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El día que toqué el brazo de Marky Ramone

Por Carlos Velázquez

Estaba cantadísimo que me perdería a Marky Ramone. Atravesaba por uno de esos vacíos económicos producto de mi estilo de vida. No tenía un peso. Le debía a todo mundo. Y quería llorar. Era lo más cerca que estaría nunca de un Ramone. Marky se presentaría en Monterrey. A cuatro horas en autobús desde mi casa, tres y media en coche, treinta minutos en avión. En mi fuero interno sabía que había valido madres. Pero me bloqueé para que no me afectara. He vivido bloqueado toda mi vida. Desde adolescente aprendí que es una buena estrategia para ahorrarte algo de sufrimiento. Sin embargo, conforme transcurrían los días y la idea de no asistir al festival se hacía palpable, entré en pánico como un padre al que no le han entregado el aguinaldo y sabe que cuando reciba el dinero será demasiado tarde. Ya no encontrará los juguetes que le han pedido sus hijos. Así me sentía. Como si me hubieran robado la navidad.

Unos meses atrás había leído Punk Rock Blitzkrieg, la biografía de Marky. En una escena de Almost Famous, Rosell le explica a William Miller que en «What’s Happening Brother», de Marvin Gaye, existe un whoo al final de la canción. Ese whoo es lo que se recuerda. Las pequeñas cosas, las cosas tontas. Lo que dejas de lado. Existe un sólo error y es lo que hace la canción. Al final de «Another World», del álbum Blank Generation, Richard Hell sufre un ataque de tos. Como sucede con el whoo de Gaye, este gesto es lo que le otorga a la canción un toque único y personal. Que la distingue de todo. Siempre pensé que los carraspeos de Richard eran intencionales. Pero Marky, miembro de los Voidoids, la banda de Hell, relata en su libro que no fue deliberado. Obedeció al estilo vocal de Hell. Quien más que cantar se dedicaba a destrozarse la garganta. En la mezcla final Richard decidió conservar el ataque de tos porque consideraba que formaba parte de la canción. O sea que si no asistía al Pal Norte perdería el chance de oír en vivo al último de los Ramones con vida y al ex baterista de una de mis bandas favoritas, los Voidoids. Pero por la anécdota del whoo-acceso de tos dejaría escapar la ocasión de admirar a unos metros de mí la historia misma del rock & roll.

Era una golden opportunity. Si no podía pagarme el transporte a Monterrey, menos un vuelo a Brasil para seguirle la pista a la gira de Marky Ramone. Qué hicieron mal mis padres. Entonces comenzó la ronda de llamadas de desesperación. Pero he defraudado a todos a mi alrededor. Nadie cree en mi palabra, soy narrador. Como último recurso le hablé a mi madre. Nunca me mandaste a la universidad. A mi padre: no fui yo el que perdió la foto que nos sacamos con el Toro Valenzuela. Lo único que conseguí fue que me colgaran el teléfono. Betrayal Takes Two, dice Hell. Pero no nací para la resignación. No me importaba plantarme en el entronque de Matamoros y pedir un raite como lo hacía las ocasiones en que me lanzaba a cortar peyote al desierto. Eso solucionaría el tema del traslado. Pero aún faltaba el boleto. Quizá podría dejar que algún trailero borracho me la mamara a cambio del precio del ticket.

Cuando el mundo está en tu contra, desearías tener de tu lado a Moisés. Para que dividiera el mar y tú pudieras cantar victoria. Pero no, la desgracia se agudiza como el oído de un marrano al sonido del maíz al caer al suelo. Como si no fuera suficiente mi precaria situación, tres días antes del festival me lesioné el pie. El elevador del edifico se jodió. En una subida me produje una contractura. El inmueble es viejo. No sé por qué continúo rentando un depa ahí. Podría arrendar en un fraccionamiento fresa. Pero soy clavado al centro. Todo por hacerme el Pedro Juan Gutiérrez. No podía caminar. Vino una fisioterapeuta. Metí la pata en agua caliente. En hielo. Me puché tres Flanax de 550. Diagnóstico: ya te la pelaste, Charly boy. Muy chingón el año pasado en Segovia. Y qué lujo de perder el tiempo en conciertos de bandas piteras. Por pura necedad. Y ahora que debes estar en la línea de fuego, te madreas.

