Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

¿Cómo hacer? | Tiqqun

Don’t know what I want,
but I know how to get it.
Sex Pistols, «Anarchy in the uk»

* Texto escrito en la primavera del 2001 para una publicación italiana.

Veinte años. Veinte años de contrarrevolución. De contrarrevolución preventiva. En Italia. Y en otras partes. Veinte años de un sueño cubierto de rejas, poblado de guardias. Un sueño de los cuerpos, impuesto por toque de queda. Veinte años. El pasado no pasa. Porque la guerra continúa. Se ramifica. Se prolonga. En una red mundial de dispositivos locales. En una calibración inédita de las subjetividades. En una nueva paz superficial. Una paz armada construida a la perfección para cubrir el desarrollo de una imperceptible guerra civil.

Hace veinte años fue el punk, el movimiento del 77, el terreno de la Autonomía, los Indios metropolitanos y la guerrilla difusa. De un golpe surgía, como nacido de alguna región subterránea de la civilización, todo un contra-mundo de subjetividades que ya no querían consumir, que ya no querían producir, que ni siquiera querían ya ser subjetividades. La revolución era molecular, la contrarrevolución también lo fue. Se estableció ofensivamente, luego durablemente, toda una compleja máquina para neutralizar todo lo que llevaba en sí una intensidad. Una máquina para desarmar todo lo que podría explotar. Todos los individuos peligrosos, los cuerpos indóciles, las sumas humanas autónomas. Luego llegaron veinte años de estupidez, de vulgaridad, de aislamiento y de desolación. ¿Cómo hacer?

Levantarse. Levantar la cabeza. Por decisión o por necesidad. Ahora, en verdad, ya poco importa. Mirarse a los ojos, y decirse que vamos a recomenzar. Que todos los sepan, lo más pronto posible. Recomenzamos. Se acabó la resistencia pasiva, el exilio interior, el conflicto vacío, la supervivencia. Recomenzamos. Durante veinte años tuvimos el tiempo de observar. Hemos comprendido. La demokracia para todos, la lucha «anti-terrorista», las masacres de Estado, la restructuración capitalista y su Gran Obra de depuración social, a través de la selección, la precarización, la normalización, la «modernización». Lo hemos visto, lo hemos comprendido. Los métodos y los objetivos. El destino que se nos reserva. El que nos niegan. El estado de excepción. Las leyes que colocan a la policía, a la administración, a la magistratura, por encima de la ley. La persecución policiaca, psiquiátrica, médica, de todo lo que sale de la norma. De todo lo que huye. Lo hemos visto. Lo hemos comprendido. Los métodos y los objetivos.

Cuando el poder establece en tiempo real su propia legitimidad, cuando la violencia se vuelve preventiva y su derecho es un «derecho de injerencia», entonces no sirve de nada tener razón. Tener razón contra él. Es necesario ser más fuertes, o más astutos. También es por eso que recomenzamos.

Recomenzar no es nunca recomenzar algo. Ni retomar un asunto desde el punto donde lo habíamos abandonado. Lo que recomenzamos es siempre otra cosa. Es siempre sorprendente. Porque no es el pasado el que nos empuja a ello, sino precisamente lo que en él nunca ha advenido. Y porque entonces también somos nosotros mismos los que recomenzamos. Recomenzar quiere decir: salir de la suspensión. Restablecer el contacto entre lo que nos acaece. Partir, de nuevo, desde el punto en el que ahora somos.

Por ejemplo, existen golpes que ya no volveremos a recibir. El golpe de «la sociedad». Por transformar. Por destruir. Por hacerla mejor. El golpe del pacto social. Que algunos romperían mientras que otros simulan «restaurarlo». Esos golpes no los volveremos a recibir. Hay que ser un elemento militante de la pequeña burguesía planetaria, un verdadero ciudadano, para no ver que ya no existe la sociedad. Que ha hecho implosión. Que ya sólo es un argumento de aquellos que dicen re/presentarla para crear el terror. Que se ha ausentado.

