Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Despiece (fragmento) | Rodrigo Márquez Tizano

Recorremos un gran círculo. El odómetro agrega y la erosión va hinchándose a detalles. Damos vueltas, nada más, aunque igual en círculos es posible avanzar. No hay manera de que la carretera se delate a sí misma. Parece tan recta que podríamos ir hacia donde venimos. Cada dos o tres kilómetros hay un rastro de goma achicharrada que propone una nueva desviación. Poco después la huella de los neumáticos se pierde entre las dunas. Juliana cree que la rodada chica pertenece a vehículos con gente que quería morirse. La grande es de los que tenían esperanza de no morir y se murieron de todos modos. A lo largo de la acotación hay señalizaciones. Límites de velocidad, advertencias sobre mal tiempo o cruces de animales. Ningún atajo. Al centro, dividiendo ambos sentidos, una franja blancuzca y entrecortada, que no dobla ni se queda quieta. Aún esperamos dar con alguien a contra mano. En realidad sólo hemos visto coches detenidos, medio ocultos por las dunas. De los conductores ni rastro. Igual ahora pertenecen al desierto. Basta un solo grano de arena o millones: todo termina por ser desierto. Llevamos días así. Semanas. ¿Cuánto tardará la recta en revelarse círculo?

Asomó de pronto, entre la reiteración de salares y kilómetros. Digo cordillera como quien dice punto cardinal. Norte, por ejemplo. Juliana dice sierra aunque quiera decir norte. Hasta allá son doce horas, calculo. Como no logramos ponernos de acuerdo entre darle trato de sierra o cordillera, decidimos ignorarla, al menos hasta que la cercanía nos largue encima su sombra. Tarde o temprano llegaremos hasta donde nace el relieve. Luego el camino curveará. Cuando atravesemos sus pliegues y dejemos atrás el desconcierto espiral de sus desfiladeros, la cordillera habrá perdido su condición de norte. Podremos apreciar su magnitud real y sabremos de cierto si es sierra o cordillera y alguno tendrá la razón y dirá sierra o cordillera en tono de pequeño triunfo, con la seguridad que da no sólo tener razón sino haber demostrado al otro que estaba equivocado. Pasa seguido, tres veces por jornada, digamos, y sus efectos duran poco. Pronto volvemos a necesitar un destino, aunque sea provisional y no sepamos cómo nombrarlo. Avanzamos y no. Los círculos, de rodarlos con la vista en un punto fijo, dan náuseas. Hasta la base supongo doce, trece horas. Digo base aunque pude decir pie. Doce o trece horas, quizá catorce, qué más da una hora o decir pie o base, sierra, cordillera, si después no quedará más que abonarse a la imaginación.

Cuando la costa se manifieste habrá un desvío. Continuaremos bordeando el litoral y entonces podremos bajar las ventanillas un rato. En algún momento habrá que tomar un bote. No sabremos con certeza dónde hasta que lleguemos, porque apenas se alcanzará a apreciar un espejismo terroso a la distancia, de mediar luz buena, dice Juliana: si hay pocas nubes y la marea desmelena con holgura. La cúpula engaña al ojo humano e incluso al de las aves. En días soleados las parvadas se despedazan contra la superficie traslúcida del domo.

En ruta, la radio consigue sonar apenas como una densa recolección de interferencias. La aguja transita la barra del cuadrante sin ayuda, ida y vuelta, como empujada por imanes. Cuando avistamos caseríos, en cambio, la distorsión se vacía en un crepitar bajito, casi inaudible. Hace días que ni siquiera la encendemos. Durante la fase optativa, cada media hora emitían en cadena nacional un anuncio que terminaba con la misma frase: «Reubícate: los tuyos son primero». Pasaron dos noches de carretera hasta que el wattaje amagó con ceder. Cuando la tercera terminó de iluminarse, el desfase del espacio radioeléctrico ya había tomado el control.

