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Cosas que me hacen pensar en Borges | Eduardo Berti

La idea de Italo Calvino de que un clásico es una obra que no termina de decir lo que tiene para decir y Borges definiendo a un clásico como «aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones
sin término».

Sylvie and Bruno, de Lewis Carroll, no solamente por el uso de paradojas dignas del mejor Chesterton, sino también por la inclusión de una biblioteca infinita que parece anticipar «La biblioteca de Babel». El personaje hitchcockiano de Mr Memory, que aparece en la película Los 39 escalones (1935), interpretado por el actor Wylie Watson y se basa, a la vez, en un circense antepasado de Funes: un tal William James Maurice Bottle (1875-1956), apodado «Datas: The Memory Man».

El hipertexto, sus resonancias con la obra de Ts’ui Pên donde «todos los desenlaces ocurren» y «cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones» y también con el «Libro de arena» cuyo número de páginas es «exactamente infinito» pues «ninguna es la primera; ninguna la última».

Paul Valéry explicando por qué nunca escribiría una novela (y su espanto ante frases como «la marquesa salió a las cinco»); ciertos editores explicando por qué conviene y es casi obligatorio publicar novelas.

Los libros imaginarios en la obra de Stanisław Lem.

Los juegos de espejos, los relatos «autoconscientes», los abismos de los que hablaba André Gide y con los que soñaba Chuang Zu y la perspicaz pregunta sobre las magias parciales de la ficción: «¿Por qué nos inquieta que el mapa esté incluido en el mapa y las mil y una noches en el libro de Las mil y una noches? ¿Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector del Quijote, y Hamlet, espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios».

El método S+7 de Oulipo y la idea de que «Pierre Menard» es un S+0.

El verbo «orillar».

Los casos clínicos que presenta Oliver Sacks, entre los cuales podría estar perfectamente el de Funes.

Mi resistencia al hecho de que en francés la palabra «leche» sea masculina («le lait») y la famosa observación de Borges acerca de que en alemán la luna es masculina.

El nombre de la rosa de Umberto Eco.

El «morphing» y las demás técnicas que permiten la fusión de dos personas en otra cuyo aspecto es más que una simple suma, sino una tercera persona con pasmosa identidad propia, como el caso de Bustos Domecq.

Macedonio Fernández sosteniendo que los gauchos eran un entretenimiento para que los caballos del campo no se aburrieran.

Gabriel Zaid escribiendo que en el Corán sí hay camellos (diecinueve, para ser exactos) y la certeza de que la frase de Borges sigue siendo, pese a ello, genial.

Un breve apunte de Anton Chéjov, en sus Cuadernos de notas, sobre un hombre que, a pesar de haber ganado una fortuna en el juego, se suicida, episodio que Ricardo Piglia cita en su «Tesis del cuento» y me trae a la memoria un fragmento del notable prólogo a La invención de Morel: «Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nada es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que adoran hasta el punto
de separarse para siempre, delatores por fervor o humildad…».

Las listas de Sei Shonagon en su Libro de la almohada («cosas deprimentes», «cosas desagradables», «cosas que suscitan una profunda memoria del pasado», «cosas que deberían ser de gran tamaño»), las listas de su precursor Li Yi-chan («cosas inoportunas», «cosas vanas», «cosas inadmisibles»), las enumeraciones a lo Walt Whitman, las enumeraciones que tanto fascinaban a Georges Perec.

Los viejos bluesmen que en la madera de su instrumento grababan (como esos carros con inscripciones que tanto atraían al joven Borges) la frase: «Esta guitarra puede matar» y el poema «1964» que termina con «…y te puede matar una guitarra».

La lógica del idioma chino. «Triste» se dice «shang xin» (herido el corazón) y «contento» es «kai xin» (abierto el corazón). Cómo no pensar en las kenningar, esas metáforas propias de la antigua poesía escandinava que encandilaban a Borges: el barco era allí «el potro del mar», la espada era «la serpiente de la batalla». En chino, el útero es «el palacio del niño». O, mejor dicho, el encuentro entre el caracter que significa niño y el que significa palacio.

Los traductores literarios que a la ideología de la fidelidad extrema a «las palabras» del original anteponen la fidelidad a «los impactos» del original y la idea (expuesta en forma explícita por Aline Schulman en su versión francesa del Quijote) de que un traductor «modernizante» es un «anti-menard» porque echa mano a frases «verbalmente diferentes» para restituir la singularidad de la obra y los efectos de su recepción.

La zoología fantástica y los «seres imaginarios».

Las Siluetas de Luis Chitarroni.

La ceguera como aparece en Laughter in the Dark, de Nabokov.

El empleo popular e inconsciente de ciertas formas de «hipálage»; la persona que me dijo que a su hija «se le veían las vergüenzas» en vez de decirme que estaba desnuda o semidesnuda, lo cual es otro modo de «fatigar las calles» o «fatigar las bibliotecas».

