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¿Por qué leer la biografía de un músico? Algunas respuestas obvias e inmediatas: porque me gusta su música, por el peso histórico de su aportación como artista, porque articula el retrato de una época o un momento de cambio específico en el mundo. Pero, ¿qué hacer cuando la biografía le pertenece a un músico que en tu mente es la viva representación de lo anodino, un músico que ha acompañado el desarrollo de tu educación sentimental-musical como una especie de eco indeseable que invoca el new age más superfluo y aburrido? Tanto qué leer, tan poco tiempo para hacerlo y uno ¿de verdad va a dedicarle el equivalente en tiempo a casi quinientas páginas de lectura para leer las peripecias de un cristiano, vegano, cincuentón? Oh, peligrosa es la ignorancia cuando se reviste de autosuficiencia y pretensión. Porcelain de Moby es una de las biografías musicales más fascinantes, entrañables y divertidas que he leído jamás. Un libro honesto y conmovedor, labrado a partir de la generosa y punzante mirada de un hombre incapaz de esconderse detrás del autoengaño y dispuesto a atender las zonas más oscuras de la psique con tal de extraer de ella el registro incandescente necesario para representar el ardor que ha caracterizado su vida. Porque incluso cuando se presenta como un hombre que se pone a rezar con su novia para lavar el pecado de la tentación carnal, vemos la convicción de un hombre sin tiempo para especular, embistiendo siempre de frente, tratando de desovillar el nudo trágico de su precaria condición existencial.

Infectado por el virus de la música desde muy temprana edad (a los doce trabajó como caddie sólo para reunir los diez dólares suficientes para comprar el Heroes de David Bowie), el viaje de Moby muestra el ascenso meteórico (no sin descalabros igual de escarpados) de un hombre que empieza su relato describiendo el sitio donde vivía como okupa en una fábrica abandonada a 65 kilómetros de Nueva York, sin baño (meaba en botellas y se bañaba en un club deportivo una vez por semana), hasta conquistar la escena de las fiesta tecno, dance y sobre todo rave, no sólo a lo largo y ancho de los Estados Unidos, sino pasando por todas las grandes capitales europeas. Pero ese no es el único viaje que se relata: de manera paralela, como perfecto contrapunto de esta historia del self-made man que se yergue desde los basureros, las zonas en las que el ruido de fondo combinaba balaceras con gritos de dealers, con gallos cacareando, con rap y hip-hop a todo volumen, hasta compartir escenarios con Patti Smith, programas de televisión con New Order y Phil Collins o giras con los Red Hot Chili Peppers, los Flaming Lips o Aphex Twin, se cuenta la historia de un hombre en lucha permanente por encontrar su lugar en el mundo.

En Porcelain, tan valiosas son las anécdotas que pueblan el libro —como aquella vez que un vecino se arrojó de la ventana del departamento superior al suyo y la única atención que consiguió fue que le ordenaron que se «callara el puto hocico» mientras gemía moribundo en el suelo, o aquel roomate pirómano que estuvo a punto de incinerar el departamento mientras todos dormían, o cuando se escapa a Atlantic City con su novia stripper en un delirio alcohólico de varios días, o aquella ocasión en la que una dominatrix lo contrata por un dólar para participar en una escena sadomasoquista con un millonario obeso, o aquella noche en la que por golpear la mesa donde estaba su tornamesa hizo que saltara uno de sus discos, arruinando la improvisación de uno de los raperos del momento, estropeando, básicamente, la euforia colectiva, o las múltiples noches interminables de sudor, escape y drogas en pistas de baile en todo el mundo—, como igualmente valiosos son los momentos de especulación en los que nos asomamos al complejo y hondo trasfondo espiritual e intelectual de un hombre que, tras observar a una ristra de hormigas en procesión, echa a andar una reflexión sobre la manera tan compleja en la que se fue construyendo su andamiaje espiritual:

Nací en un hogar espiritualmente esquizofrénico, pero no estricto. Mi madre era una cristiana que se volvió una especie de panteísta espiritualista tradicional de Connecticut y empezó a interpretar el I Ching. Tenía una reproducción de Krishnamurti junto a la cama y, de vez en cuando, iba a que le echaran las cartas y a algún desayuno espiritual el Domingo de Ramos. De hecho, creo que se llevó una decepción cuando me convertí en un temeroso cristiano de trece años.

