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El día que desperté siendo venezolano | Rodrigo Márquez Tizano

2 de julio del 2018: la selección mexicana de futbol quedó eliminada de otro Mundial, el séptimo al hilo, en fase de octavos. Perdieron dos a cero contra un Brasil intratable, sobrado y sobrador. Perdieron o perdimos, no sé. Jugamos como nunca, perdieron como siempre. Perder es un verbo sin plural cuando juega México. Raro, esta vez no me deprimí.

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Las grandes ciudades latinoamericanas comparten entre sí al menos tres señas: nacieron bañadas en sangre, es domingo hasta el martes, y hay una calle llamada Bolívar.

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La primera vez que voté fue por López Obrador: 2006: año mundialista y electoral. A pesar de la marcha perfecta en la clasificación, nadie cree en realidad que este sea el año del quinto partido. Lavolpe dejó al Cuauh en su casa de Morelos y prefirió llevarse para Alemania a su yerno. En la cancha, ahora lo sé, perdimos porque la pelota sólo dobla contra México. En las urnas fue por menos de un punto. No habían inventado aún el var aunque tengo la impresión de que esa tecnología nunca llegará del todo a afincarse por estos lares, ni en las canchas ni en las urnas. Es 2006 y todavía no termino la universidad. Creo que escribo poesía porque leo mucha poesía. Trabajo en la radio pero no me pagan y vivo de grabar anuncios de Marinela y cerveza Sol con una voz impostada. Esa voz ya no me abandonará nunca. Vivo con mi novia de aquel entonces en un cuchitril de la calle Bolívar. Es imposible no tocar el tema del plantón en cada sobremesa. Han hecho de esta ciudad un lugar habitable, dice ella, que estudia arquitectura y, aunque habla todo el tiempo del espacio público sospecho que luego de unas semanas de ocupación comienza hartarse de los altavoces y la trova. Estoy vivo como el ruido. O eso creo. Confundo vivir con la ansiedad por que algo suceda. El ruido es novedad. Un suceso. Pero no se trata de un grito de vida sino de agonía. Ahora, doce años más tarde, sé que del fraude me iré curando con el tiempo pero el gol de Maxi Rodríguez nunca cicatrizará del todo.

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Madrugada en Bolívar. El Centro Histórico del DF (ya no se llama así, ya no se llama de ningún modo, al menos para mí) es un amasijo de calles tomadas, húmedas, polvo y ladrillo en polvo, noches demasiado ruidosas. Apenas asemeja un trasunto de otras bolívares oscilantes. Desde la ventana parece como si las carpas respiraran, amarillas, una tras otra, hasta el Zócalo. En sus estertores se filtra el fuelle de una decepción recurrente. Es noviembre del 2006. Mañana será la toma de posesión legítima. Durante el acto, un cuete chiflador va a reventarle el tímpano a mi novia de aquel entonces. Dos semanas después cortará nuestra relación y se irá del cuchitril de la calle Bolívar y se llevará sus cosas y también algunas mías. El infatigable runrún de las plantas de luz será un gran aliado durante esas noches blancas en las que voy a extrañar como un idiota aquellas sobremesas larguísimas y a preguntarme a diario, hasta quedarme dormido, cómo habrían sido las cosas de haberse contado de nuevo los votos, uno a uno.

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Ha llegado el invierno: huele a llanta chamuscada, a pólvora y tejocote. Hoy se levantará el plantón. Me gusta la sonoridad de la palabra «espurio» aunque me recuerde a Calderón. Conocí a una mujer hace dos semanas y ahora vivo con ella. No perdemos el tiempo. O lo perdemos en conjunto y nos lo tragamos, como un hoyo negro que se mata el hambre a enanas blancas. Además tenemos un gato, negro igual, aunque en realidad el gato es suyo y la negrura toda mía. Hay buena onda entre el gato y yo. A veces limpio su arenero o lo alimento. Mientras el plato esté lleno, creo, poseeré una porción de gato: un cuarto de gato, digamos, quizá algo menos. Ella, su 75 por ciento y fracción de gato, el casi 25 por ciento del mío (se llama Chachalaca) y yo compartimos un monoambiente en Bolívar esquina con 16 de Septiembre. La mujer se irá pronto pero el gato va a quedarse.

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2 de julio del 2018: Andrés Manuel López Obrador fue electo presidente de México. Doce años es mucho tiempo: tres mundiales. Prefiero que el tiempo corra en mundiales que en sexenios. Vivo lejos, casualmente en otra calle Bolívar pero de Buenos Aires. Si votar es menos un deber cívico que un salto de fe, hacerlo desde el extranjero es un clavado a la nada. Desconfío del servicio postal tanto como de la democracia. Sus sistemas no se caen: se tiran. Y el árbitro siempre pica.

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