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De sacerdote a mercenario

Oh, Dios mío. Qué hace una morsa en el escenario, me cuestioné. Que alguien llame a control de animales. Pero no, no era un león marino. Tampoco el yeti. Era James Murphy. ¿No sabe que ya se inventó la bulimia? Que empiece a vomitar cuanto antes. Qué bueno que lo reconocí a tiempo. Estaba a punto de gritar, tú, sí, tú, el que se tragó a James, escúpelo, escúpelo.

Cuánto te quiero, cabrón, pensé cuando subió LCD Soundsystem al escenario del Hellow Festival. Tuve que chutarme a Weezer para agarrar buen lugar. La peor experiencia del año. A la segunda rola ya estaba más empalagado que si me hubiera comido tres Twix. Los escuché en el 94 con «The sweater song». Nunca me atrajeron. Eran nerds pero ahora tienen doctorado en ñoñería. Los recibieron como a cualquier boy band. Como la impostura no podía faltar, el vocalista nos saludó con su español «ou, mucho barato, mucho picoso». No conformes con desgraciar «Hey Ya!» de Outkast, a medio concierto el cantante osó ponerse una playera del Veracruz. Sí, una de los Tiburones Rojos. Tuve que aguantarme las ganas de vomitar. Aguanta, Charles, me dije. Estás aquí para LCD. Con la sensibilidad que se cargan los regios en materia de futbol, me dije, orita lo van a linchar. Pero el público estaba demasiado pasado para armarla de jamón. Llegué a la conclusión de que si en lugar de fans de Weezer escucharan a Nick Cave podrían dominar el mundo.

Cuando anunciaron a LCD en Monterrey corrí a comprar mi boleto. Si voy a Estados Unidos a conciertos, a Europa, a la CDMX, con más ganas a cuatro horas de mi chante. Pero conforme la fecha se aproximaba mi ánimo se fue desinflando. Días antes James Murphy había declarado al New York Times que había disuelto a la banda para vender más boletos. Así es, pipol, mi ídolo, mi gurú, había pasado de sacerdote a mercenario. Pero antes de desgarrarme las vestiduras por completo lo entendí como una bravuconada por parte del angelote. Un movimiento frío y calculado para dejárselas ir sin dobleces a los que asistieron al Madison Square Garden en 2011 para despedir a la banda. Traducción: miren putos, ya me voy, así que tienen cinco minutos más para patear el balón antes de que me lo lleve a mi casa.

El regreso, ahora lo entendemos, formó parte del malévolo plan para subir las acciones de la nostalgia en torno a la banda. Y ahí estaba yo, el incondicional cuasi cuarentón, pagando el maldito tributo, rodeado de escuincles mojándose con Weezer.

Al día siguiente se hablaría de un monto de asistencia de setenta mil personas. Una exageración según mis cálculos. Cuando LCD se plantó en escena el Hellow estaba en su apogeo. cuarenta mil personas. Todo un hit. Pero el máximo logro del festival fue que consiguieron lo imposible: hacer salir a los chilangos de la CDMX. También había mucho gringo. Morros que viven en la frontera a los que les queda más cerca Regiolandia que Dallas.

La reventa se puso dura. De mil cien a mil trescientos estaba la pedrada. Hay que aprovechar la festivalitis. Por fin Nuevo León despertó. Al parecer ya no están dispuestos a que la CDMX se quede con todo el pastel. Con el Machaca, el Pal Norte, el Nordside y el Hellow le entraron recio a la competencia.

Era la tercera ocasión que vería LCD. La primera fue en 2010. En la gira de This is happening. Desde entonces no han sacado nuevo disco. Lo que me hizo dudar. ¿Pan con lo mismo? Quiso la divina providencia que quedara a unos tres metros del escenario. Soportar la ñoñez de Weezer había rendido frutos. Apenas comenzó a sonar «Daft punk is playing at my house» recordé por qué amo a esta banda. El toque James Murphy se desplegó. Desde ese momento no paré de bailar la hora cincuenta minutos que duró el show de LCD. Brinqué más que cualquier millenial. Y sude el medio kilo de chicharrón de la Ramos que me había aspirado horas antes.

Cuando comenzó a «I can change» ya le había perdonado todo a James. Las declaraciones desafortunadas, que no sacara disco en siete años (está peor que yo con mi novela), y su sobrepeso. Entre Weezer y LCD se había presentado Kendrick Lamar en el escenario de a un lado. Por las pantallas atestigüé cómo el hiphopero se sentía muy salsa porque la gente se le había entregado. Los puso a perrear como sus muppets. Pero conforme LCD agarró velocidad con «You wanted a hit» se demostró quién era el capo del festival. Bajita la tenaza, sin alardear, James se metió en su papel de sacerdote y le calló la boca a Lamar y su repetitivo show. Lo borró por completo.

Para quien como yo había perdido las esperanzas en un material nuevo, James tocó tres rolas del nuevo álbum, American Dream. Las primeras dos, «Call the pólice» y «American dream», sonaron poderosísimas. Como lo mejor de LCD. Es un hecho. Están de vuelta. No están girando para sacar lana. Pese a su figura, Murphy está en forma. En «New York I love you, but you’re bringme down» me robó el corazón con su baile a lo hipopótamos de Disney. Qué ganas de picharle un atropellado de la Nacional.

«Home», «Dance yrself clean» y «All my friends» terminaron por robarnos el aire. Después LCD abandonó el escenario. Al Doyle sin camisa. Pinche sol de Monterrey de Alfonso Reyes.

No soy fan del happy end, pero no cabe duda que James la supo hacer. LCD Soundsystem está más pesado que nunca. Hay que reconocerlo: la magia obesa de James Murphy sigue intacta.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Imagen de monterreyrock.com

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