Todo lo social se nos ha vuelto extranjero. Nos consideramos absolutamente desligados de toda obligación, de toda prerrogativa, de toda pertenencia sociales. «La sociedad» es el nombre que casi siempre ha recibido lo Irreparable entre aquellos que también querían convertirlo en lo Inasumible. Quien rechace ese espejismo tendrá que apartarse. Operar un ligero desplazamiento de la lógica que comparten el Imperio y su oposición, es decir, la movilización, y apartarse también de su común temporalidad, es decir, la urgencia.

Recomenzar quiere decir: habitar esa distancia. Asumir la esquizofrenia capitalista en el sentido de una creciente facultad de desubjetivación. Desertar, pero conservando las armas. Huir, imperceptiblemente. Recomenzar quiere decir: integrar la secesión social, entrar en la desmovilización, sustrayendo a una u otra red imperial de producción-consumismo los medios para vivir y luchar, y así, en el momento preciso, destruirlas.

Hablamos de una nueva guerra, de una nueva guerra de partisanos. Sin frente ni uniforme, sin ejército ni batalla decisiva. Una guerra cuyos centros de operación se extienden lejos de los flujos mercantiles, pero se conectan a ellos. Hablamos de una guerra en latencia. Que posee todo el tiempo. De una guerra de posiciones. Que tiene lugar ahí donde estamos. En el nombre de nadie. En el nombre de nuestra misma existencia, que no posee ningún nombre.

Operar ese ligero desplazamiento. Ya no temer su tiempo. «No temer su tiempo es una cuestión de espacio». En la okupa. En la orgía. En la revuelta. En el tren o en el pueblo ocupados. En busca, en medio de desconocidos, de una free party inhallable. Hago la experiencia de ese ligero desplazamiento. La experiencia de mi desubjetivación. Me transformo en una singularidad cualquiera. Un juego se insinúa entre mi presencia y todo el aparato de atributos que comúnmente se me asocian. En los ojos de un ser que, frente a mí, quiere valorarme por aquello que soy, saboreo la decepción, su decepción de verme convertido en algo tan común, tan perfectamente accesible. En los gestos de alguien más hallo una inesperada complicidad. Todo lo que me aísla como sujeto, como cuerpo dotado de una configuración pública de atributos, lo siento fundirse. Los cuerpos se separan de sus límites. En sus límites se vuelven indistinguibles. Cuartel tras cuartel, una singularidad cualquiera hace ruinas la equivalencia. Y alcanzo una nueva desnudez, una desnudez impropia, como vestida de amor. ¿O acaso nos evadimos solos de la prisión del Yo?

En la okupa. En la orgía. En la revuelta. En el tren o en el pueblo ocupados. Nos rencontramos. Nos rencontramos en singularidades ordinarias. Es decir, no sobre la base de una común pertenencia, sino de una común presencia. Eso es nuestra necesidad de comunismo. La necesidad de espacios nocturnos donde podamos encontrarnos más allá de nuestros predicados. Más allá de la tiranía del reconocimiento. Que impone el re/conocimiento como distancia final entre los cuerpos. Como ineluctable separación. Creen poseernos con todo lo que se nos reconoce —la pareja, la familia, el medio, la empresa, el Estado, la opinión—. Recordándome constantemente lo que soy, mis atributos, se me quiere abstraer de cada situación. Se me quiere imponer, en toda circunstancia, una fidelidad a mí mismo, que es una fidelidad a mis predicados. Se espera de mí que me comporte como hombre, como empleado, como desempleado, como madre, como militante o como filósofo. Se quiere contener en los límites de una identidad el curso imprevisible de mi devenir. Se me quiere convertir a la religión de una coherencia que escogieron para mí.