Me sumí en la depresión punk. Hacía unos meses me había tatuado la leyenda Hey Ho Let’s Go en el brazo izquierdo. Era capaz de irme en silla de ruedas de ser necesario. Pero antes de poner en las «reses sociales» un aviso solicitando que alguien me prestara una, ocurrió el milagro. Una vecina del edificio se ofreció a darme un raite en su coche. Viajaba a una junta de trabajo. La gasolina y las casetas las pagaba la compañía. El hospedaje no me preocupaba. Me podía quedar con alguno de mis compas. Pero no, también le pagaban hotel. Había una habitación doble. Y podía quedarme si quisiera.

Sólo faltaba que la vecina me diera una mamadita. Pero era demasiado abusar de su generosidad. En chinga le hablé a un quiropráctico que me colocó una cinta kinesiológica. Si me sacas de esta Diosito, prometí, voy a dejar el Netflix. Entonces hice la jugada más delicada de la noche. Solicitar una acreditación de prensa. Sabiendo que eso se hace con meses de anticipación. Pero qué chingaos, no soy perfecto. Y pese al marcador en contra, cascó. El jueves amanecí bien del pie. Tengo el poder de recuperación de un superhéroe. Borracho Man, o el que se les antoje. Si así me alivianara en las crudas.

Y así, con ciento cincuenta pesos en la bolsa me lancé al festival. Siempre, siempre te sales con la tuya, me dije mientras contemplaba la carretera.

Sin una moneda para tragar, subsistí con las enseñanzas que me legó leer Trópico de Cáncer, de Henry Miller: vivir de columpio. En el hotel le fabriqué un elaborado speech al mozo que entregaba el servicio al cuarto para explicarle por qué yo firmaba con un nombre de mujer todos los pedidos que me subía al quinto piso. Me desprendí de un billete de cincuenta y se lo tendí ceremonioso. Es una pequeña fortuna, si lo consideras, le dije. Por ejemplo, si vas a comprar un televisor en Elektra y te faltan esos cincuenta, no te lo entregan. Me observó con cara de yo compro en Surtidor del Hogar, pendejo, pero este morelos me sirve para dos megas en el Beto’s Bar. Y la soleta no dejó de fluir toda mi estancia.

El punk soy yo

Not on the list. ¿Acaso no es la frase más lapidaria de la historia? Junto a Estoy embarazada y No es benigno. Debe existir un error, le chillé a la morrita que entregaba las acreditaciones. No, joven. Al menos podré alegar en mi favor que pese a lo abotagado que me tiene el alcohol, todavía me consideran un joven en el circuito del periodismo musical. Plis busca otra vez. Ya es la tercera ocasión que repaso la lista y no aparece ni tu nombre ni tu medio. This is it. Hasta aquí llegué. Eso es to, eso es to, eso es todos amigos. The end of the road. The end of the century. Aterido, me aplasté en una banquita afuera del Parque Fundidora, a rumiar mi pena mientras hojeaba un libro de crónicas sobre futbol.

Ahí estaba yo. Sin un alma que me acreditara. Estás perdiendo glamur, Carlitos. Treinta y ocho años, tres divorcios legales (más los simbólicos), una cirugía, una nena y estaba en una editorial indie. Pero todavía no me podía ganar la vida como freelance. Ni pagarme todos mis caprichos, mis apegos. Here today, gone tomorrow. Entonces emergió la generosidad a la que era tan afecta Blanche DuBois. Un desconocido se aproximó a mí y me entregó una pulsera. Desapareció antes de que pudiera darle las gracias. Aliviado, me incorporé a las manadas de migración compuestas por millenials, chúntaros, rancholos, rancherrys, hipsters, neo-hipsters, post-hipsters, etc., hacia el interior del Fundidora.

