Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Por Carlos Velázquez

Mientras me chingaba unos tacos en Los Parados guaché un convoy de tráilers con sendos cargamentos de queso atravesar Baja California. Achingá, ¿se recrudeció la guerra?, me pregunté. El roquefort, el parmesano y el manchego han causado más problemas con los franceses que el conflicto Florence Cassez. Ni pedo, me dije, tendremos otra novela de Volpi. Días después me enteré de que David Byrne y Beck darían conciertos en Ciudad Godínez en una misma semana. Ah, me aleccioné. Entonces ahora entiendo las dotaciones de producto lácteo. Aunque soy más fan del asadero, no me podía perder las actuaciones de estos hijos ilegítimos de LALA.

Let me Hear Your Body Talk

¿Recuerdan el capítulo de Los Simpson en el que parodian a Chucky? Un muñeco de Krusty intenta matar a Bart. Al final se descubre que tiene un interruptor para modo bueno y modo malo. David Byrne siempre me ha producido la misma sensación. Que está repleto de interruptores. El músico, el escritor, el ciclista. Pero nunca me había tocado su faceta de bailarín. Y menos esperaba descubrirla a sus 65 años.

Tras catorce años de silencio, el escenario del Metropólitan iluminó al hombre que Pitchfork acusó de ser capaz de colaborar con cualquiera a cambio de una bolsa de Doritos, para presentar American Utopia, su regreso al mundo de la música. David apareció en el centro, sentado en una silla, cantando a capela, mientras sostenía un cerebro de utilería en sus manos. Parecía una fantasía sacada de los sueños húmedos de Hannibal Lecter. El escenario estaba vacío. Desde la segunda fila el público se preguntaba dónde estaba la banda. Acaso así sería todo el concierto.

Pero la duda no tardó en despejarse. David se puso de pie y caminó al frente del escenario. Lucía un traje gris y estaba descalzo. Aparecieron entonces once músicos, vestidos igual y descalzos también. La batería estaba desarmada. La cargaba seccionada la sección rítmica. Bajo, guitarra, teclado, dos coristas bailarines. En total, una orquesta andante. Comenzó entonces un espectáculo post-rock, mezcla de teatro de revista, la representación teatral, la danza y la marcha tribal.

En «Lazy» el público se puso de pie y no volvería a sentarse en toda la noche. La proximidad, para aquellos que ocupábamos las primeras filas, creó un efecto orgánico. Además de escuchar los instrumentos electrificados, se oían las percusiones sin amplificar. La escenografía era inexistente. Una cortina de cuentas que brillaban a disposición cubría las orillas y el fondo del escenario. Lo que creaba el efecto de cubo. Y dentro de ese cuadro se desarrolló la magia de David.

A cada canción le correspondía una coreografía. Y todas te dejaban sin aliento. Y cuando parecía que ya todo estaba dicho, que el cuerpo no tenía nada más que hablar, David y la banda te sorprendían con un nuevo giro. Más que un concierto de rock, era un diálogo corporal que tomaba como aliados a los instrumentos. En cuántos videos no se ha visto a David brincotear, correr, desgañitarse. Pero en esta ocasión sus pasos eran tan eclécticos que a ratos parecían poses de tai chi, otros rozaban la epilepsia y en ocasiones sacudía las manos como si estuviera preparando una Cubanderas. Así a quién no se le antoja un Viejo Vergel.

Tocó clásicos de Talking Heads, como «Once in a Lifetime», y por supuesto algunas canciones con resaca de la World Music, de esas que parecen salidas del soundtrack de El Rey León. Uno de los highlights fue la coreografía de la lámpara.Colocó un foco al frente del escenario, en el centro, que proyectaba la luz directamente sobre él y a su vez David producía una sombra gigante al fondo. Y alrededor los once músicos se desenquistaban de luz y sombra. Aparecían y desaparecían. Lo mismo que David, que usaba los extremos del escenario como sarcófagos. Para incrustarse una y otra vez. Salir de entre la maraña que era la banda y volver.

David hizo de todo. Hasta se dio el lujo de tropezarse. Pero fue un gesto de humildad. El reconocimiento de que sus 65 años no son infalibles. Tocó la lira. Algún día alguien hará un estudio de la influencia de la guitarra de David Byrne en la música. La tocó poco, pero cada ocasión le sacó brillo.

Y lo mejor de todo es que no ha perdido el humor. En medio de una canción los músicos dejaron de tocar los instrumentos, pero al mismo tiempo simulaban tocarlos y bailar y se creó un efecto slow motion. Una suspensión espacial entre tanto movimiento. No existía un momento en el que David te permitiera no ser una víctima del azoro. Ni siquiera en «Burning Down the House». El estallido venía respaldado por una coreografía que se te echaba encima. Que te perseguía. A la que no le podías quitar los ojos de encima un segundo. Era un documental sobre la escuela corporal.

Veintiún canciones después, Byrne y la banda nos abandonaron con la sensación de que habíamos presenciado algo irrepetible. Algo que sólo David te puede dar. He visto muchos conciertos en mi vida. Pero como éste ninguno.

