Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Poesía

* Con perdón del grafómano Salvador Elizondo.

I. Quisiera conquistar la primera persona tallando la ilusión de un ser que me contiene, insistencia de árbol joven en la lentitud con que construye su cuerpo abriendo el espacio eligiendo la forma del tronco, la futura resina de sus ramas. Aun anclado en un lugar que no le nombra, tiene mundos por decir. Lo grita por debajo y algo ocurre en la acidez de la tierra, se descolocan corredores de piedra y lombrices, entienden la liviandad de la lucha cuando

Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplaza desde nuestro barrio alejado del centro al centro; al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la vida bang donde la vida se expande y obedece a todos los fenómenos —etcétera— que dicta la astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos porque éramos

Fragmento I   París, el abril cruel, mil novecientos setenta y seis, un viento repentino se enreda entre los árboles grisáceos de la Place Saint-Michel y gira brusco, agita con sus brazos desceñidos el mechón de la lluvia sobre los adoquines y los muros. De pronto, las terrazas se despueblan, en las pequeñas mesas circulares hay un reflejo extraño, inesperado, enmudecen las voces y los ruidos, un silencio que viene de más allá del

(i) si miro al cielo gris lleno de gaviotas grises no puedo hablar de dolor. he tenido pesadillas con gatos y con dedos. he soñado que me arrancaba la piel. las lecturas tristes son imprescindibles mientras tanto reímos y estuviste a punto de correrte dentro por qué no lo hiciste por qué. las gaviotas grises. el río. he escapado para masticar raspas y tragar sucio vino. escucha, hay forasteros y gorriones gordos, hay

Ella Todo esto es memoria profana los poetas reinventaron todo era necesario un hombre que superara a los dioses y que como todo hombre lejos de su casa en llanto muchas veces maldijera el mar vinoso se rasgara el rostro cuando el poeta murió otros diez tomaron su lugar y reescribieron la historia así el hombre engendró el mito *** Clavé la esperanza en los cuatro muros de mi celda no hay territorio más vasto

Runa Simi   lengua de miel hoja de coca aire de pureza insoportable puñal en la garganta mi lágrima cae infinita sobre la herida cimas que se pierden en el horizonte claro llega al paso el hombre que se eleva de la tierra construye gime canta así se agiganta en el ande se mantiene en vilo encanta los montes levanta un cántaro bebe sigo rastros me pierdo algo en mi oído recuerda antiguos sones mi propia sangre labra los desiertos vuelve la danza pies que repiten el paso invariable un hilo

Uno cargaba un puñado de monedas. Uno más llevaba colgando en el pecho un nombre. Otro, iba arrastrando un cajón de madera sobre la grava. Yo quería andar sin doblarme, sostener mi propio peso en una vertical. Queríamos resguardar nuestra procedencia. Llevábamos una piedra en el zapato, granos para las aves, lo más preciado que reunimos bajo la bóveda. * * * Eran los días de las Grandes