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Por Emiliano Monge

En la última novela de Juan Cárdenas, un biólogo entrado en los treinta, regresa a su ciudad-pueblo natal, donde aprenderá a respirar por la herida y sonreír sin desprecio, tras haber vivido varios años de exilio voluntario en Europa.

Europa: aquel sitio —explicará el biólogo apenas arrancada la novela, mientras trata de aceptar la realidad de su regreso y del trabajo que le ofrecen— donde el fracaso ni siquiera es una opción, pues se ha convertido en la condición existencial y cotidiana por antonomasia.

Pero mejor empiezo de nuevo: en la última novela de Juan Cárdenas, publicada por Editorial Periférica —al mismo tiempo que Zumbido, recuperación de la primera de sus obras—, un biólogo, que en realidad es un naturalista, vuelve de su exilio voluntario y se establece en su ciudad chica, su casipueblo, donde el único trabajo que le ofrecen es enseñando en un instituto de señoritas.

Maestro de niñas ricas, católicas y precoces, entre las cuales, a pesar de su corta edad, habrá un montón de embarazadas: éste es el trabajo que toma el biólogo. Un trabajo de mierda, en el que lo más emocionante que enseñará el genial personaje de Cárdenas será la monografía de los gonfoterios, esa especie de elefantes gigantes que hace varios millones de años recorría los bosques centroamericanos y sudamericanos, comiendo aguacates y dispersando sus semillas.

Centroamérica y Sudamérica: el sitio al que el biólogo ha vuelto y donde el fracaso, por lo menos, sigue siendo una puerta de llegada, un último lugar, pero un lugar al fin y al cabo. Un sitio en el que todavía algo se dirime, aunque sea el saber si uno acabará siendo una víctima o un verdugo, si uno terminará transando o no transando. Centroamérica y Sudamérica: donde todavía puede aspirarse a un final.

Pero mejor empiezo de nuevo, nuevamente: me estaba acercando peligrosamente a una conclusión, a un final posible. Y aspirar, como todos lo sabemos, no es ni ha sido nunca lo mismo que obtener. Saber, lo que se dice saber, nunca sabremos si somos el filo de un machete o la gota de sangre que lo calma. Y es que en El diablo de las provincias los finales, aunque aparezcan esbozados, aunque los veamos a manera de potencias, no existen como existen los cuerpos, los escarabajos, los dolores, el pasto, los fantasmas o la risa.

Así son, finalmente, todas las fábulas. Y eso es lo que El diablo de las provincias es en último término: una fábula extraordinaria, hipermoderna y poscolonial. La fábula que se trata de sí misma, es decir, de que no será posible, para nadie, terminarla: ni para su autor ni para su personaje-narrador ni para su editor ni para todos nosotros, sus lectores.

Tal como sucede con todas las historias que en Latinoamérica contamos: hemos engordado demasiado los comienzos y los nudos, los rumores y los hechos paralelos. Hemos multiplicado los reflejos. Y hemos olvidado que, aquello que observamos, es siempre un fragmento, lo que nos muestra el ojo de la cerradura de un viejo baúl: no sabemos, para colmo, si estamos dentro o fuera.

El periodista de El Liberal, con el léxico particular de los reporteros de la provincia, escribió una última nota sobre el caso de su hermano (del biólogo) en la que concluía: no hay mejor forma de matar una historia que volviéndola cada vez más complicada, ahogándola de información inútil y desconcertante. La atención del lector se va dispersando en las mil y una ramificaciones de una trama cada vez menos tensa, cada vez menos interesante y es de esta guisa, señoras y señores, es con estas mañas de culebreros y Cuentacuentos, como se fabrican las impunidades en este país.

Pero mejor empiezo de nuevo, por última vez: en la última novela de Juan Cárdenas, escrita con esa prosa traslúcida, exacta y transfigurada en oralidad que dotara de identidad inconfundible a sus obras anteriores, un biólogo regresa a su pueblo-enano natal, para descubrir que el mundo, a él, le guardaba un solo lugar: la frontera entre el mundo racional y el mundo de la fe, una fe fermentada por.

O no. Y es que, más bien, en la última novela de Cárdenas, donde el lenguaje vuelve a ser materia, esa materia primigenia que es la imagen, un naturalista recién llegado de su exilio voluntario enseña en una escuela de señoritas, donde descubre que éstas están embarazadas o que han parido hace muy poco. Y que los bebés nacen con la cabeza llena de escamas y con.