Tras dejar el grupo de jóvenes y descubrir el punk, me proclamé agnóstico porque me parecía una actitud elegante y poco comprometida. Además, mis héroes literarios del siglo xx eran ateos o agnósticos como Sartre y Camus, y quería que sus creencias fueran la base de las mías. En la universidad, estudié Filosofía y leí textos sobre el budismo, el escepticismo, el agnosticismo, el ateísmo y un montón de «ismos» más, todos diseñados para determinar nuestro lugar en el universo. Cuando salí de la universidad y me fui a vivir con una madre panteísta que interpretaba el I Ching, ya me había convertido en un confuso y escéptico chico de barrio agnóstico-taoísta-existencialista-panteísta.

Luego, en 1987, un amigo logró que leyera el Nuevo Testamento. Me senté en la sala de mi madre, leí el Evangelio según San Lucas y me transformé de nuevo en cristiano. Cambié mi agnosticismo por la fe, y durante los últimos años de la década de los ochenta, me dediqué a ir a la iglesia y a retiros espirituales, proclamando alegremente que Cristo era el Dios de todo el universo. Incluso descubrí héroes nuevos y ostensiblemente cristianos como Kierkegaard, Walker Percy y Flannery O’Connor.

Como escenografía para esta apasionante historia se encuentran un lugar (Nueva York) y una época (las últimas décadas del siglo xx) que han ido sucumbiendo ante el huracán neoliberal que todo arrasa con su paso. La ciudad de Moby era una llena de basura y olores a orín, una ciudad peligrosa y violenta, era la ciudad del crack, los asesinatos y el temor a mitos urbanos que proyectaban a niños inyectando a paseantes con el virus del sida. Pero también era una ciudad viva e impredecible. Una ciudad sin descanso sacudiéndose al ritmo de formas musicales siempre cambiantes, de fiestas interminables con una irredenta vocación por defender el derecho a hacer de la vida lo que a cada quien le dé su chingada gana. Es también un espacio decadente que comienza a prefigurar la orbe prepotente, de aparador que es hoy en día. Un territorio donde homeless convivían en el mismo espacio que brokers, donde club kids, new wave, drag queens, swingers y voguers trasegaban las noches sin fin, una ciudad que permitía que un dj desconocido, recién llegado de una remota población en Nueva Inglaterra, pudiera permitirse compartir un apartamento en el Bajo Manhattan con su sueldo casi clandestino. Nueva York era una ciudad repleta de tiendas de discos como Vynilmania en donde se reunían pincha discos y posesos del mundo de la música a escuchar los nuevos lanzamientos de nuevos y nuevos géneros. Nueva York a finales de los ochenta, principios de los noventa era una de las ciudades más jodidas pero también más apasionantes de los Estados Unidos.

Parado sobre un puente a un costado de una fiesta sobre un barco, a las afueras de Bruselas en donde Moby debía tocar, el músico-escritor nos relata la siguiente escena: «Me detuve junto al río y me pregunté qué pasaría si me lanzaba al agua y desaparecía. No estaba triste ni deprimido. No quería morir. Quería saltar al agua para que la corriente me arrastrara hasta el mar. Estar vivo era bonito y, en general, interesante; pero había algo intensamente atractivo en la idea de dejarse llevar y hundirse en las oscuras aguas. Desde un punto de vista existencial, todas las decisiones eran arbitrarias. ¿Quién era yo para afirmar que entendía un universo de quince mil millones de años? Y, en consecuencia, ¿cómo podía decir que lanzarse al agua era mejor o peor que no lanzarse?». Ante dicha disyuntiva, Moby, como Butes, el argonauta que se arrojó de la barca para ir hacia el canto de las sirenas, prefirió casi siempre lanzarse. En ocasiones fue arrastrado y casi sepultado por corrientes subterráneas, en otras tantas ardió en éxtasis y satisfacción. De lo que nadie podrá juzgarlo tras leer su apasionante biografía es de haber rehuido al ejercicio de ese verbo tan difícil de comprender que es vivir.

Porcelain-portadaPorcelain. Mis memorias
Moby
Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez
Sexto Piso Realidades • 2017
480 páginas

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