El «italianismo» argentino y el francés Jean Pierre Bernès que, en su edición de La Pléiade, arriesga la teoría de que hay cierto «anti-italianismo» en las páginas más tempranas de Borges: una «ideología de rechazo» heredada del poeta Evaristo Carriego (a quien Borges le dedicó un libro en 1930) y que pervive incluso en relatos como «El Aleph» o «La espera», donde puede advertirse «el exotismo que representaban los italianos de la Argentina para un Borges que aún vivía bajo los esquemas moralizantes de una edad de oro criolla, anterior a la fuerte inmigración». En 1979, Borges bromearía: «A veces me siento extranjero porque no tengo, que yo sepa, sangre italiana; entonces me siento un poco intruso en Buenos Aires».

Los Fantasmas de la China, de Lafcadio Hearn.

La leche cuajada y el yogur porque el primer trabajo a dúo que hicieron Borges y Bioy fue el folleto publicitario «La leche cuajada La Martona-Estudio dietético sobre las leches ácidas», un trabajo alimenticio en más de un sentido. «Pagaban 16 pesos la página, que era bastante dinero. Yo sabía que Borges estaba pasando momentos de estrechez económica y le propuse que hiciéramos eso juntos», recordó Bioy en 1997.

El «mot juste» de Flaubert y el disgusto de Borges por el empeño de Leopoldo Lugones en «ser original» y recurrir más de la cuenta a adjetivos o verbos «inesperados», a cierto «barroquismo» o a laboriosas metáforas, «tan visibles que obstruyen lo que deberían expresar». Dicho de otra manera: por buscar el «mot surprenant» en vez del «mot juste».

La fantástica imagen de la luna que rueda por la avenida Callao («Balada para un loco», 1969, de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer), más o menos esbozada, cuarenta y cuatro años antes, en el poema «A la calle Serrano».

Los «inspectores de aves de corral».

Ciertos libros de Carlos Castaneda que, en el fondo, se hacen eco de muchas ideas budistas, y Borges alegando que «el budismo niega el yo» durante una conferencia en el Colegio Libre de Estudios Superiores (seguramente el embrión de su libro Qué es el budismo, escrito con Alicia Jurado). Y añadiendo: «Una de las desilusiones capitales es la del yo. (…) No hay un sujeto, lo que hay es una serie de estados mentales».

La flecha del tiempo, de Martin Amis, por su refutación de la cronología habitual.

Dedé Wolf, la mujer de Piazzolla, y el cassette que me hizo escuchar una tarde en Buenos Aires: el «demo» de los poemas de Borges que musicalizó Piazzolla; el «demo» que Borges dijo preferir a las magníficas versiones de Edmundo Rivero.

Los gatos cuando se miran en «la lúcida luna del espejo».

Witold Gombrowicz diciendo, más o menos, que cuando uno nació en Polonia no tiene sobre su cabeza el peso imponente de una tradición maciza como le ocurre a un escritor nacido en Francia o Inglaterra, lo cual es casi otra versión del «escritor argentino y la tradición».

El goce de perderse en la lectura de viejas enciclopedias.

Bouvard y Pécuchet y el lazo que hace Alan Pauls entre ellos y Silvina Ocampo cuando recuerda a Bioy y Borges escribiendo entre carcajadas «esa deslumbrante enciclopedia de idiotas que son las Crónicas de Bustos Domecq».

Filosofícula (1924), de Leopoldo Lugones, sobre todo la historia del señor Bergeret que parece escrita por Borges : «Quizá la idea de Dios proviene de la invención del espejo. Cuando el hombre pudo ver su imagen comprendió la posibilidad de que existieran seres irreales e incorpóreos a la vez. En suma, todo lo sobrenatural está ahí. Aquello explica el don de la ubicuidad, y hasta el misterio de la Trinidad inclusive. En el espejo, soy simultáneamente uno y doble».

Et si les oeuvres changeaient d’auteur? (2010), libro en el que Pierre Bayard imagina a Balzac como el autor de La cartuja de Parma y hasta explica las razones por las cuales Nietzsche escribió Los hermanos Karamazov.

Las Crónicas marcianas, de Ray Bradbury.

La búsqueda de una prosa concisa y Cortázar opinando: «La gran lección de Borges no fue una lección temática, ni de contenidos, ni de mecánicas: fue una lección de escritura. La actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba».

La teoría de los universos paralelos o mundos múltiples y hasta el inefable gato de Schrödinger, próximos a las «infinitas series de tiempos» y a la «red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos» de «El jardín de senderos que se bifurcan».

John Barth y la novela posmoderna en los Estados Unidos.

