Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Por Carmen Pardo

Asciendes lentamente por las empinadas calles de Lisboa dejándote llevar por los azulejos que recubren los muros de sus casas y los mosaicos de piedra de sus calzadas. Tus ojos practican un baile que compone una coreografía entre la vertical de los edificios y la diagonal que traza tu propio cuerpo en ascensión. Tus pasos te van encaminando hacia el Barrio Alto, ahora lo sabes. La belleza de los mosaicos es la que, definitivamente, está guiando tu andar. Decides sacar tu pequeña cámara fotográfica digital para plasmar un fragmento de esa experiencia. Esperas con impaciencia a que la calle esté desierta y te permita conseguir una buena imagen. De pronto escuchas la sirena de una ambulancia que atraviesa por una calle superior y, con estupor, descubres que tu pequeña cámara ha sido poseída por el sonido de la sirena. La cámara se agita sin cesar y su pantalla temblorosa te muestra el recorte del mosaico de un suelo que parece haber sido tomado por un movimiento sísmico. Tu mano no puede detener ese temblor y, todavía con la cámara abierta, recuerdas el relato de James Graham Ballard que hace tan solo unos días releías: «El barrendero de sonidos».

Al temblor de tu mano sosteniendo la

cámara, se le suma ahora el recuerdo atropellado

del texto de Ballard. Piensas en Madame Gioconda, esa diva de la ópera entrada en años y venida a menos, asediada por los fantasmas sonoros que habitan la vieja estación de radio que le sirve de hogar. Piensas en Mangon, el barrendero que, fielmente, acude cada día con su sonovac a barrer los fantasmas que no la dejan descansar. Sigues especulando con la naturaleza fantasmagórica de lo sonoro y entonces reparas en que las imágenes de tu cabeza no son más que una forma de invocar a Mangon.

¿Dónde se halla el sonovac que va a liberar

a tu cámara de ese temblor espectral?

¿Dónde está Mangon?

Repentinamente el temblor de tu cámara cesa y, con una mezcla de extrañeza e indecisión, pulsas el disparador. Parece que Mangon ha hecho su trabajo, pero te dices que, tal vez, la cámara se ha convertido en la morada del rescoldo sonoro de la sirena. Los fantasmas sonoros de Madame Gioconda han cobrado otra dimensión y se confunden actualmente con los de tu cámara. Fantaseas con otros sonidos y te preguntas qué hubiera ocurrido si la sirena hubiera sido la de una antigua fábrica. Intentas imaginar cómo reaccionaría tu pequeña cámara si sonaran al unísono los teléfonos móviles de todo el barrio. Te planteas incluso su respuesta a la ejecución de la Sinfonía nº 8 de Gustav Mahler, más conocida por la Sinfonía de los Mil.

Vuelves entonces a Mangon, empeñado en barrer los residuos de la polución acústica de la ciudad, y decides silenciar el hecho de que, a pesar de su buen trabajo y de la quietud de tu cámara, algún resto sonoro se ha quedado adherido.

Optas por seguir la ascensión sabiendo que el pedazo de experiencia que finalmente pudiste arrancar será, sin duda y para siempre, un fragmento audio-visual. Mientras te alejas, Mangon aún sigue barriendo en silencio con su sonovac.

Carmen PardoFoto de José Carlos Casimiro en @Flickr

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