Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Confundiendo mis deseos de destrucción con el rock

Tú en tu casa, nosotros en la hoguera.
EXTREMODURO

Si hay algo que me caga, me caga, me caga, es que se termine el chupe, declaró Nacho Perales, vocalista de la banda Pellejos, mientras encendía un cigarro. Pues ya nos lo chingamos todo, respondí. Pero ya traje una tella, me sonrío. Achinga, a qué horas, le contesté. Pellejos grababa Soy Cavernas, su segundo disco. Era el día de mi cumpleaños. Que me invitaran a acompañarlos era el mejor regalo que había recibido nunca. En el estudio, una casa en la colonia Roma, sólo nos encontrábamos los cuatro miembros del grupo, el productor y yo. Más tarde caería el Zorro. Nos habíamos armado con cuatro botellas de Macallan y varios gramos de cocaína. Durante uno de los recesos Nacho se las había ingeniado para salir en chinga por un pomo y regresar sin que me diera cuenta. Yo estorbaba en el pasillo que conducía a la puerta. Es imposible, pensé. A menos que este cabrón sea un nahual. Está mamando, me dije. Pero era neta. Fui a la cocina y una de White Goose nuevecita brillaba como un lingote de oro sobre el fregadero.

Gente poseída por las drogas

Le pregunté a Daniel Guzmán, bajista y líder moral de la banda, si podía contar en mi texto que nos estábamos metiendo drogas. Tú escribe lo que quieras, pinche Charly, me autorizó. A Guzmán lo conocí en una peda en el Fonca. Era el tutor de medios audiovisuales. Yo becario de cuento. En San Luis armamos un paryzón en el hotel. La señora embarazada, la Diva, Guzmán, Pelo de Caramelo y yo. Levantamos un conjunto de fara fara en la Plaza de Armas y lo metimos, junto a sesenta personas, en la habitación de Pelo de Caramelo. El conjunto no dejó de tocar hasta las cinco de la mañana. La seguridad del hotel, primero, y la policía, después, trataron de reventarnos varias ocasiones, pero se la pelaron. Pelo de Caramelo tuvo que huir. Dejamos la habitación destruida. Se convirtió en una noche mítica. Es una leyenda urbana que se transmite de generación en generación. Ninguna de las posteriores ha conseguido superarla.

Camino a la CDMX, en el autobús, Guzmán me hizo escuchar Sexo ficción, el EP de su banda. Crudo, caliente, y desesperado por un pase, lo menos que se me antojaba era escuchar a un grupo amateur. Daniel insistió en pasarme su iPhone. Soy un pendejo, lo sé. Porque nunca había escuchado hablar de Pellejos. Ya tenían un disco. Y se los había producido Quique Rangel. Y un video sensacional. De la rola «El gas». La odisea visual de un tanque de gas por la CDMX. Me embutí los audífonos y mierda, las cuatro rolas me volaron la cabeza. Me convertí en su grupi instantáneamente. Guzmán me regaló su primer disco en vinyl y no dejé de escucharlo en meses. Nunca me había ocurrido eso con un grupo de rock mexicano.

Abuelita soy tu nieto

Cuando escuché el primer disco me quedó claro que Pellejos era la mejor banda de rock mexicano de la actualideath. «Porque tengo el teléfono del infierno, comunícame con el diablo, si no está, pásame a su hermana, si no está, pásame a su abuelita», era su declaración de principios. Las canciones «La torta», «El gas», «Gente poseída por rock-olas» y «Abuelita», no se parecían a nada que sonara en la radio por estos días. Pellejos es una banda de garaje con espíritu punk. Y un humor inusual dentro del panorama musical mexicano.

Cuando Guzmán me invitó a presenciar la grabación de su segundo disco no podía creer que fuera a conocer a estos héroes. Cuando subí las escaleras hacia el estudio, que en realidad era un cuarto con un minisauna dentro, aislado por una puerta de cristal, donde apenas si cabían los miembros de la banda y los instrumentos, llevaba un gramo de cocaína. No sabía a lo que me enfrentaba. Nacho Perales estaba echado sobre un sillón. Para romper el hielo fuimos a comer a la Negrita, los mariscos del Mercado de Medellín. Pero, lo sabemos, la barra de hielo no se resquebraja hasta la primera línea de coca. Antes de iniciar operaciones pasamos por la Naval, y levantamos las botellas de Macallan. Nacho insistió en pagar. Nacho tiene una filosofía personal. Es como aquel que siempre que destapa una caguama vierte un chorro en el piso, pa’ Satanás. Aunque eso es más bien como un ritual, si lo pienso. O como aquel que dice lo del agua al agua. Nach tiene la creencia de que cada vez que le cae una lana extra debe invitarle unos pomos a los amigos, para que la buena suerte no termine. Y además del chupe, iba armado con unos cuantos gramos de soda.

Yo amo a los Doors

Nos preparamos unos tragos y comenzó el desmadre. No lo sospechaba en ese momento, pero estaba en la grabación de lo que sería el disco del año. La banda siempre cuenta una versión distinta sobre el nombre que eligieron. Pero la anfibología indica que se llaman Pellejos porque todos están rucos. El más chagalaga es Mariano, el baterista, un auténtico despojo. La mente maestra detrás de las letras de Pellejos. Con una capacidad para el albur y para la distorsión de la lengua. Le cambia el acento a las palabras. Las esdrújulas las convierte en graves y viceversa: «plativólos», «piramídes», es uno de los juegos lúdicos que pueden identificarse como el sello Pellejos. Con unas enumeraciones demenciales.

