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Dos de los movimientos musicales más extravagantes de los últimos cincuenta años han surgido del noreste mexicano. El movimiento del regiovallenato y la cumbia lagunera. Acompañando a la noción de cultura norteña, que comenzó a gestarse a partir de la década de los ochentas, la cumbia fue el lado b del dominio del acordeón norteño como símbolo de identidad. La necesidad de englobar la cultura norteña dentro de la posmodernidad se remonta a los tiempos del Piporro, pero es con la cumbia y otros movimientos norestenses, como la música de Nortec, por ejemplo, que el norte se reveló como un laboratorio social, un lugar donde había cabida para la vanguardia.

Todavía nadie puede explicar cómo germinó el movimiento de la cumbia en La Laguna, una región al día de hoy contaminada, con problemas de escasez de agua y postindustrial. Se sabe que sin el influjo de Rigo Tovar, La rebelión de Teo Sánchez, los Plebeyos y tantos otros paladines del ritmo, no sería lo que hoy es. Sin embargo, los grupos mencionados no alcanzan para entender el fenómeno. Desde antes de su aparición, la cumbia ya había tomado la región. Como muchas otras del país. Pero que en La Laguna tuvo un impacto del que no se pudo recuperar gracias a la pieza «El lagunero», de la Sonora Dinamita. Una canción que La Laguna adoptó como himno nacional.

En 1960 se fundaría en Medellín un conjunto que jamás pensó́ que impactaría en otro país del continente con semejante fuerza. La Sonora Dinamita desembarcó en un México en que el cosmopolitismo comenzaba a decaer y el romance con el trópico iniciaba, sobre todo con la Revolución Cubana. Pero el bolero cubano no casaba tanto con la manera de ser del mexicano, por lo que la cumbia colombiana se masificó y se convirtió en uno de los ritmos más populares. Cómo se enquistó la cumbia colombiana en La Laguna y Monterrey es un misterio. Es decir, no era el único lugar donde se escuchaba, pero sí donde colonizaría.

Tropicalísimo Apache, el grupo más representativo surgido de La Laguna, refleja en su primer álbum esta dicotomía entre el desierto y el trópico. En la portada parecen unas palmas. Palmas que se encuentran en La Laguna. Como si fuera un paraíso recobrado, un espejeo, el desierto, una zona donde se alcanzan temperaturas de 44 grados a la sombra se sintió́ seducida por un ritmo que no nació́ ahí́ pero que adoptó como propio. El paisaje no correspondía en lo absoluto, pero la idiosincrasia mantenía puntos de contacto. Una fiesta continua, y sería a través de la música, entre otras cosas, con lo que la región le haría frente a todas las catástrofes, la más cruenta de ellas la guerra contra el narco, que le otorgó a La Laguna la distinción de la ciudad más violenta del sexenio durante el mandato de Felipe Calderón.

La cumbia lagunera posee sus propios signos de identidad, que la diferencian de Celso Piña y sobre todo de ese bodrio llamado cumbia chilanga. La irrupción de Los Ángeles Azules es uno de los accidentes más feos que le han ocurrido a la cumbia. Con su frivolización chabacaba del vallenato, descendencia directa del vallenato de Carlos Vives. La cumbia lagunera se distingue por hacer hincapié́ en los teclados y en el güiro. No usa el acordeón como la regia. No en su primera etapa. De la que forma parte Apache. Después vendrían bifurcaciones, como una estirpe colombiana capitaneada por los Primeritos de Colombia.

La escuela promovida por Apache engendró a Los Chicos de Barrios, el grupo lagunero con más proyección en Estados Unidos. Caracterizados por una cumbia más rápida, cuenta Yiyo, uno de sus integrantes, fue como consolidaron su estilo. En una gira en la que compartieron escenario con un grupo de merengue decidieron tocar sus piezas más rápido, para no aburrir a la gente que se había quedado acelerada por los merengueros. Este es un ejemplo de lo que ha ocurrido con la cultura norteña desde hace décadas, y no sólo la que obedece a la cumbia, pues su identidad está en constante construcción.

Además de Los Chicos de Barrio, hay grupos que han impactado en el inconsciente colectivo, como es el caso de La Sonora Everest. Como su nombre lo indica, su sonido no es como el de Apache, sino más sonoro. Reverenciando los orígenes. Sin embargo, suenan inconfundiblemente laguneros. Y en una dirección distinta están Los Capi, que siguen la escuela de Chicos de Barrio. Grupos que son lagunerísimos pero que tienen un punto de encuentro con el regiovallenato vía el chuntaro style del gran silencio.

Esta proliferación de bandas, con lo que el caldo de cultivo significa, los discos, los bailes, la radio, configuraron una identidad que se inseminó en el lagunero a partir de las décadas de los sesenta y setenta. Apache comenzó como un grupo de música disco, pero ante la falta de un asidero identitario mutó a un ritmo que se adhirió a la piel del lagunero. No existe hora del día en que la cumbia no suene en la ciudad. Sea en un camión de la ruta urbana, en una maquiladora o en un puesto de gorditas. Y qué es la letra de una cumbia sino un relato. Que bien se puede tanto remontar a los corridos, como la historia del forajido como a Las mil y una noches.

En esa búsqueda constante, la cumbia lagunera ha mutado. En el presente ha surgido una nueva corriente. Por no encontrar una mejor definición, se ha catalogado como cumbia hípster. Que se caracteriza por una estridencia que se desprende de la cumbia villera argentina. Cuyo mayor exponente es Cadereira. A diferencia de lo que ocurrió décadas antes con la influencia de la cumbia en el noreste, la paternidad de Cadereira se puede rastrear. Marcelo Gamboa, su líder, cuenta que en un viaje de mochilero por Argentina escuchó ese ritmo y al volver a La Laguna decidió fundar un grupo que combinara la cumbia villera con la lagunera.

La Laguna creó un asidero emocional y sonoro para hacerle frente al discurso oficial. Se respira en la atmosfera. «En La Laguna», pieza de Tropicalísimo Apache, es el qué lejos que estoy del suelo donde he nacido. La región es una cumbia en sí para cada habitante. De la que todos orgullosos cantamos: pero mi novia sí sabe cómo se baila la cumba.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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