Cuanto más soy reconocido, tanto más mis gestos son obstaculizados, interiormente obstaculizados. Heme ahí, capturado entre las redes extremadamente cerradas del nuevo poder. En las redes imperceptibles de la nueva policía: la policía imperial de los atributos. Existe toda una red de dispositivos a los que me moldeo para «integrarme», y que me incorporan esos atributos. Todo un pequeño sistema de localización, identificación y persecución mutuos. Toda una prescripción difusa de la ausencia. Todo un aparato de control comporta/mental, que busca una visión total, una privatización transparente, una atomización. Y en el cual yo combato.

Necesito volverme anónimo. Para estar presente. Cuanto más soy anónimo, tanto más estoy presente. Necesito zonas de indistinción para acceder a lo Común. Para no reconocerme más en mi nombre. Para ya no escuchar en mi nombre sólo la voz que lo llama. Para que aparezca el cómo de los seres, no lo que son, sino cómo son aquello que son. Su forma-de-vida. Necesito zonas de opacidad donde los atributos, aun los criminales, aun los geniales, no separen ya los cuerpos.

Devenir cualquiera. Devenir una singularidad cualquiera, no es sencillo. Siempre posible, pero nunca sencillo. Existe una política de la singularidad cualquiera. Consiste en arrancar al Estado las condiciones y los medios, aun intersticiales, que lo hacen sentirse tal. Es una política porque supone una capacidad de enfrentamiento, y porque le corresponde una nueva asamblea humana. Política de la singularidad cualquiera: liberar esos espacios en los que ningún acto puede ser asignado a ningún cuerpo dado. Donde los cuerpos rencuentran la aptitud por el gesto, que la sabia distribución de los dispositivos metropolitanos —ordenadores, automóviles, escuelas, cámaras, celulares, salas de deporte, hospitales, televisiones, cines, etc.— les había ocultado. Reconociéndolos. Inmovilizándolos. Haciéndolos girar en círculo. Haciendo existir la cabeza separada del cuerpo.

Política de la singularidad cualquiera. Un devenir-cualquiera es más revolucionario que un ser-cualquiera. Liberar los espacios nos libera cien veces más que cualquier «espacio liberado». Disfruto más de la puesta en circulación de mi potencia que de la puesta en acto de un poder. La política de la singularidad cualquiera reside en la ofensiva. En las circunstancias, en los momentos y en los lugares en que serán obtenidas las circunstancias, los momentos y los lugares del anonimato, de una suspensión momentánea en estado de simplicidad, la ocasión de extraer de todas nuestras formas la pura adecuación a la presencia, la ocasión de ser, por fin, aquí.

¿Cómo hacer? No ¿qué hacer? sino ¿cómo hacer? La pregunta por los medios. No la de las metas, de los objetivos, de lo que hay por hacer, estratégicamente, en el absoluto. Sino aquella de lo que se puede hacer, tácticamente, en la situación, y de la adquisición de esta potencia. ¿Cómo hacer? ¿Cómo desertar? ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo conjugar mis heridas y el comunismo? ¿Cómo permanecer en la guerra sin perder la ternura? La pregunta es técnica. No un problema. Los problemas son rentables. Alimentan a los expertos. Una pregunta. Técnica. Que se redobla en pregunta de las técnicas de transmisión de esas técnicas. ¿Cómo hacer? El resultado contradice siempre al objetivo. Porque establecer un objetivo es todavía un medio, otro medio.

¿Cómo hacer? Babeuf, Tchernychevski, Lenin. La virilidad clásica reclama un analgésico, un espejismo, algo. Un medio para ignorarse todavía un poco. Como presencia. Como forma-de-vida. Como ser en situación, dotado de inclinaciones. De inclinaciones determinadas. ¿Qué hacer? La respuesta es simple: someterse una vez más a la lógica de la movilización, a la temporalidad de la urgencia. Bajo el pretexto de la rebelión. Establecer fines, palabras. Dirigirse hacia su cumplimiento. Hacia el cumplimiento de las palabras. Mientras tanto, posponer la existencia para más tarde. Ponerse entre paréntesis. Habitar en la excepción de uno mismo. Separados del tiempo. Que pasa. Que no pasa. Que se detiene. Hasta… Hasta el próximo. Objetivo. ¿Qué hacer? Dicho de otra forma: inútil vivir. Todo lo que no hemos vivido, la Historia nos lo devolverá. ¿Qué hacer? Es el olvido de sí lo que se proyecta sobre el mundo. Como olvido del mundo.

