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El declinismo va en aumento | Sean Posey

Entrevista con Morris Berman

¿En qué estaba pensando cuando empezó a trabajar en lo que se convertiría en su trilogía sobre Estados Unidos? Muchos estadounidenses consideran la década de 1990 como una época de abundancia dorada. ¿Qué vio en la cultura que lo llevó a considerar que podríamos estar entrando, como después lo dijo, en una especie de edad oscura?

La celebración de los años Clinton fue prácticamente unánime. Todo el mundo (bueno, la izquierda y el centro) pensaba que teníamos al mejor presidente posible, al mejor país posible, y así sucesivamente. Yo en cambio veía un declive y desintegración, y me di cuenta de que casi nadie más veía esto, aunque había varios focos rojos de alerta, si a uno le interesaba advertirlos. Por ejemplo, cada tanto aparecía en los periódicos algún artículo sobre la disparidad entre ricos y pobres. Bueno, pues esa brecha se incrementó durante los años de Clinton. La gente piensa que fue una fabulosa era de prosperidad, y hubo algo de «goteo», es cierto, pero la distancia entre los ricos y pobres se incrementó durante esos años. Se trató básicamente de una prosperidad para los ricos.

También comencé a advertir cosas  que  nunca  antes  había visto, como errores de ortografía en documentos o letreros gubernamentales. Recuerdo que cuando vivía en Washington, D.C. y acudí al Children’s Hospital, la palabra «children» estaba mal escrita. Se requiere un pronunciado nivel de estupidez para llegar a ese punto, y ahí nos encontrábamos. Y lo veía por doquier. Si estabas con un grupo de personas y hacías una alusión literaria —sobre lo que fuera—, todo el mundo se te quedaba viendo raro. Para la enorme mayoría de estadounidenses, la inteligencia era algo negativo: «elitismo». Esto, para mí, era una clara señal de una cultura moribunda. Me quedó claro que vivíamos con un diferente tipo de población y también en un mundo diferente al que había existido tan sólo veinte o treinta años antes. Y, de hecho, hubo varios libros publicados durante la década de 1990 que trataban sobre el tema de la «imbecilización de Estados Unidos».

También comencé a pensar que la famosa vitalidad de la cultura estadounidense era un fenómeno superficial, como la gente que brinca por todos lados en los comerciales de Pepsi, que proclaman lo «vivos» que se sienten. En una palabra: kitsch. Mi hipótesis es que toda esta excitación sin sentido en realidad servía para esconderse de la realidad. Hacia mediados de la década de 1990 yo vivía en Washington, y recuerdo la histeria que se generó alrededor del lanzamiento del Windows 95. ¿Por qué se ponía histérica la gente por la Pepsi o el Windows 95? Es porque no existe nada verdaderamente significativo en la propia vida. Comencé a darme cuenta de que este vacío lo experimentaban la mayoría de los estadounidenses, y el país en general. En El crepúsculo de la cultura americana lo llamé «muerte espiritual». Básicamente, es cuando no se cree más en nada. No se puede en realidad organizar una religión sobre Pepsi-Cola o Microsoft, aunque mucha gente lo ha intentado (hoy en día es con el más reciente juguete tecnológico, o app). Así que mientras que todos se emocionaban con Bill Clinton y Pepsi y Microsoft y se decían que esa era la buena vida, lo que yo advertía era un inmenso vacío espiritual. El popular logo de la carita sonriente enmascaraba una tristeza profunda. (Por cierto, el Windows 95 resultó sumamente defectuoso. Al parecer, se trató de un falso mesías).

El eslogan (interno) de la campaña de Clinton fue «¡Es la economía, estúpido!». Ese tipo nunca representó realmente nada más, y por lo último que supe, las arcas de su fundación tenían depositados dos mil millones de dólares. Si en lo único en lo que se piensa es en la economía, no se piensa en mucho más. Eso significa que la filosofía de vida se reduce al «valor monetario de las cosas» ( John Dewey: al parecer es lo más sofisticado que puede enunciar la filosofía estadounidense), que realmente resume muy bien el American Way of Life.

En cualquier caso, eventos como el juicio de O. J. Simpson o el juicio de impeachment contra Clinton —todo lo de Mónica Lewinski y el vestido manchado y Linda Tripp y demás, ¿lo recuerdas?— tenían a la gente enganchada a la televisión las veinticuatro horas del día. ¡Cuánta vacuidad! En la Roma antigua, tenían pan y circo, las luchas de gladiadores y demás, que básicamente se trataba de formas de distraer a la población de la corrupción gubernamental y de la miseria de sus vidas. Aquí O. J. y Monica realizaban la misma labor. Recuerdo caminar al lado del Hotel Mayflower cuando Monica daba su testimonio al fiscal Ken Starr, y uno de los reporteros que miraban en la calle le decía a un colega: «Monica desayunó yogurt en la mañana». ¿Qué se puede decir a eso, en realidad? ¿Que beban más Pepsi?

