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El amor y la lengua | Darío Jaramillo Agudelo

*Leído en el Congreso de academias de la lengua, San Juan, Puerto Rico, marzo de 2016.

Que en un congreso de la lengua se proponga una mesa con el tema del amor, ineludiblemente lleva a establecer unas relaciones que, no por obvias o por salaces, deben dejarse de señalar.

Sin prevenciones, para una mente menos zumbona que la mía, el amor y la lengua pueden querer aludir a las palabras para decir el amor y, en mi caso particular, la expresión poética del amor. Sin duda más adelante me referiré a este punto porque el aspecto que quiero tratar antes es el lado lúbrico (y lubricante) del asunto: la lengua como instrumento del amor, la lengua que no está modulando palabras de amor sino la lengua, cómo decirlo, ejecutando el amor. La lengua que besa, la lengua que lame, la lengua que chupa, la lengua que explora.

Se me dirá que tal vez ése no sea el abordaje adecuado en un evento como esta reunión de academias que estudian la lengua entendida como lenguaje. ¿Será que el idioma sin palabras de la lengua utilizada como instrumento erótico no califica para este pomposo evento?

Pero no, hay un viso del asunto que lo acredita como tema en un congreso sobre la lengua, entendida ésta como medio para trasmitir palabras.

Se trata de lo siguiente, algo que se me ocurre llamar «el pudor del idioma castellano», cuya pudibundez es casi beatería, pues transfiere a otros idiomas los nombres de las faenas de la lengua utilizada como instrumento de goce.

Para precisarlo de una vez: salvo el beso, que tiene su palabra en nuestro idioma, quizás porque, como decía Juan Legido: «el beso en España lo lleva la hembra muy dentro del alma», salvo el beso, las más mentadas y deliciosas funciones eróticas de la lengua llevan su nombre en otros idiomas. Miné, fellatio, cunnun lingus son palabras sin equivalente exacto en español, que nos llevan a Francia y a la antigüedad latina para designar asuntos incorporados a nuestros más placenteros instintos sexuales.

La terminología que vincula lengua con la lujuria tiene una expresión genérica con entrada propia en la Wikipedia: sexo oral. Por puro reflejo de quien rindió tantos exámenes, el sexo oral suena como lo contrario a sexo escrito. Pero no.

Lo que quiero decir desde que empecé, es que el habla adopta expresiones de otros idiomas para designar los usos de la lengua como potenciador del sexo. Para esas prácticas parece no haber nombres en el castellano de la academia. Se pone uno a buscar y resulta que la labor de los labios y de la lengua sobre el órgano sexual masculino se llama felatio y la misma labor sobre el clítoris y la vagina también está bautizada con una expresión latina, cunnun lingus aunque también es llamada la miné. A propósito, en este contexto tengo que citarlo con regocijo, busqué en la RAE la definición de miné y me dio un significado que podría muy bien ser una metáfora de la miné como actividad de la lengua salaz: «abrir caminos o galerías por debajo de tierra».

Para ser justos, justos con la injusticia, debo reconocer que el diccionario de la Real Academia reconoce la castellanización de la felatio con la palabra felación, que define lacónicamente con cuatro palabras: «estimulación bucal del pene». Pero el Diccionario oficial comete una injusticia, una discriminación entre los sexos, pues ¿por qué se castellaniza la estimulación bucal del pene pero no se castellaniza la estimulación bucal de las intimidades de la mujer?

Discriminatorio y puritano, el castellano va atrás con respecto a las acciones eróticas de la lengua, necesita de antecedentes ilustres como el latín y recurre, Dios bendiga el habla del común, recurre, digo, a los localismos para expresar ese mundo lascivo y lujurioso del mismo instrumento del habla.

* * *

Dije que más adelante hablaría de la lengua, la lengua castellana, como expresión del amor. Si bien no pueden desconocerse otros temas, principalmente la épica y la mística, también es cierto que se podría construir una historia de la poesía en castellano con el único tema del amor.

