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El campesino y el obrero |Giorgio Agamben

A pesar de mi desconfianza por los premios y los castigos, he aceptado recibir el premio Nonino por la simple razón de que éste se propone explícitamente en su estatuto la «valorización de la civilización campesina». Sobre estas dos palabras, «civilización campesina», me gustaría reflexionar con ustedes. Porque, aunque algo de ella continúa vigente, sabemos que la civilización campesina ya no existe, que pertenece al pasado. En los años en los que nací, los campesinos constituían todavía la mayor parte de la población italiana, pero mi generación los ha visto desaparecer progresiva y rápidamente. Es un hecho que no dejará de sorprender a los futuros historiadores: que para hacer desaparecer una cultura que, en sus líneas generales, había permanecido inalterada por cincuenta mil años, fuese necesario tan poco tiempo. Y no menos sorprendente es la facilidad con que nos hemos dejado persuadir por los charlatanes del progreso de que se trataba de un fenómeno ineluctable —tan ineluctable, sin embargo, que curiosamente, para realizarlo, fue necesario ejercer sobre los campesinos una violencia sin precedente—.

No me refiero sólo al exterminio de los campesinos en la Unión Soviética, un verdadero genocidio —lo recuerdo justo hoy, en el día de la memoria— que ocasionó el doble o quizá el triple número de víctimas que el exterminio de los judíos. Me refiero también a la violencia —porque se trató sin duda de una forma de violencia, aunque más solapada— que fue necesaria para deportar a la población agrícola del sur hacia las fábricas del norte. Fue necesario hacerlo —se dijo— porque una nueva figura de la época se asomó a los umbrales de la historia y marcaría el curso de los siglos por venir: el obrero. En 1938 aparece el libro de Ernst Jünger que lleva precisamente ese título: Der Arbeiter, el obrero —un libro que habría de ejercer una influencia considerable, tanto en la derecha como en la izquierda del orden político europeo—. En el centro del libro está la descripción y la teorización de esta nueva figura de época que debía sustituir a los campesinos (que, a decir verdad, apenas son nombrados por Jünger), a la aristocracia y a la burguesía en el dominio del mundo. Toda la modernidad se coloca, según Jünger, bajo su signo: la técnica —son sus palabras— «no es más que el modo en que la figura del obrero moviliza al mundo».

Finalmente todo eso era falso, simplemente falso. Esa decisiva figura de época, que ha sido exaltada, descrita, representada y celebrada innumerables veces con amor, y también descrita con odio y desprecio, desapareció con la misma velocidad con la que apareció. Todavía hay obreros, es verdad, pero el obrero como figura de época pertenece hoy al pasado, al igual que el campesino al que debía sustituir. No es fácil decir cuál es la figura histórica que está frente a nosotros, si el tecnócrata, el científico o algún otro oscuro personaje digital del que apenas logramos entrever el rostro, pero con toda seguridad no es el obrero.

Jakobson habló, a propósito del destino trágico de los poetas rusos de la primera parte del siglo XX, de «una generación que ha disipado a sus poetas»: somos una generación que ha disipado en pocos decenios un antiquísimo patrimonio y que no sabe muy bien con qué sustituirlo.

Me gustaría terminar con las palabras de un autor que ha escrito el testimonio más extraordinario sobre el final de la civilización campesina: Carlo Levi. Es un hecho, sobre el cual no deberíamos cansarnos de reflexionar, que en los mismos años, dos judíos de Turín con el mismo apellido, Carlo Levi y Primo Levi, publicaron los dos libros sin duda más importantes de la literatura italiana del siglo XX: Cristo se detuvo en Éboli (1945) y Si esto es un hombre (1947). En la novela El reloj, publicada en 1950 y ambientada en aquellos meses de 1945 en que el gobierno de Parri, nacido del Comité de Liberación Nacional, cae para dejar su puesto a la decadencia política que conocemos y que él, lucidamente, entrevé, Levi propone dividir el mundo en dos clases: los Campesinos y los Luises*. Los Campesinos son aquellos que «hacen las cosas, las aman y se contentan con ello». Campesinos son, para Levi, no sólo los campesinos en su sentido literal, sino también los industriales, los artesanos, los emprendedores, los matemáticos, los poetas, las amas de casa, en resumen, todos aquellos que «hacen las cosas». Luises son todos los demás: los burócratas, los organizadores, los politiquillos, los mediadores y los mediocres de toda especie, que viven aprovechándose del trabajo y de la inteligencia de los Campesinos.

«La verdad», escribe proféticamente Levi, «es que la forma misma de nuestros partidos es luisina, la técnica de la lucha política y la estructura misma de nuestro Estado son luisinas». Italia —creo yo— nunca ha existido, excepto, quizá, en aquellos pocos meses o en aquellos dos años, de 1945 a 1947, hasta las elecciones de 1948, que marcaron el triunfo de los Luises, y en las que pareció posible, por un momento, que los Campesinos quitaran finalmente de en medio a los Luises. Dedico este premio a los Campesinos y no a los Luises.

Discurso pronunciado en la entrega del Premio Nonino, el sábado 27 de enero de 2018 en las Destilerías de Ronchi di Percoto (Udine).

Traducción de Ernesto Kavi

* Nombre derivado de Luis de oro, moneda francesa acuñada en el siglo XVII, e imitada en Italia con el nombre de Luigini. N. del T.

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