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Diego Rabasa

Los Reportajes de la historia de Martín y Borja de Riquer muestran cómo es la literatura, la transfiguración de los hechos en una experiencia con la que podamos conectarnos, aquello que termina por pesar a lo largo del tiempo en los reportajes de corte histórico o periodístico. Cuando leemos la crónica que hace Tucídides de la peste que azotó Atenas en la víspera de las Guerras del Peloponeso, más que los datos puntuales de la merma que causó el bicho, lo que se queda incrustado en nuestra memoria es la narración que hace el historiador acerca de cómo, lo más grave de la pandemia, fue que impidió el contacto físico entre los seres queridos. Sin la posibilidad de abrazarse, la población quedó abatida de forma irremediable, quedando en un estado más exánime que el provocado por el virus mismo.

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En su libro La forma inicial, Ricado Piglia dice «La narración alude y desplaza, nunca dice de manera directa cuál es el sentido, y de ahí se define su forma […] La experiencia es la forma en la que un sujeto le da sentido a lo que sucede. La información no implica la experiencia, más bien es su opuesto, y da el sentido por hecho». Esto explica por qué si queremos evocar la atmósfera de Rusia zarista probablemente recurramos a Dostoyevski y no a un historiador o si queremos conocer la Inglaterra victoriana vayamos a Charles Dickens.

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Ryszard Kapuściński, provocó interminables alegatos entre sus acólitos y aquellos que quedaron descorazonados cuando se descubrió que buena parte de sus reportajes periodísticos estaban infectados por el virus de la ficción. Al margen de dicha polémica, obras como la del polaco han contribuido a poner de manifiesto la dificultad (y en muchos casos la esterilidad) que encarna la necesidad de enjaular la prosa en géneros que nos permitan identificarlos a través de etiquetas.

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En los Estados Unidos, escritores como Tom Wolfe y Hunter S. Thompson crearon una nueva forma de entender el periodismo al permitirse transgredir una de las leyes tácitas del oficio que conminaba a los practicantes a permanecer como observadores imparciales de los hechos que relatan. La mirada, la experiencia, el sesgo de la conciencia, la elección de una palabra y no de otra, implican ya una aproximación hermenéutica de la realidad. Wolfe y Thompson en- tendieron esto por vías distintas, e hicieron de sus magnéticas personalidades agentes que detonaban y catalizaban las historias, que cortocircuitaban la imparcialidad del narrador, fungiendo como médiums para que la realidad frente a ellos fuera trasladada de la manera lo más evocativa posible hacia sus lectores. Antes que informar, buscaban, como sugiere Piglia, provocar experiencias. Y entre todos los practicantes de estas dos escuelas que fueron el Nuevo Periodismo y el Periodismo Gonzo, quizá pocos se ungieron como metales superconductores de la eléctrica realidad como Hunter S. Thompson.

Hunter-S.-Thompson

Hunter S. Thompson

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La maldición de Lono es un libro que permaneció hasta cierto punto esquivo y un tanto soslayado dentro de la bibliografía de Thompson. No obstante, en él se encuentran algunas de las mejores, más ácidas y osadas, divertidas y punzantes, extravagantes y poderosas, páginas que el escritor norteamericano dejó en su rico legado. La historia comienza con una invitación que le hace una revista de corredores a Thompson para cubrir el maratón de Honolulu.

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Escuchemos un fragmento de la carta que le envió a su cómplice de trinchera, el artista Ralph Steadman, para extenderle la invitación:

«Querido Ralph:

«Creo que esta vez nos ha tocado un pardillo, viejo amigo. Un imbécil al que apellidaron Perry en Oregón nos quiere regalar un mes en Hawái, por Navidades; y todo lo que tenemos que hacer es cubrir el maratón de Honolulú para su revista, una cosa llamada Running.

«Sí, ya sé lo que estás pensando, Ralph. Das vueltas por la sala de guerra de la Old Loose Court mientras te preguntas: ‘¿Por qué yo? ¿Y por qué ahora? ¡Justo cuando empezaba a ser respetable!’.

«Bueno… Admítelo de una vez, Ralph; cualquiera puede ser respetable, sobre todo en Inglaterra. Pero no todo el mundo consigue que le paguen por correr cuarenta y dos kilómetros como un idiota en una especie de carrera para chiflados que se conoce como ‘el maratón de Honolulú’».

