Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Dos huecos | Lieke Marsman

entras al mar para aplastar las olas
buscas un nido seguro pero
haces estallar el territorio con dinamita

vas dando saltos como una forma de evadirte
te arrojas a lo profundo que resulta superficial
y te estrellas contra el fondo

te escondes detrás de la visibilidad
deseas que cada palabra sea su onomatopeya
y te das la vuelta cuando tropiezas

En ocasiones me parece triste para mi cama matrimonial que en los últimos diez años he dormido junto a alguien a lo sumo cien veces —y más de tres mil veces sola—. De hecho, ¿para qué compré una cama matrimonial? ¿Fue por hacerme una promesa a mí misma —la promesa de que en el corto plazo despertaría cada mañana con alguien a mi lado—? En todo caso, tuve la idea de que algo había cambiado fundamentalmente cuando arrastré el pesado colchón matrimonial a mi cuarto de estudiante, que medía unos doce metros cuadrados. Pero hubiera sido lo mismo si comprara un colchón inflable extra para huéspedes, porque tardaría dos mudanzas más antes de que sirviera de algo el colchón matrimonial.

No sé por qué pero, últimamente, cuando para vestirme agarro las prendas arrugadas de la silla en la que por las noches se acumula mi ropa y miro a la deshecha cama vacía, pienso a menudo en mis primeros días como ocupante de una cama matrimonial.

En ese entonces tenía unas expectativas altísimas, aunque no supiera precisamente de qué tenía esas expectativas altísimas. Tenía además ambiciones irrefrenables en el amor. Pero no sabía nada acerca de relaciones, mucho menos relaciones largas, ni del hecho de que incluso el enamoramiento mutuo disminuye al cabo de un tiempo.

Leo en una entrada de mi diario de este periodo:

Amo las posibilidades, pensamiento que justifico diciendo que es una empresa arriesgada: amar lo que es inseguro, dejar todas las opciones abiertas. Me gusta el no-saber, las regiones grises. Pero de entre todas las cosas, las que más me gustan son las montañas, y éstas son blancas: ¿qué hacer? Mientras tanto intento impresionar a seis mil millones de personas al mismo tiempo.

En el intento por averiguar hoy si alguna de mis expectativas se ha vuelto realidad, recuerdo una frase de Patricia de Martelaere, aparecida en su ensayo Para decir nada, o El traje nuevo del emperador [Om niets te zeggen, of De nieuwe kleren van de keizer]: «Por debajo de cada amante yace la cama vacía». Además de ser una frase bonita, es también una frase muy triste, pues expresa que la cama en la que se ha dormido juntos toda la noche, en el momento en el que tu amante regresa a su casa, o incluso si se levanta para ir al baño, tan sólo vuelve a ser tu propia cama vacía, y eso no lo puede modificar ni siquiera el amor de tu vida. E incluso cuando la cama pertenece a ambos, se encuentra en la habitación compartida, en el interior del departamento del cual cada quien paga la mitad de la renta, la idea básica es: consideramos a la cama como el lugar por excelencia en donde se vuelve real nuestro ideal de amor simbiótico, pero en  cuanto comienza el día, cada cual se va por su lado. Obviamente, lo anterior no implica que todo amor esté condenado a fracasar, pero sí deja en claro la gran medida en la que existe una distancia insalvable entre uno y su hermosa querida frágil que algunas mañanas deja una mancha de baba sobre la almohada. Esperamos que el amor nos haga fusionarnos con el otro, y concluir que se trata de un ideal inalcanzable produce, en efecto, tristeza. Sin embargo, concluir que algo es imposible también resulta tranquilizador. En este caso, hace que la ausencia de un amor así se convierta en algo mucho menos terrorífico, porque sitúa la causa del fracaso fuera de uno. Ni modo, digo, por debajo de cada amante yace la cama vacía, y cubro con determinación la parte de mi colchón no utilizada con mi sábana.

Pessoa ya observó: Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona está viva, que siente y piensa como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada.