No creo en la existencia de la isla. Me lo repito cada mañana cuando despierto y frente a mis ojos no hay otra cosa que la interminable recta. No hay tal isla. No existe ni existió. Ni siquiera pueden recordar su nombre. A veces la llaman Isla Flandin, otras veces sólo isla. Es un archivo artificial, una memoria implantada. No existe pero conducimos hacia ella. Fucsia, hundida en el asiento trasero, cabecea al ritmo que le imponen los audífonos. Un mechón pintado de rosa le cubre los ojos. Es la única que sabe cómo llegar hasta allá. Pero hace días que no dice una palabra. El paisaje que no deja de repetirse, su hermana, yo, el nuevo mundo y el anterior: todo parece importarle demasiado poco.

Hubo incentivos, facilidades en los trámites. Aun así, casi todos decidieron quedarse. O esperar su turno en la Lotería de Reubicación. Vendrán más ciudades, pensé. Y saqué ficha. Vinieron, claro. Todas vacías. Otra y otra, siempre una más. En cada una fuimos dejando algo. Juliana encontró una libreta en la guantera. Decidimos anotar los nombres de los lugares que dejábamos atrás. Establecer un orden de ruta por si había que volver. Pero eran tantos. Tan uniformes. Al principio los nombres y las fechas celebraban la memoria de próceres conocidos y sus gestas. Pronto comenzaron a repetirse o los repetíamos por descuido, quién sabe. Fueron perdiendo sentido. Llenamos páginas enteras con letras y números que al avanzar, parecían formar parte de un alfabeto desconocido. Cada nombre en la bitácora improvisada se volvía más absurdo que el anterior, y la relación entre poblaciones y horas de viaje no cuadraba con la de nuestra memoria. Cuando conseguimos el coche acordamos turnar el pilotaje, Juliana y yo, cada cuatro horas. Antes si la máquina precisa recargar o alguno siente las sienes pesadas. Pero manejar alivia. Puedo pasar hasta diez horas al volante antes de pensar cuántos kilómetros caben en diez horas. La fatiga puede medirse pero el hartazgo no. Tampoco sana. Propone rotar, Juliana, y niego con la cabeza. Entonces sigue hablando de la isla. Sobre el ojo de mar y su agua verdosa. Sobre la gente que la habitó.

Hubo otros. Y antes que ellos otros más. No sabemos con certeza cuántos pueblos se asentaron antes de que desembarcaran nuestros abuelos, pero un par al menos. El profesor Flandin, un arqueólogo que formó parte de la primera expedición, dirigió la pesquisa. La isla llevaba al menos tres siglos deshabitada. Encontraron vasijas de barro y ceniza, pedernales con filo, escenas religiosas pintadas en los muros. Lo que se encuentra en la tierra que ha sido de otros, nada fuera de lo común. Dividieron en dos eras los hallazgos, distanciados por el descubrimiento del fuego y la fundición de metales. Formaron incluso un museo dedicado a la evolución de las culturas endémicas. Se llamaba así, Museo de las Culturas. Después de un tiempo, Flandin y su equipo cambiaron de parecer y propusieron que los utensilios fueran clasificados entre originarios y foráneos, pues según el avance de sus investigaciones, no pertenecieron a la misma gente y, por lo tanto, el verdadero desafío radicaba en descubrir las causas de ambas extinciones. La teoría de una conquista fue desechada casi de inmediato. Al parecer, entre las últimas pruebas vitales de los habitantes originales y los segundos colonos hubo un espacio de casi dos siglos. La hipótesis de Flandin se basa en que las herramientas más recientes están fabricadas de materiales que únicamente pueden ser hallados en el continente.

Pudieron haber navegado hasta ahí, ¿no?

Catalogaron construcciones, tabernáculos, hornos y efigies, todo salvo embarcaciones. Si las tuvieron fueron destruidas y no quedó rastro.

Quizá quemaron las naves.
O volvieron al continente de una buena vez. Volvieron y no quisieron saber más de aquel lugar.
Tal vez no supieron cómo regresar.
O no pudieron.
¿Por qué no me habías hablado nunca sobre este lugar?
No volvamos con eso. ¿Sabes cómo rebautizaron el museo, cuando se adoptó la segunda teoría de los arqueólogos?
No.

Museo Flandin. Era una porquería, con dos salitas. Lleno de polvo, desatendido. Lo único que valía la pena eran las minas.

¿Cómo así?

