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El acto final | Morris Berman

Para quienes tuvimos ocasión de presenciarlo, resultaba absolutamente increíble que Richard Nixon, que era un hampón de poca monta, paranoide con el tema del comunismo, pudiera convertirse en presidente de Estados Unidos. Y el daño que le causó al país fue inmenso: la matanza de estudiantes en la universidad de Kent State, el desastre del sureste de Asia, Watergate y demás. Con Nixon nos convertimos en un país diferente, difícilmente mejor.

Y después vino Reagan. ¿Quién podía imaginar que ese cabeza de chorlito, como lo llamó Philip Roth, ese actor de películas de segunda, pudiera llegar a la presidencia? Pero ahí estaba, con una teoría económica simplista que dramáticamente incrementó la brecha entre ricos y pobres, un presupuesto que triplicó la deuda nacional y dilapidó miles de millones en gasto militar. Al igual que el caso de Nixon, su presidencia fue otra espiral descendente de la que en realidad jamás nos recuperamos. Su legado de destrucción nos acompaña hasta la fecha.

Pero con Trump, bueno, en realidad nos encontramos en el último aliento. Los últimos años del Imperio Romano produjeron, como emperadores, a individuos que eran poco más que malas bromas, incluidos imbéciles y niños. Y nos encontramos en un lugar parecido. El actual ocupante de la Oficina Oval es un personaje que parece extraído de las caricaturas: un hombre sin experiencia política, ni cualidades para ser presidente; que porta un corte de pelo ridículo; un bruto vulgar que, sin embargo, es la culminación lógica de cuatrocientos años de oportunismo: representa lo que Estados Unidos es finalmente, de manera abierta. Como solía decir el comediante George Carlin, nuestros líderes son representativos de lo que somos. No descienden de Marte.

En retrospectiva, queda claro que Nixon y Reagan fueron ensayos para el Acto Final. Tampoco estaban calificados para ser presidentes, y el caos que ocasionaron en Estados Unidos y en el resto del mundo lo demuestra. Pero Trump se encuentra en una categoría diferente, porque parece casi surreal, un error de una magnitud diferente que el de Nixon o Reagan, por grotescos que hayan sido. Trump representa un reality show que adquirió una importancia desproporcionada, y es probable que el daño que inflija a la nación sea mucho mayor. Parafraseando a T. S. Eliot, los Estados Unidos no terminarán con una explosión ni con un lamento, sino con una mala broma.

Y es hasta cierto punto normal. Ninguna civilización dura para siempre, y es claro que nuestra hora ha llegado. ¿Qué somos ya, realmente? Una máquina bélica genocida, dirigida por una plutocracia, apoyada por una ciudadanía que tiene la sofisticación política de un niño de cinco años. Somos una nación tan cruel que, en algunos estados, es un crimen alimentar a los indigentes, y en la que la policía a menudo acribilla a civiles desarmados. Somos una nación donde la tortura es legal, y donde el gobierno tiene el derecho de eliminar a quienquiera que no le agrade: incluidos ciudadanos americanos en territorio americano. Somos un país en donde la comunidad y los lazos fraternales escasean mayoritariamente, donde nadie confía en nadie, y donde las relaciones cotidianas se caracterizan por ser una competencia feroz. Y en el que la izquierda no dedica sus esfuerzos a las relaciones de clase y poder, como solía ocurrir, sino al lenguaje políticamente correcto, y a batallas legales acerca de quién tiene derecho a utilizar los sanitarios transgénero. Así que, ¿qué queda hoy de los Estados Unidos, donde la «democracia» no es sino una fachada, un caparazón vacío?

Entonces, para decirlo de otra manera, Trump es la personificación ampliada del karma que nos corresponde, el agente perfecto para nuestro Acto Final. Se trata claramente de lo que Hegel llamó un «individuo histórico mundial», un pararrayos para aglutinar las principales tendencias que definen a nuestra época. Bien podría ser el caso de que para cuando haya terminado con Estados Unidos, ya no quede mucho más por finalizar.

¿Quién habría podido adivinar que Dios, o la Historia, o el Zeitgeist tendrían un sentido del humor tan perverso?

© Morris Berman, 2017
Traducción de Eduardo Rabasa

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