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De caricatura grotesca a presidente | Eduardo Rabasa

El año pasado me topé por casualidad con un muy buen artículo sobre American Psycho, de Bret Easton Ellis, donde a través de una entrevista con su autor y un recuento del escándalo que suscitó su publicación, en 1991, la revista francesa Les Inrockuptibles lo situaba como uno de los 30 hitos culturales de los últimos treinta años. Yo no había leído el libro ni tampoco visto la película —ni tenía planeado hacerlo—, pero hacia el final del texto se mencionaba casi de pasada algo que llamó mi atención: a lo largo de todo el libro, el héroe del protagonista psicópata, Patrick Bateman, era nada menos que Donald Trump. Ese hecho bastó para procurármelo lo antes posible, intrigado por conocer las similitudes aspiracionales entre un yuppie de Wall Street que disfruta mutilando y torturando mujeres e indigentes, principalmente, y quien 25 años después se convertiría en presidente de Estados Unidos.

Desde un punto de vista puramente narrativo, la lectura de American Psycho resultó decepcionante. Como el propio Ellis afirma en la entrevista con Les Inrockuptibles, se trata de un libro con una estructura monótona, que por momentos casi parece encajar con demasiada simetría (descripción de ropa cara, cena en un restaurante exclusivo, pláticas superficiales con otros yuppies como Bateman (sobre ropa cara y restaurantes exclusivos), salida a un antro de moda donde consumen cocaína, todo ello puntuado por los horrorosos asesinatos, descritos con una frialdad que los vuelve todavía más espeluznantes). El autor encuentra que todo ello posee una rima que «le encanta», pero para mí como lector no sucedió así. Y también, por más que Ellis haya defendido en alguna ocasión que parte del asunto es que Bateman sea un narrador poco confiable, me pareció que existen huecos narrativos tan implausibles que despojan de cualquier atisbo de verosimilitud posible a la historia. Bateman asesina varias veces en plena calle, o mutila a mujeres a las que introduce a su edificio ante los ojos del portero, que jamás vuelven a ser vistas, o mata a otro prominente financiero de quien nunca más se sabe nada, pero como conserva las llaves de su departamento, regresa a cometer más crímenes ahí. Hay una escena donde la policía lo tiene arrinconado y él dispara al tanque de gasolina y hace volar la patrulla por los aires en medio Manhattan, que fácilmente podría formar parte de una mala película de Arnold Schwarzenegger.

Sin embargo, hubo dos elementos que sí me parecieron en extremo relevantes. El primero es que en efecto Donald Trump recorre el libro de principio a fin como máximo referente de Bateman (hay un momento donde se retracta sobre una pizza que le había parecido mala cuando un colega suyo le muestra un artículo donde Trump dice que es la mejor pizza de Nueva York). El otro que, precisamente porque la parte escalofriante del libro carece de todo tipo de verosimilitud como historia, comencé a leerla más bien en clave de las fantasías del protagonista, aquí sí como arquetipo de los yuppies de Wall Street y de la visión a partir de la cual ocasionan calamidades para el mundo entero, como sucedió con la crisis financiera de 2008. Ahora que Trump es presidente, resulta instructivo comparar los rasgos de un personaje ficticio como Bateman con el discurso y políticas reales que ha seguido, y las similitudes son asombrosas. Desde este punto de vista, me parece que American Psycho sí logró retratar con gran presciencia lo que 25 años después se convertiría en una parte importante de la narrativa política en Estados Unidos.

Por razones obvias, Bateman se ve obligado a llevar una doble vida, y ni siquiera únicamente en términos de sus crímenes, sino que existen varias instancias a lo largo del libro donde no puede decir lo que realmente piensa. En ese sentido, vale la pena recordar que una de las razones más recurrentes para apoyarlo que ofrecían (y ofrecen) los partidarios de Trump es que «dice las cosas como son» o que «dice lo que los demás estamos pensando». O, como lo dice el novelista Ben Fountain en Beautiful Country, Burn Again, su reciente libro sobre el actual desastre estadounidense: «Un milagro: ¡el hombre blanco que dice lo que piensa! ¡Libres, libres al fin!». En términos simbólicos, podría pensarse que el encumbramiento político de Trump representa la improbable culminación de una particular fantasía de dominación por parte de la élite corporativo-financiera del país más poderoso del mundo. Ni el mismo Patrick Bateman habría soñado con ver a su máximo héroe convertido en presidente de Estados Unidos.

Incluso obviando las torturas a las mujeres, que comprensiblemente fueron el rasgo del libro que más escándalos suscitó, Bateman y los suyos son profundamente misóginos, como Trump, incluso cuando creen estar siendo amables, como al decirle a su secretaria que no se vuelva a vestir de una manera determinada, pues ella «es más hermosa que eso». A lo largo de la historia refieren específicamente que sus conocidas son perras a las que con llevar a un buen restaurante se tendrá complacidas, y uno de los amigos de Bateman en algún momento afirma que «La sutileza no es lo que buscan estas chicas». Un día en una cena discuten en qué consiste una buena personalidad femenina, y otro de ellos dice: «Una buena personalidad consiste en una chica que tenga un cuerpecito bien delineado y que satisfaga todas las demandas sexuales sin ser demasiado zorra y que básicamente mantenga cerrado el puto hocico». Entre esto y el presidente que considera que puede «agarrar a las mujeres de la vagina» por ser una celebridad, o que se mofaba del físico de candidatas rivales, que hacía una alusión a que una periodista que lo increpaba en un debate tenía sangre que salía de quién sabe dónde o la larga lista de etcéteras que demuestran la misoginia de Trump, no hay distancia alguna.