El letrero Pal Norte 2016 coronaba el acceso. Pero en su lugar yo leí Marky Ramone’s Blitzkrieg. Mi primer movimiento fue hacer check in en el área de prensa. Marky saldría a las diez de la noche a responder preguntas. Y subiría al escenario a las diez cuarenta y cinco. Disponía de cinco horas libres. Que en otras circunstancias podría quemar bebiendo. Pero sólo naufragaba un billete de cien pesos en mi cartera. Preferí conservarlo. Me compraría una chela cuando comenzara la actuación de Marky. Pero en calidad de mientras, me formé varias ocasiones en una fila que obsequiaba cervezas. Hasta que me fulminaron con la mirada.

El programa ni fu ni fa. Me daba lo mismo. Obladi obladá. Malditos nervios me vapuleaban. A mi edad. ¿Pueden creerlo? Mi amargura me permitió acercarme a Quiero Club. Pero era incapaz de disfrutar nada. Me quemaba porque ya fueran las diez. Cómo desearía poderle dar fast forward al puto día, berrié. Y si me afano la cerveza, me atormentaba a cada rato. Nel. Tenía que aguardar el momento propicio para comprármela, como el hombre en primera que espera el lanzamiento del pícher para robarse la segunda. Me dediqué a vagar por el festival como lo he hecho en tantas fiestas. Chequé los horarios. Aburrido, aburrido, aburrido. Plastilina Mosh. Era lo único que me interesaba además de Marky. Confieso que no esperaba nada de ellos. Pero a pesar de lo abotagado que lucía Jonás dieron un conciertazo.

Cuando se terminó corrí a la sala de prensa. Me sudaban las manos. Estaba histérico. El sofá donde se sentaban los entrevistados lucía vacío. Eran más de las diez y Marky no aparecía. Mi emoción se fue desinflando. Hasta convertirse en zozobra. No había medios congregados. Algo ocurría. No va a ofrecer conferencia, maldije. Salió entonces un morro a anunciar que Marky nos acompañaría a las diez treinta. Me volvió el color al semblante. Cómo soy pendejo, me lamenté, hubiera traído mi libro para que me lo autografiara. Nunca pido tomarme fotos con nadie. Ni que me firmen libros. Pero esta vez era distinto. Me valía cinco kilómetros de monda que me viera como vulgar grupi. Al final de la ronda de preguntas, los entrevistados se tomaban fotos con la banda y estampaban uno que otro autógrafo. Aprovecharía el momento para presumirle mi tatuaje al baterista.

Minutos después emergió Marky. Se me cayeron los calzones. No podía creer que a metro y medio estuviera de pie tal leyenda. Me petrifiqué. Fui incapaz de hacerle ninguna pregunta. No entendía mi inmovilidad. El maldito que habita en mí se hizo pequeñito. Todo ocurrió demasiado deprisa. Le lanzaron preguntas y respondió categórico. ¿Es su primera vez en el país? He visitado México en diez ocasiones. Un morro regordete lo cuestionó ceremoniosamente si el punk había muerto. I’m still alive, respondió. Y en menos de doce minutos se había terminado la tanda de preguntas. A diferencia de los otros artistas, no se quedó a tomarse fotos. Pasó junto a mí y apenas si pude pronunciar un inaudible Marky. Toqué su brazo y continuó su camino. Y me quedé ahí de pie, pensando en dos cosas. Una, su respuesta a si el punk había muerto. Sigo vivo. Una manera elegante de declarar: el punk soy yo. Y dos, que había hecho contacto físico con él.

Toqué el brazo de Marky Ramone, jesúsbendito.

El punk no ha muerto

Necesito un trago, me dije. Ahora es cuando. Abandoné la sala de prensa para mercarme una chela. A gastar mis veintiúnicos cien pesos. Una vez en mi poder, regresé a la zona de prensa como quien se resguarda en un toldo de la lluvia. No voy a poder dormir, me repetía. Todavía excitado. Incrédulo. Marky en las fotos luce imponente. Pero en persona es bastante delgado. No puedes creer que por ese cuerpecito haya pasado tanta historia, tantas drogas y tanta música. Es de mi tamaño, o quizá unos centímetros más pequeño. Tiene unos brazos fibrosos pero no son la representación física del poderío de su pegada sobre la bataca. Jeans negro, una camisa negra sin mangas y unos converse. El uniforme punk.

