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Por Diego Rabasa

En su célebre Discurso de la servidumbre voluntaria, el jovencísimo Étienne de la Boetie propone una arqueología de la psique que sugiere, grosso modo, la aversión del intelecto ante la libre disposición del cuerpo y sus andares. El trazo de la obediencia tiene que ver con instituciones que se arraigan de manera proyectiva ante la renuncia a ejercer la potestad del día a día. La geometría que propone De la Boetie implica que uno obedece con gusto siempre y cuando se tenga un derrotero donde ejercer su yugo. Este sistema escalonado ha encontrado su culmen en la sociedad actual, en donde la despersonalización que exigía Thatcher en su utopía de la suma de los bienestares individuales («la sociedad no existe, existen los individuos») ha alcanzado su estado tierno en un mundo que logró insertar la idea perversa de que cada quien es dueño de su destino.

Es menester del entendimiento de los surcos del poder arraigar la idea de que la palabra y el cuerpo son dos de los grandes territorios en los que se disputa la hegemonía del discurso. El otro grande, de ahora, es el usufructo del tiempo. Valga como ejemplo la mascada expresión de que uno tiene que saber venderse (ofrecer una renta por la disposición de tu tiempo), aquella máxima de que el tiempo es oro o, frontispicio de la falta de imaginación, aquella idea de que si uno no está en un ejercicio productivo está perdiendo el tiempo.

Materia evanescente y compleja, el tiempo ha ocupado la mente y la reflexión de algunos de los más grandes pensadores de nuestra era. Su indisociable disputa con la existencia de Dios (el origen y el final) han producido conocidas sentencias como la aristotélica de que el tiempo no es otra cosa que eternidad en movimiento, o disertaciones por parte de grandes mentes como el Nobel Ilya Prigogine, que finca en la entropía la demostración de que el andar del cosmos no es un constructo cultural sino un diseño arquetípico del que mucho tenemos que aprender.

Andrea Köhler se ha insertado en la discusión del ejercicio del tiempo, o del mandato del ejercicio del tiempo, o del consumo del tiempo de nuestra era, con un libro entrañable y encantador titulado El tiempo regalado. Consciente del foro en el que inscribe su arenga, Köhler rinde tributo a Benjamin y Kafka; a Heidegger y Sloterdijk; a Séneca y Von Kleist: ya lo dijo Pascal: los males del mundo probablemente provienen de la incapacidad que tenemos de permanecer tranquilos en una habitación.

El libro de Köhler trata, sobre todo, sobre la espera. Ese tiempo suspendido, hoy visto como un intersticio indeseable entre el enajenante péndulo vigente de producción y consumo. Nos habla, rica en referencias literarias (Flaubert, Musil, Goethe, Groddeck, Blanchot), acerca de la espera amorosa: ese territorio en el que el adulto pone en juego la idea freudiana del objeto transicional, ese objeto, el amoroso, que nos acerca y aleja a la idea del último abandono: la muerte. Nos habla Köhler del tiempo suspendido de la enfermedad, ese no-ser que nos remite a la catacumba de la inacción, donde el cuerpo se rebela como agente maquinal y adquiere el papel protagónico en la tragicomedia incomprensible del yo. Nos habla de la ansiosa espera de la correspondencia epistolar. No digamos aquella en la que Goethe afirmaba que «no es posible vivir en este estado» porque las misivas demoraban más de doce horas de lo previsto, sino en la ansiedad inmediata que supone la correspondencia digital actual en la que esperar más de un día para la respuesta de un correo electrónico o la daga de la doble palomita azul sin responder del WhatsApp detonan ansiedades inadmisibles en un mundo que ha visto el intersticio como un enemigo a vencer.

¿Y por qué es el tiempo suspendido tan amenazante para los barones que moldean la efigie que eyacula el proyecto ideal contemporáneo? Porque la realidad digital, encendido-apagado, encuentra en la inacción el sino para interpelar los verbos que atraviesan irreflexivamente nuestra cotidianeidad. No son pocos los que fincan en el pasmo el fertilizante para la reflexión, para la escucha de los clamores no positivistas, no deseosos del anhelo concreto. Kafka aseveraba que dormía más plácidamente en el ensueño de la escritura que durante la obligada tregua con la vigilia. «La espera –nos dice Köhler– es un estado en el que el tiempo contiene el aliento para recordar la muerte». Y no hay nada más ajeno a nuestro ser que la contemplación del fin. Nos habla la autora de lo que significa la confluencia infinita

de los acontecimientos del mundo. Decía Foucault que los medios solían ser instrumentos para plantear preguntas de las que nadie tenía la respuesta, y que hoy, en cambio (ya entonces) son plataformas para congregar certezas preestablecidas. Suceso, suceso, suceso. Disputa por la interpretación del suceso. Tragedia, evento, acontecimiento: el presente como sucesión de líneas punteadas que sugieren una única lectura de tránsito hacia el frente. La Historia, en cambio, nos dice Köhler, nunca estuvo mejor representada que con aquel pasaje narrado por Sloterdijk en La ira y el tiempo: «Por eso cabe decir: el iracundo que se retrae provisionalmente es el primero que sabe lo que significa tener un propósito […] no sólo vive en las historias, sino que también hace historia, en la medida en que hacer significa aquí tanto como: extraer del pasado razones para ocuparse de lo que vendrá».

La espera nos predispone a la insoportable onomatopeya de nuestro paso por el mundo. El espacio reflexivo pone en jaque la intención, ridiculiza la acción y vuelve fútil el ejercicio histriónico de nuestra confusión. El colapso de la espera —reservado hoy a los indeseables páramos de las dunas burocráticas— reduce la voluntad del individuo y le espeta su condición de engrane, de ente servil, inmóvil, lejos de instar a la contemplación gramática de nuestro instinto, de nuestra disposición —cada vez más suprimida— al goce, el ocio, el disfrute y ejercicio de una existencia que se extienda, largo y ancho, por los confines históricos de lo ambiguo y lo incierto, a través del canto del misterio, en la renuncia a servir como un escalón para la trama capital del cimiento recto de la Historia.

 

el-tiempo-regaladoEl tiempo regalado
Andrea Köhler
Traducción de Cristina García Ohlrich Libros del Asteroide
2018 • 168 páginas

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