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Por Eduardo Rabasa

En el poema de Baudelaire, «Los ojos de los pobres», un joven le escribe a su enamorada para reclamarle un incidente recién transcurrido: mientras departían esa tarde en la terraza de un estiloso café, situado en la esquina de uno de los bulevares que significaban la llegada de la modernidad parisina en el siglo XIX, un mendigo de edad mediana se aproximó con sus dos hijos pequeños, para contemplar con resignada envidia el interior de un sitio en el que por su condición social jamás podrá participar. Al buscar refugio en los ojos de su amada frente a la culpa que lo devora, el joven encuentra tan sólo una indiferente respuesta: «¡No soporto a esa gente con los ojos abiertos como platos! ¿No puedes decirle al encargado del café que los eche de ahí?», lo cual suscita en él un ligero odio, pues es consciente de la insalvable distancia que separa a su sensibilidad de la de su mujer. Sin pronunciar palabra, el pordiosero y su familia parecerían decirnos que la condición para que la radiante pareja pueda desplegar su enamoramiento en público implica una serie de elementos que proporcionan o niegan tajantemente el acceso, y quizá por eso mismo el concepto de amor romántico en nuestros tiempos se encuentra casi siempre vinculado a los entornos afluentes que lo vuelven posible. Sin embargo, sería interesante preguntarnos por la propia historia de amor del mendigo: ¿cómo conoció a la madre de sus hijos?, ¿qué los hizo sentir atracción?, ¿cómo comparten el proyecto de vagar por las calles en busca de un sustento para su familia? En ese sentido, el poema de Baudelaire nos obliga a preguntarnos por la existencia del
amor al otro lado del espejo, sometido a condiciones que a la enorme mayoría de los ciudadanos respetables les quitaría las ganas siquiera de pensar en ello. En ese mismo sentido, Preparación para la próxima vida, la primera novela del escritor estadounidense Atticus Lish, es una especie de actualización del mismo tema, una historia que estira tanto como es posible los límites del amor al interior de submundos contemporáneos tan descarnados que como lectores nos ponen en la encrucijada sobre si sentir ternura, repulsión, o simplemente la más absoluta de las desesperanzas al asistir de primera mano al despliegue de una realidad tan brutal que sólo la precisa prosa de Lish permite que seamos capaces de comenzar a imaginarla.

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Como si hubiera perfecta correspondencia entre la novela y su contenido, la aparición de Preparación para la próxima vida fue en sí misma una historia de irrupción inesperada en la celebridad vía los submundos literarios: Atticus es hijo de Gordon Lish, el legendario editor y escritor, famoso por haber torturado a Raymond Carver hasta producir el inconfundible estilo cuentístico que crearía una escuela en la narrativa norteamericana. Atticus nació así
bajo un inigualable pedigrí literario, que incluyó datos como el hecho de que un muy amigo de su padre, llamado Don DeLillo, incluyera en su novela Los nombres un pasaje textual escrito por Atticus a sus escasos nueve años, con el correspondiente crédito al niño en los agradecimientos. Tras incursionar en Harvard, Atticus abandonó sus estudios para desempeñar trabajos como dependiente en la cadena de comida rápida Papaya King, guardia de seguridad en una fábrica de espuma», así como participar en dos peleas profesionales de artes marciales mixtas (ganó una y perdió la otra). Tras alistarse en el ejército y ser dado de baja honorablemente, se mudó con su esposa a dar clases de inglés
a una remota provincia en el noreste de China, antes de volver a Brooklyn para dedicarse cinco años a terminar la novela.

Una vez finalizada, Lish se encontraba decidido a abrirse su propio camino, así que no utilizó en absoluto los contactos o la influencia de su padre, razón por la cual terminó publicando en 2014 la edición en inglés con una pequeña editorial dirigida por un amigo suyo, llamada Tyrant Books, que previamente le había ya publicado un libro de dibujos. De inmediato se convirtió en un éxito de crítica y obtuvo premios como el pen/Faulkner Award for Fiction, y los derechos de traducción se vendieron para ser publicada en varios idiomas. Muy a la manera de los protagonistas de Preparación para la próxima vida, daría la impresión de que Lish hubiera preferido incluso que su magistral novela permaneciera inédita, antes que transigir en los principios que consideraba adecuados para darla a conocer al mundo.

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Zou Lei es una inmigrante ilegal chino-musulmana de la etnia uigur, que decide emigrar a los Estados Unidos vía México para escapar a la esclavitud legalizada de las fábricas chinas, donde «Si levantabas la cabeza, los jefes taiwaneses se aseguraban de que alguien te la bajase de un empujón. No tenían que pagarte. Descubrieron que eran emigrantes ilegales en su propio país. Así de grande era China». Tras moverse por varios estados de la Unión Americana trabajando en restaurantes de comida rápida, y ser arrestada y encarcelada por las autoridades migratorias, se dirige a Nueva York para perderse entre la marea indiferenciada de inmigrantes ilegales que trabajan en los bajos fondos. Zou Lei es una chica joven, atractiva, de una fortaleza física y espiritual inquebrantables: en mi opinión, uno de los personajes literarios más entrañables de tiempos recientes.