Anonadado, me senté sobre el piso de una carpa. Había liquidado mi cerveza. Una morra y un bato con cámaras me pidieron el favor de cuidarles sus cervezas, llenas, mientras le tomaban unas fotos a los Cadillacs. Sí, respondí, siéntalas, yo las vigilo. Pero apenas desaparecieron me largué con las dos chelas al escenario Ascendente. A esperar la presentación de los Marky Ramone’s Blizkrieg. Cuando llegué, estaban montando la batería. Sobre una plataforma que hacía que el baterista se elevara por encima de los otros miembros del grupo. El encargado del soundcheck accionó el pedal del bombo y se escuchó a madres. Ya me saboreaba cómo sonaría con Marky. Éramos pocos los que esperábamos. La mayoría morritos con look Ramone. De Converse y playera de Arturo Vega. Estos no son mayores de edad, calculé. Pero todos con cerveza en mano. Y una alegría en el rostro disfrazada de apatía.

Minutos después de las once los Marky Ramone’s Blitzkrieg treparon al escenario. La imponente batería de Marky dominaba desde lo alto. Desde donde estuvieras podrías ver al baterista aporreando la bataca. La típica formación Ramone, Marky, más bajo y batería, y un cantante con una voz muy parecida a la de Joey dieron un encendido repaso al repertorio Ramone. Una colección de melodías pop que cualquiera puede interpretar. Y sonará bien. Ahí radica en parte la magia de los Ramones. Pero eso no significa que cualquiera pueda serlo. La historia lo dejó claro. Ramones sólo han sido cinco. Johnny, Dee Dee, Joey, Tommy y Marky. Con el clásico conteo un dos tres cuatro y tocando una pieza tras otra sin dejar siquiera segundos para respirar, la banda se desgañitó frente a nosotros.

Como ocurre en todos los festivales, que una banda comience a tocar y tenga poca audiencia no es indicativo de nada. Conforme las canciones se sucedían, más fans comenzaron a llegar. Hasta que el escenario se abarrotó. Y en medio se formó un slam en toda regla. No un intento de. Una verdadero ruedo de lucha baile en el que unas ochenta personas, entre morros y morras se dieron con todo. Volaban puños y patadas, sin la intención de lastimar, pero sí con la de causar impacto. Sin lloriqueos, sin prudencia. Un auténtica reunión punk. No he visto uno así en los últimos años. Ni en la Ciudad de México ni en Estados Unidos. Acababa medio de salir de una lesión, pero no me importó. Me metí a la bola como corresponde. No me quedaría fuera aunque saliera rengueando del Fundidora.

En un punto del concierto me encabroné porque pegada a la valla había varia gente grabando con su celular. Hacía pocos meses que el mismo Marky había sacado un video en contra de esta moda. Era irrespetuoso para la gente que está detrás de ti, le obstruyes el campo visual. Era una pendejada. En resumen, era poco punk. Las tres chelas que me había tomado de putazo me llenaron el tanque. Y necesitaba miar. Pero de pendejo me movería de mi lugar. Tomé un vaso vacío y oriné en él. Lo copeteé. Dos gotas más y se hubiera derramado. Lo lancé a la gente que tenía los celulares en alto. Y si alguno de los que bañé lee esto y quiere partirme mi madre, lo entenderé. En medio de una canción, alguien arrojó un vaso lleno de chela al escenario. Su trayectoria fue perfecta. Cayó de fondo y estalló entre el guitarrista y el cantante. El líquido voló hacia arriba. Sin mojar a nadie. Marky comenzó a sonreír. Estaba feliz. Estaba disfrutando que el público se comportara punk.

La banda se despidió después de más de dieciocho canciones. Y volvió para un encore. En un doble tributo, Marky dijo, «Vamos a tocar ahora R.A.M.O.N.E.S, de Motorhead. Porque fueron grandes músicos y porque los extrañamos». Por la reciente muerte de Lemmy y porque era 15 de abril, cumpleaños de Joey. Detrás de mí escuché decir a un mocoso, ya puedo morir en paz. No tenía ni veinte años. Pero ya había cumplido su sueño. Como yo. Tocar el brazo de Marky Ramone.

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  • Que pinche bien escribe este cabrón.

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