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Youma
La premisa del hombre moderno de que el universo —y todos los fenómenos contenidos en él— constituye un misterio que aguarda ser descubierto en su totalidad, que la ciencia puede —y logrará— abarcar todos los enseres de la naturaleza, ha hecho del pensamiento abstracto, la incertidumbre y el misterio, condiciones indeseables para la mente. Las cosas, los fenómenos, lo que observamos a nuestro alrededor debe de ser procesado de manera puntual y categórica. La información, incluso, se ha convertido en un objeto de consumo cuya única intención es forjar, para usar una expresión del escritor alemán Rainald Göetz, «aprendedores de argumentos», replicadores de información con el objetivo de participar de un barullo social que poco se fija en las causas, las implicaciones, el contexto, el trasfondo de aquello sobre lo que opinamos y participamos sin mayor reparo.

Lo anterior viene a cuento porque la tentación de buscar en esta exquisita novela una moraleja, es grande. No obstante, dicha actitud nos conduciría a reducir la sustancia que le da forma al tiempo, la Historia, a un relato concreto con una interpretación determinada, más propia de nuestras limitaciones para lidiar con lo ambiguo que a las intenciones del autor por «decirnos algo».

 

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La historia de las islas caribeñas que conforman las Antillas Menores configura una radiografía muy precisa de las gestas coloniales que las potencias europeas emprendieron en América. Las disputas territoriales, no sólo con los nativos, sino entre los propios imperios y reinos, hizo que algunas de ellas cambiaran constantemente de manos y tuvieran derroteros diferentes dependiendo del yugo al que cada una de las islas quedó adscrita. Dominica, por ejemplo, la primera isla en ser visitada por Cristobal Colón en su segundo viaje a América, fue alternando el mandato de Francia y el Reino Unido, hasta que este último logró imponer su hegemonía a finales del siglo xviii. En cambio, la isla «vecina» del norte, Martinica, fue colonizada y ocupada por los franceses desde comienzos del siglo xvii, y a la fecha tiene el estatus de «departamento de ultramar francés». Aunque entre una y otra hay apenas unos noventa kilómetros de distancia, esta distancia representaba, durante algunos años, la diferencia entre la esclavitud y la libertad para la población negra. Mientras que Dominica fue la primera colonia en tener una legislatura dominada por negros en los años treinta del siglo xix, durante ese mismo periodo Martinica seguía teniendo una población en donde los esclavos eran amplia mayoría.

 

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Lafcadio Hearn es más conocido por su amplio estudio de la cultura japonesa que por su no menos evocativa y profunda exploración de los territorios caribeños, especialmente la sociedad criolla de Martinica. Dueño de una prosa envidiable, Hearn asiste a la exuberante y deslumbrante naturaleza de la isla —«Había llegado el renouveau, el periodo más delicioso del año, esa maravillosa primavera del trópico, cuando la tierra se tapiza de vapor iridiscente, y todos los espacios se tiñen de joyas, mientras la naturaleza renueva su savia después del blanquearse y marchitarse de los meses secos, y renueva todos sus colores. La selva se llena de flores y frutos; las lianas secas recuperan su verde luminoso y exhiben un millón de nuevos zarcillos, y sobre las cumbres del grand bois caen cataratas de flores azules, blancas, rosas y amarillas. Los palmistes y las mocas parecen crecer más alto de pronto, cuando se sacuden sus penachos muertos; una neblina áurea reviste los valles de caña madura; y las carreteras de la montaña empiezan a cubrirse de verde hasta casi la mitad bajo la vasta invasión de forraje recién florecido, de hierbas y pequeños arbustos»— con la misma atención e inteligencia con las que reproduce sin prejuicios ni tapujos las fuerzas políticas de la sociedad martinica anterior a la Revolución Francesa, episodio que detonó los movimientos abolicionistas en todos los dominios francófonos, aunque la esclavitud se prolongó en ciertos lugares, como en la isla que funge como escenario de la novela, hasta bien entrado el siglo xix. La Segunda República francesa y la instrumentación del sufragio universal, lograron por fin eliminar la propiedad de las personas en Martinica aunque, como todos los grandes cambios sociales, no fue un proceso que ocurrió sin grandes sobresaltos.