Su contraparte amorosa es el ex soldado Brad Skinner, recién licenciado del ejército tras dos turnos en la guerra de Irak, en donde debió cargar el cuerpo mutilado de su mejor amigo tras una explosión que los hirió a ambos, dejándolo con cicatrices físicas y mentales indelebles, que busca sofocar mediante la ingesta regular de tanto alcohol y drogas antipsicóticas como sea capaz de soportar. Si bien la figura del ex soldado que vuelve a casa después de la guerra ha sido ampliamente explorada en la literatura reciente, hay un rasgo de Skinner que destaca particularmente: es perfectamente consciente de su participación voluntaria en la creación del infierno del que ya no puede salir. En algún momento le cuenta a un desconocido en un bar las crueldades que infligían por sadismo puro, por diversión, a iraquíes vivos o después muertos simplemente porque su mayor poder se los permitía. Skinner es como la rasgadura del velo conformado por la bandera y otros nobles ideales democráticos, que nos permite contemplar que en la guerra de a pie lo que hay son simplemente hombres asustados, encolerizados, drogados, perdidos y confundidos, que al reintegrarse a la sociedad llevarán consigo eternamente ese estado al que la organización política del mundo occidental los arrojó: «Skinner era un enfermo mental que día tras día transitaba por la zona de combate agravando sus daños: cortes que no cicatrizaban, dolor de espalda, diarrea, pérdida auditiva, visión borrosa, cefaleas, calambres en las manos, insomnio, apatía, ira, tristeza, desprecio, depresión, desesperación».

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Si como dice Leonard Cohen «Love is the only engine of survival», el amor de Zou Lei y Skinner es todo menos rosa, constreñido como está por parte de ella por el hecho de ser la única esperanza que le permite seguir adelante, así como por el autodesprecio de Skinner que lo tiñe todo, ocasionándole episodios alternativos de rabia y gran ternura hacia Zou Lei, la única persona que se encuentra dispuesta a aceptarlo incondicionalmente dentro de toda su monstruosidad ambivalente. De la idea del amor como redención transitamos a la de que no hay redención posible, en el sentido estricto del término, más que en los momentos en los que logran crear burbujas frágiles que les permiten disfrutar de un pedazo de pollo y una Coca-Cola en un Kentucky Fried Chicken. Aun así, es principalmente el espíritu de Zou Lei lo que les permite navegar la borrasca tanto como sea posible, amparada en una especie de sabiduría ancestral que parecería obviar las vicisitudes de la vida contemporánea que van cercándolos sin remedio, obsequiándonos con pasajes de un lirismo contenido para que podamos tomar aire antes de continuar asistiendo al despliegue de la vida al interior de la cloaca:

La tierra entera viajaba por el cosmos. El cosmos se asemejaba a la estepa siberiana y la tierra era un jinete que la cruzaba. El jinete llegó al bosque de alerces donde los ancestros de Zou Lei cazaban renos y siguió cabalgando hacia el sur, a las praderas infinitas. Ella cabalgaba tras él y a su paso brotaban flores silvestres en la tierra color avena. El jinete llevaba una máscara de madera con un gran pico, para transformarse en halcón y encontrar el camino. Se acercaron a la ladera de un valle. Allí encontrarían prados verdes y manzanos donde cantaban los pájaros.

Y es que si al menos fueran dejados en paz para abrirse su camino a lo largo del submundo, quizá podrían encontrar algún tipo de respiro, pero una de las principales características de los submundos es que se encuentran poblados por criaturas deleznables como Jimmy, el hijo de la casera a la que Skinner renta el sótano donde vive en Nueva York. Si bien a lo largo de la novela no hace sino ir definiendo niveles distintos de la abyección, en una escena donde viola y golpea a una masajista china casi llegamos a aborrecer la capacidad que tiene la literatura para recrear de manera tan cruel y vívida episodios como aquel. De manera que conforme se aproxima el enfrentamiento entre Jimmy y Skinner se apodera de nosotros la sensación de que, cualquiera que sea el desenlace, habrá sido tan inevitable como anunciado, pues en cierto modo son dos rostros de una moneda desgastada que sólo funciona como moneda de cambio en los estratos a los que ambos pertenecen.

Ello porque, entre muchas características, Preparación para la próxima vida es una historia donde el actual discurso bélico y xenófobo, enmarcado en una sociedad consagrada al culto del dinero y la fama como valores estructurales, desempeña un papel narrativo crucial, pues nos permite contemplar sus efectos microscópicos en vidas individuales, en conciencias individuales, en voluntades individuales, llevadas hasta sus últimas consecuencias por la prosa de Atticus Lish, que en un memorable peregrinaje de Zou Lei condensa en una frase el aire de la realidad que los rodea: «Cruzó una autopista que le pareció como el resto de los Estados Unidos, una vasta carretera de hormigón que resonaba sin cesar».

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Atticus Lish
Traducción de Magdalena Palmer
Narrativa Sexto Piso • 2016
520 páginas

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