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elArbol

Ernesto Kavi

A lo largo del tiempo, la Anunciación ha tomado diversas formas. La memoria del arte y de toda una civilización está marcada por la más hermosa de ellas. Una muchacha toma un cántaro, y sale de casa para llenarlo de agua. Junto al lago escucha una voz. Mira en torno suyo, a derecha y a izquierda, sin encontrar a nadie. Temblorosa, tira el cántaro, y el agua, como si se tratara de una secreta libación, se derrama sobre la tierra fértil. Vuelve a casa, toma la púrpura, y comienza a hilar. Es entonces cuando vuelve a escuchar la misma voz. Es un ángel quien le habla (¿con qué lengua? ¿cómo era su voz? ¿cómo la música de sus palabras?), y le anuncia que tendrá un hijo que, al nacer, redimirá a los hombres de sus faltas, los liberará de la culpa, y los aliviará del dolor. Es una escena misteriosa que el arte no se ha cansado de repetir, quizá porque ahí está cifrada la primera imagen de la vida. La muchacha parece menos asombrada por la presencia del ángel que por el anuncio del nacimiento de su hijo. Lo verdaderamente sobrenatural es la promesa del niño y de la maternidad, la promesa de un mundo completamente diferente del ahora conocido. Y podemos imaginar que todas las mujeres del mundo, al conocer la noticia de su embarazo, pensarán lo mismo que esa otra mujer que, en un remoto día, salió con su cántaro en busca de agua: que su hijo fue traído por un ángel, que su nacimiento es un milagro, que al crecer será justo y bondadoso y conocerá el amor, que protegerá a los débiles, y consolará a los otros niños del dolor.

 

La niña de oro puro repite esa escena inmemorial. Jessica Speight, una joven estudiante, navega con un grupo de antropólogos sobre las aguas de un lago en algún remoto lugar de África. Ahí observa a unos gráciles niños sobre sus barcas. Mira sus pies, y se da cuenta de que no son niños como los otros: sus dedos están unidos, y forman una especie de muñón dividido en dos. Tienen el pie hendido, caminan sobre una leve herida de nacimiento. Pero ellos parecen ignorar su deformidad, y siguen con sus juegos. Nadie más se da cuenta de la presencia de esos niños, ni de la extraña forma de sus pies. Sólo Jessica. Al verlos, no sintió lástima, tristeza o asco —como podría haberle ocurrido al resto de su grupo—, sino alegría, una inexplicable y profunda alegría que la perseguiría el resto de sus días, como si se tratara de una revelación, como si esos niños fuesen pequeños ángeles humildes y deformes que iban a su encuentro para hacerle una promesa. Años después, ya en Londres, al nacer su hija, fruto de una relación con un hombre casado, Jessica se daría cuenta de que todas las promesas cumplidas llevan consigo la felicidad, pero también una astilla de desgracia.

 

Cuando tratamos de hablar de seres extraordinarios —como lo son todos los seres que amamos—, las palabras siempre son escasas. Quizá porque ante ellos sólo nos hacemos una pregunta cuya respuesta no queremos conocer: ¿cómo sería el mundo sin ellos?

 

Jessica va descubriendo, poco a poco, que su hija no es como los otros niños. No tiene ninguna deformidad; es una niña hermosa. Su peculiaridad es invisible. Los médicos, después de largos exámenes, le detectan problemas de aprendizaje. Anna no logrará nunca controlar los números ni las letras, y no podrá entender las reglas más elementales de la vida. No conocerá la ambición, la rivalidad, la envidia, la lujuria, el desprecio. Como si se tratara de una de las criaturas más indefensas de la naturaleza, no podrá enfrentarse sola al decurso de la vida, ni a los peligros que hay en la frecuentación de otros seres humanos. Ningún médico podrá dar un diagnóstico fiable de su enfermedad. Llevará por siempre un mal sin nombre. Lo único cierto es que Anna será una niña eterna. Vivirá en un presente encantado y perpetuo, en una fábula donde no existe la maldad y donde el dolor se oculta. Pero ¿qué enfermedad es esa? Los amigos de Jessica piensan que puede ser síndrome de Down, pero pronto se revelará que no es así. Otros creen que es retraso mental, deficiencia, idiotez, debilidad. Le llaman la Niña Idiota, la Tontita, la Muda, la Hermana Boba. Todos estarán equivocados. Quizá su enfermedad se resume en una palabra sencilla y hoy, en nuestro mundo, herida y mutilada: inocencia.