¿Cómo hacer? La pregunta por el cómo. No de lo que un ser, un gesto, una cosa es, sino de cómo es lo que es. De cómo sus predicados se relacionan con él. Y él a ellos. Dejar ser. Dejar ser al abismo entre el sujeto y sus predicados. El abismo de la presencia. Un hombre no es «un hombre». «Caballo blanco» no es un «caballo». La pregunta por el cómo. La atención por el cómo. La atención por la manera en que una mujer es, y no es, una mujer —se necesitan dispositivos para que un ser de sexo femenino sea «una mujer», o un hombre de piel negra «un Negro»—. La atención por la diferencia ética. Por el elemento ético. Por las irreductibilidades que lo atraviesan. Lo que ocurre entre los cuerpos en una ocupación es más interesante que la ocupación misma. ¿Cómo hacer? quiere decir que el enfrentamiento militar contra el Imperio debe estar subordinado a la intensificación de las relaciones al interior de nuestro partido. Que lo político sólo es un cierto grado de intensidad en el seno del elemento ético. Que la guerra revolucionaria ya no debe ser confundida con su representación: el momento bruto del combate.

La pregunta por el cómo. Poner atención a la emergencia de las cosas, de los seres. A su acontecimiento. Al obstinado y silencioso surgimiento de su propia temporalidad bajo el peso planetario de la temporalidad de la urgencia. El ¿Qué hacer? como ignorancia programática de todo eso. Como fórmula inaugural del desamor abrumado.

El ¿Qué hacer? regresa. Desde hace algunos años. Desde mediados de los años noventa, antes que Seattle. Un resurgimiento de la crítica aparenta enfrentarse al Imperio con eslóganes, con las recetas de los años sesenta. Pero esta vez sólo se simula. Se simula la inocencia, la indignación, la buena consciencia y la necesidad de convivencia. Se vuelve a poner en circulación toda la vieja gama de afectos social demócratas. Afectos cristianos. Y, de nuevo, surgen las manifestaciones. Las manifestaciones mata-deseos. Donde no ocurre nada. Y que no manifiestan nada más que la ausencia colectiva. Por siempre.

Para aquellos que sienten nostalgia de Woodstock, de la ganja, de mayo del 68 y del militantismo, existen las contra-cumbres. Se ha reconstruido el decorado, lo posible pero en menos. Eso es lo que hoy ordena el ¿Qué hacer?: ir al otro lado del mundo para criticar la mercancía global y luego volver, después de un gran baño de unanimismo y de crítica mediatizada, a someterse a la mercancía local. Al regreso, la foto en el periódico… ¡Todos solos juntos!… Érase una vez… ¡Qué juventud!… Lástima por aquellos cuantos cuerpos vivientes que están perdidos allá, buscando en vano un espacio para su deseo. Regresan un poco más aburridos. Un poco más vacíos. Reducidos. De contra-cumbre en contra-cumbre, terminarán por comprender. O no.

No se critica la gestión del Imperio. No se critica al Imperio. Nos oponemos a sus fuerzas. Ahí donde nos encontremos. Decir su opinión sobre una u otra alternativa, ir a donde nos llaman, no tiene ya ningún sentido. No existe un proyecto global alternativo al proyecto global del Imperio. Porque no existe un proyecto global del Imperio. Existe una gestión imperial. Toda gestión es mala. Los que reclaman una nueva sociedad harían mejor en darse cuenta de que ya no existe la sociedad. Y entonces quizá dejarían de ser aprendices de gestión. Ciudadanos. Ciudadanos indignados.