Explosivos de proximidad. Unos dispositivos antiguos, precarios, sembrados por toda la isla. Su localización era muy irregular. Los mayores tardaron años en rastrearlas todas. Murieron algunos y otros tantos perdieron piernas o brazos. De todos modos, siempre quedó el miedo de que quedaran más bajo tierra. Me acuerdo: de chica escuché varias estallar a lo lejos, en medio de la noche. Los mayores lo negaban, pero estoy segura.

Entonces, llegamos, ¿y luego?
Luego nada. Primero hay que llegar.
Sí.
Allá el aire es distinto. Aire bueno. ¿Verdad, Fucsia?

Encontramos animales muertos tirados por la carretera cada vez con mayor frecuencia. Eso significa que nos acercamos a un asentamiento.

Tal vez no se acuerda, dice Juliana. Era aún muy chica cuando nos mudamos.
Quiso decir: tal vez esa zona de su memoria haya sufrido daños irreversibles.
Pero no dice. Comienza a hablar sobre lo que significa crecer en una isla.
¿Cuándo habrá sido su última actualización?

Del calor habla también, Juliana. Del sistema geotérmico que mantiene la temperatura al interior del domo, del equilibrio perfecto entre flora endémica y mecánica que vamos a encontrar cuando lleguemos. Pierdo el hilo en cuanto menciona algo sobre los módulos nanofibrosos del domo, pero sigo mirándola sin interrumpir. Enumera datos con tal exactitud que por un momento se me antoja pensar que no ha perdido la razón.

Tomamos una calzada, otra más. Juliana hace maniobras para esquivar los autos detenidos. Algunos se han quedado con las puertas abiertas, otros parecen no haberse movido en décadas. Una fina capa de ceniza, casi inapreciable, envuelve las carrocerías.

Luego me pregunto si en verdad el aire allá se podrá respirar sin riesgo.

De detenerse no hablamos. Coincidimos en que no pasará mucho tiempo para que instalen los retenes.

Otra ciudad. O el costillar de una ciudad, es lo mismo. Juliana conduce con somnolencia por las calles vacías. Me pide la garrafa y se la alcanzo. Luego saca de su vosa una pastilla azul, la coloca entre sus labios y bebe. La periferia es vasta y parece interminable: multifamiliares levantados en desorden, ropa desteñida bandeando en onderas, envolviendo las ventanas: mecates, ganchos, telas, bastidores tornasolados, unidos por fuerza a los barrotes de torpe soldadura: más abajo, las bardas con letras gruesas pintadas en colores hipnóticos, rodeos con fechas caducas o imposibles, entre tabiques de paja y arcilla: el quince o el dieciséis, pongamos, del mes próximo, de un año que probablemente no llegue, o mejor aún, de un año que no va llegar, se habría presentado Agrupación Galaxia como cabeza de cartel: y luego, por encima del vidrio cortado y del alambre vencido por las ramas de un árbol, el cablerío anudado en conexiones complicadas, sin resolución. Miro la ciudad por última vez.

Pero ésta no es la ciudad. No es más la ciudad.

Pienso entonces si alguna vez lo fue.

Avanzamos con la rapidez máxima que admite el pavimento estropeado por las inundaciones. El amortiguador se estampa en hueco al tocar un bache. Cada golpe estremece la carga con mayor potencia y siento las rodillas de Fucsia apuntalarme la espalda mientras se acomoda. Al olor de cuerpos encerrados y plástico envejecido se une el del azufre: Fucsia lleva entre las manos una cajita con cerillos que enciende de vez en cuando y luego sostiene con cuidado hasta sentir la llama en la punta de los dedos. Sólo entonces sopla.

A través del vidrio consigo apreciar la composición del rumbo, idéntica en cada distrito de los alrededores: torres de luz, guirnaldas, lodo. Aquí Agrupación Galaxia va a presentarse el diecisiete y dieciocho de ese año entrante del que ya he contado.

La neblina del atardecer se enrosca con paciencia sobre las cosas.

No veo más edificios: las chabolas se apilan hasta alcanzar alturas importantes, como rascacielos de quincha crecidos al azar, quebrados o por quebrarse, desafiantes al sentido común de los pesos y medidas. Guirnaldas y lodo. Los objetos van comunicándose entre sí, poseen una consecución lógica: para nosotros esa información pasa inadvertida.