A diferencia de su primer disco, incluyeron la armónica, tocada por Nacho, lo que le imprimió al sonido de la banda un dejo de blues sucio. Que recrudecieron con la inclusión de Esteban Alderete en la guitarra. El toque maestro que cerró la pinza. Pellejos sonaba mejor que nunca. La primera fase de la grabación consistió en registrar a la banda en crudo. Como si fuera una presentación en vivo. Y después hacer los coros. Y los efectos. En su versión final el disco incluiría la socarrona voz del Muertho de Tijuana y unas palabras sobre la Canción Cardenche narrada por un cardenchero.

Las influencias que soportan la idiosincrasia de Pellejos son incontables. Su sonido no las alcanza a explicar. Pero el amor que Guzmán profesa por los Doors sobresale. No pasa fin de semana que no reciba un mensaje de texto en la madrugada con la frase «Yo amo a los Doors». Ya pedo Daniel tiene la costumbre de mandar el mismo mensaje a absolutamente todos sus contactos. Otra influencia de peso son los Kiss. Guzmán es tan pero tan fan de Kiss y la parafernalia que hasta tiene una lonchera de Kitty Kiss, la vi la primera vez que entré a su casa.

Me alimento de caca

Nunca antes había estado en la grabación de un disco. No por falta de oportunidades. Es que no me interesaba. En la primera jornada se le dio trámite a «La muerte es perfecta», una rola que Mariano le escribió a Derrida. Detrás de la socarronería y lo coprológico en Pellejos existe un marco teórico que otras bandas de rock mexicano ni en sus sueños han considerado. Mariano es artista de profesión, como Guzmán. Sólo Esteban se dedica por completo a la música. Nacho es ajustador de seguros. Y si alguien me hubiera dicho que estos tres cabrones escribirían el mejor álbum del rock mexicano de esta década le habría mentado la madre.

Una nueva versión de «Gente poseída por rocolas», con un ritmo machacón como el de la rola que aparece en La carabina de Ambrosio, «Morralla de amor», un blues distorsionado disfrazado de carta de desamor, «Pulso de mono», su monumento dedicado a la chaqueta, «El gas», en una versión más rápida que la original, «Las joyas de la familia», la canción que Daniel y Mariano le compusieron a sus madres, con burlescas referencias a Monsiváis,
«Soy Cavernas», una homenaje a la realidad mexicana y un cover, «Por los caminos del sur», de Agustín Ramírez, el
tío de José Agustín, se grabaron una y otra vez en un lapso de tiempo de las cuatro a las seis de la tarde.

Sin tirar netas, como dicen los mismos Pellejos, sin chupar de manera aleccionadora, pero qué magia hubo en el estudio aquel primer día. Qué pinche power. Qué energía. Sin dejar de sudar, entilichados en un espacio de cuatro por cuatro (o menos) con ocasionales pausas para servirse un chupe, Pellejos se la partió. Y yo ahí como pendejo observándolos y jalando cocaína. Sin dar crédito. Bailando con la batería marcial de «Pulso de mono». Y perplejo ante el Guzmán repitiendo la frase me alimento de caca, con esa voz suya tan afectada que parece que va a tartamudear pero que es sólo un tic. Y a Mariano y sus gritos apaches.

Era un momento íntimo. Que le pertenecía sólo a la banda. Y yo estaba ahí. Y el Zorro que había aparecido para participar del milagro. El milagro que puede hacer el alcohol. La guía espiritual de la grabación.

It’s a Bad Mistake

Pasadas las nueve de la noche, era suficiente, Pellejos le pararon. Y confundiendo nuestros deseos de destrucción con el rock nos dedicamos a malograrnos el resto de la cocaína. Y otra White Goose hizo su triunfante aparición. La cocina era un cementerio de botellas y latas de cerveza. Aprovechamos para ir por un par de doces a la esquina. También conocida en el inframundo como la Banda Oxxo, era obvio que debía haber uno a unos pasos de donde Pellejos grabara el disco.

Como siempre ocurre en las películas, buenas y malas, la cocaína se terminó. Pero a la fiesta le faltaba todavía mucho. Y para celebrar la jornada decidimos movernos a un bar. Pero antes había que reabastecernos de perico. Me ofrecí a llamarle a mi díler. E hice una colecta entre la banda. No voy a decir cuánto dinero fue para no quemarme más. Así que si alguno de los Pellejos lee esto le pido disculpas. Le juro que no fue a propósito. Salí a esperar al díler en la esquina y me aplasté en el marco de una puerta. Y me quedé dormido. No es choro. Se tardó tanto que me aburrí y me eché un coyotito. Cuando abrí los ojos tenía mil llamadas perdidas, del díler, de Guzmán. Volví al estudio pero se habían marchado.

Al día siguiente regresé a buscar a la banda. Por supuesto con el dinero intacto. Y desde la calle escuchaba el ruido. Estaban en el estudio. Le marqué a Guzmán pero me mandó al buzón. Tardé varios meses en contentar a mi díler. Los Pellejos todavía no me dirigen la palabra.

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  • Me gusta la mayoría de las cosas que escribes. CAsi nunca me pierdo tus crónicas en los distintos medios donde las publicas. pero hoy sí. Hoy sí que me aguité porque esta no la había leído. Confiando en tu casi siempre cool gusto musical, me escuché ambos discos de “Los Pellejos” en Spotify y nel. No rifa nada, nada, nadita. Para mí está lejos de ser ese, el mejor disco del año pasado. Por ejemplo, el trabajo de bandas como Vinnum Sabbathi me parecen más arriesgados para el público mexicano y más completo. Pero bueno, cada quien ¿No? Saludos pa’ondeandes desde Juaritos.

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