Mejor aún: en la última novela de Cárdenas, un biólogo que lleva poco tiempo de haber vuelto, lucha por juntar el valor necesario para enfrentar lo que sucede en el colegio donde trabaja, para ponerle límites a su madre, para ir a visitar a su tío y para enfrentar al fantasma de su hermano marica, fallecido en condiciones tan sospechosas como.

O así: en El diablo de las provincias, un naturalista que lleva ya varios meses viviendo en su lugar de origen, lo que busca, en realidad, es el valor necesario para renunciar al primer trabajo que consiguió tras haber vuelto y para aceptar o rechazar, de pronto esto da igual, ese otro trabajo que le ofrece su exnovia de juventud: esa chica que perdió una pierna en un accidente terrible y cuya prótesis.

El impacto fue tan fuerte que el bordillo de contención del puente se rompió y ambos carros volaron por los aires, girando como trompos. Pero nadie ve los hechos mismos de un accidente, decía la carta, permitiéndose una reflexión, nadie puede acceder a esos hechos. Ni siquiera yo, que estuve allí, puedo decir que viví todo eso. Un accidente de esas características no le sucede a nadie. No hay sujetos en un accidente así. Sólo objetos.

Mejor así: en la nueva novela de Juan Cárdenas, un biólogo, que es en realidad un naturalista, duda entre seguir en ese trabajo que lo obliga hasta ayudar a parir a sus alumnas —de entre cuyas piernas emergen esos capullos-niño procreados por la disolución del progreso en las aguas de lo arcaico y por la simiente del caballero de la fe, quien, al parecer, sólo desaparece si te das un baño a oscuras y te entregas a la inmensidad de lo minúsculo— o tomar ese otro trabajo que lo hará poner fin a la plaga del escarabajo picudo, que está acabando con esa otra plaga que es la palma africana —monocultivo que, como los edificios de concreto que levantan alrededor del pueblo-enano, terminará por—.

O: en la última novela de Cárdenas, un biólogo, que es en realidad un naturalista y un revolucionario, mientras se ve obligado a decidir si su país es o no es el país más feliz del mundo y mientras sigue dudando qué trabajo le conviene, consigue el valor necesario para volver a su casa de la infancia y para enfrentarse al fantasma de su hermano, tras haber soñado que intercambiaba con éste sus papeles y tras haber ensoñado, una y otra vez, ese otro tiempo en que su tío lo bautiza en las lecciones de Humboldt y en el canto de las aves, pero también en las fronteras del universo de lo salvaje y del universo de lo.

Mejor aún: en la última novela de Juan, un biólogo, que es en realidad un naturalista y un revolucionario porque cree que sólo así se puede ser un latinoamericano de verdad, tras atestiguar el racismo y el negacionismo ante el cambio climático, tras contemplar las maravillas que le descubre un museo de arte sacro y tras burlarse despiadadamente de las teorías de la conspiración —éstas, que son siempre farragosas, eligen explicaciones demasiado simples para fenómenos demasiado complejos, asevera—, es secuestrado, montado en un auto y encerrado en un cuarto lleno de frascos de formol y de comida para.

O, finalmente, así: en El diablo de las provincias, el personaje principal, cuando por fin sea liberado del cuarto en el que estaba encerrado, tras haber sido secuestrado, se enfrentará a su captor, un hombre enigmático que, además de explicarle que en este mundo cada ser humano tiene un frasco, lo invitará a aceptar el trabajo en contra del escarabajo picudo, lo hará entender si es o no es un técnico, le contará la historia de un machete que cantaba y lo hará elegir de qué lado vivir el resto de su vida: del lado de los.

Perdonen, les dijo, este machete era mi herramienta de trabajo. Con este machete ajusticié vaya a saber a cuánta gente de este pueblo. Ustedes saben. Me tocó. Era lo que me tocaba hacer. Y aunque lo tengo allí colgado, casi inútil porque ya no lo uso sino para desyerbar y tumbar monte, de vez en cuando el machete se despierta y se pone a cantar, sobre todo delante de alguien apetitoso. Pero no se preocupen. Lo único que hay que hacer es darle de beber una gotica de sangre de la persona que lo hizo cantar, o sea, una gotica de sangre de esta niña tan hermosa.

el-diablo-de-las-provinciasEl diablo de las provincias
Juan Cárdenas
Periférica
2017 • 184 páginas

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