 

Toda la naturaleza, escribió Yeats, está llena de gente invisible. Algunos de ellos son feos y grotescos, otros, malintencionados o traviesos, muchos tan hermosos como nadie haya jamás soñado, y los hermosos no andan lejos de nosotros cuando caminamos por lugares espléndidos y en calma. Hay libros, semejantes a la naturaleza, que recogen a esos seres invisibles, grotescos y hermosos de los que habla Yeats. Hay libros que son como parajes espléndidos y en calma por los que podemos caminar cada tarde, hasta volver agotados y en paz a casa. Hay libros que nos conducen hasta el territorio de la dicha, y ahí nos enseñan que en ese lugar también vive el dolor, la muerte y la desgracia. La niña de oro puro es así, como el camino sinuoso y espléndido de la vida, como un paseo breve y solitario a través de un radiante lago sin orillas. Recorrer la novela de Margaret Drabble es recorrer ese lago; y conocer íntimamente a Anna es una forma de adentrarnos en el mundo de los inocentes. ¿Quién es exactamente ese ser extraño y hermoso que no parece crecer? ¿Es la promesa de una existencia mejor? ¿Es un ángel humilde y levemente herido, como los niños que Jessica vio en África? ¿La llave hacia la bondad, esa comarca inmensa donde todo se calla? ¿O una piedra, una preciosa carga que Jessica deberá llevar a lo largo del lento camino de la vida? Cuando tratamos de hablar de seres extraordinarios —como lo son todos los seres que amamos—, las palabras siempre son escasas. Quizá porque ante ellos sólo nos hacemos una pregunta cuya respuesta no queremos conocer: ¿cómo sería el mundo sin ellos? Preferimos el silencio, porque cualquier palabra sería aceptar un mundo sin los seres que amamos. Anna no es sólo una niña de oro puro; presentimos que es algo más. Es la prueba de que es posible ser mejores. Es la prueba de que es posible una vida pura, sin miserias morales, sin angustia, sin culpa, sin el remordimiento de no haber sido feliz. Es una existencia utópica. Es la presencia irrevocable de la bondad. ¿Cómo podríamos vivir sin ello? ¿Cómo podríamos vivir sin la niña de oro puro? Y sin embargo nuestro sangriento mundo se encarga de que sea así. Por eso la novela de Drabble —como todas las historias que merecen la pena ser contadas— es un consuelo por la pérdida de todo lo que amamos. «Es posible —dice Drabble— que cada año nazcan menos niños como Anna. Y eso es una pérdida, aunque la naturaleza de esa pérdida es difícil de describir. Es importante que lo reconozcamos como una pérdida, aunque no podamos describirla. Una inocencia, con niños como Anna, desaparecería del mundo. Se perdería una posibilidad de otra forma de ser humano, con todo lo que eso significa. Son los hijos de Dios […], pero ya no creemos en Dios. Sus vidas se ocultan con Dios […], pero el mismo Dios está hoy oculto. Dios ha huido, pero nos ha dejado a sus niños»

 

La niña de oro puro es un libro de una difícil sencillez, quizá porque entre sus páginas no ocurre nada sino la vida misma. La amistad, la soledad, el desamor, el engaño, la angustia, la empatía. Nuestras alegrías y miserias cotidianas. Pero también ocurre algo más. Este libro nos dice que en el centro de todo, en el centro de la banalidad y la costumbre cotidianas, existe la maravilla, existe una niña de oro puro que nos muestra que la vida verdadera, la vida alta y hermosa, no está en otra parte, sino aquí mismo, sobre esta tierra, entre nosotros. Y que en cualquier instante puede revelarse, y en cualquier ser, aun en aquellos que creemos menos propicios para la alegría y el asombro, es decir, en los más pequeños, en los más débiles, en los más heridos.

 

Natalia Ginzburg dice que debemos enseñar a los niños las grandes virtudes y no las pequeñas. No el ahorro sino la generosidad y la indiferencia ante el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber. Quizá Natalia Ginzburg quiere decirnos que debemos enseñar a los niños a resistir en la inocencia, a permanecer en ella, y a convertirla en nuestra única morada. Quizá quiere decirnos que debemos enseñarles a ser niños de oro puro. Y es eso lo que nos llevamos al cerrar el libro de Margaret Drabble. No una historia, sino una lección para la vida.

 

Al final de una de las tragedias más célebres y hermosas de Shakespeare, Julieta —otra niña eterna—, cuando lo ha perdido todo, cuando está sola, ya sin familia, ya sin amor, cuando está a punto de morir, dice: Y sin embargo sólo deseo lo que tengo. Y sabemos que eso es lo mismo que habría dicho Anna. Y que en esas sencillas palabras está todo el secreto de su inocencia y su bondad. Porque, ¿acaso la inocencia y la bondad no son eso? Desear lo que tenemos. Desear la promesa que encierra toda vida, como una semilla que algún día, aun en la tierra yerma, germinará en un árbol de manzanas de oro puro.

 

La niña de oro puroLa niña de oro puro
Margaret Drabble
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
Sexto Piso • 2015 • 296 páginas

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