Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

¿Cuánto son un millón de pasos? | Diego Rabasa

(Apuntes sobre Del caminar en el hielo de Werner Herzog)

Para Catalina Vega Cruz

 

Pareciera que una de las obsesiones del progreso es eliminar las distancias. ¡El Internet está muy lento! Los aviones cada vez más rápidos, los trayectos cada vez más vilipendiados. No tiene nada de extraño, en realidad: el tiempo es oro.

Son tantas las cosas que a uno se le cruzan por la cabeza al caminar; el cerebro enfurece.*

Las subjetividades se disuelven. Los gustos se unifican. En Gaza hay niños con la playera del Barcelona. La colonización está en marcha y nunca la servidumbre voluntaria se había congregado alrededor de un clamor tan estruendoso.

La zona que atravieso apesta a rabia.

¿Cómo llegar a la eternidad? ¿Cómo reunir la nada?

A la entrada del pueblo vi a una vieja chiquita de piernas curvas con la demencia grabada en el rostro; empujaba una bicicleta, repartiendo el Bild del domingo.

Werner Herzog partió de Múnich y llegó a París. Porque quería llegar pronto, para prohibirle a Lotte Eisner que muriera, anduvo hasta allí. Son 773 kilómetros. Google Maps asegura que se puede andar en 160 horas a paso veloz y sin perder el tiempo.

Esta noche seré el rey en la próxima casa que fuerce, ese es mi castillo.

Herzog dice: «Sólo si fuera una película pensaría que todo esto es real». Los hombres danzan, las tradiciones cantan. El delantal de la tabernera, que Herzog finca como el límite con el que sueñan los bebedores, la mujer obesa que no logra ponerse de pie y otra que al verlo pasar le enumera el nacimiento y la muerte de sus hijos, un hombre (gordo también) sobre un ciclomotor con su perro sarnoso delante de él, un banco pintado de rojo y tapado hasta la mitad, una serie de estanques exhausta, una mujer que fabrica corpiños, una lluvia que se escancia meticulosamente y con conciencia de su arrojo, un gato desdentado, un hombre que camina con la muerte a cuestas y una oveja que muere frente a él patéticamente. Sólo porque lo escribió Herzog, todo parece real, aunque lo más real es la visión que tuvo de una locomotora en llamas con las ruedas chirriantes penetrando en la oscuridad de un universo en el que las no-estrellas habían conquistado la dialéctica de la luz.

Nosotros dos, los fantasmas, no nos saludamos.

Pasa frío, una despiadada tormenta se asina sobre él. No ha dicho ni una palabra rizomática. Se eleva y pierde el sentido de la fatalidad, se yergue en fascinación y euforia, se hunde y se colma de soledad, le duele la pierna, la ingle, necesita alcohol y alivio para las ampollas. El tendón de Aquiles, el derecho, está el doble de hinchado. Tiene pensamientos homicidas. Irrumpe en un carromato, tienta la cerradura de una casa de verano, duerme en el heno (deduce que lo que escucha a la mitad de la noche es un hombre y que es viejo y que viene por leña), llama a Múnich para preguntar por Eisner, revive la decadencia de su abuelo convencido de tener las vértebras pulverizadas, cuando lo hace el recuerdo acontece y entonces aparece diáfana como el fuego (Gelman dixit) la espiral del tiempo.

[…] después de reconocer una decisión errada no tengo el temple como para regresar, prefiero corregirla mediante otra decisión errada.

Otra vez la ciudad inverosímil: yerma de humanidad. Los turcos tristes. Ir por el sendero salvaje, imposible porque la nieve pega de frente. Hay que andar por el asfalto, mantenerlo a la vera del iris, todo causa, todo siempre, todo exime. Después un pueblo con castillos, una iglesia y otra, le mira las manos a un joven por vergüenza, porque a éste le atestan los pómulos el acné y sus cicatrices.

Una bicicleta de mujer casi nueva estaba tirada en el arroyo, largo rato estuve pensando en eso.

Funge la causa la guarda. La mirada sobre la vista descansa. Anda la piel descalza y sobre la vigilancia incauta, monta la ambición su ansia.

Digo sed.

Anda, dice, el hombre con la pierna mullida sobre la (otra) ciudad industrial, ¿llegaré a tiempo? ¿Veré a mi amiga con vida? El objetivo del peregrinaje se difumina entre las tenazas del azar, los cuervos vuelan y piensan sus pensamientos de cuervo.

Uno de ellos juega tan mal al billar que hace trampa, por más que juega contra sí mismo.

«¿Habrá truchas en el estanque?», se pregunta Herzog. Como en el Poema a tres voces, el mundo baila a través de sus ojos. La imaginación se funde con la memoria que se funde con la experiencia que se funde con el pensamiento que se funde.

Nadie sabe a dónde escapó, mucho menos por qué.

¿Por qué esto y no aquello se atraviesa en el delirio? El chiquillo, lo Real invistiendo de realeza un pasado que ensombrece sobre el afán de futuro. La mirada periptérica. El consuelo de Hubble.

Una garza gris vuela todo el tiempo unos kilómetros delante de mí, luego se posa y, cuando me acerco, avanza volando otro trecho. La voy a seguir, vuele a donde vuele.

Fumo y una clave de sol se asoma. Frente a mí la pila de libros que no he leído. Hoy bajé la app de la alerta sísimica, hay que pagar nueve pesos al mes para que te avise cuando el sismo te incumbe.

Un perro enfermo da más dinero.

Herzog anda. Le duele la pierna. Está empapado. Nadie a su alrededor que piense, «¡He ahí un genio caminando sobre la nada!». En vez las vacas se impregnan de nieve en un costado. Llega a la periferia de París, busca la flecha sobre un árbol que un amigo dejó ahí. Llega y le pide a su amiga que abra las ventanas: ha aprendido a volar. ¿Por qué caminar? Por la misma razón de Altamira, porque sin la materialidad del gesto, el gesto se desconoce a sí mismo, no tiene cómo mirarse, no tiene cómo ser mirado, no tiene cómo propagar, cual éter, el cansado y apenas perceptible silbido de la eternidad.

¿Es buena la soledad? Sí, lo es.

* Todas las citas provienen de De caminar en el hielo, Werner Herzog, Entropía, 2016

Foto de Hernán Piñera en @Flickr

 

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