Así que podemos pasar al asunto de la xenofobia. No es ningún secreto que quizá la principal baza electoral de Trump, así como uno de los ejes de su gobierno, al menos desde el punto de vista retórico, ha sido el discurso antiinmigrante, resumido en el grito de guerra de sus mítines (Build that wall!) y en su visión de que los migrantes son

violadores, asesinos, o gente proveniente de «países de mierda», lamentándose de que no puedan mejor recibir a más noruegos en Estados Unidos. Por su parte, Bateman declara desde el comienzo que hace falta «controlar el influjo de inmigrantes ilegales». «Puto iraní», piensa cuando un vendedor de periódicos le señala que tiene sangre en la nariz y desprecia la «máscara sin expresión del rostro pesado y estúpido» del portero de origen hispánico con quien no logra comunicarse. Como sucede con Trump, ni siquiera es meramente una cuestión instintiva o visceral, sino razonada, respaldada con argumentos provenientes de la particular forma de ver el mundo que poseen. En una cena con su secretaria (de quien cada vez que hace mención recuerda que está enamorada de él), Bateman explica que podría convencerla de lo que él quisiera: «Incluso podría explicar mi postura pro-apartheid y hacerla concordar con las razones por las que ella también debería hacerla suya e invertir grandes cantidades de dinero en corporaciones racistas que…».

Otro de los elementos más significativos del ascenso de Trump a la presidencia ha sido el auge del supremacismo blanco, incluida su negativa a distanciarse de un antiguo líder del kkk como David Duke, o su aseveración de que en los grupos neo-nazis existe gente muy valiosa. Asimismo, a lo largo de los años Trump se ha referido en numerosas ocasiones a los genes superiores que porta, y en algún discurso de campaña achacó a ellos lo que considera su gran inteligencia. En uno de los escasos momentos de American Psycho en los que Bateman muestra un lado vulnerable es cuando come con su antigua novia Bethany (a quien después descuartizará por el hecho de que su actual novio es un afamado chef ), y le lleva el siguiente poema de su autoría escrito a mano en un papel, como detalle romántico:

The poor nigger on the wall
Look at him
Look at the poor nigger
Look at the poor nigger on the wall
Fuck him
F
uck the nigger on the wall
Black man is debil.

La comparación entre la cosmovisión de los dos personajes podría extenderse casi hasta el infinito, y no sólo en cuanto a la adoración del dinero, la apariencia, el poder y la fama, sino, por ejemplo en el desprecio a la comunidad LGBTQ, los indigentes (losers) u otro tipo de minorías. Y aunque esto ya es adentrarse más hondamente en el terreno de la especulación psicológica, probablemente Ellis también acertó en cuanto al profundo sentimiento de inferioridad que se encuentra encubierto por la monstruosa máscara de sadismo que termina definiendo a este prototipo de personaje. En otro de los escasos momentos introspectivos de Bateman, reflexiona en silencio:

Mientras estoy orinando en el baño de hombres, me quedo viendo una pequeña grieta con forma de telaraña sobre la palanca del mingitorio y pienso que si desapareciera en esa grieta, digamos que de alguna manera me volviera miniatura y me adentrara en ella, lo más probable es que nadie notaría que me he esfumado. A… nadie… le… importaría. De hecho, algunas personas, si notaran mi ausencia, quizá experimentarían una extraña e indescriptible sensación de alivio.

Y es que desde que Trump era candidato se ha referido una y otra vez a la sensación de que nadie respeta a Estados Unidos, que se han convertido en el hazmerreír del mundo, que numerosos países se han aprovechado de la debilidad y candidez de sus gobernantes, de forma que es su misión restituir ese honor perdido, devolver las cosas a su estado natural, donde el mundo entero reconozca y se arrodille frente a la supremacía americana, si es necesario a través del poderío militar (America first!). Desde esa lógica, es perfectamente natural que Trump sea el héroe de Patrick Bateman, pues en verdad representa todo aquello que él busca desesperadamente ser. La inmensa diferencia entre ambos es que si bien Bateman no pasa de ser una caricatura grotesca que ni siquiera cumple con algunos de los requisitos esenciales para contar con la profundidad y complejidad que esperamos de los personajes memorables de la ficción, Trump fue electo presidente con más de 50 millones de votos, y ahora cada vez más gente está dispuesta a reconocer que no es un hecho absolutamente implausible pensar que dentro de un par de años, los votantes estadounidenses le confieran un segundo mandato.

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