No obstante, seguimos intentando comprender a la persona detrás de esta diferencia anónima, hacerla discutible, pronunciable. La mayor parte de la literatura trata sobre la manera en que nuestros amantes se nos escapan cada vez. (Anne Carson: «Who is the real subject of most love poems? Not the beloved. It is that hole»). Pero la lengua con que nos dirigimos a nuestros amantes para salvar la distancia con él o ella es tan arbitraria como este amante mismo. No es por nada que la frase de Patricia de Martelaere «…por debajo de cada amante yace la cama vacía» aparezca en un tratado sobre la lengua. De Martelaere compara a los escritores con amantes, porque así como el escritor intenta desesperado encontrar las palabras precisas para nombrar experiencias que no se pueden expresar con palabras por la simple razón de que las palabras son palabras y las experiencias son experiencias, el amante desesperado se da cuenta de lo siguiente: da igual si hubiera estado alguna otra persona en la cama. Quien piensa en la distancia entre sí mismo y su amante pierde la sensación de necesidad que acompaña a la idea de amar profundamente.

*

Tanto la lengua como el amor se encuentran con una discrepancia, un hueco: la lengua se ve confrontada con una distancia insuperable entre la palabra y la realidad, y el amor con la distancia insuperable entre el amante y el amado. Pero ambas cosas tienen más elementos en común. No sólo se caracterizan por un hueco, sino que existen gracias a ese hueco. Para el amor, vale decir que sin discrepancia no habría deseo, y el deseo es un requisito existencial para el amor, es la forma en que el amor se presenta la mayoría de las veces, ya se trate del urgente deseo físico experimentado en el primer encuentro con alguien, o del hecho de que todavía se desea el momento en el que tu mujer llega del trabajo después de treinta y cinco años de matrimonio. Si realmente nos hubiéramos fusionado con nuestro amante, cada relación con él o ella se volvería imposible. La lucha, la distancia entre los amantes, tiene una función clara: hace que el amor no termine, porque se pospone.

Si, a su vez, la lengua no estuviera fuera de la realidad sino que coincidiera exactamente con ella, se volvería igualmente imposible, porque también la lengua sólo puede existir en relación con esa realidad. La lengua siempre trata sobre algo, y quien quiere hablar sobre algo necesita ocupar una posición de outsider. E incluso podemos decir: las palabras que elegimos para describir el mundo a nuestro alrededor no guardan ninguna conexión necesaria con las cosas que buscan retratar. De esa manera, la fuerza propulsora tanto de la lengua como del amor, es un hueco.

*

El hueco del amor incluso se amplifica mediante el hueco de la lengua: principalmente las personas amadas aprovechan con gratitud el hecho de que exista siempre una diferencia entre lengua y realidad, una diferencia que les permite tergiversar las palabras de uno, y apropiárselas. Toda persona que alguna vez se ha enamorado sabe que en el amor hay una mayor probabilidad de falta de comunicación que en cualquier otra relación. Ello porque, al haber tanto en juego, tendemos a leer demasiado en las palabras del otro, a leer, de hecho, en esas palabras una realidad completamente nueva, y de este modo lo que dice la otra persona puede comenzar a llevar una vida propia. Del panadero y del carnicero podemos suponer que lo que dicen da lo mismo —cuatrocientos gramos de carne picada son cuatrocientos gramos de carne picada—, pero los amantes están inclinados a interpretar todo en su propio beneficio (o para su desventaja, y después, a través de alguna desviación, otra vez para su propio beneficio, como suele suceder en las peleas entre parejas). ¿Por qué? Porque es la única manera de hacer soportable el riesgo del propio sacrificio que acompaña al amor.

Además, nosotros mismos también tergiversamos nuestras propias palabras todo el tiempo: ocurre a menudo que buscamos explicar las frases con las que herimos a los otros, después de los hechos, de una forma que nos conviene. Conclusión: en cuanto digamos algo, lo pronunciado queda desprotegido para ser interpretado. Las palabras ya están desprendidas, y sólo se necesita recogerlas del suelo.

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En todo caso, a la lengua y al amor les gusta tomarse el pelo mutuamente. ¿Cuántas veces se sirve la lengua del amor como asunto, y cuántas veces el amante desesperado se dirige a la lengua como último recurso? En la primera frase de un poema de Eugenio Montale se expresa dicha relación de manera inmejorable:

No nos pidas la palabra que esculpa cada lado
de nuestro ánimo informe, y lo revele…

Las emociones son informes, por lo tanto no hay que esperar que puedan ser demarcadas con la lengua. Quien pretende hacerlo, cae pronto en el cliché: fórmulas de one size fits all —que en realidad no le quedan bien a nadie—. Quizá lo mejor sea estirar una manta hecha bola, tejer una telaraña verbal con la esperanza de que por una vez quede algún residuo de las emociones adherido al tejido.