 

Ha escrito a menudo sobre la «muerte cultural» de Estados Unidos, y ha dicho que lo que en este país pasa por vida se basa en el consumismo, el oportunismo y la autopromoción, y ha dicho que ello enmascara un «profundo vacío sistémico». ¿Podría elaborar al respecto?

El historiador alemán Oswald Spengler, quien escribió La decadencia de Occidente, se me adelantó por casi cien años. Su idea era que toda civilización se mantiene unida por una Idea central, con I mayúscula, casi como un ideal platónico. Cuando la gente deja de creer en ese ideal, la cultura empieza a derrumbarse. La gente trata de aferrarse al ideal, pero es un caparazón vacío. La realidad interna es que la cultura se pudre desde el interior. Creo que es una descripción muy precisa de Estados Unidos en la actualidad, y así me pareció cuando escribía el libro de El crepúsculo. Estamos bailando al borde del abismo, tratando de no mirar hacia abajo.

En general, la edad moderna está desesperada en busca de sentido, y Nietzsche acertó cuando proclamó «Dios ha muerto». Una vez que eso pasó, era difícil contar con un sistema de creencias religiosas, y los sistemas seculares llenaron ese vacío. Tuvimos el comunismo, que al final no funcionó. Tuvimos al fascismo, que rápidamente no funcionó. Y después tuvimos el consumismo que, a gran escala, significa capitalismo e imperialismo, y es lo que se está derrumbando. En muchos sentidos, ese colapso es la historia del siglo XXI. En 1990 podíamos ver todos esos sistemas y reírnos como si hubiéramos salido victoriosos, pues fue lo que pensamos cuando la Unión Soviética colapsó. Viviríamos en un mundo unipolar, nuestra fórmula era la correcta. ¡Bravo, ganamos! La combinación de soberbia y estupidez fue asombrosa. Jamás se nos ocurrió que el otro zapato estaba también por caerse, que ahora las campanas doblaban por nosotros.

Es lo más risible del mundo que Francis Fukuyama pudiera escribir un libro titulado El fin de la historia y ser profesor de una importante universidad. (Y ni siquiera quiero abordar la degradación de la educación superior estadounidense. ¡Eso sí que es declive!). ¡Como si la historia pudiera terminar! ¡Qué idiota! Uno de mis argumentos ha sido que hay mucha estupidez en Estados Unidos, y que incluye a mucha gente con un elevado iq. Hay gente como David Brooks, que tiene un elevado iq, que es poco más que una mala broma, y que son adorados como si fueran sabios. Fukuyama es un buen ejemplo de lo anterior.

Así que, ¿ante qué nos encontramos? Hay un profundo vacío sistémico, que proviene del hecho —en el caso del consumismo, el capitalismo y demás— de haber adoptado una ideología sin saber que es una ideología, cuya filosofía básica es «más». ¿Qué es lo que queremos? Más. Bueno, pues «más» no puede fundar ningún camino espiritual. No tiene ningún contenido. Y después no entendemos por qué estamos deprimidos. (Recuerdo una columna de David Brooks sobre su riqueza material y su simultánea depresión mental. ¡No es la economía, estúpido!).

 

Tiene edad suficiente para recordar la década de 1960. Durante ese periodo hubo llamados a reconsiderar el rumbo de la nación, por personalidades como Martin Luther King, Jr. y Bobby Kennedy. Y tuvimos grupos estudiantiles bastante sofisticados, como Students for a Democratic Society, que emitieron la famosa proclama de Port Huron en 1962. ¿Qué sucedió después? Incluso durante comienzos de la década de 1970, la llamada «contracultura» de gente joven parecía hacer un llamado por un cambio radical en todos los frentes, desde el medio ambiente hasta la política exterior. Han pasado más de cuarenta años, y esa energía ya no la encontramos en ninguna parte. Occupy Wall Street vino y se fue, junto con la «esperanza y cambio» del gobierno de Obama. Hoy en día, la energía la exhibe la derecha.