El orden global no puede ser tomado como enemigo. Directamente. Porque el orden global no tiene lugar. Por el contrario. Es el orden de los no-lugares. Su perfección no consiste en ser global, sino en ser globalmente local. El orden global es la conjuración de todo acontecimiento, porque es la ocupación final, autoritaria, de lo local. No es posible oponerse al orden global más que localmente. Extendiendo zonas de sombra sobre los mapas del Imperio. Por sus contactos progresivos. Subterráneos.

La política por venir. Política de la insurrección local contra la gestión global. De la presencia ganada por sobre la ausencia de sí. Por sobre la extrañeza ciudadana, imperial. Ganada a través del robo, del fraude, del crimen, de la amistad, de la enemistad, de la conspiración. A través de la elaboración de formas de vida que sean también formas de lucha. Política del tener lugar. El Imperio no tiene lugar. Administra la ausencia haciendo en todas partes planear la amenaza palpable de la intervención policiaca. Quien busque en el Imperio un adversario con el cual medirse, encontrará la destrucción preventiva. Ser percibido es ser vencido.

Aprender a volvernos indiscernibles. Aprender a confundirnos. A retomar el gusto por el anonimato, por la promiscuidad. Renunciar a la distinción para evitar la represión: procurarnos las condiciones más favorables para el enfrentamiento. Volvernos astutos. Volvernos despiadados. Y, para ello, volvernos un ser cualquiera.

¿Cómo hacer? es la pregunta de los niños perdidos. Aquellos a los que nadie habla. Aquellos que tienen gestos tímidos. Aquellos a los que nunca se les ha dado nada. Cuya creaturalidad, cuya errancia, nunca dejan de ser visibles. La revuelta por venir es la revuelta de los niños perdidos. El hilo de la transmisión histórica se ha roto. Aun la tradición revolucionaria nos ha dejado huérfanos. Sobre todo el movimiento obrero. El movimiento obrero que se ha convertido en un instrumento para una integración superior en el Proceso. El nuevo Proceso, cibernético, de valorización social. Es en su nombre que, en 1978, el PCI, el «partido de manos limpias», emprendía una cacería contra los Autónomos. En el nombre de su concepción clasista del proletariado, de su mística de la sociedad, del respeto por el trabajo, por la utilidad y por la decencia. En el nombre de la defensa de los «logros democráticos» y del Estado de derecho. El movimiento obrero, que habrá sobrevivido en el operaísmo. Única crítica existente al capitalismo desde el punto de vista de la Movilización Total. Doctrina temible y paradójica, que habrá salvado al objetivismo marxista hablando sólo de «subjetividad». Que habrá llevado a un refinamiento inédito la negación del cómo. La absorción del gesto en su producto. La urticaria del futuro anterior. De todo lo que habrá sido.

La crítica se ha vuelto vana. La crítica se ha vuelto vana porque equivale a una ausencia. En cuanto al orden dominante, todos saben a qué atenerse. Ya no necesitamos una teoría crítica. Ya no necesitamos profesores. Ahora la crítica trabaja para la dominación. Aun la crítica de la dominación. Reproduce la ausencia. Nos habla desde un lugar en el que no estamos. Nos empuja a otra parte. Nos consume. Es cobarde. Y se queda al abrigo cuando nos manda a una masacre. Secretamente enamorada de su objeto, no deja de mentirnos. De ahí el corto idilio entre proletarios e intelectuales comprometidos. Un matrimonio por conveniencia donde no se tiene la misma idea ni del placer ni de la libertad.

Más que nuevas críticas, necesitamos nuevas cartografías. Cartografías no del Imperio, sino de líneas de fuga que lleven fuera de él. ¿Cómo hacer? Necesitamos mapas. No mapas de lo que está afuera del mapa. Sino mapas de navegación. Mapas marítimos. Herramientas de orientación. Que no busquen decir, representar, lo que existe al interior de los diferentes archipiélagos de la deserción, sino que nos indiquen cómo alcanzarlos. Portulanos.