Desde antes de que el castellano fuera un idioma, en el siglo XI, ya los poetas cantaban el amor, como Ben Suhayd de Córdoba: «besé el blanco brillante de su cuello; apuré el rojo vivo de su boca. Y pasé con ella mi noche deliciosamente, hasta que sonrieron las tinieblas mostrando los blancos dientes de la aurora». Y no solamente por su antigüedad sino también porque las voces principales han cantado al amor en castellano. Oigamos, si no, a Garcilaso diciendo: «por vos nací, por vos tengo la vida; por vos he de morir, y por vos muero», o a don Francisco Quevedo y Villegas proclamando que el amor va más allá de la muerte: «Alma a quien todo un dios prisión ha sido, (…) su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado». El mismo Quevedo dedicó un soneto a definir el amor:

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado;

es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado;

es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo;
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¡Mirad cual amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

Y la de Quevedo, entre los más grandes, entre los más clásicos, no es la única definición del amor. La de Lope de Vega es memorable:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Estando en Puerto Rico, a la hora de repasar las definiciones que hacen los poetas del amor, sería imperdonable no citar a don Pedro Florez, hijo de esta tierra, a quien se debe la definición que figura en Obsesión:

Amor es el pan de la vida,
amor es la copa divina,
amor es un algo sin nombre
que obsesiona a un hombre
por una mujer.

Más allá de las definiciones (o más acá, no lo sé), el mismo don Francisco de Quevedo escribe sobre un tema tan repetido en la poesía castellana que dio lugar a uno de los más hermosos ensayos sobre el tema que he leído en mi vida, El sueño erótico en la poesía española de los siglos de oro, escrito por don Antonio Alatorre. Es una manera de proponer relaciones íntimas argumentado que ya se tuvieron en sueños:

¡Ay, Floralba! Soñé que te… ¿Direlo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?

Las dudas del amor también son parte del mismo, desde la copla extendida a todo lo largo de la geografía del idioma —«contigo porque me matas y sin ti porque me muero»— hasta la hermosa manifestación de la más grande poeta de la lengua, Sor Juana Inés de la Cruz:

Yo no puedo tenerte ni dejarte,
ni se por qué, al dejarte o al tenerte,
se encuentra un no sé qué para quererte
y muchos si sé qué para olvidarte.

Y ella, la misma Sor Juana, expresa otro aspecto del amor, la evocación de ser amado:

Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

También americana, la del más grande, es la expresión de la lujuria que debemos a Rubén Darío:

¡Carne, celeste carne de la mujer! Arcilla
—dijo Hugo—, ambrosía más bien ¡oh maravilla!
La vida se soporta,
tan doliente y tan corta,
solamente por eso:
¡roce, mordisco o beso
en ese pan divino
para el cual nuestra sangre es nuestro vino!

En la misma línea otro grande, César Vallejo, dijo: «pienso en tu sexo. Simplificado el corazón, pienso en tu sexo».

La poesía amorosa no siempre canta. A veces llora, a veces maldice. Parte del amor, la más dura, la más envenenada, es el desamor. Ya casi para terminar, traigo dos ejemplos, el primero, el comienzo de uno de los más hermosos poemas de Pablo Neruda, el Tango del viudo:

OH Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
y habrás insultado el recuerdo de mi madre
llamándola perra podrida y madre de perros,
ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos,
[mis comidas,
sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún (…)

Pero, seamos equitativos, desamor no sólo lo expresan los hombres; una inmensa poetisa uruguaya Idea Vilariño escribió:

Ya no será
ya no
no viviré contigo
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
(…)
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

Ya es hora de terminar y sería injusto con ustedes, conmigo y con el tema, hacerlo de manera tan áspera; después de todo, además de serlo del bolero, somos también herederos de la telenovela, que exige el final feliz. Por eso, en un castellano demencial y hermoso, es bueno terminar con el inigualable Topatumba del argentino Oliverio Girondo. Y con ésta me despido:

Ay mi más mimo mío
mi bisvidita te ando
sí toda
así
te tato y topo tumbo y te arpo
y libo y libo tu halo
ah la piel cal de luna de tu trascielo mío que me levitabisma
mi tan todita lumbre
cátame tu evapulpo
sé sed sé sed
sé liana
anuda más
más nudo de musgo de entremuslos de seda que me ceden
tu muy corola mía
oh su rocío
qué limbo
ízala tú mi tumba
así
ya en ti mi tea
toda mi llama tuya
destiérrame
aletea
lava ya emana el alma
te hisopo
toda mía
ay
entremuero
vida
me cremas
te edenizo.

Foto «pearly whites» de sunshinecity @Flickr

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