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El desafío de la luz | Eduardo Milán

Hay varias razones para considerar a este libro de Ernesto Kavi como un pequeño desafío al ámbito poético. Son tiempos de disolución —desvanecimiento en el aire dicen Marx y Engels en el Manifiesto comunista—, que sería loco refutar. Visto desde Occidente y desde un presente poético, hay una coexistencia de las formas y de las estéticas que no señalan ningún tipo de dirección pero que, sin duda desde la reflexión, tampoco señalan al progreso como finalidad. Si todo coexiste con el mismo derecho todos los discursos y las actitudes están habilitadas. No sorprende que Ernesto Kavi irrumpa en el presente con un libro despojado en varios sentidos.

1) En primer lugar, despojado lingüísticamente. Su acercamiento a la poesía desde su lenguaje parece un olvido o un no saber: un olvido de lo que se sabe y un no saber posterior al saber, como ese de Juan de Yepes: un no entender entendiendo. Yo también creo como Agamben que el lenguaje poético es un no saber profundo que va al encuentro de otro no saber para juntarse ambos en esa no ignorancia. O sea, en el diálogo poeta-lector prima la negatividad en el fondo de la operación de transmisión poética. Esa negatividad tiene que ver con el orden, con el mundo, con el orden del mundo y con el deseo de otro mundo. Eso también me parece difícil de refutar. Aun en los casos de una poesía que concede a la mera descripción —un mundo como fenómeno exterior sucede ante los ojos del lector y lo impacta con una especie de extrañamiento— hay un deseo latente que es el que hace seleccionar el material disponible y dispuesto. Quiero decir, uno siempre apuesta cuando escribe. Y si es realmente bueno todas las veces pierde.

2) En un contexto de pluralidad entrópica uno elije su arte, es decir, su modo de articulación del lenguaje. Una de las manifestaciones singulares —de acuerdo siempre a nuestro contexto histórico— en que aparece en la poesía contemporánea el efecto del yo —precisamente, el hablar directo en primera persona del singular— es en la negación de toda pretendida objetividad. Ese afuera del lenguaje queda anulado. Ernesto Kavi habla entonces no desde un olvido ni desde un no saber sino desde un después de todo aquello. Claro que ese después presupone —o carga con ellos— ese olvidar que se sabe, cosa imposible para Shakespeare, como se puede recordar. Decir el mundo siempre supone un mundo que se conoce y una apropiación de ese conocer. Un decir sin mundo, sin embargo, es un gran sueño poético, el mejor de los sueños. Ernesto Kavi se aproxima peligrosamente a la demolición del mundo del decir. Escribir poesía compromete un decir figurado —así se enseña— en los dos sentidos: un lenguaje-figura, icónico, que resalta su plasticidad, es decir, su materialidad, y también, un decir de un cierto modo, de una manera específica, como no se dice en el habla. Eso se manifiesta en mayor o menor grado retórico. A donde quiero llegar es: la simpatía que despierta el libro de Kavi proviene del conocimiento del lector no tanto de lo que muestra —el mundo es amargo, el tiempo se fuga, la apariencia traiciona— sino de lo que deja atrás en una operación de un deslastre insólito en el presente de la poesía latinoamericana. Podría decirse que en Kavi hay un retorno de la lírica como esa manifestación del yo profundo que dicen los diccionarios que, por cierto, es una descripción abismal: el que conozca la profundidad del yo que lance la primera piedra (al fondo del yo a ver si lo toca). Pero su despojamiento de los atributos de la lírica —que están todos codificados y bien enlatados— es notable. Habla sin lírica de un modo que la deja atrás y que, por lo tanto, también la olvida. Y llega así a una pregunta que para mí reviste el mayor interés: ¿hay un saber poético de reserva, del mismo modo en que algunos pensadores marxistas no ortodoxos —lacanianos, como en el caso de Jorge Alemán— se aproximan al presente y tratan de atisbar cómo viene la mano futura? Ese saber de reserva no es, no puede ser, un saber sagrado, algo cifrado que se guardó a sí mismo para ser descifrado después, ahora, luego que estallaron las vanguardias y las post-modernidades consideradas no como lo que son sino como unas modas pasajeras. La luz impronunciable no es, para mí, un retorno, una vuelta por encima de la historia estético-poética para caer de cabeza en la “primera fuente”. La luz impronunciable es una irrupción no por el estruendo ni por el escándalo sino por la renuncia a ambos. Ese título es un desafío. Toda luz es impronunciable si no es la luz en relación a las cosas del mundo. La poesía desafía esa verdad. Mal o bien, la poesía que dice la luz como calidad ontológica —hay que recordar a Octavio Paz, por ejemplo— cae en una metafísica muy poco sufrible. La luz es un sustantivo referido. O, de lo contrario, es un elemento que pertenece al dominio de lo insondable, mistérico, suprasensible. Si Ernesto Kavi se refiere a un mundo sin claridad —cosa que se puede comprender en relación al mundo— eso no implicaría una impronunciabilidad de la luz. No: lo impronunciable de la luz es la luz. Es la mejor definición de luz que conozco. No es una tachadura en el decir ni una prescripción moral: es la calidad de la luz.

La luz impronunciablela-luz-impronunciable-ernesto-kavi
Ernesto Kavi
Poesía Sexto Piso • 2016
136 páginas

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