 

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Youma empieza con una explicación por parte del narrador de la figura de las da entre la sociedad criolla de Martinica. Las da eran esenciales en la formación de la descendencia burguesa de la isla. Eran nodrizas y, para todos efectos, madres sustitutas de los infantes de la clase gobernante. Dice Hearn sobre ellas:

La da era tan respetada y querida como una madre: era al mismo tiempo una nodriza y una enfermera. Porque el niño criollo tenía dos madres: la madre blanca y aristocrática que le dio a luz, y la madre adoptiva de piel oscura que le proporcionaba todos los cuidados, que lo amamantaba, lo bañaba, le enseñaba a hablar en el estilo dulce y musical de los esclavos, lo llevaba en brazos para contemplar el hermoso paisaje del Trópico, le contaba cuentos fascinantes por las noches, lo arrullaba hasta que se quedaba dormido y se preocupaba de cualquier cosa que quisiera, de día o de noche. […]  El niño pasaba mucho más tiempo con ella que con su verdadera madre: sólo ella satisfacía todas sus pequeñas necesidades; él la encontraba más paciente, más indulgente, quizá incluso más afectuosa que la otra. […] La da era desinteresada y leal hasta el punto de conseguir gratitud incluso de los temperamentos de hierro; representaba el punto más alto de la evolución de la bondad natural […].

 

Youma, que creció para todos efectos prácticos como hermana de Aimée, la hija de Madame Peyronnette, excepto porque a ella le fue negada la instrucción que su hermanastra sí recibió, era una mujer de belleza y temperamento especiales. La Madame, que en efecto la quería como una hija, pensaba que «una educación sólo la haría sentirse insatisfecha con el alcance de un destino del que ningún esfuerzo podría liberarla». Incluso cuando a muy corta edad le fue asignado el rol de da de la hija de Aimée, Youma acató su condición, con agradecimiento y fervor, hasta que desde sus entrañas se despertó la parte «más oscura» de la naturaleza: el deseo. Éste llegó en la forma de un fuerte y formidable negro llamado Gabriel. Fue entonces que se percató de los verdaderos alcances de la esclavitud y a partir de la fricción de la pasión soterrada que ambos libraron, bajo el celo y la desaprobación de los respectivos amos de ambos, Hearn desata una fascinante diatriba sobre la libertad, no sólo de ellos, sino de toda la población que tras los rumores de la nueva instauración de la República en Francia, decide no esperar a que la ley les otorgue lo que cada vez sienten más suyo y montan una violenta sublevación.

 

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El conflicto entre Gabriel y Youma sirve como contrapunto para un conflicto histórico y social de mayor envergadura. Hearn teje con sutileza la trama, llevando al lector hasta una especie de encrucijada, una trampa podría decirse, en la que no tendrá otra opción sino mirar de frente las fauces de los siniestros derroteros del poder en sus múltiples dimensiones y representaciones. El desenlace de la novela no admite juicios ni conclusiones simples. Como todo buen libro, Youma le ofrece al lector, a través de un sublime paseo que atraviesa distintos registros emocionales, más dudas que certezas. La interrogante que se construye a través de una prosa bella y sólida, crece para sacudir aquellos cimientos que nos permiten atajar la volatilidad de la
experiencia. Entre sus páginas, la única certeza que se cuela, es que la realidad está compuesta por mucho más de lo que podemos ver y comprender por medio del pensamiento concreto y que nos queda nuestra vocación para contar y escuchar, escribir y leer historias como asidero para lidiar con las hondas raíces del misterio y las arrolladoras fuerzas que escriben la Historia.

 

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Lafcadio Hearn
Traducción de Silvia Schettin Pérez
Errata Naturae • 2012 • 128 páginas

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