El concepto oulipiano de «plagiarios por anticipación» y un gran relato de Perec llamado «Le Voyage d’hiver» donde se narra el hallazgo tardío de un viejo libro en el que están reunidos, como se comprueba fácilmente, los mejores versos de los mejores poetas de Francia, Rimbaud y Baudelaire, Verlaine y Mallarmé (y aun otros menos prestigiosos: Banville, Richepin, Valale, Mérat, Rollinat, Laprade), salvo que el libro que se descubre no es realmente una antología: es un libro editado antes de que esos poetas nacieran o empezaran a escribir. Una inquietante «antología premonitoria». Una fuente secreta de la cual se copiaron después todos los poetas «inmortales». Una fuente secreta que, al descubrirse, obliga a replantear la historia posterior.

El humor inteligente de Edgardo Cozarinsky.

Las vidas imaginarias de Marcel Schwob y su influencia en J.R. Wilcock, en Vila-Matas, en Bolaño, en Jean Echenoz…

El recuerdo del hogar de mis tías, en Buenos Aires, a mediados de los años setenta; el hecho de que ellas vivían juntas (dos tías solteras) y que, en verdad, cada cual tenía su propia biblioteca, por lo que no faltaban los libros repetidos, entre ellos todos los de Borges.

La Gioconda de Marcel Duchamp como posible obra de un Pierre Menard que no supo resistirse a dejar una pequeña huella personal: la fina sombra de un bigote y una especie de barbita.

Los hogares de clase media, en Buenos Aires, a mediados de los años setenta; el hecho de que, aparte de la guía telefónica, casi nunca faltaba el gran libro verde de Emecé con las obras completas.

La obra de Kafka, su visión del fantástico, y Martin Kohan escribiendo: «Es posible preguntarse por qué razones Borges, cuando concibió a Pierre Menard, lo hizo autor del Quijote. (…). De igual manera, es posible preguntarse por qué motivos Borges, cuando postuló el carácter no solamente sucesivo sino también retroactivo de las influencias literarias, puso a Kafka, a Kafka y no a otro, como paradigma del hacedor de precursores. Evidentemente percibía el alcance inigualado de la onda expansiva de lo kafkiano: de pronto autores remotos, y además de remotos previos, podían verse como kafkianos. ¿Y si por fin el propio Kafka terminase siendo, en cierto modo, un precursor de sí mismo, si es que no un avatar de sí mismo?».

El mundo de las letras y las artes en la obra de Henry James.

La espera y el tiempo en El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. «La mendiga de Nápoles», cuento de Max Jacob («Cuando yo vivía en Nápoles, había en la puerta de mi palacio una mendiga a la que yo arrojaba monedas antes de subir al coche. Un día, sorprendido de que no me diera nunca las gracias, miré a la mendiga; entonces vi que lo que había tomado por una mendiga era un cajón de madera, pintado de verde, que contenía tierra colorada y algunas bananas medio podridas») y una anécdota que ha relatado Carlos Mastronardi: «Al pasar junto al atrio de una iglesia, oímos la voz de un mendigo. Después de responder a su llamado, planteamos el inmemorial problema estético: ¿por qué razón el mendigo del teatro o de la novela puede conmovernos más que su modelo real? No ha de ser —arriesgamos— porque el alma humana se nutre de ficciones. Borges habla: Nos conmueve más porque lo conocemos. En el transcurso de dos o tres horas podemos mirarlo de un modo no eventual. El que acabamos de ver es apenas una imagen, una percepción suelta que estuvo en nuestro espíritu unos pocos segundos.».

El libro OEuvres (2002) de Edouard Levé y David Lodge cuando afirma que ciertas obras mejor imaginarlas (o hablar de ellas como si existieran) que realizarlas.

«Wakefield», de Nathaniel Hawthorne. El premio Nobel de literatura que ganó Winston Churchill.

Virginia Woolf, Marcel Proust, Carlos Fuentes, Henry James, Vladimir Nabokov y otros escritores que nunca ganaron el Nobel.

Marcel Bénabou explicando por qué no ha escrito ninguno de sus libros.

Juan Villoro citando una (¿apócrifa?) tesis del cuento de Augusto Monterroso en la que puede leerse: «Los novelistas son aprendices de cuentistas, pero no al revés. El cuento no es la preparación para otro género».

Los relojes de arena y Héctor Bianciotti escribiendo: «Borges murió muy lentamente y en silencio, como un reloj de arena que se vacía».

La tarde en la que charlé con Bioy Casares y me contó cómo se enteró de la muerte de Borges: había salido a pasear, miraba distraídamente la mesa de novedades de una librería cualquiera, le dolía un poco la cabeza o algo por el estilo, un librero quiso conversar un rato, él se disculpó diciendo que no era un buen momento, el librero repuso «claro, con lo que ha ocurrido hoy» y, entonces, Bioy quiso saber: «¿Qué ocurrió?».

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