Coda

Como tengo el privilegio de publicar en la misma editorial que Byrne, mi editor Lalo Rabasa me metió al backstage. Hizo que el mismo David fuera en persona hasta el hall del teatro a señalarnos con una mano a Hígado, al doctor Lao y a mí para que se nos permitiera el acceso. Queda una fotografía como testimonio. En ella aparecemos felices junto a David. Traigo puesta una playera de Fun. Soy el único que se puede dar el lujo de aparecer junto a este genio con la playera de una pésima banda.

No todos los güeros son iguales

Hay noches de lluvia ácida y noches de lluvia de ácido. A mí me tocó de la segunda. Me trepé a una camioneta junto a otros trogloditas y unas nenas con dirección hacia el Ceremonia para ver a Beck Hansen. Me gustaría presumir que en el trayecto emulamos la escena de Almost Famous y que cantamos a coro «Tiny Dancer», pero la realidad es que entonamos «Viva el conductor de la escuela, la escuela, viva el conductor de nuestro autobús».

El Sr. Johnston, aquel que dijo que quien hace una bestia de sí mismo se olvida del dolor de ser hombre, puso el desorden al proponer que nos comiéramos el ajo apenas pasamos por Santa Fe. No mentiré, la visión de la patria godín también me indujo unos profundos deseos de evasión y me lo tragué con la esperanza de que me hiciera efecto antes de llegar al Ceremonia. Sospecho que Johnston hacía unas cuantas horas que se lo había metido porque durante todo el camino no dejó de pedir a gritos canciones de los Chili Peppers.

Cuando arribamos al Foro Pegaso comenzó a pegarme el aceite. No me malinterpreten, la estrella de la noche era Beck, pero todavía faltaban muchas horas para que saliera al escenario. Y ustedes saben que la mejor manera de matar el tiempo es con drogas. Y con cervezas. Y como ocurre en cada concierto, siempre me prometo a mí mismo no chelear para evitar, como dice Silvio Rodriguez: la meada constante, la palabra precisa y la sonrisa perfecta. Pero chingue a su madre, en la camioneta se habían burlado de mí por hacer referencias a Los Simpson a mis cuarenta años, así que me olvidé de la idea del whisky.

Benditas drogas, sin ellas, me habría muerto de aburrimiento. Maldita cheve, propició que el Sr. Johnston me instara a acompañarlo al baño en contra de mi voluntad justo en el minuto cero, antes de que saliera Beck, y en la zona cero, ya bien arropados por el bullicio. Pero como la vegija is the new black me hizo salir de en medio del gentío. Sólo para descubrir que cuando por fin logramos librar el mar de carne comenzaron a sonar los acordes de «Loser».

Al principio pensé que era un efecto del ácido, pero no, Beck lucía exactamente los mismos cincuenta kilos que la última vez que lo había visto en vivo. Pinches quesos no son negocio, me cae. Pero antes de precipitarme en el mal viaje por mi preocupación por la complexión de Beck, los acordes de «Devil’s Haircut» me arrancaron de mi ensimismamiento. Los güeros de rancho tienen fama de ser malos para el ritmo, pero Beck estaba sacando la casta muy cabrón por su raza. Me esperaba un concierto como el de la visita anterior, la complacencia de éxitos. Pero no. Beck atacó sin pudor algunos tracks de su nuevo disco: Colors. Y me pagó una deuda que no me cumplió cuando vino al Corona Fest, traía de disco nuevo Morning Phase, y se reventó «Blue Moon».

Ustedes saben que las drogas son como las Sabritas, probar una es acabarte la bolsa. Y mientras Beck se ponía pop, luego guitarrero y luego introspectivo, agotamos la reserva del ácido. No era para menos, «E-Pro» nos estaba elevando hacia el firmamento como a globo comprado en la alameda que se le escapa a un niño de cuatro años. Se produjo entonces el clásico abandono de escenario, con el consecuente vacío y su consabido retorno para un encore.

Y regresó nada menos que con «Sexx Laws», la mítica balada country disco ambient que puso a Jack Black en los ojos de la Generación X. Y si por momentos parecía que Beck se iba delante por el peso de la guitarra, en «Sexx Laws» se desató como un bailarín experimentadísimo, de pista de baile de barrio nigga. Yo, como el Sr. Johnston, también me estaba orinado, pero lo olvidé por completo, al tener frente a mí al güero campirano reventándose un popurrí que incluía, cómo no, un saludo a David con «Once in a Lifetime» y un guiño a los Stones con «Miss You». Y no desaprovechó la oportunidad de darle un revisited a sus orígenes con «One Foot in the Grave». Y al final cerró con el clásico «Where it’s at», al retomar la melodía para darnos el tiro de gracia.

Sólo entonces, cuando pasó el efecto Beck, nos acordamos de que queríamos miar y de que hacía un frío de su pinche madre en Toluca. Lao, el Sr. Johnston y yo nos peleábamos el último octavo de ajo como pirañas. Debió ser muy patética la postal porque alguien nos vio y le despertamos la piedad. Se apiadó de nosotros y nos obsequió un 2CB, que nos repartimos de inmediato. Estaba tan hasta el zoquete que no lo sentí. Pero Lao se quedó hipnotizado bailando frente a Soulwax. Tuvimos que arrastrarlo de regreso a la camioneta. Mientras viajábamos de regreso a la CDMX el DJ nos complació y nos puso a los Peppers, mientras Lao vomitaba en un vaso conmemorativo.

Ilustración de José Hernández

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