Aún hay coches circulando por las calles, pero muy contados. Casi todos subieron a los autobuses, dice Juliana. Ni un niño. Mujeres, sólo viejas. Sin familia o chambadas por la demencia.

Al fin nos acoplamos a una fila. Avanzamos contando los milímetros en dirección a un retén que no alcanza a descubrirse. Revisan papeles e inspeccionan las cargas en busca de contrabando. Todo es contrabando ahora, pienso. Fucsia está conectada al sistema eléctrico del coche, que trastabilla cuando Juliana tarda en pisar el clutch. Tras el cristal observo a los conductores estacionados a los lados. Pruebo un juego para sobrellevar la monotonía: distinguir a los que se van de los que no. Es un juego sin sentido, pienso, porque resulta fácil diferenciarlos. Actúan a mi favor la expresión de sobresalto y los bultos adosados a la canastilla.

Los que decidieron quedarse dirigen hacia la caravana miradas de desconfianza y reproche. Se sienten engañados pero tienen miedo. Entre ellos comparten la teoría de la maquinación. Algo o alguien, un grupo con poder inmenso: templarios o reptiles. Hay un tercer grupo, los que quisieran irse pero están anclados. De cualquier modo se subleva en su interior un temor hondo cada vez que escuchan el sonido de un par de neumáticos tomar la carretera para perderse tras las torres de luz.

Dice Juliana: no hay que confundir la valentía con estupidez. Sin embargo para mí tampoco vale aventurar juicios sobre el arrojo. He aquí, entre nosotros, un enemigo invisible y no es la prudencia lo que nos empuja a marchar.

¿Qué habrías hecho tú? ¿Meterte en uno de esos camiones?
No sé. No sé qué habría hecho.
Es una pregunta estúpida, ¿no?
Hablamos entonces de un instinto territorial: el del animal asediado.
Casi todos, agrega Juliana, son hombres solos que enviaron a sus familias en los autobuses, esta misma mañana o ayer. Saben, en el fondo, que la Lotería de Reubicación es un fraude.
Asiento sin hablar, con la cabeza.
Pienso que es mejor sintonizar la radio: para enterarnos de los últimos sucesos y zanjar la escasez de respuestas.

Así se lo hago saber mientras aparto la vista hacia un guacho caminando al otro lado de la calle. Arrastra un carromato colmado de botellas, envases, recipientes, todos de agroplástico. Lo miro atravesar un descampado y luego alimentar el fuego que nace de un tambo tan negro como él, al centro del terreno. Es una flama artificial, azulada, idéntica a la de un soplete, que se aviva conforme devora los objetos y desprende unas chispas celestes, casi blancas, como moscas en negativo. El guacho va cubierto por mantas y un barbijo de tela gruesa le esconde la bemba. Es invierno. Siento el frío del exterior a través del vidrio hasta que lo veo introducir un pulmón de nihonio al tambo, entonces la llama asciende dos o tres metros más y es entonces cuando reparo en la oscuridad, por mera asociación. Las partículas de agua helada se condensan alrededor del fuego en una rotación liviana, blanquecina, visible sólo contra la lobreguez uniforme que intensifica los bordes del azul plastificado.

Las volutas y las chispas se acoplan sin prisa al cuerpo anochecido de la niebla.

Pronto será de noche y aún los balastros no dan muestras de actividad. Habrá que acostumbrarse.

Mientras las llamas se hacen con el plástico, un grupo de hombres, cinco o seis, las bocas tras los mismos paños azulones, se arremolinan junto a la hoguera para encontrar calor. El guacho los recibe y les ofrece mantas. Niegan, pero él insiste.

Se preparan para el frío.

Juliana enciende el aparato, por probar. Al zumbido quedo lo ha suplantado un locutor con voz de pergamino que informa de los cortes energéticos en el distrito. Recomienda también cerrar las llaves de paso, puertas y ventanas, antes de dirigirse al punto de reunión asignado a cada zona. Es ahí de donde corren los camiones.

