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El amigo y el editor | Emmanuel Carrère

Paul fue mi editor durante treinta y cinco años, fuimos amigos durante treinta y cinco años. Esa amistad a veces fue tormentosa, siempre íntima: no sabíamos todo el uno del otro, pero sabíamos mucho. Hablábamos menos de libros que de películas, y menos de películas que de la vida, pero me gustaba la forma en que sus ojos brillaban cuando le llevaba un manuscrito. En general, hacía muy pocas correcciones: era un editor poco impositivo, un compañero más que un patrón, un hermano más que un padre, una figura de libertad más que una autoridad. Desde hace mucho tiempo, aun antes de que se conocieran, soy amigo de su mujer, Emmelene Landon, pintora y escritora, que salió gravemente herida del accidente, y en quien pienso a cada instante en estos días terribles. Era el primer círculo, el pequeño puñado de personas con las que hice la travesía de la vida. De forma infantil, y a pesar de nuestros diez años de diferencia, estaba persuadido de que Paul estaría aquí hasta el final, que él moriría un día en su escritorio y que sería un día lejano, improbable. Él, creo, pensaba lo mismo. Le hacía falta tiempo, para amar a Emmie, para descubrir nuevos autores, para hacer cine, que era su segunda pasión, y él creía instintivamente que ese tiempo le sería acordado. Entre su primera película, Sablé sur Sarthe, Sarthe, y la última, Editor (me gustan esas dos películas como me gustaba él, y por las mismas razones), giró en torno a un proyecto de película sobre la muerte. Sí, sobre la muerte, y sobre el miedo que le provocaba, lejos de toda indiferencia filosófica. No tuvo tiempo de verla llegar, no sé si eso en lo absoluto está bien, pero él, tal y como yo lo conocía, era lo que le hubiese deseado.

Traducción de Ernesto Kavi

Ilustración de Álvaro Cicero

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