A partir de ese momento, se desata un delirio tóxico que da cuenta del paso de Hunter S. Thompson y Ralph Steadman por la isla. Corren distinta suerte. Al segundo pronto una ola lo postra contra las rocas dejándolo semi inválido y con heridas que tiene que curarse con menjurjes que su compañero le propina no sin cierta dosis de maldad y salvajismo. El primero deambula por la isla durmiendo lo menos posible y bebiendo lo más. Se junta con una serie de delincuentes menores que van adentrándolo en el temperamento explosivo que la isla guarda detrás de su escenografía como paraíso turístico. Cuando finalmente llega el día del maratón, insultan a los corredores. Después Thompson recibe, eventualmente, las siguientes líneas de Steadman:

«Ya no lo soporto —decía—. La tormenta ha estado a punto de matarnos. No llames. Déjanos en paz. El médico del hotel cuidará de Rupert y te lo enviará a casa después de la cuarentena. Te ruego que lo organices todo. Hazlo por Sadie. El pelo se le está poniendo blanco. Ha sido una experiencia espantosa. Ya me desquitaré.

«Te quiere, Ralph».

Por su parte, Thompson se dedica a transgredir la paz de la noche hawaiana pidiendo a los nativos a través de un megáfono que le lleven whisky y hielos. Consigue que lo corran del bar que visita a diario y que lo amenacen con echarlo de la isla y pesca un gran marlin después de horas de infructuosa pesca tras conseguir adentrarse en el núcleo de los pescadores «donde contamos mentiras, bebemos tragos de tequila y cantamos canciones absurdas sobre el escorbuto».

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Intercalados entre los capítulos, Thompson, que es tan inteligente que jamás cede a la tentación de demostrarlo, nos presenta paisajes de las Cartas desde Hawái, de Mark Twain, que da cuenta del irascible y pendenciero dios Lono y de cómo el Capitan Cook, confundido con este héroe devenido en divinidad extraviada, es confundido con éste. Veamos:

«La historia antipoética afirma que fue uno de los dioses preferidos de la isla de Hawái, un gran rey al que deificaron por sus meritorios servicios; al estilo de nuestra costumbre de recompensar a los héroes, pero con la diferencia de que, indudablemente, nosotros no lo habríamos elevado a la categoría de dios, sino al puesto de jefe de una oficina de correos. «Sus remordimientos lo volvieron loco, y la tradición nos presenta el singular espectáculo de un dios que viajaba por el arcén; porque, en su mortificante pesar, deambuló de sitio en sitio, boxeando y luchan- do con todos los que se cruzaban en su camino. Desde luego, perdió pronto su interés por aquel pasatiempo, puesto que, evidentemente, cuando un dios tan poderoso enviaba a su frágil oponente humano a la lona, ya no regresaba. Por lo tanto, instauró unos juegos llamados makahiki, ordenó que se celebraran en su honor y, acto seguido, tras anunciar que algún día volvería, zarpó hacia tierras extranjeras en una balsa con forma de triángulo. Fue lo último que se supo de él. Nadie volvió a verlo nunca. Puede que su balsa se hundiera. Pero la gente no dejó de esperar su advenimiento, y fueron fácilmente inducidos a aceptar que el capitán Cook era su dios revivido».

También atravesamos fragmentos de El último viaje del capitán James Cook de Richard Hough. A partir de ambas intersecciones, Thompson asoma la bestia literaria que lleva dentro al rendir un de- voto homenaje a los relatos mitológicos que le dan cuerpo y forma al espíritu del lugar que visita. En el fondo, su relato es literatura en busca de forjar una mitología reactualizada de aquello que él pudo detectar con su cuerpo. Vive y escribe desde la intuición hasta que ha absorbido —y en cierto sentido domesticado— el espíritu del lugar en un proceso que, como confiesa en el libro, él mismo no logra nunca comprender: «Ésta es una historia extraña, Ralph; lo ha sido desde el principio, y se ha vuelto más extraña con el transcurso de los días. Ellos no entienden por qué sigo aquí; ni yo tampoco, ya puestos, salvo por el hecho de que parece funcionar, a pesar de los brutales gastos».

Y no logra comprenderlo para fortuna de sus lectores porque no tiene de otra que escanciar en sus maravillosas y desopilantes crónicas literarias aquello que vivió. Y nosotros no podemos sino dejarnos transportar a ese mundo singular y fantástico que se abre con la primera de las páginas que escribe pero que no se cierra con la última. El hechizo pervive, se anida en zonas recónditas de la mente; el que transite por estas páginas debe saber que queda expuesto a alojar in- definidamente en su interior la furia del dios Lono.

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La maldición de Lono
Hunter S. Thompson
Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez
Coedición Sexto Piso/UANL
2016
208 páginas

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