Como alguien que vivió la época de 1960, tengo que reconocer que muchos sí albergamos grandes expectativas. Pero la verdad es que análisis posteriores de lo que ocurrió durante esos «años dorados» han mostrado que sólo una porción diminuta de la población estadounidense en realidad marchaba contra la guerra de Vietnam o se dedicaba a cultivar comida orgánica, o a escribir críticas del capitalismo: una minúscula minoría. En cuanto al tema de Vietnam, la mayoría de los jóvenes estadounidenses se alinearon con la política conservadora de sus padres. No marchaban en las calles. No se manifestaban. Ellos, como la mayoría del país, estaban mucho más enojados con los manifestantes que con los soldados que se ocupaban de asesinar a tres millones de campesinos vietnamitas, que inicialmente no tenían ningún problema con los Estados Unidos (locura repetida después en la guerra de Irak). Escuchaban las mentiras deliberadas de Robert McNamara y de Lyndon Johnson y decían: «¡Tenemos que luchar contra los comunistas!». La mayoría de los estadounidenses probablemente aún piensan eso acerca de Vietnam, y la mayoría probablemente piensa que no perdimos esa guerra… si es que piensan en ella alguna vez. (Como un asunto paralelo: una encuesta reveló que el 50% de los estadounidenses piensa que nuestro enemigo en la Segunda Guerra Mundial fue Rusia. ¡Esos son tus vecinos!).

Así que es un problema de apariencia versus realidad. Cuando las aguas se calmaron y pudimos examinar los números, resultó que buena parte de la década de 1960 se compuso de espuma. Discuto este asunto en el tercer volumen de mi trilogía sobre Estados Unidos, Las raíces del fracaso americano. En la década de 1970 teníamos al movimiento ambientalista, el Whole Earth Catalog, que generó un gran entusiasmo en cuanto a cómo iban a cambiar las cosas y cómo habríamos de construir una sociedad sustentable, y demás temas relacionados. Al final fueron más charlas de cocteles refinados, y todo eso se esfumó como las esporas de un diente de león con la elección de Reagan. Esa elección —la de mayor margen en la historia de este país— demostró con exactitud en dónde se encontraba la conciencia americana. A los estadounidenses no les interesaban para nada esos temas. Reagan estaba en perfecta sintonía con los verdaderos intereses de los ciudadanos, a saber, el narcisismo y los bienes de consumo. Ronnie casi siempre queda en primer lugar ante la pregunta: «¿Quién es su presidente favorito de la historia?» (Philip Roth lo etiquetó agudamente como un simplón y un bobo, lo cual es a la vez un comentario sobre los ciudadanos estadounidenses).

No se requirió gran cosa para que se evaporara la espuma de 1960, porque no se produjo una organización política sólida contra la cultura dominante (al igual que sucedió Occupy Wall Street, años después). Y resultó ser una época efímera porque no tenía apoyo popular ni en las bases. A los estadounidenses les interesa ser oportunistas y hacer dinero. Como ya dije, Reagan conocía a su gente. No les interesaban cambios fundamentales, como aquellos de los que hablaba Martin Luther King antes de ser asesinado.

 

En una reciente columna, Paul Krugman escribió: «Todo aquel que afirme extraer lecciones contemporáneas a partir de la historia antigua, en particular la romana, debería ser considerado un charlatán hasta que se demuestre su inocencia». En varios de sus libros y ensayos, incluido el más reciente, Are we There, Yet?, señala la importancia de estudiar el colapso de Roma para extraer lecciones para el predicamento estadounidense del siglo XXI. ¿Qué se le escapa a gente como Krugman?

El libro de El crepúsculo, el primero de mi trilogía sobre el declive del Imperio Americano, se basa en una comparación entre nuestra situación contemporánea y el Imperio Romano tardío. Diecisiete años después, uno de los ensayos de Are we There, Yet? trata sobre el sociólogo ruso-americano Pitirim Sorokin, quien fundó el departamento de sociología en Harvard y lo dirigió durante muchos años. Alrededor de 1937 comenzó a publicar una serie de tomos titulada Social and Cultural Dynamics. Son libros similares a los de, digamos, Arnold Toynbee. Sorokin analizaba el ascenso y la caída de las civilizaciones, y dudo mucho que a estos académicos se les pueda llamar charlatanes. En todo caso, Sorokin hablaba de civilizaciones «sensoriales», como la nuestra, que se basan sobre la realidad material y poco más. Argumentó que cuando se colapsa una civilización sensorial se produce una inversión de valores, de manera que la frivolidad es vista como creatividad, la cobardía como heroísmo, y así sucesivamente. Eso me viene a la mente cuando pienso en Krugman, pues nos encontramos en una situación en la que a los historiadores se les llama charlatanes, y un economista como Krugman obtiene el Premio Nobel. Es casi perfecto. Es decir, ¿cuándo será electa Kim Kardashian como presidenta de Estados Unidos? No hay que reírse de ella, como nos reímos de Trump en 2015. En términos de profundidad, Kim y Don no están tan alejados. A eso se refería justamente Sorokin.

