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El día que Nicanor Parra murió, The National covereó “The KKK Took My Baby Away”

Soy especialista en abrir el hocico en el peor momento. Odio llegar tarde al cine, a las gorditas (se acaban las de prensado), y por supuesto detesto con el alma caer tarde a los conciertos. Por lo que no entiendo a mi puto cerebro. Hora y media antes de que The National subiera al escenario profería que no sería mala idea meterse un ácido. Wrong move. Mis palabras apretaron todos los botones en la cabecita de mi acompañante, a quien llamaremos Sr. J para proteger su identidad, y comenzó la comedia de situaciones.

Abordamos un taxi con destino a la casa de un oscuro personaje, un doctor Moreau de las drogas, el Dr. Lao, quien había sido abducido por una carnita asada. Pero legó instrucciones para apañar el LSD. Está en el congelador. Quién jodidos esconde las drogas junto al helado. Sólo un nativo de Coapa avecindado en Coyoacán. No existe explicación para tal comportamiento. Como tampoco una razón para que los aceites no se encontraran en el lugar indicado. Veinticinco minutos después, Sr. J salió de la residencia de Lao con un mísero pedazo de chocohongo que no hubiera puesto ni a un puto ratón. Pero, ah pendejo de mí, me lo comí y lo único que me produjo fue unos gases que estuve despidiendo durante toda la tocada de los National.

El siguiente paso era salir disparados como Raoul Duke y Dr. Gonzo en el Uber, sólo que sin drogas (aquí va un emoji de carita triste), pero el tráfico frustró nuestra huida. No importa que todo juegue en tu contra, siempre hay tiempo para un último whisky. Antes de llegar al Pepsi Center nos detuvimos en casa de un amigo español, quien junto a su esposa embarazada nos acompañarían al concierto. La cosa se complicó cuando, mientras apurábamos el trago, su mujer le confesó que no encontraba los boletos. Cualquier parecido con Seinfeld es mera coincidencia. Un contacto en Occisa informó por Whatsapp que los National saldrían a las 9:10 p.m. Con suerte y de la mano de Dios alcanzábamos a llegar.

Sobrevino entonces el episodio Vladimir Putin. Sr. J pidió un Uber pero en lugar de dirigirse hacia nosotros agarró rumbo hacia la casa de su amante rusa. Comprensible pero no oportuno. Si ustedes fueran como Sr. J, que fue estrenado en las artes del sexo anal (no pregunten quién penetro a quien) por una rusa a los 40 años también la aplicación arrojaría esa dirección por defaul. Nuestro amigo español pidió otro Uber y volvimos a topar con dificultad. La Condesa, siempre en obra, nos restregó en la jeta el no haber salido una hora antes.

Desertamos del Uber unas calles antes del Pepsi Center y proseguimos la persecución a pie. Después de comprar boletos en reventa, más baratos que en taquilla, entramos los cuatro al recinto. Como había anunciado la infiltrada en Occisa, los National treparon al escenario a las 9 con diez. “The System Only Dreams in Total Darkness” sonaba cuando arribamos. Lo conseguimos. Sólo habíamos dejado en el camino una rola. El Pepsi estaba a reventar. Incluso había gente detrás de las cortinas. Según mis cálculos, era la quinta visita de los National. Si el dato es inexacto, corríjanme, pero no me culpen, la culpa es de las drogas. Y lo primero que me vino a la mente es por qué no hicieron dos fechas. Porque apenas una semana había boletos en taquilla. Pero en los últimos días antes de la cita se volvió sold out.

Nunca antes los National me habían producido sentimientos encontrados como esa noche. Incluso me llegué a cuestionar mi asistencia. El último disco me parece de lo más acomodaticio. Creado a propósito para llegar a un público más fresa. Incluso lo metí en mi lista de peores del año. Sin embargo, una vez en el Pepsi y con una petaca de whisky de contrabando me sentí en confianza. En vivo Sleep Well Beast suena muchísimo mejor que en disco. Las versiones de las rolas tienen más punch. Restándole un poquito ese estado anímico que ha orillado a Sr. J a apodarlos los Radiohead de Cincinnati.

Seguro los National saben que mi cumpleaños se aproxima porque la sexta rola que sonó fue “Bloodbuzz Ohio”. De High Violet, mi disco favorito de la banda. Del que tocaron más rolas después del último. Seis en total. Aunque me quedé esperando “Anyone’s Ghost”, se despacharon la bellísima “England”. Algo que aplaudirles fue lo poco teatrales que fueron. Por ahí les faltó un mejor juego de luces, pero se concentraron en la música. Y le quitaron lo soso a las versiones del álbum, por ejemplo “Day I die” se escuchó distinto. Como si volviera de una rehabilitación limpia y lista para retomar las drogas. Pensé que Matt Berninger repetiría el truco de bajarse del escenario e internarse entre el público hasta el final del local. Pero no lo hizo. Y me alegro. Que no se repita habla bien de él. Y de que ganarse al público con el gesto fácil es menos importante que conectar. Y vaya que conectaron. 19 piezones después abandonaron el escenario.

Volvieron para un encore con nada menos que un cover de los Ramones, “The KKK Took my Baby Away”. Que interrumpieron segundos apenas de comenzarla porque estaba muy lenta. Lo que habla del nivel de atole en las venas del grupo. Volvieron desde el principio y ahora sí les salió como si ya se hubieran tomado una lata de Four Loco. No se sabe si este homenaje iba dedicado a Parra o a Trump. Pero lo cierto es que fue un bello gesto para despedir al poeta cuyo mayor logro fue superar en edad a Emiliano Mongiatowska, con mejor apariencia física.

A la salida nos topamos a uno de los esbirros de Dr. Lao, quien nos había asegurado que no iría al concierto cuando le pedimos el ácido. Le preguntamos con quién venía. Con Dr. Lao, respondió. Maldito traidor. Así son los pinches carnívoros. Muy afectos a apuñalar por la espalda.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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