anonimato. En el caso del escritor quebequense, parece haberlo conseguido con éxito (hasta ahora que lo acabo de encontrar, convertido en un vagabundo, acostado en un sillón en medio de la calle en el barrio de Parc Extension). Ducharme ha desaparecido de un modo más absoluto

Camino por las calles de Montreal sin rumbo fijo, por el barrio de Parc Extension: enormes terrenos baldíos, fábricas abandonadas, galpones oxidados y ocasionales restaurantes de comida étnica. El olor del curry mezclándose con el aroma dulzón del crack cocaine y algunos grafitis de tintes neosituacionistas me reciben («¿Qué estás buscando?», preguntan las paredes). Mi abuso de la sustancia controlada de nombre comercial Protax me insufló pesadillas de corte sexista-paranoico, ahora

Me despierto agitado, sudoroso. La cama está hecha un desastre: las cobijas en el suelo, la sábana de abajo hecha un churrito a mis pies y mi jeta, como una mascota sobre la que no tengo control alguno, desmayada sobre una mancha de baba seca, amarillenta. Lentamente me incorporo. Siento los párpados como dos pellejos de pollo hervido, la boca pastosa como cemento fresco. Me arrastro hasta el baño y dejo

Cormac O’Dwyer, el viejo y misógino gringo, me sonríe satisfecho desde la silla de junto, acodado sobre la barra en la que tenemos alineados cuatro caballitos de bourbon. Cada uno. Cormac sonríe y pienso que se parece un poco a Keith Richards. Una versión fracasada de Richards. El tipo de hombre que Richards pudo haber sido de llevar una vida ordinaria y aburrida en Montreal. —Te lo dije, Daniel —me espeta

Eloïse me mira con aire cómplice. Su flequillo geométrico se agita ligeramente, como si fuera capaz de moverlo a voluntad —una extremidad discreta. Como para acentuar el aire de misterio que parece reinar en aquel sótano, de pronto se funde uno de los mortecinos focos que iluminan el espacio: justo el que pende encima de ella, de Eloïse. En la media sombra que ahora nos rodea, Eloïse se acerca hasta

Camino en torno a la enorme cúpula geodésica. Una placa de información turística me indica que el domo solía tener un techo, destruido durante el incendio de 1976. Ahora es sólo una estructura de metal, con una construcción más convencional adentro que alberga un Museo del Medioambiente. Me parece un destino lamentable y demasiado canadiense para la obra maestra de Buckminster Fuller. El diseño del domo responde a una idea

Buckminster Fuller fue el retoño torcido de una familia aristocrática y bien situada. Ingresó a Harvard gracias a las palancas de su padre, pero se gastó el dinero de la colegiatura de todo un año en organizar una fiesta masiva para bailarinas de cabaret e invitarles champaña a todas. Como es previsible, esta actitud enfadó a los directivos, que lo expulsaron. Una larga fila de ancestros graduados de Harvard vigilaba a