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Por Carmen Pardo

Lo primero que dijo al llegar es que no sabía si podría mantener una conversación porque, últimamente, estaba perdiendo el sentido del equilibrio. Hacía un tiempo, prosiguió con voz queda, que se le hacía difícil dar vueltas y vueltas en compañía de otra voz. Desde la infancia había escuchado reiteradamente, o eso creía, que una buena conversación no se ajusta a un objeto prefijado, que se debe girar animadamente sin preocuparse por los cambios de rumbo. Pero desde el último verano, explicaba, sus rotaciones eran cada vez más torpes y sus desvíos forzados. Después de someterse a tediosas pruebas, su médico le diagnosticó trastorno conversacional. El problema, al parecer, era que en los últimos meses, sin apenas percibirlo, había empezado a girar sobre sí misma y eso afectaba a su capacidad para dar vueltas en compañía. Le recetaron 2001: Una odisea del espacio de la firma Stanley Kubrick, tres veces por semana antes de irse a dormir. Llevaba ya veinticuatro dosis y, según le comentó el doctor, le faltaban unas treinta para alcanzar el pleno restablecimiento.

Tras una larga pausa, con voz de confesionario, admitió para sí que las primeras tomas se le hacían casi insoportables y que, de hecho, no las ingería íntegramente. Cuando llevaba aproximadamente 1h 30′, que era un tiempo que podía digerir bien, empezaba a ausentarse. Para no sentirse tan culpable decidió documentarse sobre la medicación, a pesar de la ansiedad que siempre le producía la llegada al apartado de efectos secundarios.

En el prospecto se informaba, claramente, que el producto había salido al mercado, en un pase privado, el 2 de abril de 1968 en Washington. Un buen año dijo, rehaciendo lentamente su voz. Aunque, dos días después de esta salida al mercado, continuó, Martin Luther King fue asesinado en Memphis y desde Cabo Cañaveral se lanzaba la nave Apolo 6. Sin aventurarse a dar argumentos a esta coincidencia, por precaución y dado su estado, dijo en voz muy baja, pasó unos días a la escucha de la voz de Martin Luther King y de esas voces que desde el centro de actividades espaciales de Cabo Cañaveral retransmitieron el lanzamiento. Sopesando la distancia entre esas voces, comprendió que debía apurar las dosis de su medicación, prestando particular atención a las conversaciones que los tripulantes de la nave tenían con hal 9000. Desde entonces afirma, se sentía un poco mejor.

Con un entusiasmo inusitado repitió: «I am a hal 9000 computer», pues tomaba la medicación en versión original porque siempre va mejor, dijo excusándose. Imitó las conversaciones con Dave Bowman y Frank Pole, y evocó las partidas de ajedrez con la voz cordial de hal. Pero, lo que más le conmovía era justamente aquello que en sus primeras dosis no podía tragar, la parte final cuando hal, sintiendo que va a morir, recuerda su infancia y canta «Daisy, a Bicycle Built for Two».

«Daisy, Daisy, Give me your answer do!», canturreó. Esta canción tan popular allá en los Estados Unidos, fue la primera que cantó un ordenador. Cantándola hal recordaba sus orígenes y ella…

Ella antes de marchar me dijo su nombre: Siri. Comprendí entonces que su tratamiento sería largo y que, por mi parte, ya era tiempo de dejar girar mi propia voz en otra compañía.

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