Paul Krugman no es historiador. No se formó como tal, y es un mal economista. Con ello me refiero a que es un apologista del capitalismo. Él cree que su pensamiento es innovador, pero simplemente no es el caso. Si leemos sus columnas, ¿en el fondo a qué se reducen? Al crecimiento, que en realidad es la causa de nuestros problemas, y no la solución. Cuando me preguntas qué se le escapa a Krugman, mi respuesta es que no comprende que el capitalismo se está deshilachando y se encuentra en su fase declinante. Si comparamos a Krugman con, por ejemplo, el economista alemán Wolfgang Streeck, quien es un tipo brillante que ha demostrado que el capitalismo no tiene futuro… O tenemos a la escuela de Sistema de Análisis Mundiales, cuya principal figura es Immanuel Wallerstein, quien enseña en la Universidad de Binghamton. Podemos añadir a Nomi Prins a esa lista. Se trata de estudiantes sofisticados de la economía global, que no son apólogos del capitalismo y que no piensan que el «crecimiento» habrá de salvarnos.

 

Las cosas han cambiado considerablemente desde que escribió sobre la «opción monástica» en El crepúsculo de la cultura americana, en el año 2000. La idea de una «opción benedictina», y hay un libro que así se titula, se extiende por segmentos de la comunidad cristiana en Estados Unidos. ¿Qué tenía en mente cuando escribió sobre el «nuevo individuo monástico»? ¿Ha cambiado su pensamiento durante estas dos décadas? Aunque su referencia era en un sentido secular, ¿qué piensa de la llamada religiosa a revalorar la obsesión cultural con el individualismo y el materialismo?

Hace como un año, un ministro que tiene feligreses que lo siguen a partir de ese llamado, escribió un artículo en su blog sobre cómo yo había llegado a la misma conclusión benedictina desde un punto de vista secular. Pensó que yo en realidad era socialista, lo cual supongo es como 10% verdadero. Le asombró mucho que alguien pudiera promover esta idea desde un punto de vista secular. No creo que sea tan importante cuál sea el trasfondo religioso de una comunidad, y tampoco creo que necesariamente tenga que ser propiamente religioso. Yo escribí sobre la «opción monástica» del siglo iv, que fue predominantemente irlandesa, y ciertamente fue católica. La idea es que si la gente se desconecte de la cultura a gran escala, como hacen los amish o los shakers. Te desvinculas de esa comunidad y creas una en donde se preservan los valores de la civilización occidental que te parezcan relevantes.

Desconozco hasta qué punto esto ocurre actualmente en Estados Unidos, pero si sé que la gente me escribe sobre sus esfuerzos por convertirse en «nuevos individuos monásticos». Es gente que ha renunciado a formar parte de la cultura a gran escala. Se dan cuenta de que está moribunda, que no preserva los valores que consideran valiosos, mismos que se quieren cultivar, ojalá que con gente que piense lo mismo. Hasta aquí todo bien.

Hasta donde puedo ver, existen dos maneras de escapar a la influencia destructiva de Estados Unidos: la primera es la opción antes señalada, la del nuevo individuo monástico. Es una especie de migración interior. La otra opción es por la que yo me decidí, que es marcharse de Estados Unidos. Sigo pensando que es la mejor opción: salirse de ahí. De otra forma, uno vive en una especie de envoltorio corporativo-comercial las veintiuatro horas del día. Es sumamente difícil vivir una vida sana, o siquiera pensar con propiedad. En mi caso, admito que no tuve la fortaleza para resistir a la cultura dominante. Al principio pensé que sería como una flor de loto en un estanque, pero lo que sucedió fue que me convertí en una flor de loto sucia. Así que me marché, y ha sido la decisión más acertada, feliz e importante que he tomado en mi vida entera. Igual que la mayoría de los estadounidenses, había sido poco más que un hámster atrapado en su rueda.

Cuando la gente joven me pregunta, ¿qué debo hacer?, les digo: ¡pongan pies en polvorosa! Márchense ahora, no lo pospongan. ¿Qué creen que los aguarda, cuando estén listos para retirarse? No va a ser un panorama agradable. Sin duda, la mayoría me ignorará por considerarme un lunático (lo cual conduce a la pregunta de quién es el verdadero lunático, desde luego). La mayoría ignora el consejo y terminará por lamentarlo (o eso creo) posteriormente. Como yo estaré muerto cuando estos chicos lleguen a la edad de retirarse, supongo que lo único que puedo hacer es dejarlo inscrito en mi epitafio: SE LOS DIJE.

Traducción de Eduardo Rabasa

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