Suena después un comercial de antiácidos, luego una grabación que anuncia la hora, la temperatura y las siglas de la frecuencia.

Lleva razón, en parte, Juliana: si el mundo se normaliza, ellos no formarán parte de él. Pero entonces llegará una nueva oleada de guachos.

¿Quién va a recolectar sus cuerpos? A los guachos los suplantan guachos. Vendrán del sur. O quizá hayan instaurado para entonces, y si la pertinacia paga, un nuevo orden social o biológico.

Yo los observo andar como confundidos: acopian alimentos que no caducan. Algunos más utilizan mangueras para sorber el combustible de los autos que han quedado sin dueño. Consideran, tal parece, la posibilidad de que el invierno se prolongue.

Dos guachos beben tereré sentados frente a un pórtico. Comparten la bombilla sin aparente temor. No tienen nada que perder, pienso. ¿Qué tenemos que perder nosotros? Otros tantos, lo sé, nos observan sin ser vistos, desde la penumbra de sus casas de adobe.

Despierto y pongo la mano en mi bolsillo. No hay necesidad, porque he dejado de fumar y los teléfonos no sirven. La llanura se extiende hasta donde la vista mengua. Tardo en comprender el cuadro del cual formo parte. En responderme qué hago allí en medio del campo, encajonado en un coche y con el cuello torcido. Tampoco es sencillo reconocer a la mujer que duerme sentada a mi lado. Pienso: aun si las líneas telefónicas funcionaran, nadie contestaría mi llamada. Pongo la mano en el bolsillo por ser ese el reflejo del fumador ante el día que comienza. Y porque me quedo mirando las colillas al borde del camino, entre el cascajo y un amague de yuyo ralo, amarillento. Juliana vuelve en sí henchida de bostezos, dice algo sobre la inseguridad de dormir en descubierto, se da vuelta y vuelve a amodorrarse. Fucsia parece un cadáver, atrás, extraviada en tensión. De pronto pienso que sería más fácil si en efecto cargáramos con un cuerpo inanimado, en descomposición, un pedazo de carne que se tira cuando deja de servir. Pero su carne siempre sirve. Es carne, sí, pero no caduca. Juliana continúa hablando, entre sueños. Asiento sin escucharla mientras emprendo un inventario de objetos desperdigados en el camino (el más grande, un contenedor abandonado; el menor, la galaxia de colillas) y trato de sacar de mi cabeza la imagen del carozo de Fucsia.

Hubo una época en que para mí las colillas, igual que los huesos de fruta, regresaban a la tierra al apagarse bajo un zapato. Servirán de abono, pensaba: se desintegran bajo la tierra, o han de desaparecer sin dejar rastro, aunque en realidad carecía de opinión o postura al respecto. Me deshacía de ellas por mero reflejo. Juliana, en cambio, pensaba en la vida posterior de las cosas y en el tiempo que tardan en desaparecer del todo. Se llaman carozos, decía. No son huesos. Yo trabajaba en una incineradora con mi padre, acarreando desechos, prendiéndoles fuego. Las soluciones no tardan en aparecer, verticales y sencillas, cuando se trabaja en un lugar así.

Hablamos para no pensar. En realidad habla Juliana: yo me limito a dejar correr el ruido con tal de acortar la distancia entre nosotros. Es buen estímulo para comenzar la charla. A veces el único. Pienso: en unas cuantas horas he vuelto a acostumbrarme a su ritmo de nombrar el mundo. Un mundo nuevo, desconocido. Eso es ella para mí, en lo íntimo: no el significado de lo dicho, ni siquiera las palabras que escoge para articular sus pensamientos sino la sensación que provoca en mi cuero su música particular. Pero es ruido de fondo. Puedo escucharla y multiplicar mis diligencias. Pienso también en la incineradora. O pienso sólo en la incineradora, más bien. No consigo apartar la mente de eso. Quizá sea el único punto de referencia que aún conservo. Un norte, por decir. Juliana, sus palabras, parecen de  pronto tan sólo la cara visible de la memoria, más bien vaga, que guardo de aquellos días: avanzamos en círculos. A Juliana no la conocí hasta seis meses después del entierro de mi padre. Pero así anula los desfases del tiempo: con palabras. Aparece poco a poco, sin otra conexión que la rítmica: al principio como una noción primaria del recuerdo que aún no cobra forma: mi padre, vestido con un overol anaranjado, acerca dos dedos a su frente y luego los aleja hasta dejar sostenido el saludo a dos palmos, como imitando un gesto sardo; su cara, envuelta en la niebla de la sensación, no corresponde todavía a la de mi padre, pero aun así el gesto es inconfundible. Miro el retrovisor para verlo a él: primero mis ojos, enrojecidos desde el rabillo, luego a Fucsia, sumida en una nube de ruido blanco. Finge que duerme. Va a estar bien, cuchichea Juliana moviendo la cabeza, con un tono comedido, incógnito para mí hasta ahora.