Hoy es martes 17 de septiembre de 1996, poco antes del alba. El ROS (Reagrupamiento Operacional Especial) coordina en toda la península el arresto de setenta anarquistas italianos. Se quiere poner término a quince años de investigaciones infructuosas sobre anarquistas insurrectos. La técnica es conocida: fabricar un «arrepentido», y hacerle denunciar la existencia de una vasta organización subversiva jerarquizada. Luego, con base en esta creación quimérica, acusar de pertenecer a ella a todo aquel a quien se quiere neutralizar. Una vez más, secar el mar para coger a los peces. Aun cuando se trata de un estanque minúsculo. Y de unos cuantos rutilos.

* * *

Una «nota de información de servicio» sobre este asunto escapó al ros. Ahí exponen su estrategia. Fundado sobre los principios del general Dalla Chiesa, el ros es el tipo de servicio imperial de contra insurrección. Trabaja sobre la población. Ahí donde se ha producido una intensidad, ahí donde algo ha ocurrido, aparece como el french doctor de la situación. Aquel que coloca, bajo el pretexto de la profilaxis, los cordones sanitarios que buscan limitar el contagio. Lo que teme, lo dice. Lo escribe en ese documento. Lo que teme es «el pantano del anonimato político». El Imperio tiene miedo. El Imperio tiene miedo de que nos convirtamos en alguien cualquiera. Un medio delimitado, una organización combativa. No los teme. Pero una constelación expansiva de ocupaciones, de granjas autónomas, de casas colectivas, de reagrupamientos fine a se stesso, de radios, de técnicas y de ideas. Todo conectado a través de una intensa circulación de cuerpos, y de afectos entre los cuerpos. Eso, es otro asunto.

La constelación de los cuerpos. No de espíritus críticos, sino de corporalidades críticas. Eso es lo que teme el Imperio. Eso es lo que adviene lentamente, con el crecimiento de los flujos de defección social. Existe una opacidad inherente en el contacto de los cuerpos. Y que no es compatible con el reino imperial de una luz que sólo ilumina las cosas para desintegrarlas. Las Zonas de Opacidad Ofensiva no están por ser creadas. Ya están aquí, en todas las relaciones donde existe un verdadero protagonismo de los cuerpos. Tenemos que asumir que somos parte de esta opacidad. Y dotarnos de los medios para extenderla, para defenderla. En todos los sitios donde logremos destruir los dispositivos imperiales, el trabajo cotidiano del Biopoder y del Espectáculo, para extirpar de la población una fracción de ciudadanos. Para aislar nuevos untorelli. En esta reconquistada indistinción se forma espontáneamente un tejido ético autónomo, un plan de consistencia secesionista. Los cuerpos se unen. Retoman aliento. Conspiran. Que esas zonas estén destinadas a la destrucción militar, poco importa. Lo que importa es, en cada momento, tener una vía segura de escape. Para volver a unirse en otra parte. Más tarde. Lo que estaba bajo el problema del ¿Qué hacer? era el mito de la huelga general. Lo que responde a la pregunta ¿Cómo hacer? es la práctica de la huelga humana. La huelga general dejaba suponer que existía una explotación limitada en el tiempo y en el espacio, una alienación parcelaria, debida a un enemigo reconocible y, por tanto, vencible. La huelga humana responde a una época en la que los límites entre el trabajo y la vida terminan de existir. Donde consumir y sobrevivir, producir «textos subversivos» y exponerse a los efectos más nocivos de la civilización industrial, hacer deporte, el amor, ser padre y consumir Prozac. Todo es trabajo. Porque el Imperio administra, digiere, absorbe y reintegra todo lo que vive. Aun «aquello que soy», la subjetivación que no niego hic et nunc, todo es productivo. El Imperio hace trabajar todo. De forma ideal, mi perfil profesional va a coincidir con mi propio rostro. Aunque no sonría. Después de todo, los gestos adustos del rebelde se venden muy bien.