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A menudo asociamos el deseo con la ausencia. Deseo a alguien porque poseerlo a él o a ella llenará el vacío dentro de mí. ¿Pero es el deseo verdaderamente la consecuencia de una ausencia en nuestro interior? La escritora y cineasta estadounidense Chris Kraus escribió que la base del deseo no es una falta, sino un excedente, un exceso de energía, pues considera que el deseo es como tener claustrofobia en el propio cuerpo. Cuando leí esto por primera vez, me recordé cuando tenía catorce años y devoraba libro tras libro en mi cuarto de adolescente, buscando desesperadamente algo para distraerme, un antídoto para la soledad, y también me recordé a mí misma unos años mayor, armando con mucha ilusión y ganas de vivir una cama matrimonial. En ambas ocasiones, me sentía como si hubiera demasiado en mi interior, y no una falta.

Esto último se parece a la experiencia del deseo: tendemos a decir que explotamos de tanto deseo, pero si fuera verdad que el deseo proviene de un vacío interior, entonces tendríamos que implosionar. En el caso del deseo provocado por la falta, el cuerpo es una cáscara vacía, algo que debe ser llenado por el objeto deseado, mientras que en el caso del deseo como exceso, se trata de algo que revienta. Entonces, la falta que provoca el deseo debe estar situada fuera de nosotros (cobra forma como el hueco del amor, amplificado por el hueco de la lengua). En nuestro interior no falta nada.

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¿Pero es en realidad una falta? En realidad, ¿quién ha dicho que el espacio entre los amantes les resulte molesto? ¿O que se trata de un espacio vacío? Si el hueco fuera un vacío, prácticamente no existiría nada que les impidiera fusionarse. ¿Pero entonces qué aspecto tiene? ¿Será como un cráter? ¿Y si algo queda en su interior, que será?

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Pienso que el hueco del amor no está vacío, y que más bien su influencia se amplifica por el hueco de la lengua, porque el hueco del amor consta del hueco de la lengua. Si formáramos un diagrama de Venn a partir de ambos huecos, el contenido del hueco del amor sería un hueco pequeñito dentro de un hueco más grande que lo engloba. La distancia entre dos amantes consiste en el hecho de lo que sienten el uno por el otro, lo que realmente sienten, cuestión que nunca se puede expresar tal cual es. La distancia entre tú y tu amante se muestra de la manera más clara en la forma en la que él o ella interpreta lo que le dices, pero sobre todo en lo que quisieras decir, y tuvieras que decir o, incluso, en lo que hubieras querido decir, es decir, todas las palabras no expresadas que influyen en los hechos en la manera en que te comportas con respecto al otro, pero de las que el otro jamás se entera. Al mismo tiempo, esa distancia también se expresa en la certeza de que, pase lo que pase, las palabras serán insuficientes. Si bien por un lado los amantes se beneficiarían con una lengua que dejara el menor espacio posible para la interpretación (¡que cada palabra fuera una onomatopeya!), por el otro, tal lengua haría imposible el deseo entre amantes. Además, una lengua así es inimaginable.

Sin embargo, precisamente por todo lo anterior es que nos sentimos más unidos con nuestro amante cuando no necesitamos de las palabras. Durante el sexo, por ejemplo, o justo después del sexo, cuando los amantes descansan abrazados sobre el colchón matrimonial y el hueco se reduce en ese momento a su expresión más pequeña. Por un instante, no se necesita de la lengua: un amor funcional es un amor silencioso. Pero en algún momento se hace necesario volver a hablar con el amante, dejar que crezca el hueco, porque sin el hueco no hay deseo, y etcétera. Así, aunque los huecos puedan provenir de la carencia, es exactamente la misma carencia la que hace que podamos amar a alguien por más de una hora. De este modo, en el amor se llena el hueco una y otra vez, creando eso mismo que necesita para sobrevivir.

Es probable que tanto la lengua como el amor se puedan describir de manera igualmente acertada con otras metáforas muy distintas. Una montaña, un libro, un juego. Sin embargo, me gusta pensar en los dos huecos cuando me quito la ropa por la noche, y coloco las prendas una a una en la silla con ropa acumulada, para después arrellanarme debajo de la sábana para cama matrimonial, y concluyo con satisfacción: este hueco es por el momento un nido seguro. En mi interior no falta nada.

Traducción de Joep Harmsen

Ilustración de donDani

El título original del ensayo en holandés es «Twee gaten», y fue publicado en la novela Het tegenovergestelde van een mens, publicada por Atlas Contact en 2017.

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