Dijo que iba a alcanzarla.
¿Quién?
Jonás. Que iba a seguirla allá donde vamos.
Jonás está muerto.
No lo sabemos. Aunque es probable…
¿Y está al tanto?
Debe imaginárselo. Pero conserva la esperanza, que es peor.
Desconozco si un ser como Fucsia, pensada como último eslabón de la conservación, puede conservar precisamente eso.

También miro la línea blanca que delinea el pavimento cuando el coche se adelanta: en realidad es una sucesión de otras tantas. Podría parecer que es la línea la que nos persigue, y no el auto moviéndose sobre un trazo infinito. La recta apenas se interrumpe con curvas mínimas, simuladas, y refracta trozos de cielo a lo largo del camino. No son accidentes geográficos. Lo más probable: una labor de décadas. Un hombre, luego sus hijos y más tarde sus nietos, consagrados a trazar una simetría sobre cual se asiente el linaje. Mientras sobreviva la recta al constante paso de los vehículos y el tiempo, o al menos hasta que la misma sangre vuelva a marcar el trazo con idéntica probidad y pulso, el ancestro seguirá palpable. Pienso en ellos e imagino sus caras. Aun así, ninguna de esas caras consigue quedarse en mí.

Avanzamos al borde de un arroyo que no es más, tras una ruta de tren descontinuada hace más un siglo. La hierba rala y cenicienta se confunde con las orillas imprecisas del riachuelo que, casi seco, conserva un hedor a podredumbre a pesar de que el tiempo lo ha limitado a una franja de lodo, algas y latas vacías. Nadie recorre este camino. Desde el cruce, media hora antes, Juliana está en silencio. Jamás tardamos tan poco en decidir. Dijo: a pesar de la demora es menos probable hallar un puesto militar instalado en la carretera secundaria. Y entonces la tomamos. Luego no dijo más. Fucsia se niega a participar en la elección de ruta y tampoco es sujeto para repartir los turnos al volante. Lo que hace es revolverse atrás, estirar el cuerpo y rozar con los dedos de los pies el descansabrazos. Luego arquea la espalda. Cuando gira, sus rodillas se hunden en mi espalda. La siento viva al fondo, como un dolor mínimo. De pronto experimento una erección que disimulo cruzando las piernas. Busco sus ojos tras el pelo revuelto, el tinte rosa en el fleco. Busco, sobre todo, su comprensión fatigada. No doy, así que permanezco a la orilla, en la obviedad del rostro que comparte con Juliana. Es la misma sucesión de líneas: menos angular, sin años, pero igual. Como los caminos ocultos del desierto, ni hombres ni tiempo podrán alterarla nunca. Juliana se percata de mi búsqueda y retoma la cháchara. Toca su mejilla con una mano, sin pensar en ello, y la tersura que encuentra en ese gesto involuntario nos concilia, al menos por un momento. Busca algo entre el desorden de su vosa: la pastilla azul. Comienza entonces a relatar una historia sobre el mundo que acabamos de abandonar y evito poner atención. El camino, al frente, es generoso en curvas: de ningún modo, pienso, es más interesante que la estría justa y ancha de una autopista con cuatro carriles. Uno puede dormirse lo mismo. Noto de reojo las arrugas mínimas y el maxilar endurecido de Juliana. Percibe mi mirada recorriéndola. Entonces acelera.

Ilustración: Daniel Guzmán

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