Imperio, es decir cuando los medios de producción se han vuelto medios de control al tiempo que lo inverso también ocurre. Imperio significa que ahora el momento político domina el momento económico. Y contra eso ya no puede hacer nada la huelga general. Lo que debemos oponer al Imperio es la huelga humana. Quien ataca las relaciones de producción y siempre, al mismo tiempo, ataca las relaciones afectivas que las sostienen. Quien golpea la economía libidinal inconfesable, restituye el elemento ético —el cómo— escondido en cada contacto entre los cuerpos neutralizados. La huelga humana es la huelga que, ahí donde se esperaba tal o cual reacción previsible, tal o cual tono culpabilizador o indignado, prefiere no hacerlo. Se oculta del dispositivo. Lo satura, o lo hace estallar. Se separa, prefiriendo otra cosa. Otra cosa que no está circunscrita en los posibles autorizados por el dispositivo. En el mostrador de los servicios sociales, en las cajas de un supermercado, en una conversación amable, durante la intervención policiaca, dependiendo de la relación de fuerzas, la huelga humana hace consistente el espacio entre los cuerpos, pulveriza el double bind en el que se encuentran, los orilla a la presencia. Existe todo un mundo lúdico por inventar, un mundo lúdico de engranajes humanos que hacen girar al Capital.

* * *

En Italia, el feminismo radical ha sido una forma embrionaria de la huelga humana. «¡Ya no más madres, mujeres e hijas, destruyamos las familias!», era una invitación al gesto de destruir los encadenamientos previsibles, para liberar los posibles ocultos. Era un ataque al comercio de los afectos deplorables, a la prostitución ordinaria. Era un llamado a la superación de la pareja, como unidad elemental de la gestión de la alienación. Llamado a una complicidad. Práctica insostenible sin circulación, sin contagio. La huelga de mujeres llamaba implícitamente a la huelga de hombres y de niños, llamaba a vaciar las fábricas, las escuelas, las oficinas, las prisiones, a reinventar para cada situación otra forma de ser, otro cómo. La Italia de los años setenta fue una gigantesca zona de huelga humana. La autoreducción, los robos, los barrios ocupados, las manifestaciones armadas, las radios libres, los innumerables casos de «síndrome de Estocolmo», aun las famosas cartas de Aldo Moro retenido, hacia el final, eran prácticas de huelga humana. Los estalinistas hablaban entonces de una «irracionalidad difusa», y eso ya dice mucho.

Hay autores en los que, todo el tiempo, existe la huelga humana. Kafka, Walser, o Michaux, por ejemplo.

Adquirir colectivamente la facultad de sacudir las familiaridades. El arte de frecuentar en uno mismo al huésped más inquietante.

En la guerra presente, donde el reformismo de urgencia del Capital debe tomar los ropajes del revolucionario para hacerse escuchar, donde los combates más demokráticos, aquellos de las contra-cumbres, recurren a la acción directa, un papel nos ha sido reservado. El de mártires del orden demokrático, que golpea preventivamente todo cuerpo que podría golpear. Debería dejarme inmovilizar frente a un ordenador mientras que las centrales nucleares explotan, mientras que juegan con mis hormonas o con envenenarme. Tendría que entonar la retórica de la víctima. Porque, es sabido, todo el mundo es una víctima, aun los opresores. Y saborear que una discreta circulación de masoquismo reencante la situación.

La huelga humana, hoy, consiste en rechazar el papel de la víctima. Atacarlo. Reapropiarse la violencia. Arrogarse la impunidad. Hacer que los ciudadanos inmóviles comprendan que si ellos no entran en guerra, aun así ya están dentro de ella. Que ahí donde nos dicen es esto o morir, en realidad siempre es esto y morir.

Y así, de huelga humana en huelga humana, propagar la insurrección, donde sólo existe, donde todos somos, una singularidad cualquiera.

Traducción de Ernesto Kavi

Foto de Derek Tam «Basement revolution» en @Flickr

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